Su padre la apostó en los dados y perdió… el que la ganó dijo: eres libre, pero tengo una prop

PARTE 1

La noche en que mi padre me apostó en una partida de dados, comprendí que una persona puede perder su hogar mucho antes de abandonar físicamente una casa.

Yo tenía veintiún inviernos y llevaba horas de pie junto a una columna del gran salón de Caldvik, observando cómo Oswald, mi padre, destruía lentamente lo poco que nos quedaba.

Primero perdió el caballo.

Después la carreta.

Luego las pieles que habíamos pasado todo el otoño reuniendo.

Seis años antes, cuando murió mi madre, mi padre también había empezado a desaparecer. No de golpe. Poco a poco.

Primero dejó de cantar.

Después dejó de trabajar como antes.

Finalmente empezó a beber y apostar.

Aquella noche ya estaba tan borracho que apenas podía sostener los dados.

Frente a él estaba Scarpi, un comerciante famoso por cobrar sus deudas de maneras que nadie quería conocer personalmente.

—Te estás quedando sin cosas que apostar —dijo Scarpi.

Mi padre miró los dados entre sus dedos.

Entonces pronunció las palabras que jamás olvidaré.

—Tengo a mi hija.

Todo el salón quedó en silencio.

Scarpi levantó lentamente la mirada hacia mí.

Sentí cómo me observaba de arriba abajo.

—¿Tira Oswaldsdotir?

—La misma —respondió mi padre.

Como si yo fuera un caballo.

Una piel.

Una moneda.

Scarpi sonrió.

—Acepto.

No podía respirar.

Quise correr, pero sabía que los hombres de Scarpi me alcanzarían antes de llegar a la puerta.

Entonces una voz surgió desde un rincón oscuro.

—Yo también entro en la apuesta.

Un hombre se levantó.

No lo había visto antes.

Era alto, de hombros anchos, cabello castaño hasta los hombros y ojos color ámbar. No llevaba las joyas de un jarl ni las armas de un gran guerrero.

Parecía un hombre del mar.

Caminó hasta la mesa y dejó caer una pesada bolsa de oro.

—Ulfer Daganson —dijo—. Doblo la apuesta.

Scarpi aceptó.

Los dados rodaron.

La primera partida fue para Scarpi.

La segunda terminó en empate.

En la tercera, Ulfer tomó los dados con una tranquilidad que me resultó insoportable.

Los lanzó.

El resultado fue el más alto posible.

Scarpi palideció.

Luego se levantó, maldijo entre dientes y abandonó la mesa.

Ulfer había ganado.

Me había ganado.

Mi padre ni siquiera fue capaz de mirarme.

Ulfer dejó parte del oro delante de él.

—Por las pieles y el caballo.

Después caminó hacia mí.

Enderecé la espalda.

Si aquel desconocido pensaba que iba a verme suplicar, se equivocaba.

Se detuvo a dos pasos.

—Tira Oswaldsdotir.

—Sí.

—Quiero que entiendas algo.

Esperé.

—No voy a tocarte.

Parpadeé.

—¿Qué?

—No eres mía. Me da igual lo que digan esos dados. Una mujer no es una bolsa de monedas.

Lo miré buscando la trampa.

—Entonces, ¿por qué apostaste?

—Porque si no lo hacía, Scarpi iba a ganarte.

Aquella respuesta me desconcertó más que cualquier amenaza.

—Eres libre —añadió.

Miré hacia la puerta.

Después hacia mi padre.

No quería volver con él.

Pero tampoco conocía a aquel hombre.

—Dijiste que tenías una propuesta.

Ulfer asintió.

Salimos al frío.

El fiordo brillaba bajo la luna mientras él mantenía una distancia prudente entre nosotros.

—Soy comerciante —explicó—. Llevo años intentando establecer una ruta permanente con el puerto del jarl Rodmund. Finalmente aceptó.

—¿Entonces cuál es el problema?

—Su hermana.

Fruncí el ceño.

—Gunhilder ha decidido que quiere casarse conmigo. Si aparezco en el puerto soltero, utilizará su influencia para obligarme a elegir entre ella y mi acuerdo comercial.

—¿Y qué quieres de mí?

Ulfer me sostuvo la mirada.

—Cuatro meses.

—¿Cuatro meses de qué?

Su respuesta cambió mi vida.

—Quiero que viajes conmigo y finjas ser mi esposa.

Hizo una pausa.

—Cuando termine el acuerdo, recibirás suficiente oro para empezar una nueva vida donde quieras.

Lo miré en silencio.

Entonces añadió:

—Y si dices que no, te llevaré esta misma noche al lugar que elijas. No me debes absolutamente nada.

Había pasado mi vida aprendiendo que todo favor tenía un precio.

Pero aquel hombre que acababa de ganarme en una partida de dados estaba ofreciéndome algo que nadie me había ofrecido jamás.

Una elección.

Y todavía no sabía que aceptar aquella propuesta sería mucho más peligroso que pertenecerle a Scarpi.

Porque el verdadero peligro no sería fingir que Ulfer Daganson era mi marido.

