Su esposo la subastó como esclava… pero un poderoso vikingo la compró y cambió su destino

PARTE 1
El día que Linea dejó de ser una mujer y se convirtió en el número catorce, prometió que recordaría cada rostro que hubiera participado en aquello.
Tenía veintitrés inviernos.
Su aldea, Barnheim, había sido reducida a cenizas por los hombres del jarl Hakon. Su padre, Biarni, el herrero, había muerto defendiendo su hogar. A ella la encadenaron junto con otros supervivientes y la llevaron hasta el mercado de Hedeby.
Allí la colocaron en una fila.
Compradores pasaban delante de ellos hablando de fuerza, edad y utilidad como si estuvieran eligiendo caballos.
Pero Linea nunca bajó la cabeza.
Por eso vio inmediatamente al hombre que entró en el mercado.
Era alto, ancho de hombros, con una capa de piel de lobo y varias cicatrices que demostraban que había sobrevivido a cosas peores que una mala negociación.
Caminaba sin prisa.
Cuando sus ojos color ámbar encontraron los de Linea, se detuvo.
El mercader se apresuró a hablar.
—La número catorce. Joven, fuerte y hábil con las manos.
El desconocido lo ignoró.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Linea, hija de Biarni, herrero de Barnheim. Y si crees que soy mercancía, ya empezaste equivocándote.
El mercader levantó la mano dispuesto a golpearla.
El hombre solo tuvo que mirarlo para detenerlo.
—¿Cuánto?
—Doscientas piezas de plata.
—Te doy trescientas. Y la desatas ahora.
Las cadenas cayeron de las muñecas de Linea.
El desconocido se acercó.
—Ahora eres mía.
Ella sintió un escalofrío.
—¿Cómo te llamas?
—Gunar Iborsen.
Lo siguió hasta el muelle porque quedarse significaba volver a ser el número catorce.
Pero no tardó en enfrentarlo.
—¿Qué quieres de mí? ¿Una criada? ¿Una esclava?
—Ninguna de las dos.
—Entonces explícate.
Gunar la observó.
—Tu padre tenía una deuda conmigo.
El pecho de Linea se tensó.
—Biarni aceptó forjarme una espada con un acero que solo vuestra familia sabía trabajar. Le pagué antes de que muriera.
—¿Entonces me compraste para cobrarle la deuda a su hija?
—No.
Gunar miró sus manos.
—Te compré porque eres la única persona viva que aprendió su oficio.
Linea no respondió.
—Los supervivientes de Barnheim dijeron que prácticamente creciste dentro de su herrería. Y cuando te vi en el mercado no estudiaste las salidas. Estudiaste el metal de las armas de los guardias.
Había acertado.
Eso la molestó.
—¿Y cuando termine la espada?
—Recibirás tu libertad por escrito, ante testigos.
Aquella palabra casi dolió.
Libertad.
—¿Por qué necesitas tanto esa espada?
Gunar miró el mar.
—Porque viene una guerra.
—¿Contra quién?
Antes de que respondiera, uno de sus hombres gritó desde el barco.
—¡Gunar! ¡Velas al norte!
Cuatro embarcaciones aparecieron entre la niebla.
En sus velas ondeaba un lobo negro.
Linea conocía aquel símbolo.
Era el estandarte del jarl Hakon.
El hombre que había quemado Barnheim.
El hombre responsable de la muerte de su padre.
El hombre que la había enviado encadenada hacia el sur.
Gunar empezó a subir al barco.
—¿Vienes?
Linea miró las naves enemigas acercándose.
—¿Por qué te persigue Hakon?
Gunar se volvió apenas.
—Porque si llego vivo al próximo Alting, probablemente me convertiré en Gran Jarl del Norte.
Linea sintió que el mundo cambiaba bajo sus pies.
Entonces Gunar añadió:
—Y Hakon está dispuesto a destruir todo mi clan para impedirlo.
Las cuatro naves comenzaron a cerrarles el paso.
