She Broke Wolf Soul Saving Her Alpha — Not Knowing He Left Her Behind for Being Weak Later

PARTE 1
A los dieciséis años recibí por Felix Sable un golpe que debió matarlo a él.
Un oso gigantesco, enloquecido por magia oscura, apareció durante nuestro entrenamiento. No tuve tiempo de pensar. Empujé a Felix fuera de su camino y las garras de la bestia atravesaron mi espalda. Sobreviví, pero mi alma lupina quedó destrozada.
Perdí parte de la memoria, mi sentido de orientación y la capacidad de transformarme.
Felix me sostuvo la mano mientras yo agonizaba.
—Cuando me convierta en Alfa, te haré mi Luna. Te protegeré siempre.
Durante dos años viví aferrada a aquella promesa.
Sin embargo, cuando Felix finalmente heredó el mando de la manada Blackwood, comenzó a evitarme. Ya no apartaba las hojas de mi cabello ni me llamaba “pequeña”. Sus palabras seguían siendo amables, pero su mirada se había vuelto fría.
Una noche fui a su despacho para preguntarle si en el nuevo territorio habría espacio para mi jardín de hierbas. La puerta estaba entreabierta y escuché al mayordomo hablar sobre la migración.
—¿Qué haremos con la señorita Vega?
Hubo un silencio interminable.
—No puede acompañarnos —respondió Felix—. Su alma lupina está rota, no puede protegerse y obligaría a varios guerreros a cuidarla. Sería un peligro para toda la manada.
El mayordomo mencionó que los ancianos deseaban escoger una Luna más fuerte.
Felix no se opuso.
—La supervivencia de Blackwood está primero. Mara permanecerá en la mansión ancestral. Allí estará segura.
Segura.
Así llamó al abandono.
Regresé a mi habitación con el corazón hecho pedazos. Guardé vestidos de lana, monedas, hierbas medicinales y algunos panecillos de miel. Antes del amanecer escapé sin despedirme.
Quería llegar sola al nuevo territorio y demostrar que no era una carga. Pero mi orientación estaba tan dañada que, al escuchar a los cocheros gritar destinos, confundí el nombre del paso fronterizo.
—Lléveme cerca de Sterling —pedí.
Solo cuando la mansión desapareció comprendí que había elegido el carruaje equivocado.
Horas después llegamos a una enorme fortaleza de piedra. Antes de poder explicar mi error, unos guardias abrieron la puerta y me hicieron bajar.
—Joven, sola y sin documentos —dijo el capitán—. Coincide con la descripción.
Me condujeron hasta una cabaña, donde varias cuidadoras comenzaron a lavarme y a vestirme con una túnica blanca bordada con el emblema de un lobo plateado.
—¡Se equivocan! —protesté—. Yo solo buscaba el territorio de Blackwood.
Nadie me escuchó.
Una mujer llamada Lyra colocó sobre mi rostro una pesada máscara ceremonial adornada con colmillos.
—La prometida escapó —murmuró una criada—. La ceremonia debe celebrarse antes de que termine la luna llena.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Me estaban utilizando para reemplazar a una novia fugitiva.
Intenté escapar, pero las puertas del salón se abrieron. Al otro extremo esperaba Alaric Argent, el poderoso Alfa de Sterling. Su presencia hizo temblar a todos los presentes.
Curiosamente, yo sentí paz.
Alaric tomó mi mano y los ancianos pronunciaron los votos. Cuando bebimos de la misma copa de plata, una corriente cálida recorrió mi brazo y alcanzó las grietas de mi alma lupina.
La ceremonia terminó antes de que pudiera decir una sola palabra.
Esa noche me llevaron a los aposentos del Alfa. Alaric entró, tomó la daga ritual y se acercó para retirar mi máscara.
La hoja cortó las correas. La máscara cayó al suelo.
Sus ojos dorados se abrieron al reconocerme.
—Mara Vega… —susurró—. ¿Qué estás haciendo en el lugar de mi prometida?
PARTE 2
La garganta se me cerró.
Alaric me había visto una vez en Blackwood. Estaba presente el día en que llevé panecillos a Felix para recordarle nuestra promesa y él me humilló frente a los sirvientes.
Me arrodillé y le confesé todo: mi huida, el carruaje equivocado y la forma en que sus guardias me habían obligado a participar en la ceremonia.
—No pretendía engañarlo —dije—. Puede castigarme, pero le ruego que no me entregue a Blackwood.
Alaric dejó la daga sobre la mesa.
—Levántate. Una Luna de Sterling no se arrodilla para pedir protección.
Me explicó que al amanecer podía anular el matrimonio si así lo deseaba. Hasta entonces, nadie me tocaría. Pero cuando tomó mi muñeca para ayudarme a levantar, aquella corriente cálida volvió a atravesarnos.
El Alfa retrocedió, sorprendido.
El médico de la manada fue llamado inmediatamente. Después de examinar las profundas heridas de mi alma lupina, miró a Alaric con severidad.
—Estas lesiones tienen años. ¿Dónde estaba su Alfa cuando ella lo necesitaba?
Yo bajé la cabeza, avergonzada, pero Alaric se colocó delante de mí.
—Ahora está en Sterling. Dígame si puede curarse.
El médico aseguró que todavía existía esperanza. Mi alma necesitaba la estabilidad de una manada que me aceptara y la conexión con mi compañero destinado. Entonces señaló el resplandor dorado que unía mi muñeca con la de Alaric.
La ceremonia no se había equivocado.
Alaric era mi verdadero compañero.
Por primera vez, alguien no me consideró una carga. Me permitió cultivar hierbas, preparar remedios y ayudar a los cachorros enfermos. Incluso lady Isolde, la temida abuela del Alfa, terminó defendiéndome.
—La bondad no es debilidad —me enseñó—, pero una Luna debe saber cuándo ordenar y cuándo desconfiar.
Sus palabras me salvaron cuando Edric, el administrador, intentó entregarme una caja de monedas para que convenciera a Alaric de cederle unas tierras. En Blackwood habrían utilizado mi confusión para culparme. En Sterling, Alaric escuchó mi relato y ordenó investigar al administrador.
—No hiciste nada malo —me aseguró—. Confiaste en nosotros y nosotros protegeremos esa confianza.
Más tarde supe que Felix había descubierto mi desaparición la misma noche de su partida. Primero fingió indiferencia. Después envió patrullas a los mercados, los caminos y los talleres de miel.
No me buscaba porque me amara. Me buscaba porque no soportaba haber perdido algo que consideraba suyo.
Durante una visita diplomática a Sterling, Felix escuchó mi risa en uno de los patios. Me vio repartiendo pan entre las criadas mientras Alaric me observaba con una ternura que él nunca me había ofrecido.
No dijo nada aquel día.
Regresó pocos días después acompañado por varios guerreros.
Alaric y yo caminábamos junto al lago cuando escuchamos los cascos. Los guardias de Sterling rodearon al Alfa mientras Felix desmontaba ante la frontera.
—¡Mara Vega! —rugió—. ¿Cómo te atreves a traicionar a Blackwood?
Instintivamente retrocedí. Alaric apoyó una mano firme sobre mi hombro.
Felix señaló la fortaleza.
—¿De verdad crees que este lugar es tu hogar? Argent solo quiere tu sangre de loba blanca. Cuando deje de necesitarte, también te abandonará. Regresa conmigo. Vivirás protegida en la mansión ancestral.
—¿Protegida? —pregunté—. ¿Sola, mientras toda la manada construía una nueva vida sin mí?
Su expresión se endureció.
—Sigues siendo la Luna prometida de Blackwood.
Entonces comprendí que ya no le tenía miedo.
—Tú rompiste esa promesa antes de que yo abandonara la mansión. Me llamaste distracción, peligro y carga. Permitiste que los ancianos buscaran una compañera más fuerte y ahora vienes a reclamarme porque otro Alfa reconoció mi valor.
Felix extendió las garras.
—¡Argent me la ha robado!
El poder de Alaric sacudió los árboles.
—Nadie puede robar a una mujer que fue abandonada. Mara es mi esposa, mi compañera destinada y la Luna de Sterling. Si vuelves a cruzar esta frontera para amenazarla, lo consideraré una declaración de guerra.
Los guerreros de Sterling mostraron los colmillos.
Felix me miró esperando que dudara, pero avancé hasta quedar junto a Alaric.
—Mi destino ya no está en tus manos —declaré—. Renuncio a toda obligación con Blackwood. Mi vida y mi lealtad pertenecen a Sterling.
Algo se quebró dentro de mí.
No fue dolor, sino la última capa de hielo que aprisionaba mi alma. Una loba blanca despertó en lo más profundo de mi pecho y su aullido resonó por primera vez desde el ataque del oso.
Felix palideció.
Había recuperado mi alma justo cuando dejé de pertenecerle.
Se marchó sin disculparse. En su mirada había celos, rabia y un arrepentimiento que había llegado demasiado tarde.
Durante el año siguiente, mi memoria mejoró y las grietas de mi alma comenzaron a cerrarse. Aprendí las leyes de Sterling, amplié el jardín medicinal y ayudé a administrar la fortaleza. Ya no caminaba como una omega perdida. Todos me reconocían como su Luna.
Un día recibí una caja enviada por Felix. Contenía una piedra lunar opaca, una rama seca de romero y una carta fría en la que afirmaba que mi sangre ya no tenía valor para Blackwood.
No sentí dolor.
Alaric abrió la ventana y dejó que el viento se llevara el romero marchito.
—Sterling no conserva promesas muertas —dijo—. Aquí protegemos la vida nueva.
Aquella noche, bajo la luna llena, renovamos nuestros votos frente a toda la manada. Cuando Alaric tomó mi mano, mi loba blanca apareció finalmente junto a su enorme lobo dorado.
Levanté la cabeza y aullé.
Las montañas respondieron.
Había partido para demostrarle a Felix que no era una carga, pero terminé descubriendo algo mucho más importante: no necesitaba demostrarle mi valor a quien había decidido no verlo.
Mi hogar no era el lugar donde me habían prometido protección.
Mi hogar era aquel donde nunca tuve que suplicar para recibirla.