Su Madre La Golpeaba Cada Noche… Hasta Que El Jefe De La Mafia Cambió Su Destino Para Siempre.
Su Madre La Golpeaba Cada Noche… Hasta Que El Jefe De La Mafia Cambió Su Destino Para Siempre.

PARTE 1
Cada noche, Selene Miche se acostaba deseando que la mañana tardara en llegar.
Tenía apenas veinte años, pero había vivido más miedo que muchas personas en toda una vida. Su apartamento en West Belmont, Chicago, era pequeño, frío y estaba impregnado de olor a cigarro y alcohol barato.
Sin embargo, la pobreza nunca había sido su verdadero problema.
Su verdadero miedo tenía nombre.
Margaret.
Su propia madre.
Desde niña, Selene había aprendido a cubrirse los brazos con mangas largas y a ocultar las marcas de los malos tratos antes de ir a trabajar.
Era mesera en un restaurante y prácticamente todo lo que ganaba terminaba en manos de Margaret, una mujer consumida por las apuestas y las deudas.
La deuda más peligrosa alcanzaba los 65.000 dólares.
Margaret debía el dinero a los Castiglione.
Y nadie quería deberle dinero a aquella familia.
Una noche, Selene regresó después de un doble turno y encontró el apartamento destrozado.
Margaret caminaba por la cocina completamente alterada.
—¡No trajiste suficiente dinero!
—Te di todo lo que gané, mamá.
—¡Mentirosa!
Selene retrocedió.
Conocía aquella mirada.
Sabía lo que venía.
Margaret se lanzó contra ella.
Selene cayó al suelo y se cubrió la cabeza, intentando protegerse.
Entonces ocurrió algo que ninguna de las dos esperaba.
La puerta del apartamento se abrió de golpe.
Tres hombres entraron.
Dos eran enormes.
Pero el tercero hizo que Margaret palideciera.
Vincenzo Castiglione.
Treinta y dos años.
Jefe de una de las organizaciones criminales más poderosas de Chicago.
El hombre avanzó lentamente por la habitación sin siquiera mirar los muebles rotos.
Sus ojos se detuvieron en Selene.
—Margaret Miche.
Margaret comenzó a temblar.
—Señor Castiglione… puedo explicarlo. Tendré su dinero.
Vincenzo no respondió.
Se agachó junto a Selene.
Sacó un pañuelo blanco y lo acercó con cuidado al corte de su rostro.
Selene se estremeció.
Esperaba dolor.
Pero él apenas la tocó.
—¿Ella te hizo esto?
Selene no respondió.
Margaret sí.
—Necesita disciplina. Usted sabe cómo son los jóvenes…
Vincenzo se levantó.
Su expresión cambió.
Dio una orden seca a sus hombres para que apartaran a Margaret y evitaran que volviera a acercarse a Selene.
Después tomó a la joven entre sus brazos.
—La deuda está cancelada.
Margaret lo miró aterrorizada.
—¿Qué?
Vincenzo caminó hacia la salida con Selene.
—Tu hija es el último pago.
Selene apenas tuvo fuerzas para reaccionar.
Mientras la llevaban hacia uno de los vehículos negros estacionados afuera, solo podía pensar una cosa:
Había escapado de su madre.
Pero quizá acababa de caer en manos de alguien mucho peor.
Cuando despertó dos días después, estaba en una enorme habitación dentro de la propiedad Castiglione junto al lago Michigan.
Un médico privado le explicó que estaba deshidratada, desnutrida y necesitaba reposo.
Entonces Vincenzo entró.
Selene se tensó.
—¿Qué quiere de mí?
Él dejó una carpeta sobre la cama.
—Ábrela.
Dentro había fotografías antiguas.
En todas aparecía el mismo hombre.
Alto.
Cabello castaño rojizo.
Ojos verdes exactamente iguales a los de Selene.
—Arthur Miche —dijo Vincenzo—. Tu padre.