Y Linea comprendió que el hombre que acababa de comprarla no necesitaba simplemente una espada.
Necesitaba que ella forjara el arma que podía decidir quién gobernaría todo el norte.
PARTE 2
Los barcos de Hakon no los estaban persiguiendo.
Los estaban esperando.
Linea lo comprendió cuando vio cómo las cuatro embarcaciones se distribuían para cerrar todas las rutas hacia el norte.
—Alguien sabía que estarías en Hedeby —dijo.
Gunar no respondió.
No hacía falta.
Había un traidor cerca de él.
La tripulación preparó las armas.
Eran catorce contra más de setenta hombres.
Gunar señaló unas rocas al este.
—Hay un paso estrecho. Nuestros barcos pueden atravesarlo. Los de Hakon, no.
—¿Cuál es el problema?
—Necesitamos que uno de nuestros barcos los distraiga.
Linea entendió inmediatamente.
—El barco señuelo no sobrevivirá.
—Yo iré en él.
—Eso no es una estrategia. Es heroísmo estúpido disfrazado de estrategia.
Por primera vez, algo parecido a diversión apareció en los ojos de Gunar.
—¿Tienes una idea mejor?
Linea observó el casco, las cuerdas y la corriente.
Toda su infancia había escuchado conversaciones entre su padre y marineros.
—Sí.
Ordenó perforar de manera controlada el casco del barco señuelo. Si calculaba correctamente el diámetro y la presión, tardaría mucho más en hundirse.
Modificaron además el aparejo para que derivara hacia el este.
El plan funcionó.
Mientras los hombres de Hakon perseguían el señuelo, el barco principal atravesó el paso entre las rocas.
Tres días después llegaron a Ivor Fiord.
Linea esperaba una fortaleza hostil.
Encontró un hogar.
Casas sólidas.
Almacenes.
Niños corriendo.
Y una enorme herrería con dos chimeneas.
Un pequeño llamado Leif, sobrino de Gunar, corrió hacia él y se lanzó a sus brazos.
—¿Quién es ella?
Gunar miró a Linea.
Ella respondió:
—Una herrera.
Leif abrió los ojos.
—¿De verdad?
—Eso está por verse —dijo Gunar.
Aquella misma noche Linea quiso inspeccionar la herrería.
En una caja cerrada encontró algo que cambió todo.
Una barra de acero oscuro.
El acero de su padre.
Junto con ella había llegado una nota.
Biarni había escrito que el resto del trabajo debía completarlo su hija.
Linea tocó el metal.
Por un instante volvió a tener nueve años, sentada en la herrería de Barnheim escuchando a su padre decir que el metal debía ser escuchado antes de ser golpeado.
—Puedo hacerla —dijo.
Gunar la miró.
—¿La espada?
—Sí. Pero ahora vas a contarme toda la verdad.
Entonces supo que el Alting del Norte elegiría al nuevo Gran Jarl.
Seis grandes clanes votarían.
Cuatro apoyaban a Gunar.
Dos a Hakon.
Sin embargo, para presentarse al rito, Gunar necesitaba una espada ceremonial fabricada con el acero tradicional de su linaje.
Su espada anterior había sido destruida durante uno de los intentos de Hakon por eliminarlo.
Sin una nueva espada, ni siquiera podría ser candidato.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Linea.
—Quizá tres semanas.
Ella encendió la fragua.
—Entonces empezamos ahora.
Durante los días siguientes, Linea trabajó hasta que el olor a carbón volvió a convertirse en parte de su piel.
Gunar acudía cada noche.
Ella comenzó a estudiar no solamente su espada, sino al hombre que la empuñaría.
—Muéstrame cómo peleas.
Gunar tomó un hacha.
Linea observó sus movimientos.
Descubrió que era zurdo aunque combatía normalmente con la derecha para confundir a sus enemigos.
Aquello cambió completamente el diseño.
