Seguí unas huellas gigantes en la nieve para salvar a un animal herido… pero lo que encontré encadenado bajo la montaña conocía el secreto de mi madre desaparecida

Seguí unas huellas gigantes en la nieve para salvar a un animal herido… pero lo que encontré encadenado bajo la montaña conocía el secreto de mi madre desaparecida

PARTE 1 

Las huellas aparecieron frente a mi casa después de una tormenta que había cubierto todo el valle.

Eran tan grandes que mi mano cabía dentro de una sola marca.

Lo extraño era que la nieve seguía cayendo, pero ninguna de aquellas pisadas desaparecía.

Cuando el viejo cazador del pueblo las vio, me sujetó del brazo y me advirtió que, si las seguía, probablemente no volvería a ver mi hogar.

Me llamo Ara, y hasta aquel invierno jamás había creído en las historias sobre criaturas encantadas.

Vivía en una pequeña cabaña a las afueras de Frostmir, un reino rodeado de montañas donde el frío podía durar meses. Mi trabajo consistía en preparar remedios, atender a los enfermos y ayudar a quienes no tenían dinero para pagar un médico.

Nunca había tenido grandes ambiciones.

Pero había algo que me inquietaba desde niña.

Mi madre había desaparecido durante una tormenta cuando yo era pequeña. Algunos vecinos aseguraban que se había perdido entre las montañas. Otros decían que los lobos se la habían llevado.

Lo único que conservaba de ella era una manta bordada con pequeños lobos plateados.

Aquella mañana, mientras observaba las enormes huellas, descubrí unas pequeñas manchas rojizas sobre la nieve.

El animal estaba lastimado.

—No te acerques a esas montañas, muchacha —insistió Brena, el cazador más viejo del pueblo.

Le pregunté si había visto antes algo parecido.

Su expresión cambió.

—Hace muchos años. Y ninguno de los hombres que siguieron esas marcas regresó.

Quise pensar que solo intentaba asustarme.

Sin embargo, había otra cosa que me preocupaba.

Desde hacía varias semanas, los lobos del bosque habían dejado de aullar.

Los habitantes de Frostmir siempre habíamos escuchado sus voces durante las noches de luna llena. Eran parte de nuestra vida. Pero desde la desaparición del rey Alfa, los bosques permanecían completamente silenciosos.

Nadie sabía dónde estaba el rey.

Los soldados enviados a buscarlo tampoco habían regresado.

Y ahora aquellas huellas aparecían justo frente a mi puerta.

Preparé una bolsa con vendas, hierbas medicinales, comida y la vieja manta de mi madre.

Brena me entregó un pequeño amuleto de hierro que había pertenecido a su esposa.

—Por si encuentras el camino de regreso.

No respondí.

Simplemente me interné en el bosque.

Caminé durante horas.

Las huellas atravesaban lugares donde cualquier animal normal habría tenido dificultades para avanzar.

A veces encontraba pequeñas manchas sobre la nieve. Otras veces, las marcas desaparecían detrás de enormes rocas y volvían a aparecer varios metros más adelante.

Lo que más me inquietaba era el silencio.

No escuchaba pájaros.

Tampoco el movimiento de pequeños animales entre los árboles.

Al llegar a una zona de acantilados, encontré un escudo medio enterrado.

Lo levanté con cuidado.

Llevaba el emblema de la guardia real.

A pocos metros había una lanza rota y una capa azul atrapada bajo el hielo.

Sentí que estaba siguiendo algo mucho más peligroso que un animal herido.

Pensé en regresar.

Entonces escuché un aullido.

Era profundo, débil y parecía venir del interior de la montaña.

Avancé unos pasos y me quedé inmóvil.

Seis lobos blancos bloqueaban el sendero.

Eran enormes.

Sus ojos amarillos permanecían fijos en mí, pero ninguno mostraba los dientes.

El más grande tenía una cicatriz que atravesaba parte de su rostro.

Bajé lentamente mi bastón.

—Solo quiero ayudar.

El lobo de la cicatriz se acercó.

Me olfateó la mano.

Después inclinó la cabeza de una forma que me resultó extrañamente familiar.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar.

Los demás lo siguieron.

Cuando notó que yo no me movía, se detuvo y volteó hacia mí.

Entonces comprendí que querían llevarme a algún lugar.

Los seguí hasta una pared de roca cubierta por enormes cortinas de hielo.

El lobo desapareció detrás de una de ellas.