Selene sintió que el mundo se detenía.
Margaret siempre había dicho que Arthur las había abandonado y que después había muerto en un accidente.
—Mi padre está muerto.
—Sí. Pero no murió como te contaron.
Vincenzo explicó que Arthur había trabajado para su padre.
Catorce años atrás, durante un ataque de una familia rival, Arthur había protegido al joven Vincenzo y había perdido la vida salvándolo.
Antes de partir, le hizo prometer algo.
Encontrar a Selene.
Protegerla.
Selene sintió que la rabia sustituía al miedo.
—Entonces ¿dónde estuvieron durante catorce años?
Vincenzo bajó la mirada.
—Tu madre desapareció contigo. Cambió datos, se ocultó y evitó que pudiéramos encontrarte.
—¿Y ahora?
—Volvió a usar su nombre verdadero para pedir dinero.
Vincenzo se acercó.
Entonces pronunció la frase que destruyó todo lo que Selene creía saber sobre aquella noche:
—Yo no fui a ese apartamento para cobrar la deuda de tu madre, Selene.
Hizo una pausa.
—Fui para recuperarte a ti.
PARTE 2
Selene volvió a mirar las fotografías de su padre.
Toda su infancia parecía haberse construido sobre una mentira.
Arthur no había sido el hombre cobarde que Margaret describía.
Había sido un hombre que murió protegiendo a otro.
—¿Y qué se supone que debo hacer ahora? —preguntó—. ¿Vivir aquí porque tú hiciste una promesa hace catorce años?
—Primero vas a recuperarte.
—¿Y después?
Vincenzo la observó.
—Después decidirás qué hacer con tu vida.
Sin embargo, había una condición.
Mientras los enemigos de los Castiglione supieran que Selene existía, salir sola podía convertirla en un objetivo.
Durante los meses siguientes, sus heridas sanaron.
Por primera vez tuvo comida suficiente.
Ropa limpia.
Una cama segura.
Libros.
Tiempo.
Pero Selene no quería convertirse en una muñeca protegida dentro de una mansión.
Pasaba horas en la biblioteca estudiando historia, derecho y finanzas.
Quería comprender el mundo por el que su padre había perdido la vida.
También quería comprender a Vincenzo.
El hombre era extraño.
Todos a su alrededor le temían.
Con Selene, en cambio, mantenía una distancia casi excesiva.
Una noche ella entró en su estudio.
—Me estás evitando.
Vincenzo dejó el vaso sobre el escritorio.
—Te estoy manteniendo a distancia.
—¿Por qué?
—Porque ya has sufrido suficiente. No pienso convertirme en otra persona que te haga daño.
Selene cruzó los brazos.
—No soy de cristal.
Aquello le arrancó una breve sonrisa.
Entonces Selene hizo la pregunta que realmente había ido a hacer.
—¿Por qué duplicaste la seguridad?
La sonrisa desapareció.
Vincenzo le explicó que la familia Romano, responsable de la caída de Arthur años atrás, tenía un nuevo líder: Carmine Romano.
Y Carmine sabía que Selene estaba allí.
—¿Cómo lo descubrió?
Vincenzo sacó un sobre.
—Eso es lo que más va a dolerte.
Selene encontró fotografías tomadas en un bar.
Una mujer hablaba con uno de los hombres de Carmine.
Tenía ambas manos vendadas.
Era Margaret.
Su madre había sobrevivido.
Y en lugar de desaparecer, había vendido información sobre Selene y sobre la propiedad Castiglione a cambio de dinero.
Selene contempló la fotografía durante mucho tiempo.
No lloró.
La última parte de ella que todavía esperaba que Margaret pudiera quererla de alguna manera acababa de desaparecer.
—Quiero dejar de esconderme —dijo finalmente.
Vincenzo la miró con preocupación.
—No necesitas demostrar nada.
—No estoy intentando demostrarlo. Estoy intentando recuperar mi vida.