—La espada será ligeramente asimétrica —decidió—. Cuando cambies de mano, el equilibrio continuará funcionando.
—¿Puedes conseguirlo?
—No lo sé.
Gunar levantó una ceja.
—Pero voy a intentarlo —añadió ella.
Trabajaron juntos durante días.
Y sin darse cuenta, Linea dejó de pensar en escapar.
Leif empezó a sentarse junto a la puerta para verla trabajar.
—Quiero aprender a escuchar el metal —le dijo.
Ella prometió enseñarle.
Vera, la mujer que administraba el salón, comenzó a dejarle comida sin preguntar.
Y Gunar dejó de verla como una herramienta.
Una noche Linea terminó la hoja.
Cuando Gunar la tomó, cerró los ojos.
Solo durante un instante.
—Es perfecta.
Algo dentro de Linea se movió.
Entonces apareció el verdadero peligro.
Mientras buscaba aceite detrás de los establos, escuchó dos hombres hablando.
Uno era Urdal.
Un guerrero de confianza de Gunar.
—Hakon llegará con cincuenta barcos —decía el otro hombre.
—¿Cuándo?
—En seis días.
Urdal confirmó que dejaría abierta una ruta hacia el fiordo.
También hablaron de Linea.
Si entregaba la espada, podía vivir.
Si se negaba, dejaría de ser un problema.
Linea regresó a la herrería.
Podía escapar.
Tenía conocimientos.
Tenía la espada.
Podía incluso vender la información a Hakon y comprar su libertad.
Tres semanas antes lo habría hecho.
Entonces recordó a Leif.
A Vera.
La herrería.
Y a Gunar cerrando los ojos cuando sostuvo la espada que había esperado durante años.
—Maldición.
Fue directamente al gran salón.
Le contó todo.
Gunar escuchó sin interrumpir.
Cuando terminó preguntó:
—¿Por qué me lo dices?
Linea frunció el ceño.
—Podrías haber escapado —continuó él—. Era la decisión más inteligente.
Ella tardó demasiado en responder.
—Mi padre hizo un pacto con el tuyo. No pienso destruirlo.
Gunar sabía que aquello no era toda la verdad.
Pero no insistió.
Dejó escapar a Urdal deliberadamente.
Solo que antes le dio información falsa.
Hakon atacó exactamente donde Gunar quería.
Sus cincuenta barcos entraron por un paso aparentemente desprotegido.
Encontraron cadenas ocultas bajo el agua.
Las naves quedaron atrapadas unas contra otras.
Entonces Gunar atacó.
La batalla fue corta.
Hakon consiguió retirarse con menos de la mitad de su flota.
Cuando Gunar regresó, Linea vio sangre en su brazo.
—La espada funcionó —dijo él.
—Ya lo sé.
—¿Cómo?
—Porque estás aquí.
Aquellos días de calma posteriores fueron todavía más peligrosos para Linea.
Descubrió una pequeña lápida sin nombre en el cementerio de los Iborsen.
Vera le explicó que pertenecía a Sigrid, la hermana de Gunar, que había muerto ahogada cuando tenía dieciséis años.
Gunar nunca había conseguido grabar su nombre.
Linea regresó con un cincel.
Pasó horas trabajando la piedra.
Cuando terminó podía leerse:
SIGRID IBORSEN.
Esa noche Gunar entró en la herrería.
—¿Por qué lo hiciste?
—Nadie debería quedarse sin nombre.
Él extendió una mano.
No exigió nada.
Solo esperó.
Linea colocó la suya encima.
Gunar cerró los dedos suavemente.
Aquel fue el primer momento verdaderamente íntimo entre ellos.
No hubo beso.
No lo necesitaban.
Después viajaron al Alting.
Hakon también estaba allí.
Encontró a Linea sola y le ofreció cuatrocientas piezas de plata.
—Vete. Sin la herrera que fabricó la espada, puedo cuestionar la legitimidad del rito.
—No.
—Eso es más dinero del que probablemente verás en toda tu vida.
