“Si la tocas otra vez, estás muerto”, advirtió el jefe de la mafia tras ver a su superior tocarla.

PARTE 1

Clara Ayes tenía veintiséis años y vivía cansada.

Trabajaba como coordinadora de logística en una empresa de Boston que pagaba poco, exigía demasiado y ofrecía algo que ella no podía perder: un seguro médico decente para ayudar con los cuidados de Chloe, su hermana menor.

Por eso soportaba a Richard Davis.

Richard era el gerente regional y sabía exactamente cuánto podía acercarse a una empleada sin dejar una queja fácil de probar. Comentarios sobre su ropa. Invitaciones que Clara rechazaba. Una mano que permanecía demasiado tiempo sobre el respaldo de su silla. Una sonrisa que siempre parecía decir que él conocía el precio de su silencio.

Clara hacía lo mismo cada vez.

Respiraba.

Terminaba su trabajo.

Pensaba en Chloe.

Y seguía adelante.

Había, sin embargo, una persona en la oficina que hacía que Richard midiera mejor sus movimientos.

Leo Castelo.

Nadie explicaba exactamente quién era Leo. Oficialmente era uno de los propietarios silenciosos vinculados a la empresa. Extraoficialmente, bastaba verlo entrar para que las conversaciones bajaran de volumen.

No vestía de manera ostentosa. No necesitaba hacerlo.

Tenía una calma extraña, ojos grises difíciles de leer y una forma de caminar que hacía parecer que cada habitación ya le pertenecía antes de cruzar la puerta.

Al principio, Clara apenas intercambiaba palabras con él.

Luego aparecieron pequeños gestos.

Una taza de té negro sobre su escritorio porque Leo había notado que ella nunca bebía el café de la oficina.

Una fotocopiadora arreglada sin que ella se lo pidiera.

Un simple:

—Tómate diez minutos. El trabajo seguirá aquí.

Leo nunca intentaba tocarla.

Nunca hacía preguntas personales.

Pero observaba.

Y Clara, que desconfiaba de los hombres por necesidad, empezó a esperar los días en que él aparecía.

Una noche, la oficina quedó vacía mucho antes de que Clara terminara los informes trimestrales.

La lluvia helada golpeaba las ventanas.

Ella guardó el último archivo y estaba recogiendo su bolso cuando escuchó una voz detrás.

—¿Todavía aquí?

Era Richard.

Tenía la corbata floja y el aliento cargado de whisky.

Clara se puso de pie inmediatamente.

—Ya terminé. Me voy.

Richard bloqueó la salida del cubículo.

—Siempre tienes tanta prisa.

—Tengo que llamar a mi hermana.

—Puede esperar cinco minutos.

Clara sintió cómo el miedo le subía por el pecho, pero mantuvo la voz estable.

—Prefiero mantener nuestra relación profesional.

Richard sonrió.

—Profesional es aburrido.

Se acercó.

Clara retrocedió hasta tocar el escritorio.

No había más espacio.

Richard puso una mano sobre su hombro.

Luego la otra llegó a su cintura.

Durante un instante, Clara volvió a hacer lo que había hecho tantas veces en su vida: calcular.

Si gritaba, quizá perdería el empleo.

Si lo empujaba, quizá perdería el seguro.

Si se quedaba quieta…

Sintió una furia repentina contra sí misma por siquiera estar haciendo aquellas cuentas.

Abrió la boca.

—Quítame las manos de encima.

Entonces un sonido metálico atravesó la oficina.

La puerta principal acababa de cerrarse.

Richard se quedó inmóvil.

Pasos lentos resonaron sobre el linóleo.

Clara conocía ese ritmo.

Leo Castelo apareció al final de la fila de cubículos con un abrigo negro sobre el traje oscuro.

No preguntó qué ocurría.

No levantó la voz.

Ni siquiera miró primero el rostro de Richard.

Sus ojos se detuvieron exactamente en la mano que todavía descansaba sobre la cintura de Clara.

Richard palideció.

—Señor Castelo… yo no sabía que venía esta noche.

Leo permaneció en silencio.

Después levantó lentamente la mirada hacia él.

Y Clara comprendió por la expresión de Richard algo que nunca había entendido del todo hasta ese momento:

Richard Davis no le tenía respeto a Leo Castelo.

Le tenía miedo.

Mucho miedo.

Leo dio un solo paso hacia ellos y habló con una calma que hizo que el aire pareciera congelarse.

—Richard —dijo—. Quita la mano de ella.

Y Richard, que nunca había obedecido a Clara cuando ella decía que no…

la soltó inmediatamente.

PARTE 2

Richard dio un paso atrás tan rápido que golpeó una silla.

Intentó explicar que solo estaban revisando números, pero Leo no le permitió terminar.

—Vete de aquí.

La voz fue baja.

Eso fue suficiente.

Richard recogió su chaqueta con manos temblorosas y desapareció por el pasillo sin mirar a Clara.

Ella esperaba que Leo lo siguiera.