Al acercarme descubrí una entrada oculta.

Entré con cuidado.

El túnel descendía hacia las profundidades de la montaña. Había cristales azulados incrustados en las paredes que emitían una luz tenue.

Después de varios minutos escuché una respiración pesada.

Los lobos avanzaron más rápido.

El pasadizo terminó en una caverna gigantesca.

Y allí vi algo que todavía hoy me cuesta explicar.

En medio de la cueva había un lobo negro de un tamaño imposible.

Incluso acostado era más grande que cualquier caballo que yo hubiera visto.

Tenía el cuerpo cubierto de heridas y unas cadenas oscuras sujetaban sus patas a varias columnas.

En uno de sus hombros sobresalían cristales negros que brillaban con una luz rojiza.

Cada vez que aquellos cristales se iluminaban, el animal temblaba.

Me acerqué lentamente.

El enorme lobo abrió los ojos.

Eran plateados.

No había furia en ellos.

Solo un cansancio terrible.

Cuando bajé la mirada hacia su cuello, descubrí un medallón cubierto de escarcha.

Limpié el hielo con los dedos.

Era el escudo real.

Un lobo frente a una montaña, bajo la luna llena.

Sentí que las piernas me fallaban.

Aquel animal era el rey Alfa que todo Frostmir llevaba semanas buscando.

Estaba a punto de acercarme a sus heridas cuando descubrí unas pisadas humanas detrás de una columna.

Eran recientes.

Alguien más había estado allí.

Retrocedí, pero entonces escuché una voz dentro de mi cabeza.

No provenía de ninguno de los túneles.

Venía del lobo negro.

—Ara, no toques esas cadenas. Tu madre cometió ese error hace muchos años… y yo fui el último en verla con vida.

PARTE 2 

Me quedé paralizada frente al enorme lobo.

Durante años había imaginado cientos de explicaciones para la desaparición de mi madre.

Nunca había considerado que el propio rey pudiera conocer la verdad.

—¿Qué sabes de ella? —pregunté.

El animal intentó levantar la cabeza, pero una de las cadenas se tensó y lo obligó a permanecer inmóvil.

Su voz volvió a escucharse en mis pensamientos.

—Primero necesito que detengas esto. Después te contaré todo.

Miré los cristales enterrados en su hombro.

Había atendido heridas causadas por accidentes, animales y enfermedades, pero aquello no se parecía a nada que conociera.

Los cristales parecían alimentarse de su sufrimiento.

Y cada vez que brillaban, los símbolos grabados en las cadenas respondían con la misma luz.

Recordé entonces una enseñanza de mi abuela.

Ella decía que ciertas heridas no podían tratarse mientras aquello que las provocaba siguiera unido al cuerpo.

Busqué entre mis remedios una pequeña bolsa de cuero.

Contenía tres raíces lunares.

Mi abuela las había conservado durante años y me había enseñado a utilizarlas únicamente cuando ningún otro remedio funcionaba.

Trituré una de las raíces, la mezclé con agua tibia y preparé una pasta espesa.

El rey me observó mientras la extendía alrededor de los cristales.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Después, la luz rojiza comenzó a debilitarse.

Su respiración se volvió más tranquila.

Los lobos blancos se acostaron alrededor de nosotros.

Por primera vez desde que había entrado en la caverna, sentí que realmente podía ayudarlo.

Pasé varias horas limpiando sus heridas y colocando vendas.

El rey no volvió a hablar.

Sin embargo, sus ojos seguían todos mis movimientos.

Cuando terminé, me senté junto a una pequeña fogata.

Estaba agotada.

Pensé que lo peor había pasado.

Me equivocaba.

Un ruido seco atravesó la caverna.

Las cadenas comenzaron a moverse solas.

Los cristales negros recuperaron su brillo y el rey soltó un aullido que hizo temblar el suelo.

Me levanté de inmediato.

Los símbolos de las cadenas parecían responder a algo que estaba ocurriendo fuera de la montaña.

Miré desesperadamente alrededor.

Entonces descubrí un grabado en una de las paredes.

Representaba a una mujer colocando una mano sobre un lobo y la otra sobre una piedra.

Ambos estaban rodeados por símbolos plateados.

Me acerqué a una columna que tenía las mismas marcas.

Cuando apoyé la palma, sentí una corriente cálida recorrerme el brazo.

Una luz plateada iluminó la cueva.

