Su bebé no ha llorado desde que nació; abre los ojos por primera vez cuando entra el rey vampiro.
Su bebé no ha llorado desde que nació; abre los ojos por primera vez cuando entra el rey vampiro.

PARTE 1
Nada puede preparar a una madre para el terror de dar a luz y no escuchar el llanto de su bebé.
Mi hijo Leo llevaba tres meses en este mundo y jamás había emitido un solo sonido.
Nunca había llorado.
Nunca había abierto los ojos.
Y aquella noche descubrí que los médicos no podían salvarlo… porque mi hijo no era completamente humano.
Me llamo Selena Hensley, y durante semanas prácticamente viví sentada junto a la incubadora de Leo. Los médicos habían realizado tantos estudios que perdí la cuenta. Análisis genéticos, pruebas neurológicas, monitoreo cerebral… todos terminaban con la misma respuesta:
Nadie entendía qué le ocurría.
Su temperatura corporal era demasiado baja para que siguiera vivo. Su corazón latía con una lentitud aterradora. Su organismo rechazaba la leche y casi cualquier alimento.
Sin embargo, sus células continuaban desarrollándose.
—No tenemos una explicación científica —me dijo el doctor Wright—. Debes considerar trasladarlo a cuidados paliativos.
Lo miré como si acabara de insultarme.
—Mi hijo no se está muriendo.
—Selena…
—Está esperando algo.
No sabía por qué dije aquello.
Simplemente lo sentía.
Quizá porque desde mi embarazo sabía que algo era diferente.
Todo había comenzado con Alexander Croft.
Lo conocí cuando trabajaba restaurando documentos antiguos. Era un hombre demasiado perfecto para parecer real: alto, elegante, misterioso y dueño de una poderosa empresa.
Su piel siempre estaba fría.
Sus ojos parecían negros incluso bajo la luz.
Nuestra relación fue intensa, casi absurda. En pocas semanas me enamoré de él como nunca me había enamorado de nadie.
Entonces desapareció.
Sin despedirse.
Su apartamento quedó vacío. Su compañía abandonó la ciudad. Sus teléfonos dejaron de funcionar.
Y poco después descubrí que estaba embarazada.
El embarazo fue horrible.
La luz del sol comenzó a provocarme migrañas. Dejé de soportar ciertos alimentos. Mi cuerpo parecía consumirse mientras Leo crecía dentro de mí con una rapidez que los médicos tampoco podían explicar.
Cuando nació prematuramente y permaneció completamente silencioso, una idea terrible comenzó a perseguirme.
Alexander me había ocultado algo.
Aquella noche estaba sola junto a Leo cuando la temperatura de la habitación cayó repentinamente.
Las luces parpadearon.
Después se apagaron.
El ruido del hospital desapareció.
No escuchaba enfermeras.
No escuchaba máquinas en los pasillos.
Nada.
Entonces una voz salió de la oscuridad.
—Siempre fuiste increíblemente obstinada, Selena.
Sentí que el corazón se me detenía.
Conocía aquella voz.
—Alexander…
Una figura salió lentamente de las sombras.
Era él.
Exactamente igual que el día en que desapareció.
Ni una arruga.
Ni una señal de cansancio.
Pero sus ojos habían cambiado.
Ahora brillaban con un tono rojo oscuro.
Me puse inmediatamente delante de la incubadora.
—No te acerques a mi hijo.
Alexander me observó con una tristeza extraña.
—También es mi hijo.
—Me abandonaste embarazada.
—Desaparecí para mantenerlos vivos.
Solté una risa amarga.
Entonces comenzó a hablar de enemigos, de una rebelión y de personas que querían matarlo.
Pensé que estaba loco.
Hasta que señaló a Leo.
—Los médicos humanos nunca podrán ayudarlo.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Alexander se acercó lentamente a la incubadora.
—Leo no está enfermo, Selena.
—Entonces ¿por qué no despierta?
Alexander apoyó una mano sobre el plástico transparente.
Sus ojos rojos se clavaron en los míos.
—Porque está muriéndose de hambre.
Me quedé paralizada.
—Lo alimentan todos los días.
Alexander negó lentamente.
—Con comida humana.
Sentí que las piernas me temblaban.
—¿Qué eres tú?
Durante varios segundos permaneció en silencio.
Después pronunció las palabras que destruyeron todo lo que yo creía saber sobre mi vida.
—Soy el soberano de la Corte Nightfall.
Dio otro paso hacia nuestro hijo.
—Soy un vampiro, Selena.
Quise reír.
Quise gritar.
Pero entonces miré a Leo, recordé su piel helada, su corazón imposible y aquellos tres meses de silencio.
Alexander abrió la incubadora.
—Y nuestro hijo es mi heredero.
Antes de que pudiera detenerlo, levantó a Leo entre sus brazos… y llevó sus propios dientes hacia su muñeca.
PARTE 2
—¡Alexander, no!
Intenté arrebatarle a Leo, pero una fuerza invisible me mantuvo inmóvil.
Vi cómo Alexander mordía su propia muñeca.
Una sustancia oscura, espesa y brillante apareció sobre su piel.
Sangre.
Pero no se parecía a ninguna sangre que hubiera visto.
—Confía en mí —dijo.
—¡Es un bebé!
—Precisamente por eso tengo que hacerlo ahora.
Acercó lentamente la herida a los labios de Leo.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
El monitor continuó marcando aquel ritmo desesperadamente lento.
Un latido.
Otro.
Otro.
Entonces Leo se estremeció.
Sus pequeños labios se abrieron.
Su lengua tocó la sangre de Alexander.
Y todo cambió.
Sus manos, que siempre permanecían cerradas, se abrieron repentinamente.
Después agarró con una fuerza increíble la muñeca de su padre.
El monitor comenzó a sonar frenéticamente.
La temperatura de Leo subió.
Su corazón aceleró.
Yo apenas podía respirar.
—Alexander…
Él retiró lentamente el brazo.
Entonces vi algo que había esperado durante tres meses.
Los párpados de mi hijo comenzaron a moverse.
—Leo…
Sus ojos se abrieron.
Pero no eran marrones.
Ni azules.
Ni verdes.
Eran rojos.
Brillantes.
Idénticos a los de su padre.
Me llevé una mano a la boca.
Leo me miró.
Por primera vez.
Y en lugar de llorar, emitió un extraño sonido grave, casi parecido a un ronroneo.
Las rodillas me fallaron.
Alexander sonrió.
—Nuestro hijo acaba de despertar.
Después su expresión cambió.
—Y ahora tenemos que irnos.
—¿Irnos adónde?
—Mis enemigos podrán sentirlo.
Las luces del hospital regresaron de golpe. Alarmas comenzaron a sonar por todas partes.
Alexander me entregó a Leo y cubrió nuestros cuerpos con su abrigo.
—No lo sueltes.
Golpeó la puerta.
La estructura salió arrancada de las bisagras.
Vi enfermeras y guardias de seguridad acercándose.
Alexander levantó una mano.
Todos cayeron inconscientes.
—¡¿Qué hiciste?!
—Dormirán unas horas.
Bajamos por las escaleras mientras yo abrazaba a Leo contra mi pecho.
Afuera nos esperaba un enorme vehículo negro.
Un hombre corpulento abrió la puerta.
—Mi rey.
Aquellas dos palabras hicieron que todo fuera aún más real.
Alexander era exactamente lo que había dicho.
Y yo acababa de descubrir que había tenido un hijo con un rey vampiro.
Durante el trayecto me contó la verdad.
Una poderosa familia rival dirigida por Alistair Corvin había intentado derrocarlo. Alexander había desaparecido porque asesinos habían llegado a buscarme cuando yo todavía estaba embarazada.
Había pasado meses destruyendo económicamente a Corvin, bloqueando sus negocios y arrebatándole aliados.
Pero Leo lo cambiaba todo.
—Un heredero fortalece mi derecho al trono —explicó—. Mientras dormía, su cuerpo ocultaba su presencia. Ahora todos podrán sentirlo.
Miré a mi hijo.
Leo contemplaba tranquilamente las luces que pasaban detrás de la ventana.
