Sirvienta llama al rey vampiro: «Por favor, vuelve a casa ahora, ella va a destruirte». Cuando él

PARTE 1

La llamada que recibió Domingo Sterling fue tan breve que apenas tuvo tiempo de respirar.

—Regrese a casa. Viviana está aquí… con Sofía.

Domingo se levantó de la mesa de reuniones tan rápido que la silla cayó detrás de él.

Durante más de doscientos años había sobrevivido a guerras, revoluciones, traiciones y cazadores. Había visto ciudades arder y hombres poderosos convertirse en polvo.

Pero aquel nombre consiguió algo que ningún enemigo había logrado en décadas.

Asustarlo.

Porque Viviana no era simplemente una mujer de su pasado.

Era quien lo había convertido en vampiro.

Y Sofía Benítez, la joven archivista que llevaba meses trabajando en su biblioteca de Jalisco, era la única persona que había conseguido hacerle olvidar que llevaba dos siglos muerto.

Mientras Domingo abandonaba Londres desesperado por regresar, Sofía se encontraba frente a Viviana en el salón azul de la hacienda.

La mujer era hermosa de una forma inquietante. Su piel parecía mármol, su cabello dorado brillaba bajo la luz de la tormenta y sus ojos carecían por completo de calidez.

—Así que tú eres la pequeña humana —dijo Viviana.

Sofía retrocedió.

—Trabajo para el señor Sterling.

—Lo sé.

Viviana se acercó hasta quedar a centímetros de ella.

—También sé que él cree que te ama.

Sofía sintió que el rostro le ardía.

—Eso es absurdo.

Viviana sonrió mostrando unos dientes demasiado afilados.

—Puedo escuchar tu corazón. Cada vez que digo su nombre, late más rápido.

Las puertas se cerraron solas.

Sofía buscó desesperadamente una salida.

Viviana levantó una mano.

—Domingo está demasiado lejos para salvarte.

Sus ojos se volvieron rojos.

Algo invisible entró en la mente de Sofía.

Una presión horrible.

Como dedos helados intentando abrir sus recuerdos.

Pero en lugar de miedo, Sofía sintió rabia.

—¡Basta!

Viviana se detuvo.

Sofía respiró agitadamente.

—Le dije que pare.

La vampira intentó avanzar.

No pudo.

Sus piernas permanecieron inmóviles.

—¿Qué… hiciste?

Sofía tampoco lo sabía.

—Siéntese —ordenó, furiosa—. Y no vuelva a intentar eso conmigo.

Viviana cayó violentamente sobre el sillón.

Horas después, Domingo atravesó las puertas de la hacienda preparado para encontrar sangre.

Entró al salón azul con los colmillos expuestos.

Y se quedó inmóvil.

Viviana, una criatura que había sobrevivido siglos y destruido enemigos mucho más poderosos que cualquier humano, estaba sentada rígidamente en una silla.

Sofía bebía té frente a ella.

—Domingo —dijo tranquilamente—. Su invitada es insoportable.

Él miró a Viviana.

Por primera vez desde que la conocía, vio miedo en sus ojos.

—¿Qué le hiciste?

—Intentó hipnotizarme. Le dije que se sentara.

Domingo miró entonces a Sofía.

Una tenue luz dorada rodeaba su cuerpo.

Viviana consiguió mover los labios.

—Es una Benítez.

El rostro de Domingo cambió.

Viviana comenzó a reír.

—¿De verdad no lo sabías? Sus antepasados fueron guardianes. Silenciadores. Personas capaces de anular nuestra naturaleza.

Sofía negó con la cabeza.

—Mis padres eran personas normales.

—Tus padres te escondieron —respondió Viviana—. Porque si el Consejo descubría lo que eras, jamás te habría permitido vivir libre.

Domingo comprendió entonces muchas cosas.

Por qué se sentía extrañamente tranquilo cuando Sofía estaba cerca.

Por qué el ruido sobrenatural desaparecía a su alrededor.

Y por qué aquella noche una simple orden había paralizado a Viviana.

Sofía extendió la mano hacia él.

—Domingo…

Sus dedos apenas se tocaron.

Una explosión invisible atravesó la habitación.

Domingo salió despedido contra una mesa.

Su brazo quedó completamente entumecido.

Viviana sonrió.

—Si vuelve a tocarte cuando tu poder despierte por completo, podrías arrancarle la inmortalidad del cuerpo.

Sofía contempló horrorizada sus propias manos.

Entonces sonó una alarma.

Domingo levantó la cabeza.

Doce figuras acababan de entrar en los terrenos de la hacienda.

—¿Quiénes son?

Domingo sacó dos armas de una caja fuerte.

—El Consejo.

—¿Qué quieren?

Él la miró.

—A ti.

Los atacantes entraron rompiendo las ventanas.

