Seis lobos blancos llegaron heridos a la casa de una omega abandonada… pero lo que uno llevaba en el cuello reveló un secreto que había permanecido oculto durante veinte años
Seis lobos blancos llegaron heridos a la casa de una omega abandonada… pero lo que uno llevaba en el cuello reveló un secreto que había permanecido oculto durante veinte años

PARTE 1
La noche que seis lobos blancos aparecieron frente a mi casa, cometí algo que todos en Frostmir consideraban una locura: les abrí la puerta.
Estaban heridos, cubiertos de hielo y tan débiles que apenas podían mantenerse de pie. Ninguno intentó atacarme.
Pero cuando descubrí lo que llevaba el más grande alrededor del cuello, comprendí que no habían llegado hasta mí por casualidad.
Llevaba el mismo amuleto que mi madre me había dejado antes de partir de este mundo.
Me llamo Elara y, hasta aquella noche, mi vida no tenía nada de extraordinario.
Vivía sola en una pequeña cabaña a las afueras de Frostmir, un pueblo escondido entre montañas donde los inviernos podían durar meses.
Los habitantes me conocían como la omega abandonada.
Nunca había sido fuerte como los demás miembros de la manada. Tampoco tenía una familia importante ni alguien que me defendiera cuando comenzaron a tratarme como si no perteneciera a ningún lugar.
Con el tiempo aprendí a vivir sin ellos.
Recolectaba plantas medicinales, preparaba remedios y atendía a quienes enfermaban. Los vecinos dejaban monedas afuera de mi casa y recogían sus medicinas sin siquiera tocar la puerta.
Me había acostumbrado.
O al menos eso creía.
Aquella noche, la tormenta era tan intensa que los árboles parecían doblarse sobre sí mismos.
Estaba calentando agua junto a la chimenea cuando escuché algo extraño.
Un rasguño.
Después, otro.
Me acerqué a la ventana, pero no distinguí nada detrás de la nieve.
Entonces escuché un gemido.
Tomé una lámpara de aceite y abrí apenas la puerta.
Un enorme lobo blanco estaba frente a mí.
Detrás de él había otros cinco.
Uno tenía una pata lastimada. Otro llevaba una herida en el costado. Los dos más pequeños temblaban juntos, tratando de protegerse del viento.
El más grande me observó fijamente.
Esperé que mostrara los colmillos.
En cambio, inclinó la cabeza y retrocedió un poco, como si estuviera pidiéndome permiso para entrar.
—No sé qué les pasó —murmuré—, pero aquí afuera no van a resistir.
Abrí la puerta.
Los seis entraron despacio.
El último fue el lobo más grande. Apenas cruzó el umbral, sus patas cedieron y cayó junto a mis pies.
Me arrodillé para revisarlo.
Tenía una herida profunda en el hombro.
No parecía provocada por otro animal.
Era demasiado recta.
Alguien lo había atacado con un arma.
Mientras apartaba su pelaje para limpiar la herida, descubrí una pequeña cadena de plata.
Colgando de ella había una media luna rodeada de seis estrellas.
Sentí un escalofrío.
Metí la mano debajo de mi ropa y saqué el collar que siempre llevaba conmigo.
Mi madre me lo había entregado cuando yo era niña.
Era idéntico.
Hasta las pequeñas marcas alrededor de la luna coincidían.
Recordé algo que ella me había dicho durante su última enfermedad.
Que si alguna vez seis lobos llegaban buscando refugio, debía recibirlos.
Durante veinte años pensé que aquellas palabras habían sido producto de la fiebre.
Ahora tenía a los seis frente a mí.
Y uno llevaba su símbolo.
No dormí esa noche.
Limpié heridas, preparé infusiones y acomodé todas las cobijas que tenía junto al fuego.
Los lobos se comportaban de manera extraña.
Uno permanecía junto a la puerta.
Otro vigilaba la ventana.
Los demás descansaban cerca de mí, aunque el más pequeño me seguía a todas partes.
Era como si esperaran que algo ocurriera.
