Sismo:mi marido huyó con su amante;librero 100kg me hirió,me ignoró.Rota,me fui;lo lamentó siempre.
Sismo:mi marido huyó con su amante;librero 100kg me hirió,me ignoró.Rota,me fui;lo lamentó siempre.

PARTE 1
El incendio comenzó en uno de los talleres y, en cuestión de minutos, las llamas amenazaban con alcanzar la planta química.
Cuando la doctora Sonin recibió la orden de evacuar, apenas tuvo tiempo de reaccionar. El edificio donde se encontraba estaba deteriorado y el humo ya había cubierto los pasillos.
Sin embargo, su esposo, Sen, director de la fábrica, tomó una decisión que ella nunca olvidaría.
En lugar de ir por ella, corrió hacia el taller para recuperar unos planos técnicos que habían pertenecido al padre de Lin Banqu.
Aquellos documentos eran considerados un tesoro para la fábrica.
Sonin, en cambio, quedó atrapada.
Cuando finalmente consiguieron sacarla, estaba gravemente herida. Los médicos lograron salvarle la pierna, pero hubo algo que no pudieron salvar.
El bebé que llevaba dentro.
Sonin escuchó la noticia en silencio.
No lloró frente a nadie.
Cuando Sen apareció, comenzó a hablar de la fábrica, de los daños materiales y de las responsabilidades que tenía como director.
—La fábrica compensará las pérdidas —dijo.
Sonin lo miró desde la cama.
—Sen… ¿sabes qué perdí yo?
Él apenas tuvo tiempo de responder.
Alguien llegó apresuradamente para avisarle que Lin Banqu estaba herida y se negaba a recibir tratamiento si él no iba a verla.
Sen se marchó.
Sonin se quedó mirando la puerta cerrada.
Y algo dentro de ella se apagó.
Habían sido años de matrimonio en los que siempre había escuchado las mismas palabras.
“El bien común.”
“La reputación de la fábrica.”
“Debes comprender mi posición.”
Siempre había algo más importante que ella.
Poco después, Lin Banqu incluso fue instalada temporalmente en el apartamento de Sonin para poder recibir mejores cuidados.
Sen cocinaba para ella, se preocupaba por sus vendajes y vigilaba que no volviera a lastimarse.
Sonin observaba todo aquello con una tranquilidad que sorprendía incluso a ella misma.
Durante años había deseado recibir una pequeña parte de esa atención.
Ahora comprendía que Sen sí sabía ser atento.
Simplemente nunca había querido serlo con ella.
Entonces ocurrió otro accidente.
Sen resultó herido mientras protegía a Lin Banqu durante una inspección.
Sonin, como médica, fue quien firmó la autorización para operarlo.
Permaneció a su lado hasta que estuvo fuera de peligro.
Pero cuando Lin Banqu sufrió una grave lesión nerviosa en la mano, Sen volvió a recurrir a Sonin.
Existía una única oportunidad para que el prestigioso profesor Chen realizara una operación especial.
Aquella oportunidad pertenecía a Sonin.
Su propio padre la había reservado para ella antes de fallecer, por si algún día necesitaba una cirugía complicada.
—Quiero que se la cedas a Lin Banqu —le pidió Sen—. Su mano es importante para su futuro.
Sonin lo miró durante varios segundos.
—¿Y si algún día soy yo quien necesita esa operación?
—La fábrica te compensará.
Sonin sonrió.
La misma palabra otra vez.
Compensación.
Como si todas las heridas pudieran pagarse.
—Está bien —respondió.
Sen pareció sorprendido.
Sonin sacó unos documentos de un cajón y los colocó frente a él.
—Ya firmé lo que tenía que firmar. Llévate la recomendación y salva a Lin Banqu.
Sen estaba tan preocupado por conseguir la cirugía que apenas prestó atención al resto.
Tomó los papeles y se marchó.
Lin Banqu fue operada.
Su mano comenzó a recuperarse.
Sen incluso empezó a preparar una celebración.
