Su hermana la arrojó al río, pero el rey Alfa que la salvó ocultaba una maldición mortal

Su hermana la arrojó al río, pero el rey Alfa que la salvó ocultaba una maldición mortal

PARTE 1

El rostro de Lisara fue lo último que Seren vio antes de hundirse en el río helado. Su hermana permaneció al borde del precipicio, tranquila y sin remordimientos.

—Debiste continuar escondida —dijo—. Ahora todo lo que posee nuestro padre será mío.

Seren intentó luchar contra la corriente, pero el frío paralizó sus extremidades. La media luna plateada de su hombro ardió bajo la ropa: la marca de una vidente, un linaje que supuestamente condenaba a cualquier Alfa que se atreviera a reclamarlo.

Cuando ya no le quedaban fuerzas, unas manos enormes la sacaron del agua.

El hombre que la llevó hasta la orilla tenía el cabello pálido, ojos grises y un cuerpo que irradiaba un calor imposible. Seren reconoció inmediatamente al rey Caleum de Valdrus, llamado el Rey del Invierno.

Caleum había presenciado la traición desde una colina.

—Su familia intentó eliminarla —explicó a sus guardias—. Ya no tiene a nadie que la reclame. Por eso lo haré yo.

Seren despertó en la fortaleza real. Cuando el rey la recibió, no fingió compasión.

Necesitaba una esposa sin familia poderosa ni alianzas capaces de interferir con su gobierno. Le ofreció seguridad, una corona y protección. A cambio, ella sería su reina y le daría un heredero.

—Existe una última condición —advirtió Caleum—. Nunca te amaré.

Para Seren aquello parecía sencillo. Había pasado toda su vida escuchando que su marca era una maldición. Nunca esperó encontrar amor.

—Un matrimonio sin sentimientos con un hombre que no desea lastimarme parece el paraíso.

Firmaron el contrato y se casaron poco después. Seren mantuvo la espalda cubierta para ocultar su marca. Durante la ceremonia, Caleum comprendió su miedo y se negó a cumplir el ritual que exigía descubrir parte del cuerpo de la novia.

—Hay tradiciones que merecen permanecer en el pasado —declaró.

El rey protegió su secreto sin exigir explicaciones. También la defendió cuando algunos consejeros la llamaron indigna. Aunque afirmaba ser incapaz de sentir afecto, cada uno de sus actos demostraba una gentileza que contradecía sus palabras.

Con el paso de los meses, la distancia entre ellos comenzó a desaparecer.

Seren descubrió que Caleum apenas dormía, que su piel ardía como una forja y que cientos de cicatrices cubrían su espalda. Finalmente, una sirvienta le reveló la verdad sobre la familia real.

El primer rey de Valdrus había sido sometido a una antigua maldición. Sus descendientes absorbían el dolor de todas las personas a quienes amaban. Cuanto más profundo era el afecto, mayor era el sufrimiento.

Caleum había perdido a su madre siendo niño y había soportado en su propio cuerpo cada momento de su enfermedad. Desde entonces decidió no amar a nadie.

Seren comprendió que no había elegido una esposa sin sentimientos porque fuera cruel. Lo había hecho para sobrevivir.

Pese al peligro, continuaron acercándose. Compartían cenas, conversaciones y secretos. Caleum dejó de tratarla como parte de un contrato, mientras Seren comenzó a esperar cada noche el sonido de sus pasos.

Entonces descubrió que estaba embarazada.

Al escuchar la noticia, Caleum la abrazó con una alegría que Seren nunca había visto en él. Sin embargo, ella comenzó a llorar.

—Ya tienes el heredero que necesitabas. El contrato se ha cumplido.

El rey la miró horrorizado.

—No me importa ese contrato.

—¿Entonces por qué deseas que me quede?

—Porque te amo.

Caleum apenas terminó la confesión cuando llevó una mano al pecho y cayó al suelo. Su cuerpo comenzó a convulsionar y su piel se volvió tan caliente que quemaba.

Los sanadores lo trasladaron a la cama, pero ninguno consiguió estabilizarlo.

—La maldición está intentando absorber todo el sufrimiento de la reina —explicó la sanadora principal—. Las náuseas, el cansancio y cada molestia del embarazo se transfieren a él.

Seren contempló a su esposo inconsciente.

—¿El embarazo lo está matando?

La mujer negó lentamente.

—No, majestad. Lo está matando el amor que siente por usted y por su hijo.

PARTE 2

Seren tomó una decisión desesperada.

Si Caleum dejaba de amarla, quizá la maldición perdería su fuerza. Desabrochó el vestido y dejó al descubierto la media luna que llevaba escondiendo toda su vida.

La marca emitió un intenso resplandor plateado.

Los sanadores retrocedieron alarmados.

—Soy una vidente —confesó Seren junto a la cama—. Me enseñaron que mi sangre condena a cualquier Alfa que me reclame. Sabía que podía destruirte y aun así acepté casarme contigo. Ódiame, Caleum. Por favor, ódiame lo suficiente para sobrevivir.

El rey abrió los ojos con dificultad. Extendió una mano temblorosa y acarició su rostro.

—Acabas de mostrarme lo que más temes para intentar salvarme. ¿Cómo podría odiarte por eso?

—No…

—Solo puedo amarte más.

Su mano cayó sobre la cama y su corazón comenzó a debilitarse. La sanadora principal advirtió que aquella nueva confesión había fortalecido la maldición.

Sin embargo, todavía existía una posibilidad. En los confines orientales vivía una ermitaña que conocía las formas más antiguas de magia.