—Probablemente.
—Entonces ¿por qué rechazarlo?
Linea sostuvo su mirada.
—Porque mi padre empezó este trabajo y yo lo terminé. Algunas cosas no están en venta.
—Eres una mujer difícil.
—Soy herrera. Trabajamos con materiales resistentes.
Cuando Hakon se marchó, Linea descubrió a Gunar a pocos pasos.
Había oído todo.
—Cuatrocientas piezas es una oferta importante —dijo.
—Ya le respondí.
—Podías ser libre.
Linea lo miró.
—Estoy aquí porque quiero.
El consejo comenzó al día siguiente.
Cuatro horas después se abrieron las puertas.
Gunar salió con la espada de Linea en la mano.
Vera susurró:
—Gran Jarl.
Gunar había ganado.
En el viaje de regreso, Linea comprendió que finalmente podía marcharse.
La deuda estaba cumplida.
La espada había sido entregada.
Su libertad era real.
Gunar cumplió su palabra.
Durante la celebración en Ivor Fiord se sentó junto a ella.
—Mañana prepararé tus documentos de libertad.
—Bien.
—¿Cuándo quieres marcharte?
Linea observó el fuego.
—Eso depende.
Gunar esperó.
—Me dijiste que aquí podía ser lo que yo decidiera.
—Y era verdad.
—Entonces quiero ser herrera de Ivor Fiord. Con mi propio trabajo. Mis propias condiciones. No como propiedad de nadie.
—Aceptado.
Linea sonrió ligeramente.
—Hay otra cosa.
—¿Cuál?
—Aprendí que el mejor acero no siempre es el más duro. Es el que sabe doblarse sin romperse.
Lo miró.
—Yo llevaba años siendo tan dura que había olvidado cómo hacer eso.
Gunar guardó silencio.
Después habló casi en un murmullo.
—¿Y si yo quiero algo más que la herrera de Ivor Fiord?
El corazón de Linea reaccionó antes que su cabeza.
—Entonces tendrás que decir exactamente qué quieres.
Gunar se volvió completamente hacia ella.
—La primera vez que te vi en aquel mercado dije: “Ahora eres mía”.
Linea alzó una ceja.
—Lo recuerdo perfectamente.
—Lo dije mal.
—Muchísimo.
—Pero aquello que sentí no estaba equivocado.
Su expresión había perdido toda dureza.
—Te vi plantada allí, después de veinte días en cadenas, mirando a todo el mundo como si todavía fueras tú quien decidía quién era digno de acercarse. Y pensé que llevaba años esperando conocer a alguien así.
Linea dejó la copa.
—Todavía me debes mis documentos de libertad.
—Los tendrás mañana.
—Y si me quedo, será como tu igual.
—Siempre.
—No como una esposa para una alianza.
—No.
—No porque me compraste.
—Nunca.
Linea lo estudió.
Entonces la comisura de sus labios se levantó.
—Todavía estoy decidiendo.
Gunar sonrió.
Esta vez de verdad.
—Tómate todo el tiempo que necesites.
—No demasiado —gritó Vera desde el otro extremo del salón—. El invierno llega pronto.
Leif asintió seriamente como si aquello fuera un argumento político irrefutable.
Linea miró a ambos.
Después miró la herrería visible al otro lado del patio.
Pensó en su padre.
En Barnheim.
En el número catorce.
En el hombre que la había comprado y luego había pasado semanas enseñándole, sin decirlo, que quedarse podía ser una elección completamente distinta a estar atrapada.
Finalmente volvió a mirar a Gunar.
—Bien.
—¿Bien qué?
—Me quedo.
Y aquella fue la diferencia que cambió toda su historia.
Gunar había comprado a Linea cuando otros la consideraban mercancía.
Pero jamás consiguió poseerla.
Tuvo que darle primero aquello que ella había perdido.
Su libertad.
Y solo después de ser completamente libre…
Linea lo eligió a él.