Si Vuelves a Pasar Frente a Mí con Ese Vestido, Advirtió el Jefe de la Mafia—Ella Pensó que Bromeaba

PARTE 1

Nunca fui la clase de mujer que entraba en una habitación y hacía que todos voltearan a verla.

Siempre había sido lo contrario: la amiga tranquila, la hija discreta, la mujer que pedía el mismo café cada mañana porque incluso cambiar de bebida me parecía demasiado atrevido.

Por eso, cuando mi mejor amiga Laya me obligó a comprar un vestido rojo para su fiesta de compromiso, pensé que estaba loca.

El vestido era demasiado ajustado, demasiado elegante y definitivamente demasiado llamativo para mí.

Pero Laya insistió.

—Te lo pones o no entras a mi fiesta.

Tres noches después estaba frente al espejo de su penthouse intentando reconocer a la mujer que me devolvía la mirada.

Respiré profundamente y salí.

La fiesta estaba llena de personas importantes. El prometido de Laya, Marco Santini, provenía de una familia extraordinariamente rica. Había hombres con trajes que parecían costar más que mi sueldo anual y mujeres que llevaban joyas que yo solo había visto en revistas.

Intenté pasar desapercibida.

Entonces lo vi.

Estaba cerca de los ventanales, rodeado de varios hombres vestidos de oscuro. Alto, cabello negro, mirada fría.

Había algo en él que hacía que todos mantuvieran cierta distancia.

Nuestros ojos se encontraron.

Aparté la mirada inmediatamente.

Poco después intenté salir al balcón para tomar aire.

Pasé cerca de él.

—Espera.

Me detuve.

Cuando giré, estaba mirándome directamente.

—Ven aquí.

Mi corazón empezó a acelerarse.

Me acerqué lo suficiente para escucharlo sin que nadie más pudiera hacerlo.

Sus ojos recorrieron brevemente mi vestido antes de volver a mi rostro.

—Si vuelves a pasar frente a mí vestida así —dijo con una tranquilidad inquietante—, quizá no llegues tan lejos la próxima vez.

Creí que estaba bromeando.

Me reí nerviosamente.

—Lo tendré en cuenta.

Pero él no se rio.

Pasé el resto de la noche evitando aquella parte del penthouse.

Cuando finalmente decidí marcharme, Marco insistió en enviarme un automóvil.

Un vehículo negro llegó frente al edificio.

El conductor abrió la puerta trasera.

Subí.

Y entonces descubrí que no estaba sola.

El desconocido del ventanal estaba sentado frente a mí.

—¿Qué haces aquí?

Él se inclinó ligeramente.

—Te advertí.

—¿De qué hablas?

—Volviste a pasar frente a mí.

Recordé haber cruzado cerca de la entrada mientras buscaba el ascensor.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién eres?

—Dante Moretti.

El nombre no significaba nada para mí.

Todavía.

El automóvil arrancó.

Después de varios minutos comprendí que no íbamos hacia mi apartamento.

—Quiero bajar.

—No.

—¿Me estás secuestrando?

Dante finalmente guardó su teléfono.

—Te estoy manteniendo con vida.

Entonces me explicó algo que hizo desaparecer cualquier resto de alcohol de mi cabeza.

Marco Santini no era simplemente el prometido millonario de mi amiga.

Su familia tenía conexiones peligrosas, y una organización rival estaba atacando a cualquier persona relacionada con ellos. Durante la fiesta me habían fotografiado hablando con Marco y con Laya.

Para quienes buscaban una forma de presionar a los Santini, yo podía parecer importante.

—Pero no lo soy —protesté—. Marco apenas me conoce.

—Ellos no lo saben.

El coche terminó entrando por unos enormes portones de hierro.

Dante me llevó a una mansión aislada y me instaló en una habitación del ala este.

—Te quedarás aquí hasta que termine esto.

—No puedes decidir eso por mí.

—Ya lo hice.

Durante cuatro días discutimos.

Yo quería regresar a casa.

Él se negaba.

Finalmente lo encontré una mañana en la cocina y golpeé la encimera con ambas manos.

—Dijiste que no soy una prisionera. Entonces déjame salir.

Dante cerró lentamente su computadora.

Por primera vez desapareció cualquier rastro de arrogancia de su rostro.

—Puedes atravesar esa puerta si realmente quieres.

Sentí una pequeña victoria.

Hasta que añadió:

—Pero si sales ahora, antes de cuarenta y ocho horas alguien te encontrará… y probablemente no volverás a casa.

PARTE 2

La certeza con la que lo dijo me dejó completamente inmóvil.

Busqué alguna señal de mentira en sus ojos.

No encontré ninguna.

Durante los días siguientes empecé a entender que Dante no estaba exagerando.

Las noticias hablaban de personas relacionadas con ciertas familias que desaparecían repentinamente. Laya tampoco respondía mis llamadas hasta que finalmente recibí un mensaje:

Estoy bien. Confía en Dante. Después te explicaré todo.

Eso no me tranquilizó.

Esa misma noche entré en el despacho de Dante.

—Quiero toda la verdad.

Por primera vez dejó de esquivarme.

La familia Santini mantenía un conflicto con un grupo rival. Yo había aparecido accidentalmente en el lugar equivocado, junto a las personas equivocadas.

Pero todavía había algo que no entendía.

—Podrías haber dejado que Marco me protegiera. ¿Por qué me trajiste tú?

Dante guardó silencio.

Me acerqué.

—¿Por qué te importa tanto lo que me ocurra?

Su mirada cambió.

—Porque desde que te vi aquella noche supe que ibas a convertirme en un problema.

No supe qué responder.

Lo que inicialmente había sido miedo comenzó a convertirse en algo mucho más difícil de controlar.