Debajo de mi muñeca apareció una pequeña figura que nunca había visto antes.

Tenía la forma de un lobo.

El rey levantó la cabeza.

Los seis lobos blancos se inclinaron frente a mí.

—La marca ha regresado —escuché en mis pensamientos—. Los primeros guardianes han elegido a alguien otra vez.

No entendía qué significaba.

Pero antes de que pudiera preguntar, un aullido desesperado llegó desde el túnel.

Uno de los lobos blancos entró cojeando.

Tenía una flecha clavada en el costado.

Detrás de él escuché pasos.

Muchos pasos.

Soldados.

El lobo de la cicatriz corrió hacia la entrada.

Los demás se colocaron a su lado.

El rey intentó incorporarse, pero sus cadenas apenas le permitían moverse.

—Hay un pasadizo detrás de los cristales —me dijo mediante aquella extraña voz—. Debes utilizarlo.

Negué con la cabeza.

No había llegado hasta allí para abandonarlo.

Los pasos se acercaban.

Entonces vi la marca de mi mano brillar nuevamente.

Recordé lo que había ocurrido al tocar la columna.

Sin detenerme a pensar, sujeté una de las cadenas.

La luz plateada recorrió los eslabones.

Los símbolos rojizos comenzaron a apagarse.

Escuché un crujido.

La primera cadena se abrió.

Después otra.

Y otra más.

El enorme lobo logró ponerse de pie.

Pero justo en ese momento aparecieron los soldados.

Sus escudos llevaban el emblema rojo de Lord Malrek.

El capitán observó las cadenas rotas y después me miró.

—Así que encontramos a la curandera.

Sentí un escalofrío.

Aquel hombre sabía que alguien como yo podía liberar al rey.

No habíamos llegado por casualidad.

Los lobos blancos se interpusieron entre nosotros y los soldados.

El rey avanzó lentamente.

Aunque estaba débil, su presencia hizo retroceder a varios hombres.

Se produjo un enfrentamiento entre las columnas de cristal.

Yo me refugié junto al lobo herido e intenté detener la hemorragia de su costado.

Escuchaba pasos, órdenes y el ruido de los escudos contra el suelo.

Entonces vi que uno de los soldados apuntaba hacia el rey.

Antes de que pudiera advertirle, el viejo lobo de la cicatriz saltó entre ambos.

Cayó junto a una columna.

Corrí hacia él.

Pero cuando llegué, apenas respiraba.

Apoyé una mano sobre su cabeza.

Sus ojos amarillos permanecieron fijos en los míos.

Por un instante recordé cómo me había esperado en el sendero.

Cómo me había guiado hasta la caverna.

Y cómo había confiado en mí sin conocerme.

El viejo guardián cerró los ojos.

El rey soltó un aullido profundo.

Los demás lobos respondieron.

Después comenzaron a retroceder hacia el pasadizo secreto.

Comprendí que era nuestra única oportunidad.

Caminamos por los túneles durante lo que parecieron horas.

El rey avanzaba cada vez más despacio.

Finalmente, sus patas cedieron.

Se desplomó junto a un pequeño arroyo subterráneo.

Cuando revisé su hombro descubrí que los cristales habían comenzado a crecer nuevamente.

Solo me quedaban dos raíces lunares.

Preparé otro remedio, pero sabía que apenas conseguiría aliviarlo durante un tiempo.

Entonces la marca de mi mano volvió a iluminarse.

Al otro lado del arroyo había una piedra antigua.

Tenía grabados lobos bajo una luna llena.

Me acerqué.

El rey abrió los ojos.

—Ese lugar guarda el origen de nuestro vínculo —dijo.

Esta vez escuché su voz con mis propios oídos.

Me volví sorprendida.

—¿Puedes hablar?

—La marca permite que nos comprendamos. Y ahora es lo suficientemente fuerte.

Señaló la piedra con la mirada.

Me explicó que, mucho antes de que existiera Frostmir, los primeros lobos habían elegido a ciertos seres humanos para proteger el equilibrio entre ambos pueblos.

No eran soldados.

Eran personas capaces de sanar.

Personas que podían detener las antiguas maldiciones.

Miré mi muñeca.

—¿Por qué yo?

El rey guardó silencio unos segundos.

—Porque tu madre también llevaba esa marca.

Sentí que se me cerraba la garganta.

Le pregunté qué le había sucedido.

El rey bajó la cabeza.