Sería olvidar que todo era mentira.

PARTE 2

—Acepto —dije.

No porque confiara en él.

No todavía.

Acepté porque Caldvik había dejado de ser mi hogar mucho antes de aquella noche y porque, por primera vez, tenía delante una puerta abierta.

Ulfer no sonrió victorioso.

Solo asintió.

—Entonces partimos al amanecer.

Aquella noche pagó una habitación para mí en una posada y durmió en otra.

Incluso mandó a la posadera para que me llevara comida y ropa limpia.

Esperé durante horas escuchar sus pasos frente a mi puerta.

Nunca llegaron.

A la mañana siguiente embarcamos.

Durante los primeros días hablamos poco.

Yo me sentaba en la proa mientras Ulfer dirigía a sus ocho hombres con la calma de alguien que llevaba media vida sobre el mar.

Fue él quien inició nuestra primera conversación real.

—¿Qué sabes hacer?

Casi me reí.

—¿Además de fingir ser tu esposa?

—Además de eso.

Nadie me había preguntado jamás por mis habilidades como si importaran.

—Sé coser. Curtir cuero. Escribir. Y hablo varios dialectos del norte.

Vacilé.

—También hablo franco.

Ulfer se volvió.

—¿Fluido?

—Mi madre vivió en tierras francas antes de casarse.

Algo cambió en sus ojos.

—Tengo una negociación pendiente con un mercader franco. Mi intérprete enfermó.

—¿Quieres utilizarme?

—Quiero contratarte.

Aquella diferencia me sorprendió.

—Te pagaré aparte —añadió—. Eso no formaba parte del acuerdo original.

Acepté.

Cuando llegamos al puerto de Rodmund, comprendí inmediatamente por qué necesitaba esposa.

Gunhilder nos esperaba en el muelle.

Era alta, pelirroja y hermosa de una forma que parecía cuidadosamente diseñada para intimidar.

Miró a Ulfer.

Luego a mí.

—Ulfer Daganson. Por fin.

Él apoyó suavemente una mano en mi espalda.

—Te presento a mi esposa.

El contacto debería haber sido una actuación.

Sin embargo, sentí calor subir por mi cuello.

Gunhilder también lo vio.

Y en sus ojos comprendí que acababa de comenzar una guerra.

Ella pasó los días siguientes intentando separarnos.

Me hacía preguntas.

Investigaba mi pasado.

Buscaba cualquier grieta en nuestra historia.

Para engañarla, Ulfer y yo empezamos a aprender cosas reales el uno del otro.

Qué comíamos.

Cómo dormíamos.

Qué odiábamos.

Qué recordábamos de nuestra infancia.

Yo le hablé de mi madre, Sigrid, que bordaba mapas en lugar de flores.

—Decía que los mapas eran más honestos —le expliqué.

—¿Conservas alguno?

Saqué de mi equipaje un pequeño mapa bordado de las costas del norte.

Ulfer lo estudió con verdadera admiración.

—Tu madre conocía lugares que muchos navegantes profesionales dibujan mal.

Fue la primera persona después de su muerte que habló de ella como si su inteligencia importara.

Después negocié con el mercader franco.

No solo traduje.

Observé.

Cuando comprendí que el problema era el plazo de entrega, no el precio, se lo susurré a Ulfer.

Cedió una semana.

El trato se cerró.

Poco a poco dejé de ser la mujer contratada para fingir ser su esposa.

Empecé a convertirme en su socia.

Y eso hizo que Gunhilder me odiara todavía más.

Durante un banquete finalmente me enfrentó.

—Lo que tú puedes darle es temporal —me dijo—. Yo puedo darle una posición, un puerto, alianzas. Algo permanente.

La miré.

—Tú le ofreces lo que tienes.

—¿Y tú?

—Yo le doy lo que necesita.

Aquella misma noche Ulfer me preguntó qué había ocurrido.

Se lo conté.

—¿Y tú qué crees que soy? —preguntó.

Lo miré durante unos segundos.

—Todavía no lo sé.

Él bajó la voz.

—Yo tampoco sé todavía qué soy contigo.

Eso debería haberme asustado.

Lo hizo.

Porque yo tampoco lo sabía.

Cuando el acuerdo comercial se firmó, nuestro matrimonio falso técnicamente podía terminar.

Pero Ulfer tenía que viajar a Birka para recuperar un cargamento de tejidos.

—Puedes quedarte aquí —me dijo—. Te pagaré todo lo prometido.

—¿Y si voy contigo?

—Entonces quiero contratarte de verdad.

Acepté.

No por el dinero.

Todavía no estaba preparada para admitir la verdadera razón.

Durante la travesía apareció un barco sin insignia.

Después un segundo.

Nos estaban rodeando.

Ulfer ordenó preparar la tripulación.

Mi madre volvió a salvarme desde la tumba.

En su mapa había marcado un canal estrecho cerca de Grimsick.

—Aquí —dije.

Ulfer estudió el bordado.

—¿Estás segura?

—Lo suficiente.

Entramos entre las rocas.

Yo leía las marcas mientras Ulfer gobernaba el timón.

Uno de nuestros perseguidores intentó seguirnos y golpeó contra las piedras.

Escapamos.

Esa noche Ulfer finalmente me contó la verdad.

Un antiguo socio llamado Torbid Magnusson había traficado con mercancía robada y personas esclavizadas.

Cuando Ulfer amenazó con denunciarlo, Torbid destruyó su reputación comercial.

Los barcos que nos perseguían probablemente eran suyos.

—Casi te arrastro a una guerra que no era tuya —dijo Ulfer.

—Ahora sí es mía.

Me miró.

—Esto ya no forma parte de nuestro trato.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué?

Pensé en la noche de los dados.

—Porque cuando entraste en aquella apuesta para impedir que Scarpi me ganara, eso tampoco formaba parte de ningún trato.

Ulfer permaneció en silencio.

Después dijo:

—Desde aquella noche no he dejado de pensar cómo protegerte sin hacerte sentir prisionera.

Y comprendí que ya no hablábamos de negocios.

En Birka utilicé documentos comerciales para recuperar los tejidos sin que Torbid pudiera impedirlo.

Escapamos del puerto cuando sus hombres descubrieron demasiado tarde lo que habíamos hecho.

Entonces llegó otra noticia.

Mi padre había muerto.

Había dejado una deuda.

Ulfer ofreció pagarla.

Me negué.

—No quiero deberte mi libertad.

—No sería una deuda.

—Lo sé. Y precisamente por eso no puedo aceptar todavía.

Me miró.

—¿Todavía?

No respondí.

Vendimos los tejidos en Hedeby y con mi parte pagué personalmente la deuda de mi padre.

Por primera vez en mi vida, no pertenecía a nadie.

Ni a Oswald.

Ni a Scarpi.

Ni siquiera a Ulfer.

Era completamente libre.

Aquella misma noche Torbid apareció.

Intentó amenazar la reputación de Ulfer.

Yo le devolví la amenaza.

Le hice creer que podía contar toda su historia a varios comerciantes francos que estaban presentes.

—Mi palabra vale treinta años de comercio —dijo.

—Y la mía vale lo suficiente para hacer que esos hombres hagan preguntas.

Torbid miró alrededor.

Calculó.

Cedió.

Cuando se marchó, Ulfer me miró.

—¿Realmente conocías a esos comerciantes?

Tomé un sorbo de vino.

—Nunca los había visto.

Durante unos segundos permaneció inmóvil.

Entonces Ulfer Daganson se echó a reír.

Fue la primera vez que lo escuché reír de verdad.

Y creo que fue exactamente en ese momento cuando dejé de fingir conmigo misma.

Dos días después nos sentamos juntos frente al puerto.

—¿Qué quieres hacer ahora? —me preguntó.

No qué necesitaba.

No adónde debía ir.

Qué quería.

Pensé antes de responder.

—Quiero viajar. Quiero ver los lugares que mi madre bordó. Quiero trabajar usando lo que sé.

Lo miré.

—Y quiero saber adónde vas tú.

Ulfer respiró lentamente.

—Al sur. Necesito alguien que hable franco. Que entienda negocios. Que lea a las personas mejor que yo.

—Eso suena como una propuesta laboral.

—Es ambas cosas.

Me sostuvo la mirada.

—He pensado en ti como socia comercial.

Pausa.

—Y también he pensado en ti de la otra manera.

Mi corazón golpeó contra mis costillas.

—Yo también.

Ulfer extendió una mano con la palma hacia arriba.

No intentó sujetarme.

Nunca lo hacía.

—Socia —dijo—. En todos los sentidos.

Miré aquella mano.

Recordé la noche en que mi padre había intentado convertirme en propiedad.

Recordé al desconocido que había ganado una partida y, en lugar de reclamarme, había dicho:

“Eres libre.”

Entonces puse mi mano sobre la suya.

—Socia.

Sus dedos se cerraron lentamente alrededor de los míos.

Tres días después zarparon hacia el sur.

Yo estaba en la proa con el mapa de mi madre guardado junto al pecho.

Ulfer se colocó a mi lado.

No teníamos una casa.

No teníamos tierras.

Ni siquiera sabíamos cuál sería nuestro próximo puerto después de las tierras francas.

Pero por primera vez aquello no me daba miedo.

Mi madre había bordado caminos hacia lugares que nunca llegó a conocer.

Tal vez aquel había sido su verdadero regalo.

No decirme dónde debía vivir.

Sino recordarme que siempre existían caminos.

Ulfer apoyó la mano en la borda junto a la mía.

No me tocó.

Esperó.

Yo giré la palma y busqué sus dedos.

El barco continuó hacia el sur.

Todo había comenzado con un padre que me había apostado como si yo fuera una propiedad.

Y terminó con algo que ningún dado podía decidir.

Porque Ulfer nunca consiguió poseerme.

Me dio la libertad para marcharme.

Y solo entonces descubrimos la única manera en que yo podía quedarme.

Eligiéndolo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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