Domingo luchó como la criatura que realmente era, pero eran demasiados.

Tres consiguieron llegar hasta Sofía.

Uno la agarró del cuello y la levantó del suelo.

Al otro lado del vestíbulo, dos vampiros mantenían a Domingo inmovilizado mientras una estaca de plata descendía lentamente hacia su corazón.

Sofía vio sangre en su rostro.

Comprendió que iba a morir intentando protegerla.

Y algo dentro de ella se rompió.

Sus ojos comenzaron a arder con luz dorada.

Agarró la muñeca del vampiro que la sostenía.

Cuando habló, su voz ya no parecía humana.

—Suéltame.

El vampiro explotó en cenizas.

La onda dorada atravesó la habitación.

Los demás cayeron uno tras otro mientras la fuerza sobrenatural que los mantenía vivos era arrancada de sus cuerpos.

Cuando terminó, Sofía cayó inconsciente.

Domingo consiguió arrastrarse hasta ella.

Seguía viva.

Pero él comprendió inmediatamente algo terrible.

Aquella explosión de poder había sido una señal.

Ahora todo el mundo sobrenatural sabría dónde encontrarla.

Y cuando Sofía despertó, el siguiente visitante ya estaba llegando.

Víctor Valeriano, líder del Consejo, entró en la hacienda acompañado por hombres y mujeres vestidos como ejecutivos.

—Entrégueme a la chica —dijo.

Domingo se interpuso.

—No.

Víctor sonrió.

—Entonces destruiremos todo lo que amas.

Sofía apareció detrás de Domingo.

—¿Existe otra opción?

Víctor la observó.

—Ven voluntariamente conmigo. Te enseñaremos a controlar lo que eres. A cambio, Domingo y esta casa quedarán protegidos.

—Está mintiendo —dijo Domingo—. Te encerrarán en un laboratorio.

Víctor no lo negó.

Sofía miró al hombre que había cruzado un océano para salvarla.

Luego recordó algo que había leído en el antiguo diario de su bisabuela.

—Hay otra opción.

Víctor dejó de sonreír.

Sofía levantó la mirada.

—Exijo un Juicio de Sangre.

Por primera vez, el vampiro de seiscientos años pareció sorprendido.

—No sabes lo que estás pidiendo.

—Entonces tendrá miedo de aceptar.

El orgullo hizo el resto.

Víctor aceptó.

Esa noche, frente a las antiguas piedras del bosque, comenzó el combate.

Víctor se lanzó contra ella con una espada encantada.

Sofía levantó una mano.

—Pausa.

El vampiro se ralentizó.

Pero no se detuvo.

La golpeó brutalmente contra una piedra.

Sofía cayó sangrando.

Víctor levantó la espada para matarla.

Y ella hizo algo que Domingo jamás habría imaginado.

Agarró la hoja encantada con la mano desnuda.

La luz dorada recorrió el metal.

La espada comenzó a temblar.

Y explotó.

Víctor salió despedido.

Sofía avanzó hacia él con los ojos convertidos en dos llamas doradas.

Podía destruirlo.

Todos lo sabían.

—Me rindo —jadeó Víctor.

Sofía bajó lentamente la mano.

—Fuera de mi casa.

Víctor obedeció.

Domingo corrió hacia Sofía y la sostuvo cuando sus piernas cedieron.

Habían ganado.

O eso creyeron.

Porque mientras Domingo la llevaba de regreso a la hacienda, ninguno de los dos vio a doña Elena alejarse discretamente hacia los árboles.

La anciana sacó un pequeño teléfono de su bolsillo.

Y susurró:

—Fase uno completada. Procedan con la extracción.

PARTE 2

Domingo acostó a Sofía en el sofá de la biblioteca.

Estaba exhausta, cubierta de polvo y sangre, pero viva.

Eso era suficiente.

Doña Elena apareció llevando una bandeja con vendas y dos tazas de té.

—Manzanilla y valeriana —explicó—. Ambos necesitan descansar.

Domingo tomó una taza.

—No sé qué haríamos sin usted, Elena.

Estaba a punto de beber cuando Sofía golpeó violentamente su mano.

La taza se hizo añicos contra la chimenea.

—¡No!

Domingo la miró sorprendido.

—¿Qué sucede?

Sofía señaló a doña Elena.

—La escuché.

La anciana permaneció inmóvil.

—¿Escuchaste qué, niña?

—En el bosque. Estaba hablando por teléfono. Dijo: “Fase uno completada”.

El silencio llenó la biblioteca.

Domingo miró a la mujer que llevaba décadas administrando su casa.

Esperaba una explicación.

Doña Elena simplemente suspiró.

Luego metió una mano bajo el delantal.

Sacó una pistola con una jeringa en lugar de bala.

—Siempre fuiste demasiado observadora, Sofía.

La calidez maternal había desaparecido de su voz.

Domingo se levantó.

—Elena…

Sus piernas fallaron.

Cayó de rodillas.

—¿Qué… me hizo?

—No necesitaba que bebiera el té. El compuesto también funciona al inhalarlo.

Domingo intentó transformarse.

Nada ocurrió.

Doña Elena observó su reloj.

—Estará paralizado durante varias horas.

Sofía retrocedió.

—¿Quién es usted?

La mujer que durante décadas había servido comidas, preparado habitaciones y protegido los secretos de la hacienda la miró directamente.

—Tu manejadora.

Las puertas se abrieron.

Cuatro personas vestidas con equipo táctico blanco entraron en la biblioteca.

No parecían soldados.

Parecían científicos.

—Tus padres no murieron accidentalmente —continuó Elena—. Tu familia pertenece a una organización mucho más antigua que el Consejo.

Sofía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Me han estado vigilando?

—Desde que eras niña.

—¿Por qué?

Doña Elena miró a Domingo.

—Necesitábamos despertar tu poder. Pero para eso hacía falta un catalizador emocional suficientemente fuerte.

Sofía comprendió.

Domingo.

Sus sentimientos por él.

Viviana.

El ataque.

Víctor.

Todo había empujado su poder un poco más.

—¿Ustedes provocaron esto?

—Digamos que colocamos ciertas piezas en el tablero.

Los hombres sujetaron a Sofía.

Domingo luchó desesperadamente contra la parálisis.

—¡Suéltenla!

Doña Elena se acercó a él.

Por primera vez, parecía sinceramente triste.

—Durante sesenta años le he servido, don Domingo. No todo fue mentira.

—Entonces no hagas esto.

—No puedo.

Arrastraron a Sofía hacia la puerta.

—¡Domingo!

Él apenas podía mover los dedos.

—¡Te encontraré! —consiguió gritar—. ¡Aunque tenga que quemar el mundo entero!

Doña Elena se detuvo.

—Lo sé.

Domingo vio algo inquietante en sus ojos.

No miedo.

Satisfacción.

—De hecho —añadió—, contamos con ello.

Las puertas se cerraron.

Sofía despertó dentro de un vehículo blindado.

Tenía las muñecas sujetas con unas esposas cubiertas de símbolos que reducían el brillo dorado bajo su piel.

Doña Elena estaba sentada frente a ella.

—¿Dónde me llevan?

—Al Santuario.

—¿Qué es?

—El lugar donde comenzó tu familia.

Sofía apretó los dientes.

—Domingo irá por mí.

—Ese es precisamente el objetivo.

Entonces Sofía comprendió la verdadera dimensión del plan.

—No me quieren solamente a mí.

Doña Elena guardó silencio.

—Lo quieren a él.

La anciana finalmente respondió:

—Queremos algo que solo él puede encontrar.

Le explicó que existía un archivo perdido mucho antes del nacimiento de Sofía: documentos capaces de revelar los nombres, refugios y debilidades de algunas de las criaturas sobrenaturales más antiguas del mundo.

Domingo conocía parte de su ubicación.

Pero jamás había aceptado buscarlo.

Hasta ahora.

—Me están utilizando como carnada.

—Sí.

Sofía cerró los ojos.

Sintió rabia.

Pero también sintió algo diferente.

Las esposas no anulaban completamente su poder.

Solo lo comprimían.

Y cuanto más intentaban contenerlo, más podía sentir dónde terminaba la barrera.

Mientras tanto, en Hacienda Sterling, Domingo abrió los ojos.

La parálisis todavía dominaba gran parte de su cuerpo.

Pero Viviana estaba allí.

—Qué humillante —dijo ella—. El gran Domingo Sterling derrotado por una anciana con té.

—Ayúdame.

Viviana arqueó una ceja.

—¿Por qué?

—Porque después de Sofía vendrán por nosotros.

Aquello borró la sonrisa de su rostro.

Viviana cortó las ataduras de Domingo y le dio sangre para acelerar su recuperación.

—¿Sabes quiénes son?

—Guardianes —respondió ella—. Pero no como Sofía. Una facción antigua. Fanáticos humanos que creen que pueden controlar el equilibrio entre especies.

Domingo se puso de pie con dificultad.

—¿Dónde está el Santuario?

Viviana lo miró fijamente.

—Si entras allí, probablemente no saldrás.

—No pregunté eso.

Ella sonrió.

—Ahora recuerdo por qué te convertí.

Cuando el convoy llegó al Santuario, Sofía ya había aprendido algo importante.

No necesitaba gritar para utilizar su poder.

Ni siquiera necesitaba hablar.

La voz era simplemente la manera más fácil de darle forma.

Cerró los ojos.

Pensó en las esposas.

No en romperlas.

En ordenarles que dejaran de funcionar.

Las runas se apagaron.

Sofía abrió los ojos.

Nadie lo notó.

Todavía.

La llevaron a una enorme cámara subterránea.

En las paredes había fotografías de generaciones enteras de su familia.

Entonces vio una imagen que le hizo detenerse.

Sus padres.

Estaban vivos en la fotografía, pero esta había sido tomada años después del supuesto accidente.

—No…

Doña Elena apareció detrás de ella.

—Te dije que no murieron como pensabas.

—¿Dónde están?

Antes de que pudiera responder, una alarma comenzó a sonar.

Las luces se apagaron.

Gritos surgieron desde el corredor.

Después llegó un rugido que Sofía habría reconocido en cualquier lugar.

—¡SOFÍA!

Sonrió entre lágrimas.

—Te dije que vendría.

Las puertas de acero salieron disparadas hacia dentro.

Domingo apareció cubierto de sangre, acompañado por Viviana.

—Siempre llegas haciendo demasiado ruido —dijo Sofía.

Domingo la miró.

Por un instante, todo desapareció.

El Consejo.

El Santuario.

La guerra.

Solo estaban ellos.

—Pensé que te había perdido.

Sofía avanzó lentamente.

—No puedes tocarme.

—Lo sé.

—Podría matarte.

—Lo sé.

Ella sonrió entre lágrimas.

—Eres un idiota.

—También lo sé.

Pero antes de que pudieran acercarse más, doña Elena apareció entre ambos.

—Perfecto.

Domingo se giró.

—¿Perfecto?

Elena miró alrededor.

—La fase dos está completa.

Sofía sintió un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Doña Elena señaló la cámara que tenían detrás.

Una enorme puerta circular comenzó a abrirse.

Algo antiguo respiró en la oscuridad.

Elena sonrió tristemente.

—Significa que nunca necesitábamos que Domingo encontrara el arma.

Las luces doradas de Sofía comenzaron a reaccionar.

—Porque el arma siempre fuiste tú.

Sofía comprendió entonces que podía destruir aquello que estaba detrás de la puerta.

Pero también comprendió otra cosa.

No estaba obligada a obedecer.

Se volvió hacia Domingo.

—Confía en mí.

—Siempre.

Sofía levantó ambas manos.

La energía dorada llenó la cámara.

Los miembros del Santuario retrocedieron.

Doña Elena gritó:

—¡Destrúyelo!

Sofía sonrió.

—No.

La palabra sacudió todo el complejo.

Pero no atacó a la criatura.

Atacó las barreras.

Las cerraduras.

Los inhibidores.

Todas las cadenas mágicas del Santuario desaparecieron simultáneamente.

Domingo comprendió su decisión.

Ella no iba a convertirse en el arma de nadie.

Ni de los humanos.

Ni de los vampiros.

Ni siquiera de él.

La instalación comenzó a derrumbarse.

Domingo corrió hacia Sofía.

Esta vez ella controló su poder.

Cuando él tomó su mano, no hubo explosión.

Domingo se quedó inmóvil.

—¿Cómo…?

—Estoy aprendiendo.

Por primera vez pudo tocarla sin dolor.

Él entrelazó sus dedos con los de ella.

Doña Elena los observaba desde el suelo.

—No entienden lo que han hecho —susurró—. Sin el Santuario, nadie mantendrá el equilibrio.

Sofía la miró.

—Entonces tendremos que encontrar una forma mejor.

Domingo y Sofía salieron juntos mientras detrás de ellos desaparecía el lugar que había manipulado sus vidas durante años.

No habían terminado con el mundo sobrenatural.

Víctor seguía vivo.

El Consejo seguía observando.

Y criaturas mucho más antiguas acababan de quedar libres.

Pero por primera vez, Sofía no tenía miedo de descubrir quién era.

Ya no era solamente la archivista de Hacienda Sterling.

Tampoco era una bomba, una prisionera ni un arma.

Era Sofía Benítez.

Y cuando Domingo apretó suavemente su mano sin convertirse en cenizas, ella sonrió.

—¿Sabes qué es lo primero que voy a hacer cuando lleguemos a casa?

—¿Dormir durante una semana?

—No.

—¿Qué entonces?

Sofía lo miró seriamente.

—Reorganizar tu biblioteca.

Domingo palideció.

—Sofía, podemos negociar.

Ella comenzó a reír.

Después de vampiros, traiciones, guerras y una organización secreta que había manipulado toda su vida, aquella risa fue el sonido más humano que Domingo había escuchado en doscientos años.

Y mientras caminaban juntos hacia la noche, comprendió que no había cruzado el mundo para salvar a Sofía.

Ella tampoco había nacido para salvarlo a él.

Se habían encontrado para hacer algo mucho más peligroso:

cambiar las reglas de ambos mundos.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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