Muchos años atrás, Malrek había intentado apoderarse de los antiguos poderes que protegían el reino.

Para conseguirlo había utilizado los cristales oscuros de las montañas.

Mi madre descubrió lo que estaba haciendo.

Cuando Malrek intentó someter al rey por primera vez, ella consiguió romper el encantamiento.

Pero quedó atrapada en el derrumbe de la antigua prisión mientras lo ayudaba a escapar.

El rey había intentado regresar por ella.

No lo consiguió.

—Antes de separarnos, me pidió que te protegiera —dijo—. Me hizo prometer que crecerías lejos de todo aquello.

Me llevé una mano a la boca.

Durante toda mi infancia había pensado que mi madre se había marchado voluntariamente.

La verdad era muy diferente.

Había entregado su vida para salvar a alguien.

Y aquel alguien estaba ahora frente a mí, esperando que yo hiciera lo mismo.

Me acerqué a la piedra.

Cuando la toqué, la luz plateada de mi muñeca se extendió por los grabados.

El agua del arroyo comenzó a iluminarse.

Entonces vi algo.

No sé si fue un recuerdo, una visión o simplemente la magia de aquel lugar.

Una mujer estaba junto a un lobo negro.

Llevaba una manta bordada con pequeños animales plateados.

Reconocí su rostro.

Era mi madre.

La vi colocar una mano sobre una piedra idéntica a la que yo estaba tocando.

Después escuché su voz.

Me dijo que no había dejado aquel conocimiento para que yo buscara venganza.

Lo había dejado para que pudiera elegir a quién ayudar.

La imagen desapareció.

Pero algo había cambiado.

Ahora comprendía el dibujo de la caverna.

La piedra no servía para entregar la vida de una persona a cambio de otra.

Servía para separar una maldición de aquello que mantenía prisionero.

El rey necesitaba recuperar su fuerza para liberar el poder que los cristales habían atrapado.

Y yo podía ayudarlo a romper el vínculo.

Le pedí que se acercara.

Los lobos blancos se colocaron alrededor de la piedra.

Utilicé las últimas raíces lunares para preparar un remedio y detener temporalmente el avance de los cristales.

Después coloqué una mano sobre el hombro del rey y la otra sobre la piedra.

La marca brilló.

Sentí que el suelo temblaba.

Los cristales negros comenzaron a desprenderse lentamente.

Uno tras otro cayeron al agua, donde perdieron su resplandor.

El rey soltó un largo suspiro.

Por primera vez desde que lo había encontrado, sus ojos dejaron de mostrar dolor.

Las marcas oscuras de su cuerpo comenzaron a desaparecer.

El agua del arroyo recuperó su color transparente.

La piedra quedó en silencio.

Habíamos conseguido liberarlo.

Cuando regresamos a la entrada de la montaña, los soldados de Malrek nos estaban buscando.

Pero ya no encontraron al mismo lobo que habían encerrado.

El rey apareció frente a ellos acompañado de sus guardianes.

Su enorme figura negra destacaba sobre la nieve.

Los hombres retrocedieron.

El capitán dejó caer su espada.

Ninguno intentó detenernos.

Días después, el rey regresó al castillo de Frostmir.

Los testimonios de los guardias que habían participado en su captura permitieron descubrir la conspiración de Malrek.

Sus hombres abandonaron las montañas y el reino recuperó lentamente la tranquilidad.

Yo no quise quedarme en el palacio.

Regresé a mi pequeña cabaña.

Todavía había personas enfermas que necesitaban mis remedios.

Todavía había ancianos que no podían recoger leña.

Y aquella seguía siendo mi vida.

Sin embargo, algo cambió.

Durante las noches de luna llena, los lobos volvieron a aullar.

A veces aparecían cerca de mi casa y permanecían unos minutos entre los árboles.

Nunca se acercaban demasiado.

Solo observaban.

Una noche, mientras guardaba la vieja manta de mi madre, descubrí algo que no había notado antes.

En una esquina había un pequeño bordado escondido entre las figuras plateadas.

Representaba a un lobo con una cicatriz en el rostro.

Era idéntico al viejo guardián que me había conducido hasta la montaña.

Y entonces comprendí por qué, cuando me encontró en aquel sendero, había inclinado la cabeza como si me conociera desde siempre.

Tal vez los lobos nunca se llevaron a mi madre. Tal vez habían pasado todos aquellos años cuidando de la hija que ella dejó atrás.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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