Seren cabalgó durante toda la noche hasta encontrar su cabaña junto a un lago congelado. La anciana abrió la puerta antes de que llamara por segunda vez.

—Te esperaba desde que el río intentó llevarte —dijo.

Seren le explicó lo ocurrido. La ermitaña escuchó y después tocó la marca lunar.

—Nunca fuiste una maldición. Esa historia fue creada por un rey rechazado por una vidente. Como no pudo soportar que ella se negara a ser suya, convenció al mundo de que su linaje era peligroso.

—Entonces, ¿qué significa esta marca?

—Tu sangre evolucionó junto a la familia de Valdrus. Ellos absorben el sufrimiento y las videntes pueden transformarlo. No estás destinada a destruir a Caleum, sino a equilibrar su poder.

Para salvarlo, Seren debía completar voluntariamente el vínculo entre la vidente y su Alfa. Pero tendría que sentir todo el dolor que Caleum había acumulado durante su vida. Si su cuerpo o su mente no lo soportaban, ambos desaparecerían.

—Dime cómo hacerlo —respondió Seren sin vacilar.

Regresó a la fortaleza al amanecer y encontró caballos con el escudo de la casa Fen. Su padre, Lord Eldric, había llegado acompañado por Lisara. Fingían preocupación por la salud del rey, aunque esperaban aprovechar su caída.

—Cuando Caleum desaparezca, volverás a no ser nadie —se burló Lisara.

La marca de Seren brilló a través de su ropa.

—Me empujaste al río para quedarte con una herencia y con un hombre que jamás quise.

—No tienes pruebas.

—Caleum presenció cada momento.

La sonrisa de Lisara desapareció.

Seren se volvió hacia los guardias y ordenó que detuvieran a su hermana por intento de asesinato. Después acusó a su padre de ocultar deliberadamente la verdad sobre las videntes para mantenerla sometida.

Eldric intentó invocar su autoridad paterna, pero Seren ya no era la muchacha aterrorizada que comía sola en una habitación.

—Durante años me convenciste de que era monstruosa porque temías mi poder. Tu control terminó el día en que Lisara me arrojó al río.

Ambos fueron encerrados a la espera de un juicio.

Seren corrió a los aposentos del rey. La escarcha cubría las paredes y Caleum apenas respiraba.

Ordenó a todos que salieran, subió a la cama y apoyó una mano sobre su pecho.

—La mujer del lago me explicó la verdad. Mi marca puede transformar la maldición, pero tendré que compartir todo tu sufrimiento.

Caleum abrió los ojos.

—No lo hagas. Podría destruirte.

Seren entrelazó sus dedos con los de él.

—Tú entraste en un río helado por una desconocida. Ahora déjame entrar en tu oscuridad.

Presionó la frente contra la suya y aceptó completamente el vínculo.

La luz plateada llenó la habitación.

El dolor llegó como una tormenta. Seren sintió la enfermedad de la madre de Caleum, el duelo de un niño obligado a convertirse demasiado pronto en rey y todas las heridas emocionales que él había absorbido en silencio. También sintió siglos de sufrimiento transmitido a través de su linaje.

Estuvo a punto de romperse.

Entonces comprendió que no debía conservar aquel dolor dentro de ella. Su poder no consistía en sufrir en lugar de Caleum, sino en transformar lo que ambos soportaban.

Convirtió el duelo en gratitud, el miedo en valor y la agonía en un amor que no consumía, sino que sostenía.

La maldición se quebró.

La escarcha desapareció de las paredes. La temperatura de Caleum descendió hasta convertirse en el calor natural de un Alfa. Cuando abrió los ojos, las sombras de su rostro habían desaparecido.

—El dolor se ha ido —susurró, incrédulo—. Por primera vez en mi vida, no siento que algo arda dentro de mí.

Seren sonrió entre lágrimas.

—Las videntes nunca estuvieron destinadas a destruir a los reyes de Valdrus. Estábamos destinadas a salvarlos.

Caleum la besó con una ternura tranquila.

—Te amo.

Esta vez las palabras no le causaron dolor.

—Yo también te amo —respondió ella.

Lord Eldric fue despojado de su autoridad y Lisara respondió por haber intentado acabar con su hermana. Seren no pidió venganza, pero tampoco permitió que los lazos de sangre borraran la responsabilidad.

Cuando la verdad sobre las videntes se extendió por el reino, otras personas marcadas abandonaron sus escondites. Seren fundó una academia para enseñarles a comprender sus dones y evitar que otra generación creciera sintiéndose maldita.

Meses después nació una niña de ojos grises y una diminuta media luna plateada en el hombro.

Caleum la sostenía bajo los cerezos en flor mientras Seren descansaba junto a él.

—Cuando te saqué del río —dijo el rey—, creí que había encontrado una esposa conveniente, alguien a quien nunca podría amar.

—Y yo creí que había aceptado un matrimonio donde al menos nadie intentaría lastimarme.

Caleum tomó su mano.

—En cambio, encontré mi salvación.

Seren apoyó la cabeza en su hombro.

—Nos salvamos mutuamente. Tú me rescataste del río, pero también de una vida en la que pensaba que no merecía existir. Yo no rompí tu maldición sola. Lo hicimos juntos cuando decidimos dejar de escondernos.

Sobre ellos cayeron pétalos blancos, parecidos a la nieve, aunque cálidos y suaves.

Habían comenzado como dos desconocidos unidos por un contrato: un rey que temía amar y una mujer convencida de que su existencia traía desgracia.

Terminaron construyendo una familia, un reino más justo y un amor que no destruía a quien lo sentía.

Un amor que, por primera vez, los había hecho libres.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward