Simulé mi muerte tras la traición del Alfa; ahora he vuelto para reclamar su trono y su manada.
Simulé mi muerte tras la traición del Alfa; ahora he vuelto para reclamar su trono y su manada.

PARTE 1
La noche que mi prometido ordenó arrestarme por la muerte de mi propio padre, la mujer que yo llamaba hermana llevaba puesto el collar de mi madre.
Tres horas después, me declararon culpable.
Antes del amanecer me llevaron hasta un barranco donde nadie sobrevivía al invierno.
Cuatro años más tarde regresé al mismo castillo con una máscara puesta y bailé frente al hombre que estaba convencido de haberme enterrado para siempre.
Me llamo Genevieve Hawthorne.
Mi familia gobernó Oak Haven durante seis generaciones.
Mi padre, Cedric Hawthorne, no era un Alpha que necesitara aterrorizar a su gente. Los agricultores podían entrar al castillo para hablar con él. Los ancianos recibían alimento antes del invierno. Y cuando una familia tenía problemas, mi padre casi siempre sabía su nombre.
Yo debía sucederlo.
A mi lado estaría Allaric Montgomery.
Habíamos crecido juntos.
Jugábamos en los bosques cuando éramos niños.
Años después nos prometimos.
Yo confiaba tanto en él que conocía las entradas privadas del castillo, los depósitos de grano y hasta las llaves de las bóvedas de mi padre.
Ese fue mi error.
Durante meses, la salud de papá empeoró.
Los médicos hablaban de edad.
Yo nunca estuve convencida.
Sus manos temblaban.
Su piel había perdido color.
Y en su habitación siempre quedaba un olor extraño, parecido a almendras amargas y metal caliente.
La víspera de mi ceremonia de sucesión lo encontré sin vida.
Apenas había conseguido reaccionar cuando las puertas se abrieron.
Entró Allaric con varios guardias.
Detrás de él apareció Rosalind Fairfax.
Rosalind había llegado años antes como dama de compañía.
Dormía cerca de mis habitaciones.
Conocía mis secretos.
La consideraba familia.
Aquella noche llevaba al cuello el símbolo de Luna que había pertenecido a mi madre.
Entonces Allaric dio la orden.
Me acusó de haber apresurado la muerte de mi padre para tomar el control de Oak Haven.
Pensé que estaba perdiendo la razón.
Después empezaron a aparecer testigos.
Personas que conocía desde niña.
Un consejero aseguró que yo había buscado plantas peligrosas.
Una sanadora confirmó una historia que jamás había ocurrido.
Rosalind lloró delante del consejo y dijo que llevaba semanas preocupada por mi ambición.
Todo estaba preparado.
La audiencia duró menos de una noche.
No buscaban respuestas.
Necesitaban una culpable.
Me quitaron mi nombre del registro de sucesión.
Allaric asumió el mando provisional.
Y para evitar disturbios entre quienes todavía eran leales a los Hawthorne, no me castigaron públicamente.
Me sacaron del castillo de madrugada.
El carruaje se detuvo junto al Desfiladero de los Lamentos.
Rosalind apareció entre los árboles.
Ahí comprendí que aquello nunca había sido solo política.
Ella quería mi lugar.
Y Allaric se lo había prometido.
Los guardias intentaron obligarme a acercarme al borde.
Me resistí.
Hubo un forcejeo.
Sentí un golpe en el hombro.
El suelo húmedo cedió debajo de mí.
Recuerdo la cara de Rosalind alejándose.
Después solo agua.
Oscura.
Helada.
Cuando volví a abrir los ojos estaba kilómetros río abajo.
No podía levantar el brazo.
Estaba medio congelada.
Pensé que ahí terminaba mi historia.
Entonces apareció Tristan Cole.
Era un antiguo capitán expulsado de otra manada por negarse a cumplir una orden que consideraba injusta.
Vivía oculto entre las montañas.
Me encontró junto al río y me llevó hasta un refugio.
Tardé meses en recuperarme.
Durante ese tiempo no pensaba en recuperar una corona.
Solo pensaba en respirar otro día.
Pero comenzaron a llegar viajeros.
Refugiados de Oak Haven.
Campesinos que habían perdido cosechas por nuevos impuestos.
Ancianos expulsados de sus casas.
Allaric y Rosalind estaban utilizando el reino para enriquecerse.
Ahí cambió mi objetivo.
Tristan me enseñó a moverme sin ser vista.
Yo utilicé todo lo que sabía sobre las rutas del reino.
Interceptábamos alimentos destinados a los banquetes y los enviábamos a pueblos que pasaban hambre.
Nunca lastimábamos a los conductores.
Con el tiempo empezaron a llamarnos los fantasmas del bosque.
Luego contacté con viejos aliados de mi padre.
Edward Cavendish.
Clara Goodway.
Personas cuyos padres habían mentido en mi juicio y que llevaban años cargando con aquella vergüenza.
Durante cuatro años reunimos documentos.
Pagos.
Testimonios.
Registros de almacenes.
Hasta que encontramos lo que necesitábamos.
Un antiguo libro de un boticario contenía una compra realizada días antes de que mi padre enfermara por última vez.
Una dosis concentrada de wolfbane.
Pagada con el sello de la casa Montgomery.
Autorizada por Rosalind.
Esperé hasta el baile del solsticio.
Entré al castillo como una viuda extranjera llamada Lady Serafina.
Vestido azul oscuro.
Máscara de plumas.
Tristan caminando detrás de mí como guardaespaldas.
Allaric me vio.
No me reconoció.
Incluso me invitó a bailar.
Mientras girábamos entre los invitados, sentí cómo empezaba a estudiar mi rostro.
—Hay algo familiar en ti.
Sonreí.
Dejé de ocultar mi aroma.
Allaric perdió el paso.
Su rostro se quedó sin color.
Me llevé una mano a la máscara.
La música seguía sonando.
Entonces la dejé caer al suelo.
El salón entero quedó en silencio.
Rosalind se levantó de golpe.
Allaric retrocedió.
Y yo miré directamente al hombre que había robado mi casa.
—Buenas noches, Allaric. La mujer que arrojaste al barranco acaba de volver por su corona.
PARTE 2
La copa que Allaric tenía en la mano cayó al suelo.
Rosalind fue la primera en reaccionar.
Gritó que yo era una impostora.
Ordenó a los guardias detenerme.
Nadie avanzó.
No porque me reconocieran todavía.
Porque Tristan acababa de colocarse a mi lado y, detrás de las puertas principales, comenzaron a entrar miembros de la resistencia.
Edward.
Clara.
Comerciantes.
Antiguos soldados.
Familias que habían abandonado Oak Haven durante los últimos cuatro años.
Yo saqué el viejo libro del boticario.
Lo coloqué sobre una mesa.
—No he venido a pedir que crean en mí. He venido con pruebas.
Pedí a Lord Henry Cavendish que leyera la página marcada.
Él había sido uno de los hombres que declaró en mi contra años atrás.
Ahora sus manos temblaban.
Leyó el registro.
Fecha.
Cantidad.
Producto.
Sello Montgomery.
Y debajo, el nombre de Rosalind.
Ella aseguró que el libro era falso.
Entonces Clara Goodway levantó una pequeña caja.
Horas antes, mientras el castillo se preparaba para la fiesta, había entrado con ayuda de empleados leales.
Debajo del piso de la habitación privada de Rosalind encontraron varias botellas antiguas del mismo preparado.
Una aún conservaba el sello del proveedor.
El salón dejó de mirar hacia mí.
Todos miraron a Rosalind.
Después a Allaric.
—Ella lo hizo —dijo él.
Rosalind se quedó inmóvil.
—¿Perdón?
Allaric señaló hacia ella.
—Genevieve, yo no sabía lo del veneno.
Casi me reí.
Cuatro años antes habría querido escuchar esas palabras.
Ahora solo me parecieron pequeñas.
—Tal vez no administraste nada con tus propias manos. Pero organizaste mi juicio. Permitiste testigos comprados. Firmaste mi expulsión. Y ocupaste el lugar de mi padre antes de que terminara la noche.
Allaric no respondió.
Rosalind entonces cometió el error que terminó de romper su defensa.
—¡Lo hicimos por Oak Haven!
Lo dijo demasiado rápido.
Todo el salón la escuchó.
Ella misma se dio cuenta.
Trató de corregirse.
Ya era tarde.
El consejo ordenó cerrar las puertas.
Por primera vez en cuatro años habría una verdadera investigación.
Presentamos las cuentas secretas que mostraban cómo se desviaba grano hacia propiedades privadas.
Testigos explicaron cómo funcionarios fueron reemplazados por personas leales a los Montgomery.
Los registros de mi padre demostraron además que su supuesto deterioro había comenzado poco después de que Allaric obtuviera acceso completo a sus cámaras privadas.
La última sorpresa llegó cuando una sanadora llamada Martha pidió hablar.
Había declarado en mi contra.
Pensé que repetiría su antigua historia.
En cambio se arrodilló.
—Me obligaron.
Rosalind la había amenazado con quitarle a su hija el derecho a ejercer medicina.
Martha nunca me vio comprando ninguna planta.
Su declaración había sido escrita para ella.
La mentira de cuatro años se derrumbó en menos de una hora.
Allaric intentó apelar a las leyes de sucesión.
Decía que ya era Alpha reconocido y que ningún documento podía quitarle lo que el consejo le había concedido.
Ahí estaba esperando mi última carta.
Las antiguas leyes de Oak Haven permitían revisar una sucesión si se demostraba que el gobernante había obtenido el cargo mediante fraude.
No necesitaba pelear contra él.
Necesitaba demostrar que su reinado nunca había sido legítimo.
El consejo votó aquella misma noche.
Allaric perdió el título.
Fue detenido mientras se abría una investigación sobre todas las decisiones tomadas durante su gobierno.
No hubo celebración.
Algunas personas esperaban que yo exigiera un castigo cruel.
No lo hice.
Había sobrevivido demasiado para convertir mi regreso en otra noche de sangre.
—Será juzgado por las mismas leyes que me negó a mí.
Eso fue suficiente.
Rosalind estaba embarazada.
Cuando la vi colocar una mano sobre el vientre, recordé durante un instante a la joven que había dormido junto a mí, que había compartido mis vestidos y mis secretos.
Luego recordé el desfiladero.
—Mi hijo no tiene culpa —dijo.
—En eso estamos de acuerdo.
Rosalind levantó la mirada.
Creo que esperaba que yo repitiera con ella lo que habían intentado hacer conmigo.
Me negué.
Fue despojada de sus privilegios y enviada a vivir bajo supervisión lejos de la corte mientras esperaba el juicio.
Su hijo conservaría protección.
No heredaría la culpa de sus padres.
La noticia sorprendió incluso a Tristan.
Más tarde me preguntó por qué había mostrado misericordia.
—No fue misericordia para ella.
Miré las montañas por la ventana.
—Fue una decisión sobre la clase de gobernante que quiero ser.
A la mañana siguiente entré en la sala del trono.
Mi padre había gobernado desde aquella silla.
Allaric la había usado para hacerse más grande.
Yo no quería repetir ninguno de los dos modelos exactamente.
Pedí que representantes de los pueblos pudieran participar en las decisiones sobre impuestos y alimentos.
Eliminé varias tasas impuestas durante los últimos cuatro años.
Abrimos los depósitos de grano.
Los refugiados pudieron regresar sin pagar multas.
Y las personas que habían declarado falsamente contra mí tuvieron que responder ante el consejo, aunque algunas recibieron penas menores cuando se demostró que habían actuado bajo amenazas.
Tristan se quedó.
No como sirviente.
No como hombre detrás de mi silla.
Le ofrecí dirigir la nueva guardia fronteriza.
—¿Y si no quiero servir a una reina?
—Entonces puedes decir que no.
Sonrió.
—Ahí está la diferencia.
Pasaron meses antes de que permitiera una nueva ceremonia de coronación.
Cuando finalmente llegó el día, no usé el vestido que mi padre había preparado cuatro años atrás.
Elegí uno nuevo.
Tampoco llevé el collar de mi madre inmediatamente.
Primero lo coloqué sobre una mesa delante del consejo.
Expliqué de dónde venía.
Qué representaba.
Y por qué ninguna joya convertía a una persona en líder.
Después me lo puse.
Los miembros de Oak Haven inclinaron la cabeza.
Yo no pensé en Allaric.
Ni siquiera pensé en Rosalind.
Pensé en el río.
En el momento exacto en que el agua me arrastraba y yo creía que nadie volvería a saber mi nombre.
Pensé en Tristan encontrándome entre el barro.
En los campesinos que compartieron comida conmigo cuando ellos mismos tenían poco.
En cada persona que había mantenido vivo el recuerdo de los Hawthorne.
Allaric creía que mi poder venía de mi apellido.
Rosalind creía que venía de la corona.
Ambos estaban equivocados.
Cuatro años escondida me enseñaron algo mucho más importante.
Un título puede ser robado.
Una casa puede ser ocupada.
Incluso una historia puede ser reescrita durante un tiempo.
Pero si la verdad sigue viva en suficientes personas, siempre existe la posibilidad de que alguien regrese para contarla.
La noche que me arrojaron al Desfiladero de los Lamentos creyeron haber terminado conmigo.
En realidad, solo habían creado a la mujer que algún día sería capaz de volver.
No regresé para vengarme de quienes me quitaron el trono. Regresé porque finalmente entendí que nunca debí necesitar su permiso para reclamar lo que era mío.