Entonces su asistente entró en la oficina con varios documentos oficiales.
—Director, esto acaba de llegar.
Sen los tomó distraídamente.
Pero al leer la primera página, su expresión cambió.
Resolución de divorcio.
La relación matrimonial entre Sen y la doctora Sonin había quedado legalmente disuelta.
—Esto es imposible…
Entonces llegó otro empleado con el historial médico que Sen había solicitado.
Lo abrió.
Sus manos comenzaron a temblar.
En una de las líneas aparecía escrito:
Embarazo de diez semanas. Pérdida gestacional tras el incendio. Hemorragia grave.
Sen levantó lentamente la cabeza.
Por primera vez comprendió qué había querido decir Sonin aquella noche cuando le preguntó:
“¿Sabes qué perdí yo?”
Y en ese instante descubrió que mientras él intentaba salvar la mano de otra mujer…
su esposa había perdido a su hijo completamente sola.
PARTE 2
El informe cayó de las manos de Sen.
Durante varios segundos no pudo hablar.
De pronto recordó a Sonin sujetándose el vientre después del incendio. Recordó su rostro pálido. Recordó aquella pregunta que él ni siquiera se había molestado en escuchar hasta el final.
Corrió hacia su apartamento.
—¡Sonin!
Nadie respondió.
Abrió los armarios.
Vacíos.
Los libros habían desaparecido. Su ropa ya no estaba. Incluso los pequeños objetos que durante años habían demostrado que una mujer vivía allí habían sido retirados.
Solo quedaba una vieja fotografía de ambos.
Sen llamó inmediatamente al departamento de seguridad.
—Encuéntrenla.
—Director, eso no forma parte de nuestras funciones…
—He dicho que la encuentren.
Descubrieron que Sonin tenía un boleto hacia la capital.
También descubrieron algo peor.
Su transferencia al Hospital Central ya había sido aprobada varios días antes.
Mientras él acompañaba a Lin Banqu de un lado a otro por su mano, Sonin había estado cortando, uno por uno, todos los vínculos que la unían a él.
Sen tomó un vehículo y corrió hacia la estación.
Pero cuando llegó, el tren ya comenzaba a avanzar.
Intentó entrar.
Los trabajadores lo detuvieron.
—¡Mi esposa está ahí!
Pero ya no era su esposa.
Sen solo pudo quedarse en el andén mientras el tren desaparecía.
Dentro de uno de los vagones, Sonin miraba por la ventana.
No lloraba.
Por primera vez en años, no era “la esposa del director Sen”.
No tenía que proteger la reputación de nadie.
No tenía que sacrificar sus oportunidades para demostrar que sabía pensar en “el bien común”.
Cuando aquel tren llegara a la capital, sería simplemente la doctora Sonin.
Y eso le bastaba.
Su llegada al Hospital Central no fue fácil.
Algunos compañeros dudaban de una médica procedente de una fábrica provincial. Otros murmuraban sobre su divorcio.
Pero Sonin respondió de la única manera que sabía.
Trabajando.
En uno de sus primeros casos importantes, un paciente llegó con una pierna gravemente afectada. Algunos médicos recomendaron amputar.
Sonin observó los síntomas y propuso una técnica de descompresión mucho más precisa.
Era un procedimiento que había utilizado durante sus años trabajando en zonas mineras.
Su propuesta funcionó.
La pierna del paciente pudo salvarse.
A partir de entonces, comenzaron a verla de otra manera.
Ya no como la exesposa de un director.
Sino como una excelente médica.
Mientras tanto, Sen comenzó a descubrir verdades que había ignorado durante años.
Lin Banqu no era la mujer frágil y desinteresada que él imaginaba.
Había utilizado muchas veces el nombre de su padre para conseguir privilegios. Había hecho uso indebido de vehículos de la fábrica e incluso mantenido relaciones sospechosas con personas vinculadas al comercio ilegal de materiales.
Peor aún, Sen descubrió que varias acusaciones contra Sonin habían sido manipuladas.
Recordó una ocasión especialmente dolorosa.