Al amanecer escuché caballos.
Me asomé por una rendija.
Varios hombres armados avanzaban hacia mi cabaña.
Sus estandartes negros llevaban el escudo de Lord Varric, el consejero que gobernaba desde que el rey Kalin había sido declarado muerto.
Los lobos se pusieron de pie inmediatamente.
Entonces lo entendí.
Aquellos hombres venían por ellos.
Recordé el pequeño sótano que utilizaba para guardar papas durante el invierno.
Levanté las tablas del piso y señalé la abertura.
Para mi sorpresa, los animales comprendieron.
Uno por uno descendieron.
El más grande necesitó mi ayuda, pero finalmente logré esconderlos a todos.
Apenas coloqué la última tabla, alguien golpeó la puerta.
Varric entró acompañado de cuatro soldados.
Observó las cobijas, los recipientes con agua y los trapos manchados que había utilizado durante la noche.
—Estamos buscando seis animales blancos —dijo—. Nos informaron que cruzaron este bosque.
Le respondí que solamente había visto nieve.
Uno de sus hombres caminó hasta el centro de la habitación.
Justo encima del sótano.
Entonces escuché un gruñido.
Pequeño.
Casi imperceptible.
Pero Varric también lo oyó.
Me miró durante varios segundos.
Después ordenó revisar la casa.
Los soldados abrieron armarios, revisaron mi cama y hasta buscaron detrás de la chimenea.
Yo permanecí inmóvil.
Por suerte, ninguno levantó las tablas.
Antes de marcharse, Varric se acercó a mí.
—Esos lobos pertenecían al antiguo rey. Si los encuentras, será mejor que nos avises.
Cuando desaparecieron entre los árboles, abrí el escondite.
Los seis salieron.
El más grande caminó directamente hacia un viejo baúl donde guardaba las pertenencias de mi madre.
Empujó la tapa con el hocico.
Dentro había ropa, algunas cartas y un pedazo de tela con el escudo real.
Al desplegarlo encontré unas palabras escritas con la letra de mi madre.
Decían que, si los seis guardianes encontraban a su hija, debía saber que Kalin continuaba con vida.
Me quedé mirando aquellas palabras.
El rey no había muerto.
Y mi madre lo sabía.
El lobo más pequeño comenzó a tirar de mi capa, señalando la puerta.
Los seguí hasta una zona del bosque donde encontramos un carruaje real abandonado bajo la nieve.
En su interior había una corona rota.
Pero antes de que pudiera examinarla, los seis lobos comenzaron a gruñir.
Escuché caballos detrás de nosotros.
Me volví.
Varric estaba allí, rodeado de soldados.
Sonrió al verme con el amuleto en la mano.
—Tu madre escondió algo que llevo veinte años buscando, Elara.
Señaló mi collar.
—Y ahora vas a abrirme la puerta que ella se negó a abrir.
PARTE 2
Apreté el amuleto contra mi pecho.
—No sé de qué puerta está hablando.
Varric desmontó lentamente.
—Tu madre era la guardiana del Pozo de la Luna. Se llevó su última llave cuando huyó del palacio. He buscado ese objeto desde entonces.
Miré a los lobos.
El más grande estaba delante de mí, a pesar de que todavía tenía dificultades para apoyar una pata.
—Entonces tendrá que buscar en otra parte —respondí.
Varric hizo una señal a sus hombres.
Dos avanzaron hacia nosotros.
Pero los lobos se movieron antes de que pudieran alcanzarnos.
No atacaron.
Se colocaron entre los soldados y yo, obligándolos a retroceder mientras el más pequeño tiraba nuevamente de mi capa.
Detrás del carruaje había un estrecho sendero que subía hacia las montañas.
Comprendí lo que intentaba decirme.
Corrí.
Los seis lobos me rodearon mientras avanzábamos entre los árboles.
Escuché órdenes a nuestras espaldas, pero pronto el viento y la nieve ocultaron nuestros pasos.
Después de un largo recorrido llegamos a una pared de roca.