—Entonces vendrán por él.
Alexander no respondió inmediatamente.
Eso fue suficiente.
Llegamos a una enorme residencia rodeada por muros, guardias y sistemas de seguridad.
Por primera vez desde el nacimiento de Leo sentí que quizá podía respirar.
Lo acosté sobre una cama.
Inmediatamente comenzó a moverse.
Parecía otro niño.
Más fuerte.
Más despierto.
Alexander permaneció junto a la ventana.
—Es extraordinario.
—Necesita un padre —le dije—. No solamente un rey.
Alexander me miró.
Su expresión cambió.
Por primera vez no vi al monstruo.
Vi al hombre que había amado.
—Lo tendrá.
Se acercó y tomó mi mano.
—Y tú nunca volverás a estar sola.
Quise creerle.
Entonces toda la casa tembló.
Las luces se volvieron rojas.
Una alarma estremeció los pasillos.
La puerta se abrió violentamente.
El hombre que nos había conducido apareció armado.
—Han atravesado el perímetro.
Alexander mostró los colmillos.
—¿Cuántos?
—Docenas.
Desde alguna parte de la propiedad llegó un aullido tan profundo que sentí cómo Leo se estremecía entre mis brazos.
—Hombres lobo —murmuró Alexander.
Me quedé helada.
—¿Existen también?
—Después hablaremos de eso.
Otro impacto sacudió la casa.
Alexander ordenó llevarnos a una habitación blindada escondida detrás de una estantería.
Lo agarré del brazo.
—No vuelvas a dejarme.
Alexander sostuvo mi rostro entre sus manos.
—Esta vez no estoy huyendo.
Sus ojos se encendieron.
—Esta vez voy a terminar la guerra.
Desapareció antes de que pudiera responder.
La puerta blindada se cerró.
Desde dentro escuché disparos.
Golpes.
Aullidos.
Rugidos.
El suelo vibraba bajo mis pies.
Yo abrazaba a Leo mientras intentaba impedir que el miedo me dominara.
Finalmente todo quedó en silencio.
Un golpe sonó contra la puerta.
Después otro.
Los seguros comenzaron a abrirse.
El metal se desplazó lentamente.
Alexander apareció al otro lado.
Su traje estaba destrozado.
Su cuerpo estaba cubierto de sangre.
Pero seguía vivo.
Arrastraba a una criatura enorme, medio humana y medio bestia.
Y con la otra mano sujetaba del cuello a un hombre mayor vestido con un elegante traje gris.
Lo arrojó de rodillas delante de mí.
—Selena, quiero presentarte a Alistair Corvin.
El hombre levantó la mirada.
Entonces vio a Leo.
Su rostro perdió todo color.
—No…
Leo abrió sus ojos rojos.
Corvin retrocedió aterrorizado.
—Eso es imposible. La sangre real ya no podía producir herederos.
Alexander sonrió.
—Te equivocaste.
Corvin comenzó a suplicar.
Alexander no mostró compasión.
Le explicó que sus empresas habían sido destruidas, sus aliados lo habían abandonado y su ejército había sido derrotado.
La rebelión había terminado.
Cuando todo acabó, Alexander se acercó a nosotros.
Leo extendió inmediatamente los brazos hacia él.
Su padre lo tomó.
El bebé agarró la camisa ensangrentada de Alexander y volvió a producir aquel extraño sonido satisfecho.
Alexander extendió su mano hacia mí.
—La guerra terminó.
Miré la habitación destruida.
Miré al hombre que había cambiado mi vida.
Después observé a nuestro hijo.
Durante tres meses había rezado por verlo abrir los ojos.
Jamás imaginé que, cuando finalmente ocurriera, descubriría un mundo oculto que había existido junto al nuestro durante siglos.
Tomé la mano de Alexander.
Ya no era solamente Selena Hensley, la mujer abandonada con un bebé que nadie podía salvar.
Era la madre del heredero de la Corte Nightfall.
Y si alguien volvía a intentar tocar a mi hijo…
tendría que enfrentarse primero a su padre.
Y después, a mí.