Desde aquel día, Vincenzo dejó de tratarla como alguien frágil.
Le enseñó a reconocer riesgos, a moverse con seguridad y, sobre todo, a pensar varios pasos por delante.
Semanas después llegó una importante gala en Chicago.
Vincenzo decidió presentarla públicamente como protegida de los Castiglione.
La lógica era simple.
Oculta, Selene parecía una debilidad.
A su lado, rodeada de aliados, se convertía en alguien que tocar tendría consecuencias.
La noche comenzó con elegancia.
Terminó en caos.
Las luces del hotel se apagaron repentinamente.
Se escucharon gritos.
Vincenzo tomó inmediatamente a Selene y la condujo hacia una salida de servicio mientras sus hombres intentaban asegurar el edificio.
Cuando llegaron a la cocina, las puertas se abrieron.
Carmine Romano los esperaba.
Y a su lado estaba Margaret.
—Mira a mi pequeña princesa —se burló su madre.
Selene la observó.
Meses antes habría temblado.
Aquella noche no.
Carmine exigió que Vincenzo entregara territorio y poder a cambio de permitir que Selene saliera con vida.
Vincenzo se colocó delante de ella.
—No hay trato.
Todo ocurrió en segundos.
Los hombres de ambos lados reaccionaron.
Selene utilizó lo que había aprendido para buscar cobertura y alertar a los refuerzos de Vincenzo.
La llegada de los hombres Castiglione terminó inclinando la situación.
Carmine fue detenido.
Margaret quedó arrinconada contra una pared.
Selene caminó lentamente hacia ella.
—Mi niña —balbuceó Margaret—. Me obligaron.
Selene la miró sin odio.
Eso fue lo que más sorprendió a Margaret.
Ya no había miedo.
—Durante años culpé a la niña que fui por no saber detenerte.
Margaret tragó saliva.
—Soy tu madre.
—Una madre no vende a su hija.
Selene se giró hacia Vincenzo.
—Quiero que se vaya de Chicago.
Margaret la miró incrédula.
—¿Eso es todo?
Selene sostuvo su mirada.
—No voy a convertirme en ti para demostrar que sobreviví a ti.
Vincenzo ordenó que Margaret fuera expulsada de la ciudad y quedara completamente alejada de Selene.
Cuando finalmente quedaron solos, él la observó durante unos segundos.
—Podías haber pedido cualquier cosa.
—Lo sé.
—¿Por qué la dejaste ir?
Selene respiró profundamente.
—Porque pasar el resto de mi vida odiándola sería dejar que siguiera controlándome.
Vincenzo entendió entonces que la muchacha que había sacado herida de aquel apartamento ya no existía.
Tiempo después, Selene comenzó a trabajar legalmente dentro de las empresas de la familia, utilizando las habilidades que había adquirido estudiando finanzas.
No se convirtió en una prisionera.
Ni en una mascota.
Ni en una deuda pagada.
Construyó una vida propia.
Y la relación con Vincenzo cambió lentamente.
Primero hubo confianza.
Después amistad.
Finalmente algo más profundo.
Una noche, junto al lago Michigan, Selene le preguntó:
—¿Por qué sigues protegiéndome? La promesa a mi padre ya está cumplida.
Vincenzo negó suavemente.
—Hace mucho tiempo que esto dejó de ser por tu padre.
Selene sonrió.
Por primera vez, aquellas palabras no le dieron miedo.
Porque finalmente comprendía la diferencia entre alguien que quería poseerla…
y alguien dispuesto a quedarse a su lado mientras ella aprendía a ser libre.
Toda su vida Margaret había intentado convencerla de que no valía nada.
Pero Arthur había dado su vida creyendo lo contrario.
Vincenzo había mantenido una promesa durante catorce años.
Y Selene finalmente había aprendido la verdad más importante de todas:
no necesitaba convertirse en una reina del mundo criminal para vencer a sus monstruos.
Solo necesitaba dejar de creer que seguía siendo su víctima.