Allí descubrí una abertura casi invisible.
Los animales entraron.
Los seguí hasta una cueva iluminada por pequeñas lámparas.
Un anciano estaba esperándonos.
Al ver mi collar, se llevó una mano al pecho.
—Así que eres la hija de Serena.
Nunca había escuchado a un desconocido pronunciar el nombre de mi madre con tanta familiaridad.
El hombre se presentó como Alden, antiguo sanador de la familia real.
Me explicó que los seis lobos no eran animales comunes.
Eran guardianes ligados al linaje del rey y al Pozo de la Luna, una fuente antigua que protegía el vínculo entre ellos.
Mi madre había sido la encargada de cuidarla.
Cuando Varric intentó apoderarse de aquella fuente, ella huyó con la llave que podía restaurarla o sellarla definitivamente.
—¿Y el rey? —pregunté.
Alden bajó la mirada.
—Está prisionero bajo la fortaleza de Pico Negro.
Me contó que Kalin había descubierto que Varric ordenaba ataques contra poblados fronterizos y culpaba a los lobos.
Cuando el rey intentó detenerlo, sus propios hombres lo traicionaron.
Varric anunció su muerte y tomó el control del reino.
Pero necesitaba algo más.
Quería romper el vínculo de los guardianes con la familia real y someterlos a su voluntad.
Para conseguirlo necesitaba el Pozo de la Luna.
Y para controlar el pozo necesitaba mi collar.
—¿Por qué los lobos vinieron a buscarme? —pregunté.
Alden observó mis manos, todavía cubiertas de pequeñas manchas de hierbas medicinales.
—Porque tu madre dejó algo más que una llave. Heredaste su don para sanar.
No le creí inmediatamente.
Había preparado remedios toda mi vida, pero nunca había hecho nada que pudiera llamarse magia.
El anciano me pidió que recordara qué había ocurrido cuando atendí al lobo más grande.
Pensé en cómo su respiración había mejorado después de tocarlo.
En lo rápido que había recuperado fuerzas.
En el extraño calor que había sentido en mis palmas.
Alden asintió.
—Ese don puede ayudar al rey. Pero cada vez que lo utilizas, entregas parte de tu propia energía.
Miré a los seis animales.
Habían atravesado una tormenta, heridos y perseguidos, para encontrarme.
No podía abandonarlos ahora.
—Lléveme con Kalin.
Entramos a la capital al día siguiente.
Yo llevaba una capa sencilla y mi bolsa de medicinas.
Los lobos permanecieron ocultos en las montañas mientras Alden me ponía en contacto con Rowan, un guardia que todavía era leal al rey.
Rowan me condujo hasta una enfermería abandonada.
Allí conocí a Meera, una mujer mayor que había trabajado junto a mi madre.
Cuando vio el collar, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Serena decía que algún día vendrías —murmuró.
Me contó algo que nadie me había explicado.
Mi madre no había sido expulsada del palacio por carecer de poder.
Había escapado porque Varric quería utilizar su don para dominar el pozo.
Cuando ella se negó, tuvo que desaparecer.
Me llevó consigo a Frostmir para mantenerme lejos de él.
Durante años creí que nuestra vida solitaria era consecuencia de no ser importantes.
En realidad, mi madre había renunciado a todo para protegerme.
Meera abrió cuidadosamente mi amuleto.
Dentro había una diminuta pieza de plata con forma de estrella.
La última llave.
Esa noche, Rowan nos condujo por un pasadizo bajo la fortaleza.
Al final encontramos una enorme puerta de piedra.
Introduje la pequeña estrella en una abertura situada junto al marco.
La puerta se abrió lentamente.
Al otro lado había una cámara circular.
En el centro descansaba un estanque de agua plateada.
Pero su superficie estaba casi inmóvil.
Varias grietas atravesaban las paredes y una parte del agua se perdía entre las piedras.
Junto al estanque había un hombre encadenado.
Estaba muy delgado y apenas podía levantar la cabeza.
Sin embargo, cuando vio mi collar, intentó incorporarse.
—Serena…
Me acerqué.
—Soy Elara. Su hija.
El hombre cerró los ojos un instante.
—Tu madre me salvó cuando era niño. Nunca pude devolverle lo que hizo por mí.
Era Kalin.
El rey al que todos creían perdido.
Me arrodillé junto a él y revisé sus heridas.
Estaba demasiado débil.
Necesitaba atención urgente.
Coloqué mis manos sobre su pecho y cerré los ojos.
Entonces sucedió.
Un resplandor plateado apareció entre mis dedos.
El agua del estanque comenzó a moverse.
Sentí una corriente cálida atravesarme los brazos.
La respiración de Kalin se volvió más profunda.
Sus heridas comenzaron a cerrarse.
Pero yo sentí que toda mi fuerza desaparecía.
Me temblaron las piernas.
Quise retirar las manos, pero una de las cadenas que sujetaban al rey comenzó a brillar.
Después se desprendió.
Luego otra.
Cuando cayó la última, perdí el equilibrio.
Kalin me sostuvo antes de que tocara el suelo.
—Es suficiente —me dijo—. Ya hiciste demasiado.
Intenté responderle.
No pude.
En ese momento, un estruendo sacudió la cámara.
Una grieta apareció en el techo.
El agua del pozo comenzó a desaparecer con mayor rapidez.
Y desde una plataforma elevada escuchamos una voz conocida.
—Llegaron demasiado tarde.
Varric nos observaba desde arriba.
Había roto el antiguo sello que mantenía estable la fuente.
Sus soldados comenzaron a entrar por las escaleras.
Rowan se colocó frente a nosotros.
Pero eran demasiados.
Yo apenas podía mantenerme de pie.
Kalin todavía estaba recuperándose.
Entonces escuché un aullido.
Después otro.
Seis sombras blancas aparecieron en la entrada de la cámara.
Los lobos habían llegado.
El más grande avanzó hasta el borde del estanque.
Bajo sus patas apareció el dibujo de una media luna.
Los otros cinco se colocaron a su alrededor.
Las figuras grabadas en las paredes comenzaron a iluminarse.
De pronto, los animales cambiaron.
Sus cuerpos crecieron y su pelaje adquirió un brillo plateado.
El pequeño que me había seguido por mi cabaña se convirtió en un lobo enorme, tan alto como los demás.
No eran simples guardianes.
Eran las criaturas antiguas representadas en los muros de la fortaleza.
Varric ordenó a los soldados avanzar.
Pero los lobos se interpusieron, apartaron sus armas y los obligaron a retroceder.
Ninguno pudo acercarse al pozo.
Al mismo tiempo, Rowan abrió las puertas del pasadizo.
Por ellas entraron varios guardias y miembros de la corte que habían descubierto las maniobras de Varric.
Rowan llevaba consigo documentos encontrados en los archivos del consejero.
Había órdenes firmadas para atacar los poblados, registros de la captura de Kalin y cartas que demostraban que la noticia de su muerte había sido fabricada.
Los hombres de Varric comprendieron que ya no podían ocultar lo ocurrido.
Algunos dejaron sus armas.
Otros se apartaron.
Varric intentó escapar por una escalera lateral, pero los guardias lo detuvieron.
Todo parecía haber terminado.
Hasta que escuchamos otro crujido.
El pozo seguía vaciándose.
La fuente estaba desapareciendo.
Alden llegó junto a nosotros y observó las grietas.
—Si el vínculo se rompe por completo, los guardianes perderán su fuerza.
Miré a los lobos.
Su brillo comenzaba a apagarse.
El más pequeño se acercó y apoyó la cabeza contra mi mano.
Recordé cómo había temblado junto a la chimenea aquella primera noche.
Había pasado horas intentando salvarlos.
Y ahora podía perderlos otra vez.
Miré mi collar.
Comprendí por qué mi madre nunca había querido que lo entregara.
La llave podía restaurar el pozo, pero debía regresar a su lugar original.
Y alguien con nuestro don tenía que activarla.