Dante seguía siendo autoritario, misterioso y desesperantemente obstinado.

Pero todas las noches comprobaba personalmente que estuviera bien.

Cuando tenía miedo, aparecía.

Cuando necesitaba espacio, me lo daba.

Y cuando finalmente le pedí salir de aquella mansión por unas horas, me llevó a un lugar tranquilo junto al río.

Allí descubrí una versión suya que nadie parecía conocer.

De niño había querido ser arquitecto.

Su madre le había enseñado a amar los edificios, pero su padre le había impuesto una vida completamente distinta.

Por primera vez comprendí que Dante también había vivido encerrado en una jaula.

Solo que la suya no tenía paredes.

—Entonces ¿por qué no me dejas ir? —pregunté.

Dante apretó las manos alrededor del volante.

—Al principio era porque no estabas segura.

Me miró.

—Ahora también es porque no quiero hacerlo.

Mi corazón dio un salto.

Antes de que cualquiera pudiera continuar, su teléfono vibró.

Leyó el mensaje.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Tenemos que irnos.

—¿Qué ocurrió?

Arrancó el automóvil.

—Encontraron la casa.

Aquella noche comenzó nuestra huida.

Primero una cabaña escondida en el bosque.

Después la casa de una mujer llamada María, alguien de absoluta confianza para Dante.

Fue allí donde comprendí que el peligro ya no era una historia que él utilizaba para asustarme.

Nos encontraron.

Un grupo de hombres irrumpió en la propiedad.

Cuando todo terminó, Dante me encontró contra una pared, temblando.

Se arrodilló frente a mí.

—Mírame. ¿Estás herida?

Negué con la cabeza.

Entonces me abrazó.

Y por primera vez sentí que él también estaba temblando.

—Pensé que te había perdido.

Aquellas palabras terminaron de derribar mis defensas.

Cuando Dante anunció que volveríamos a huir, tomé su mano.

—No.

Me miró confundido.

—No voy a seguir fingiendo que esto solo te está pasando a ti. Estoy aquí porque quiero estar.

—No sabes lo que estás eligiendo.

—Te estoy eligiendo a ti.

Nos refugiamos en una pequeña casa frente al océano.

Allí, lejos de todos, dejamos de fingir.

Yo le dije que quería una vida con él.

Dante respondió que hombres como él no tenían finales felices.

—Entonces inventaremos uno diferente.

Durante algunas semanas casi conseguimos creerlo.

Cocinábamos.

Veíamos amanecer.

Hablábamos sobre vidas normales que ninguno de los dos había tenido.

Hasta que llegó una llamada.

Marco había negociado una tregua.

Por fin podía regresar a casa sin convertirme en objetivo.

Debería haber sido la mejor noticia del mundo.

Pero existía una condición.

Dante no podía volver a verme.

Si descubrían que seguíamos juntos, el acuerdo quedaría cancelado.

—Entonces rechazamos el trato —dije inmediatamente.

Dante negó.

—No.

—Yo decido con quién quiero estar.

—Y yo decido que prefiero verte viva, aunque tenga que hacerlo desde lejos.

Discutimos hasta que terminé llorando.

—Te odio por hacer esto.

—Lo sé.

Me abrazó.

Fue entonces cuando pronuncié algo que nunca había dicho.

—Te amo.

Dante quedó inmóvil.

Después apoyó la mejilla sobre mi cabello.

—Yo también te amo.

Y aquellas palabras sonaron como una despedida.

Dos días después regresé a mi antiguo apartamento.

Laya apareció llorando y pidiendo perdón por haberme arrastrado involuntariamente hacia aquel mundo.

La perdoné.

Intenté recuperar mi vida.

Volví al trabajo.

Volví a tomar mi café de siempre.

Volví a ser la mujer que nadie miraba dos veces.

Pero ya no era ella.

Pasaron seis meses.

Una tarde encontré un sobre debajo de mi puerta.

No tenía remitente.

Dentro había una dirección.

Y debajo, escritas a mano, tres palabras:

Cuando estés lista.

Reconocí inmediatamente la letra.

Dante.

Pasé tres días mirando aquel papel.

Recordé el miedo.

Las huidas.

Las amenazas.

También recordé las mañanas frente al océano.

Su risa.

Sus manos.

La forma en que por primera vez alguien me había mirado como si yo fuera imposible de ignorar.

Al cuarto día hice una maleta.

La dirección me llevó hasta una casa discreta en las afueras.

Toqué.

Dante abrió la puerta.

Durante unos segundos ninguno habló.

—No deberías haber venido —susurró.

—Te dije que encontraría la manera de volver.

—La tregua todavía existe.

—Lo sé.

—Pueden volver a buscarte.

—Entonces lo enfrentaremos juntos.

Dante tomó mi rostro entre sus manos.

—Después de cruzar esta puerta quizá ya no puedas recuperar aquella vida.

Sonreí.

—Esa vida desapareció la noche en que me puse aquel vestido rojo.

Me besó.

Y entré.

Un año después todavía teníamos que ser cuidadosos. Cambiamos de casa más de una vez y jamás dejamos de mirar completamente detrás de nosotros.

No era una vida sencilla.

Tampoco era el cuento de hadas que alguna vez imaginé.

Pero era una vida que yo había elegido.

A veces Dante todavía me preguntaba por qué regresé.

Siempre le daba la misma respuesta.

Porque durante toda mi vida había intentado ser invisible.

Y la primera noche que alguien realmente me vio… descubrí que yo tampoco quería volver a apartar la mirada.

No fue Dante quien decidió mi destino por mí.

Al final, fui yo quien cruzó aquella puerta.

Y esta vez lo hice por elección.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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