El hermano de Sonin había desaparecido mientras transportaba medicinas por una zona montañosa.
Desesperada, ella había pedido utilizar un vehículo de la fábrica para buscarlo.
Sen se había negado.
“Los vehículos públicos no pueden utilizarse para asuntos personales.”
“El director debe respetar las reglas.”
“El bien común está por encima de los sentimientos.”
Sin embargo, poco después había permitido que Lin Banqu utilizara esos mismos vehículos por razones mucho menos importantes.
El hermano de Sonin nunca regresó.
Entonces Sen comprendió la verdadera dimensión del daño que había causado.
Había utilizado las reglas cuando se trataba de Sonin.
Y había encontrado excepciones cuando se trataba de Lin Banqu.
Ordenó investigar todo.
Cuando las irregularidades de Lin Banqu salieron a la luz, fue sancionada.
Sen también presentó una declaración reconociendo sus propias faltas.
Pero ninguna sanción podía devolverle lo que había perdido.
Comenzó a llamar a Sonin.
Primero intentó enviarle ropa porque sabía que en la capital hacía frío.
Después comida.
Luego escribió cartas.
—Solo quiero compensarte —le dijo en una ocasión.
Sonin respondió con calma:
—No necesito compensación.
Era exactamente la misma palabra que él había utilizado tantas veces con ella.
Y ahora comprendía lo vacía que sonaba.
Tiempo después, Sen llegó a la capital intentando verla.
Una serie de acontecimientos terminó dejándolo gravemente herido de una pierna.
En el hospital se presentó una situación cruelmente irónica.
Había una oportunidad quirúrgica limitada.
Sen podía utilizarla para aumentar considerablemente sus posibilidades de conservar la pierna.
Pero otro médico, Hiansun, también la necesitaba.
Hiansun tenía posibilidades de continuar operando y salvar muchas vidas si recibía aquella cirugía.
Sen permaneció en silencio durante mucho tiempo.
Entonces recordó la oportunidad que años atrás había obligado a Sonin a entregar para salvar la mano de Lin Banqu.
Finalmente habló.
—Que operen a Hiansun.
Sonin lo miró sorprendida.
—Podrías perder la pierna.
—Lo sé.
—¿Estás seguro?
Sen asintió.
—Tú me enseñaste demasiado tarde que un sacrificio solo tiene valor cuando quien sacrifica algo tiene derecho a decidirlo.
Hiansun recibió la operación.
Sen pagó el precio.
Cuando se recuperó lo suficiente para caminar con ayuda, encontró a Sonin saliendo de la habitación.
—¿A dónde vas?
—Tengo pacientes.
—Sonin…
Ella se detuvo.
—He cambiado —dijo él—. Sé que no puedo borrar lo que hice. Pero quizá algún día puedas perdonarme.
Sonin lo observó sin odio.
Eso fue lo que más le dolió.
Porque Sen comprendió que el odio todavía habría significado que quedaba algo entre ellos.
—Te estoy cuidando porque soy médica —respondió ella—. Mientras estés aquí, eres mi paciente.
Sen bajó la mirada.
—¿Y cuando salga?
Sonin abrió la puerta.
—Cuando salgas del hospital, tú seguirás tu camino y yo seguiré el mío.
—Entonces… ¿seremos extraños?
Ella permaneció unos segundos en silencio.
Después sonrió ligeramente.
—No. Dos extraños nunca se hicieron tanto daño.
Sen levantó la vista.
—Pero tampoco volveremos a ser marido y mujer.
Sonin salió al pasillo.
La esperaban nuevas operaciones, nuevos pacientes y una vida que por primera vez le pertenecía completamente.
Durante años había creído que perder a Sen significaría quedarse sola.
Al final descubrió exactamente lo contrario.
Había tenido que dejarlo ir para encontrarse a sí misma.
Y mientras avanzaba hacia el quirófano, comprendió algo que ya nadie podría quitarle:
no había comenzado una vida después del divorcio.
Había comenzado, por fin, su propia vida.