Me acerqué al estanque.
Kalin me sujetó suavemente del brazo.
—No sabemos qué te ocurrirá si vuelves a utilizar tu poder.
—Yo tampoco —respondí.
Retiré el amuleto de mi cuello.
Lo coloqué en el centro del estanque, justo donde el agua todavía conservaba un pequeño reflejo plateado.
Después apoyé las manos sobre la piedra.
La luz apareció nuevamente.
Esta vez fue mucho más intensa.
Sentí que las piernas me fallaban.
Los seis lobos formaron un círculo a mi alrededor.
Su resplandor se unió al mío.
El agua comenzó a elevarse.
Las grietas de las paredes se cerraron lentamente.
El temblor de la montaña se detuvo.
Y entonces todo quedó en silencio.
Ya no podía sostenerme.
Caí de rodillas.
Lo último que vi fue a los seis guardianes inclinando sus enormes cabezas hacia mí.
Desperté con la sensación de tener algo cálido junto a la mejilla.
Abrí los ojos.
Era el lobo más pequeño.
Había recuperado su tamaño habitual y dormía con la cabeza apoyada sobre mi hombro.
Los otros cinco descansaban alrededor.
Kalin estaba sentado cerca de mí.
Al verme despertar, sonrió.
—Pensamos que no volverías a abrir los ojos.
Intenté incorporarme.
Me dolía todo el cuerpo, pero estaba viva.
Miré hacia el estanque.
El agua plateada había recuperado su nivel.
El pozo estaba a salvo.
Y los seis guardianes también.
Las semanas siguientes fueron extrañas.
Kalin regresó al trono y se conoció públicamente lo que había sucedido durante su ausencia.
Varric quedó bajo custodia para responder por sus acciones.
El rey me ofreció un lugar en el palacio.
También me ofreció riquezas y una nueva casa.
Pero le pedí algo diferente.
Quería regresar a Frostmir.
No porque deseara volver a estar sola.
Sino porque, después de tantos años sintiéndome una extraña, había comprendido que no necesitaba abandonar mi hogar para tener una vida distinta.
Kalin aceptó.
Cuando regresé al pueblo, encontré mi cabaña reparada.
Los vecinos habían arreglado el techo, reforzado las ventanas y dejado leña junto a la puerta.
Algunos se acercaron para disculparse.
Otros no sabían qué decir.
Yo tampoco tenía todas las respuestas.
No podía borrar veinte años de soledad en una sola tarde.
Pero acepté su ayuda.
Poco a poco, mi casa comenzó a recibir visitas que no llegaban únicamente buscando medicinas.
Y cada noche, los seis lobos blancos dormían cerca de la chimenea.
A veces desaparecían durante varios días.
Siempre regresaban.
Una tarde de primavera, Kalin vino a visitarme.
Nos sentamos frente a la cabaña mientras los lobos descansaban bajo los árboles.
El más pequeño tenía la cabeza sobre mis piernas.
—Hay algo que todavía no entiendo —le dije—. ¿Por qué me eligieron a mí?
Kalin miró a los animales.
—Tu madre les dejó un camino hacia ti. Pero llegar hasta aquí no garantizaba que los ayudarías.
Guardé silencio.
Recordé aquella primera noche.
El viento entrando por la puerta.
Los seis cuerpos temblando sobre la nieve.
El miedo que había sentido antes de abrir.
Entonces comprendí algo.
Los guardianes habían llegado buscando a la hija de Serena.
Pero antes de mostrarme su secreto, habían necesitado saber qué clase de persona era.
Bajé la mirada hacia el pequeño lobo.
Él levantó la cabeza y me observó con aquellos ojos que ya conocía tan bien.
Esa noche dejé encendida una lámpara junto a la ventana.
No porque esperara que alguien más necesitara ayuda.
Sino porque, durante muchos años, había vivido convencida de que nadie volvería a buscarme.
Y ahora sabía que, incluso en el invierno más oscuro, alguien podía estar intentando encontrar el camino hasta mi puerta.