“Su Bebé Dejó de Respirar a las 2 AM — Lo Que la Niñera Le Hizo Aterrorizó al Jefe de la Mafia
“Su Bebé Dejó de Respirar a las 2 AM — Lo Que la Niñera Le Hizo Aterrorizó al Jefe de la Mafia

PARTE 1
Durante semanas, Alessio Romano había dormido con un arma al alcance de la mano y el monitor de su hijo encendido sobre el escritorio.
Desde que un atentado había acabado con la vida de su esposa embarazada, Leo —el bebé que los médicos lograron salvar— se había convertido en lo único capaz de quebrar al hombre más temido del bajo mundo de Chicago.
Por eso había despedido a cinco niñeras en tres meses.
Hasta que apareció Fiona Bennet.
Tenía veintisiete años, una mirada cansada y una calma que a Alessio le resultaba casi sospechosa. Su currículum decía que había trabajado para una familia adinerada de Seattle. No hacía preguntas, no se intimidaba ante los guardias armados y parecía saber exactamente qué necesitaba Leo antes de que el niño llorara.
Alessio no sabía que Fiona le estaba ocultando algo.
Años atrás había sido enfermera de trauma. Había perdido su licencia después de que un detective corrupto, con quien había mantenido una relación destructiva, la responsabilizara de un delito que él mismo había cometido. Arruinada y sin opciones, Fiona había aceptado el trabajo en la mansión Romano usando un pasado cuidadosamente maquillado.
Durante tres semanas todo funcionó demasiado bien.
Leo dormía mejor. Sus cólicos disminuyeron. Fiona era precisa, paciente y casi invisible.
Pero Alessio comenzó a observarla.
Había algo en la forma en que sostenía al bebé, en la rapidez con la que reaccionaba cuando tosía y en la seguridad con la que revisaba su respiración que no encajaba con una simple niñera.
Una noche de tormenta, la sospecha dejó de importar.
Fiona estaba en el segundo piso cuando escuchó un sonido extraño proveniente de la cuna.
Corrió.
Leo no lloraba.
Se agitaba en silencio.
Su rostro comenzaba a ponerse azulado.
Fiona lo levantó y comprendió de inmediato que algo bloqueaba su respiración.
Intentó despejar la vía aérea con maniobras de emergencia.
Nada.
El bebé perdió fuerza.
Fiona miró alrededor desesperada. Una ambulancia tardaría demasiado.
Encontró unas pequeñas pinzas de punta roma y tomó una decisión que sabía peligrosa: intentar retirar el objeto.
En ese instante, Alessio irrumpió en la habitación.
Había oído el ruido por el monitor y subió convencido de que alguien había entrado para atacar a su hijo.
Lo que vio confirmó su peor pesadilla.
Leo estaba inmóvil sobre el cambiador.
Fiona sujetaba su mandíbula y acercaba un instrumento metálico a su boca.
Alessio levantó su arma.
—¡Aléjate de él!
Fiona ni siquiera lo miró.
—No.
La voz de Alessio se volvió más oscura.
—Fiona, te estoy dando una orden.
—Y yo estoy intentando salvar a tu hijo.
El cañón quedó a pocos centímetros de ella.
Fiona podía sentir cómo le temblaban las piernas, pero sus manos permanecieron firmes.
—Si me obligas a parar ahora, Leo no va a respirar.
Alessio apretó la mandíbula.
Toda su vida había aprendido a reaccionar antes que sus enemigos.
Pero aquella vez, por primera vez, tuvo que elegir entre su instinto y confiar en una mujer que apenas conocía.
Fiona entrecerró los ojos.
Había visto algo.
—Dame cinco segundos.
—¿Qué?
—Cinco segundos, Alessio. Después puedes hacer lo que quieras conmigo.
El dedo de él permaneció sobre el gatillo.
Fiona introdujo cuidadosamente las pinzas.
Uno.
Dos.
Alessio dejó de respirar.
Tres.
Fiona atrapó algo.
Cuatro.
Tiró con suavidad.
Y justo cuando comenzaba el quinto segundo, un pequeño objeto salió de la garganta de Leo y cayó sobre la alfombra.
Pero el bebé no hizo ningún sonido.
PARTE 2
Fiona se quedó inmóvil.
Durante una fracción de segundo que pareció eterna, nadie respiró.
Entonces Leo lanzó una bocanada áspera.
Después otra.
Y finalmente comenzó a llorar.
Nunca un llanto había sonado tan hermoso.
El color regresó lentamente a sus mejillas y Fiona cayó de rodillas abrazándolo contra el pecho.
Alessio bajó el arma.
Toda la fuerza abandonó su cuerpo.
Miró el pequeño objeto sobre la alfombra: una pieza de plástico que se había desprendido del broche del chupón.
Después miró a Fiona.
Había estado a punto de detener —o incluso herir— a la única persona capaz de salvar a su hijo.
Se arrodilló frente a ella.
Por primera vez desde la pérdida de su esposa, Alessio Romano temblaba.
No dijo nada.
Simplemente envolvió a Fiona y a Leo entre sus brazos.
Un pediatra llegó poco después y confirmó lo que Alessio ya sospechaba: si Fiona hubiera esperado unos minutos más, probablemente Leo no habría sobrevivido.
Pero el médico hizo una observación que despertó otra pregunta.
—La forma en que actuó esa mujer no es normal para una niñera. Tiene entrenamiento médico.
Esa misma madrugada Alessio ordenó investigar nuevamente su pasado.
Antes del amanecer tenía la verdad.
Fiona había sido una excelente enfermera de trauma.
El responsable de destruir su carrera era Brian Miller, un detective corrupto que había desviado investigaciones y utilizado a Fiona como chivo expiatorio para salvarse.
Alessio reconoció inmediatamente el patrón.
Ella no era culpable.
Había sido utilizada.
Mientras tanto, Fiona estaba empacando.
Sabía que había mentido sobre su pasado.
Además, había desobedecido y gritado órdenes al hombre más peligroso de Chicago mientras él le apuntaba.
Cuando abrió la puerta con su maleta, Alessio estaba esperándola.
—¿Adónde vas?
—Me marcho.
—No.
Fiona tragó saliva.
—Sé que descubriste quién soy.
—Sí.
—Entonces sabes que mentí.
Alessio se acercó.
—También sé por qué lo hiciste.
Fiona esperaba furia.
En cambio, él dijo:
—Salvaste a mi hijo cuando yo estaba demasiado asustado para entender lo que estaba viendo.
—Solo hice mi trabajo.
—No. Hiciste lo que sabías hacer aunque tenías un arma frente a ti.
Alessio le ofreció protección y prometió ayudarla a limpiar su nombre.
Sin embargo, Fiona dejó algo claro.
—No quiero cambiar una prisión por otra.
Aquellas palabras lo golpearon.
Desde entonces, Alessio comenzó a comprender que proteger a Fiona no significaba poseerla.
El problema era que alguien más ya había descubierto cuánto significaba ella para él.
Silas Moretti, jefe de una familia rival, había comprado información dentro de la seguridad de la mansión.
Y había entendido la nueva debilidad de Alessio:
Leo.
Y Fiona.
Dos semanas después, la electricidad de la propiedad se apagó.
Los generadores tampoco respondieron.
Fiona comprendió enseguida que aquello no era un accidente.
Tomó a Leo de la cuna.
Segundos después, Alessio apareció.
—Tenemos que llegar al cuarto seguro.
Él salió primero para despejar el camino mientras Fiona corría hacia la biblioteca con el bebé pegado al pecho.
No llegó.
Jonathan Royce, el jefe del nuevo equipo de seguridad contratado por Alessio, surgió detrás de ella.
Era el traidor.
Royce había vendido el acceso a la mansión a los Moretti.
Sujetó a Fiona y le ordenó entregar al niño.
Quería utilizarla para obligar a Alessio a rendirse.
Fiona fingió obedecer.
—No lastimes a Leo.
Esperó.
Royce relajó ligeramente su agarre.
Fue suficiente.
Fiona reaccionó con el entrenamiento y el instinto que todavía vivían dentro de ella, logró liberarse y corrió hacia el cuarto seguro con Leo.
La enorme puerta se cerró segundos antes de que los atacantes llegaran.
Cuando Alessio alcanzó la biblioteca y vio la puerta sellada, comprendió que Fiona había conseguido proteger a su hijo.
Ahora podía concentrarse en recuperar su casa.
El enfrentamiento fue breve pero feroz.
Los hombres que seguían siendo leales a Romano consiguieron controlar la propiedad y expulsar a los atacantes.
Cuando finalmente Alessio abrió el refugio, encontró a Fiona sentada contra la pared.
Leo dormía tranquilamente sobre su pecho.
Ella, en cambio, temblaba sin poder detenerse.
Alessio se arrodilló delante de ella.
—Se acabó.
Fiona levantó los ojos.
—¿Leo está realmente a salvo?
—Sí.
—Entonces estoy bien.
Alessio negó con la cabeza.
—Siempre dices eso.
—¿Qué?
—Que estás bien, incluso cuando no lo estás.
Fiona bajó la mirada.
—Es una costumbre difícil de perder.
Él tomó suavemente su mano.
—Entonces tendrás tiempo para aprender otra.
Después de aquella noche, todo cambió.
La información sobre el detective Brian Miller llegó de manera anónima a investigadores federales junto con pruebas suficientes para reabrir su caso. Miller terminó arrestado y el expediente que había destruido la carrera de Fiona comenzó a desmoronarse.
Silas Moretti tampoco volvió a convertirse en una amenaza para los Romano; poco después fue encontrado sin vida en Nueva York, cerrando definitivamente aquella guerra.
Pero el cambio más importante ocurrió dentro de la mansión.
Alessio dejó de vigilar a Fiona como si fuera una posesión.
Ella podía marcharse.
Y precisamente entonces decidió quedarse.
No porque le debiera algo.
No porque tuviera miedo.
Sino porque Leo se había convertido en parte de su corazón… y porque había descubierto bajo la fría armadura de Alessio a un hombre que todavía cargaba con el dolor de haber perdido a la mujer que amaba.
La relación entre ellos avanzó lentamente.
Primero confianza.
Después compañía.
Finalmente amor.
Meses más tarde, Fiona contemplaba la nieve caer sobre el lago Michigan cuando Alessio apareció detrás de ella.
Leo balbuceaba felizmente desde su cuna.
Alessio rodeó suavemente la cintura de Fiona.
—¿Te arrepientes de haber aceptado aquel trabajo?
Ella sonrió.
—Todos los días.
Él soltó una pequeña risa.
—Entonces ¿por qué sigues aquí?
Fiona se giró hacia él.
—Porque aquella noche salvé a Leo.
Apoyó una mano sobre el pecho de Alessio.
—Pero creo que después los tres empezamos a salvarnos unos a otros.
Alessio la besó en la frente.
La mujer que había llegado a aquella mansión huyendo de un pasado destruido había recuperado algo mucho más importante que una carrera.
Había recuperado el derecho de elegir su propia vida.
Y el hombre que creía que proteger significaba controlar finalmente comprendió que la forma más difícil de amar a alguien era darle una puerta abierta…
y descubrir que esa persona todavía elegía quedarse.