No lo hizo.

Esperó hasta que la puerta se cerró y entonces se volvió hacia ella.

Toda la dureza de su rostro parecía haberse apagado.

—Ve por tu abrigo.

—Puedo irme sola.

—Lo sé.

Leo dejó un camino despejado entre Clara y la salida.

—Pero esta noche no tienes que hacerlo.

Aquella frase la desarmó más que cualquier amenaza.

En el auto, Clara permaneció pegada a la ventana, todavía intentando entender al hombre sentado a su lado.

Sabía que Leo era peligroso. Había escuchado rumores. Había visto cómo hombres poderosos evitaban pronunciar su nombre demasiado alto.

—¿Cambié un problema por otro? —preguntó finalmente.

Leo la miró.

—Si alguna vez tienes que preguntarte si puedes decirme que no, entonces habré fallado.

Clara no esperaba aquella respuesta.

Después él reveló algo peor.

Sabía cuánto costaba el centro residencial de Chloe.

Sabía que Clara llevaba meses atrasándose con algunas cuentas.

Y ya había pagado los cuidados de su hermana hasta final de año.

Clara se puso rígida.

—No puedes hacer eso.

—Ya lo hice.

—No quiero deberte nada.

—No me debes nada.

Entonces Leo le ofreció un nuevo empleo en Apex Global, una de sus empresas legítimas: directora de logística, mejores beneficios y un sueldo casi tres veces mayor.

Clara creyó que era una forma elegante de comprarla.

Leo negó.

—Llevas años haciendo el trabajo de personas que cobran más que tú. No es caridad. Es corregir un error.

Al día siguiente, Clara recibió el contrato.

Antes de firmarlo fue a ver a Chloe.

Su hermana estaba junto a la ventana del centro, con las manos rígidas sobre una manta.

—Conseguí otro trabajo —le contó Clara—. Uno bueno.

Chloe sonrió.

—Entonces ya no tienes que volver con el hombre malo.

Clara se quedó inmóvil.

Creía haber ocultado perfectamente lo que ocurría con Richard.

No era cierto.

Chloe había visto el cansancio. El miedo. La manera en que su hermana llegaba cada noche un poco más apagada.

—Nunca más —prometió Clara.

Y aquella promesa decidió todo.

Fue directamente a Apex Global.

Entró en la oficina de Leo y dejó el contrato sobre su escritorio.

—Voy a aceptar, pero tengo reglas.

Por primera vez, una ligera diversión apareció en el rostro de Leo.

—¿Reglas para mí?

—Especialmente para ti.

Clara dejó claro que pagar una deuda no le daba derecho sobre ella. No sería su proyecto, su propiedad ni una pieza decorativa dentro de su mundo.

Leo escuchó sin interrumpir.

Cuando terminó, respondió:

—Primera regla: yo no compro personas. Te contraté porque eres buena.

Luego continuó:

—Segunda: aquí nadie tiene derecho a tocarte ni a intimidarte.

Clara frunció el ceño.

—Eso suena peligrosamente posesivo.

—Llámalo política de recursos humanos.

Ella casi sonrió.

—¿Y la tercera?

Leo la observó durante unos segundos.

—Deja de fingir que tienes que cargar sola con todo.

Después le señaló la oficina que ya llevaba su nombre.

Clara empezó a trabajar ese mismo día.

Y resultó ser excelente.

Reorganizó rutas, redujo costos y descubrió errores que nadie más veía. Chloe recibió una silla motorizada nueva y mejores terapias. Por primera vez desde que Clara podía recordar, el dinero dejó de decidir cada una de sus respiraciones.

También empezó a conocer otra versión de Leo.

Seguía siendo un hombre temido.

Pero con ella no imponía cercanía.

A veces dejaba té sobre su escritorio y seguía caminando.

A veces discutían durante media hora sobre costos de combustible.

A veces Clara lo sorprendía mirándola desde el otro extremo de una sala de reuniones y él apartaba la vista como si lo hubieran descubierto haciendo algo privado.

Clara no sabía cuándo exactamente dejó de sentir miedo de él.

Solo supo que ocurrió.

Varias semanas después encontró algo extraño en la ruta marítima 44.

Los documentos decían que los barcos transportaban textiles italianos.

Pero el consumo de combustible indicaba demasiado peso.

Clara pasó horas cruzando manifiestos hasta encontrar un nombre:

Dominic.

Uno de los hombres de mayor confianza de Leo.

Llevó los registros inmediatamente a la sala de juntas.

Dominic estaba afuera y trató de impedirle entrar.

—Leo necesita ver esto.

—El jefe está ocupado.

Clara sostuvo su mirada.

—Entonces dile que alguien está usando sus barcos para mover carga no declarada y que, si tengo razón, pronto tendrá problemas mucho más grandes que una reunión interrumpida.

La puerta se abrió.

—Déjala pasar —ordenó Leo desde dentro.

Clara extendió los papeles sobre la mesa.

