Si me vuelves a gritar, te mato, advirtió una pobre camarera al jefe de la mafia. Lo que hizo

PARTE 1

Seis días.

Ese era el récord que cualquier asistente había logrado soportar trabajando para Mateo Russo.

Algunas renunciaban llorando. Otras salían del piso cuarenta y dos sin siquiera recoger sus cosas.

Porque Russo Logistics no era realmente una empresa de logística.

Era la fachada elegante de un imperio que movía dinero, influencias, rutas clandestinas y favores que nunca aparecían en contratos oficiales.

Mateo solo quería una asistente que contestara teléfonos, organizara reuniones y no hiciera preguntas.

Entonces apareció Crissy Outlow.

Tenía veinticuatro años, diecisiete dólares en la cuenta bancaria, zapatos a punto de romperse y una montaña de facturas médicas por el derrame cerebral de su padre.

Necesitaba dinero.

Por eso, cuando una agencia temporal le ofreció el triple del salario habitual por un empleo “administrativo de alto estrés”, aceptó sin preguntar demasiado.

Su primer día comenzó bajo una tormenta.

Crissy llegó empapada al enorme rascacielos, entró al vestíbulo de mármol y, antes siquiera de presentarse correctamente, resbaló.

Su bolso se abrió.

Bolígrafos, recibos, una barra de granola y media vida desordenada quedaron esparcidos por el suelo.

Entonces una sombra apareció sobre ella.

Mateo Russo.

Alto, vestido con un traje gris oscuro y con una mirada capaz de hacer callar una habitación entera.

—¿Está herida?

Crissy recogió sus cosas.

—Solo mi dignidad.

Mateo la observó durante un segundo.

—Tiene cinco minutos para secarse. Después quiero las proyecciones trimestrales sobre mi escritorio.

Y así consiguió el empleo.

Los primeros días fueron un desastre.

Crissy atascó la fotocopiadora, derribó una planta carísima y accidentalmente cortó una llamada con un jefe criminal irlandés después de decirle que su tono era “poco profesional”.

Pero no huyó.

Mateo empezó a darse cuenta de algo.

Crissy no era incompetente.

Estaba exhausta.

Trabajaba de noche en un restaurante para pagar el tratamiento de su padre y llegaba cada mañana casi sin dormir.

Aun así, resolvía problemas que nadie más veía.

Un día tropezó con la alfombra de la oficina y derramó café sobre un importante libro contable.

Toda la habitación quedó en silencio.

Crissy sabía que acababa de cometer un error capaz de costarle el empleo.

Pero en lugar de llorar, se lanzó sobre el escritorio y utilizó su propio suéter para absorber el líquido.

—¡Deme las servilletas! —ordenó.

Mateo, sorprendido, obedeció.

El libro quedó manchado, pero los números se salvaron.

Crissy terminó con las manos enrojecidas.

—Supongo que debería empacar mis cosas —murmuró.

—No seas dramática —respondió Mateo—. Ve a tratarte las manos.

Cuando Lincoln, su mano derecha, sugirió reemplazarla, Mateo negó.

—Ella se queda.

Días después, Crissy descubrió que un encargado ferroviario estaba mintiendo para exigir más dinero. Había cruzado las rutas de transporte con mapas municipales y calendarios de mantenimiento.

Le ahorró a Mateo casi medio millón de dólares.

Él la llevó a cenar.

Allí Crissy finalmente admitió por qué soportaba aquel lugar.

—Mi padre necesita rehabilitación. No me importa qué transportas ni a quién sobornas. Necesito el sueldo. Pero no me mires como a un animal callejero al que recogiste bajo la lluvia.

Mateo sonrió por primera vez delante de ella.

—Creo que eres la persona más inteligente de todo mi edificio.

Cuatro semanas después, hasta los hombres más peligrosos de Mateo pedían cita para hablar con él.

Crissy había convertido el caos en un sistema.

Entonces, una tarde, el ascensor se abrió.

Entraron tres desconocidos.

El hombre que iba delante tenía una cicatriz cruzándole el rostro.

—¿Dónde está Russo?

Crissy sintió miedo.

Pero permaneció sentada.

—¿Tiene cita?

El hombre lanzó su monitor al suelo.

—Dile a Russo que salga.

Crissy extendió lentamente la mano hacia el teléfono.

—Tendrá que esperar detrás de la línea azul.

El desconocido sonrió.

Después lanzó la mano hacia el cuello de su blusa.

Pero nunca llegó a tocarla.

Porque detrás de Crissy, la puerta de cristal del despacho de Mateo se abrió de golpe.

PARTE 2

Mateo atravesó la oficina en segundos.

Crissy apenas tuvo tiempo de levantarse.

El hombre de la cicatriz intentó reaccionar, pero Mateo lo apartó de ella con una violencia rápida y aterradora.

Sus dos acompañantes también fueron reducidos antes de poder llegar hasta Crissy.

Cuando todo terminó, Mateo quedó inmóvil en mitad de la oficina.

Durante un instante parecía exactamente el hombre que todos temían.

Frío.

Implacable.

Peligroso.

Entonces miró a Crissy.

Y aquella expresión desapareció.

Ella seguía sentada detrás del escritorio, temblando.

Mateo se acercó y se arrodilló delante de ella.

—¿Te tocaron?

Crissy negó con la cabeza.

Una lágrima cayó por su mejilla.

—Le dije que tenía que llenar un formulario.

Algo parecido a una risa rota escapó de Mateo.

Le sostuvo el rostro cuidadosamente.

—Lo hiciste bien.

Pero aquella tarde había cambiado las reglas.

Los hombres pertenecían a Dominic, un distribuidor que había decidido desafiar el poder de Mateo.

Ahora Dominic conocía a Crissy.

Y sabía que era importante.

Mateo ordenó sacar inmediatamente las pertenencias de Crissy de su apartamento.

—No vas a regresar allí.

—Tengo un gato.

Mateo la miró confundido.

—¿Un gato?

—Es callejero. Tiene una sola oreja y duerme en mi escalera de incendios. Si no voy, nadie va a darle comida.

Mateo respiró profundamente.

—Lincoln traerá al gato.

Crissy terminó alojándose en el penthouse de Mateo bajo protección.

Aquella noche ninguno pudo dormir.

Ella todavía escuchaba en su cabeza lo ocurrido en la oficina.

Mateo permanecía sentado frente a las ventanas, vigilando la ciudad.

—¿Cuántos recuerdos como ese tienes? —preguntó Crissy.

Mateo guardó silencio.

—Demasiados.

—¿Y por qué nunca hablas de ellos?

—Porque mi vida está llena de puertas que no deberías abrir.

Crissy se acercó.

—Tú estás detrás de esas puertas.

—Yo soy precisamente lo peor que hay detrás.

Mateo intentó convencerla de que se marchara.

Le ofreció dinero suficiente para empezar otra vida lejos de Nueva York.

—Podría enviarte doscientos mil dólares y ponerte mañana mismo en un avión.

—Te devolvería el dinero.

—Crissy…

—Además, odio California.

Mateo la miró incrédulo.

—Eres desesperante.

—Y tú eres un criminal con complejo de héroe.

La distancia entre ellos desapareció.

Mateo sostuvo sus hombros.

—Deberías querer huir de mí.

Crissy apoyó las manos sobre su pecho.

—No quiero huir.

Entonces lo besó.

O quizá fue Mateo quien la besó primero.

Ninguno de los dos habría podido decirlo después.

Solo sabían que semanas de tensión, miedo y sentimientos que ninguno quería reconocer se rompieron en aquel momento.

Cuando se separaron, Mateo apoyó la frente contra la de ella.

—Si te quedas conmigo, no puedes fingir que esto sigue siendo simplemente un trabajo. Mi mundo viene conmigo.

Crissy lo miró directamente.

—Nunca tuve miedo de la oscuridad, Mateo. Solo de estar sola dentro de ella.

A la mañana siguiente, Mateo se marchó para terminar el conflicto con Dominic.

Antes de salir dejó a Lincoln protegiendo a Crissy.

Ella podría haber esperado.

No lo hizo.

—Necesito una computadora —dijo.

Lincoln levantó una ceja.

—Mateo dijo que te mantuviera segura.

—Entonces ayúdame a encontrar al hombre que intenta hacerlo inseguro.

Crissy comenzó a buscar.

No utilizó armas.

Utilizó registros fiscales.

Licencias comerciales.

Propiedades.

Estaciones de pesaje.

Rutas de transporte.

En menos de una hora descubrió una empresa registrada a nombre de un familiar de Dominic.

La empresa acababa de comprar una antigua planta procesadora en Astoria.

Tenía cámaras frigoríficas.

Muelles de carga.

Y suficiente espacio para ocultar mercancía.

Crissy giró la pantalla hacia Lincoln.

—Está aquí.

Lincoln llamó inmediatamente.

—Jefe. Cancela la búsqueda en los muelles. Ella lo encontró.

Mateo utilizó aquella información para localizar la última base importante de Dominic.

Horas después regresó al penthouse agotado, con la ropa destrozada y caminando con dificultad.

Crissy corrió hacia él.

—Te tengo.

Mateo apoyó el peso sobre ella y la abrazó con una fuerza desesperada.

—Terminó —murmuró—. Dominic ya no puede acercarse a ti.

Se dejaron caer en el sofá.

Mateo miró a Crissy.

—¿Sabes qué fue lo que realmente lo asustó?

—¿Tú?

—No.

Una sonrisa apareció en sus labios.

—Le dije que mi asistente había localizado toda su operación utilizando registros municipales desde una computadora.

Crissy sonrió.

—La próxima vez pídele simplemente sus proyecciones trimestrales. Es más limpio.

—No habrá próxima vez.

Mateo tomó suavemente su mano.

—Voy a construir algo diferente. Negocios legales. Activos que nadie pueda tocar. Y quiero que tú controles esa parte.

Crissy levantó una ceja.

—¿Quieres ascender a la asistente temporal que derramó café sobre tu libro contable?

—Quiero a la mujer que vio problemas que ninguno de mis hombres pudo resolver.

Mateo la miró fijamente.

—Tú dirigirás el lado legítimo del negocio.

Crissy permaneció callada unos segundos.

—Tengo una condición.

—Lo que quieras.

—Yo elijo mi propia silla de oficina. Las tuyas son horribles para la espalda.

Mateo soltó una carcajada.

Un mes después, el piso cuarenta y dos era completamente distinto.

Crissy ya no llevaba zapatos rotos ni cargaba carpetas intentando hacerse invisible.

Tenía su propio escritorio.

Su propia autoridad.

Y hasta los hombres más temidos del clan se acercaban con cautela.

Brix apareció una mañana con una caja de cannoli de pistacho.

—Buenos días, jefa.

—Gracias. Si quieres adelantar tu reunión con Mateo, los cannoli no funcionarán.

Brix suspiró.

—¿Ni siquiera uno?

—Jueves. Dos de la tarde.

—Entendido.

Detrás del cristal, Mateo observaba la escena.

Crissy había llegado a su edificio con diecisiete dólares, un paraguas roto y la desesperación suficiente para aceptar un trabajo que nadie quería.

Ahora negociaba rutas, organizaba empresas y mantenía bajo control a hombres que antes hacían temblar a ejecutivos experimentados.

Mateo señaló su reloj.

Hora de almorzar.

Crissy puso los ojos en blanco y le dedicó una pequeña sonrisa antes de volver al teclado.

Había entrado creyendo que debía sobrevivir una sola semana.

Lo que nunca imaginó era que terminaría convirtiéndose en la única persona capaz de poner orden en todo el imperio de Mateo Russo.

Y mucho menos que el hombre al que todos temían terminaría siendo el único que nunca quiso verla huir.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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