Explicó el peso, el combustible y las firmas.

Leo comprendió rápidamente.

Dominic también.

Entró furioso, acusándola de inventar los datos.

Clara no retrocedió.

—Los números no tienen nada contra ti —respondió—. Solo cuentan lo que hiciste.

La verdad quedó expuesta.

Dominic había permitido que terceros utilizaran las rutas de Apex para transportar armamento sin autorización.

Cuando comprendió que estaba acabado, entró en pánico.

Sujetó a Clara y trató de usarla como salida.

Todo ocurrió en segundos.

La vieja Clara quizá se habría congelado.

Esta no.

Esperó a que Dominic concentrara toda su atención en Leo y le clavó el tacón sobre el pie con toda la fuerza que pudo.

El hombre perdió el equilibrio.

Leo y su equipo reaccionaron inmediatamente.

El arma terminó lejos de Clara y Dominic fue reducido.

Cuando se lo llevaron, Clara se apoyó contra la mesa intentando controlar la respiración.

Leo cruzó la sala.

—¿Estás herida?

—Estoy bien.

Entonces vio sangre.

Pero no era de ella.

Leo tenía un corte profundo en la palma, producido al apartar el arma.

—Siéntate.

—Clara…

—Soy tu directora de logística. También soy la única persona en esta sala con suficiente sentido común para usar un botiquín. Siéntate.

Leo obedeció.

Mientras ella limpiaba y vendaba su mano, él la observaba en silencio.

—No te congelaste —dijo.

Clara terminó el vendaje.

—Ya no.

Leo bajó la mirada hacia sus manos.

—Salvaste la empresa esta noche.

—Hice mi trabajo.

—No. Tus números encontraron algo que todos mis hombres pasaron por alto. Y cuando las cosas se complicaron, no esperaste que alguien viniera a rescatarte.

Clara levantó los ojos hacia él.

—Eso era lo que querías, ¿no? Que dejara de ser una víctima.

Leo negó lentamente.

—Quería que estuvieras a salvo. No esperaba que terminaras siendo más peligrosa que la mitad de mis hombres.

Ella soltó una risa nerviosa.

Después llegó el silencio.

Leo levantó una mano, pero se detuvo antes de tocarle el rostro.

Esperó.

Clara entendió la pregunta que no había formulado.

Fue ella quien cerró la distancia.

El beso fue breve al principio, casi cauteloso, completamente distinto a todo lo que Clara habría esperado de él.

Cuando se separaron, apoyó la frente contra la suya.

—No pertenezco a tu mundo, Leo.

—Eso es precisamente lo que me gusta de ti.

La mano de Clara encontró la venda que acababa de colocarle.

—Y yo no te pertenezco a ti.

—Nunca dije que lo hicieras.

—Bien.

—Aunque —añadió Leo con una sombra de sonrisa— probablemente deberías saber que estoy completamente perdido por ti.

Aquello sí consiguió dejarla sin respuesta.

Más tarde, en el apartamento de Leo, él limpió un pequeño rasguño que Clara había sufrido durante el enfrentamiento.

Por primera vez ella vio su casa, no su imperio.

Libros de historia.

Discos de jazz.

Un crucigrama a medio terminar.

La vida silenciosa de un hombre al que todos creían hecho únicamente de oscuridad.

—¿Qué ocurrirá mañana? —preguntó Clara.

—Mañana arreglo el desastre de Dominic.

—¿Y esta noche?

Leo la miró.

—Esta noche duermes. Si quieres que me vaya, me voy. Si quieres que me quede afuera de la puerta, me quedo.

Clara recordó a Richard bloqueándole la salida.

Luego miró al hombre más peligroso que había conocido, esperando tranquilamente a que ella eligiera.

Esa era la diferencia.

—Quédate —dijo.

Leo cerró los ojos un instante.

Meses antes, Clara había creído que sobrevivir significaba aguantar lo suficiente para pagar la siguiente factura.

Después creyó que significaba encontrar a alguien lo bastante poderoso para protegerla.

Al final descubrió que ambas ideas estaban equivocadas.

Sobrevivir era recuperar la capacidad de elegir.

Elegir el trabajo.

Elegir cuándo decir no.

Elegir cuándo pelear.

Y también elegir a quién permitir acercarse.

A la mañana siguiente, Clara llegó a Apex Global con la cabeza en alto.

La placa de cristal de su oficina seguía diciendo:

CLARA AYES
DIRECTORA DE LOGÍSTICA

Chloe estaba segura.

Richard había desaparecido de su vida.

Dominic ya no podía utilizar la empresa desde las sombras.

Y Leo Castelo, el hombre al que toda una ciudad temía, llamó suavemente a su puerta antes de entrar.

Clara levantó la vista.

—¿Desde cuándo llamas?

Leo sostenía dos tazas de té.

—Desde que aprendí que las puertas existen por una razón.

Ella sonrió.

Y por primera vez en muchos años…

no había nada que calcular.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward