Se suponía que ella moriría en la prueba. Salió con la bestia a su lado.

Se suponía que ella moriría en la prueba. Salió con la bestia a su lado.

PARTE 1

La noche que me mandaron al Bosque Hueco, todos esperaban que yo no regresara.

La condena decía que una bestia decidiría si merecía vivir.

Pero cuando aquella criatura de casi tres metros salió de la oscuridad, no me atacó.

Se acercó, puso su enorme cabeza debajo de mi mano… y pasó toda la noche protegiéndome.

Me llamo Mara Ortega.

Tenía 23 años y trabajaba en un taller de tejidos en la parte más pobre de Valdeluna.

El delito que cambió mi vida fue robar dos panes y un pedazo de queso de las cocinas de la fortaleza.

No voy a decir que fui inocente.

Lo hice.

Mi hermana menor llevaba días enferma y yo ya no tenía dinero.

Cuando me atraparon, ni siquiera intenté mentir.

El Consejo Real me condenó al llamado Juicio del Bosque Hueco.

Todos conocíamos aquella tradición.

Los condenados entraban al bosque al anochecer.

Dentro vivía la Bestia del Rey.

Si alguien regresaba al amanecer, significaba que había sido perdonado.

Había un problema.

Nadie había regresado en casi cuarenta años.

El rey tampoco apareció durante mi juicio.

Su trono permaneció vacío.

El hombre que leyó mi condena fue Edmundo Vélez, regente de la fortaleza.

A su lado estaba Serafina Cuervo, una mujer de cabello negro atravesado por una franja plateada.

Antes de que me sacaran del salón, Serafina me dijo que aprovechara mi última noche para despedirme de todo.

Sonrió mientras lo decía.

Eso fue lo que más miedo me dio.

Al atardecer me dejaron frente a una enorme puerta de hierro.

Sin arma.

Sin zapatos.

Sin abrigo.

Solo mi vestido gris.

La puerta se cerró detrás de mí.

Caminé durante horas.

El bosque era demasiado silencioso.

Entonces escuché algo moverse.

No corría.

Me seguía.

Eso era peor.

Finalmente vi dos ojos color ámbar entre los árboles.

La criatura salió lentamente.

Era un lobo, pero ningún lobo podía ser tan grande.

Pelaje gris oscuro.

Espalda enorme.

Patas capaces de dejar marcas profundas en la tierra.

Se acercó.

Yo sabía que correr no serviría.

Así que me quedé quieta.

—No voy a pelear contigo —murmuré.

La bestia inclinó la cabeza.

Me rodeó una vez.

Luego otra.

Esperé el ataque.

Nunca llegó.

Le extendí la mano izquierda.

Tenía tres pequeñas cicatrices de una vieja quemadura.

La criatura olió mis dedos.

Y entonces apoyó la frente contra mi palma.

No entendí nada.

Pasamos la noche juntos.

Yo sentada entre las raíces de un árbol.

Él acostado frente a mí como una pared viva.

Antes del amanecer incluso le pregunté por qué no me había hecho daño.

Sus ojos se abrieron.

Me observó demasiado tiempo.

Como si hubiera entendido.

Cuando salió el sol, se levantó conmigo.

Caminamos juntos hasta la puerta.

Los guardias casi dejaron caer sus armas.

La Bestia del Rey salió del bosque pegada a mi costado.

El Consejo apareció minutos después.

Edmundo repetía que aquello era imposible.

Serafina decía que el juicio debía considerarse inválido.

Yo estaba cansada.

Tenía frío.

Y acababa de sobrevivir a algo que todos ellos habían asegurado que era imposible.

Así que hice lo único que se me ocurrió.

Les pregunté por qué tenían tanto miedo de que yo siguiera viva.

Nadie contestó.

Me encerraron en una habitación dentro de la fortaleza.

No volvieron a llamarla celda.

Ese pequeño detalle me dijo que tampoco ellos sabían qué hacer conmigo.

La bestia quiso seguirme.

Los guardias bloquearon el paso.

Yo le pedí que se fuera.

Para mi sorpresa, obedeció.

Dos noches después una sirvienta deslizó un pedazo de pan debajo de mi puerta.

Había marcado unas palabras en la corteza:

El juicio nunca fue…

El resto se había roto.

La respuesta llegó la noche siguiente.

Escuché a Edmundo hablando en el corredor con otro consejero.

Me acerqué a la puerta.

El hombre joven estaba nervioso.

Preguntó cómo era posible que yo hubiera sobrevivido si durante décadas ninguna mujer había salido del bosque.

Después dijo algo que me heló la sangre.

Durante cuarenta años habían enviado allí a mujeres jóvenes que podían llamar la atención de la corona.

No para juzgarlas.

Para asegurarse de que jamás llegaran al rey.

—¿Por qué ella? —preguntó el consejero.

Hubo un silencio.

Entonces Edmundo respondió:

—Porque la bestia la reconoció.

El otro hombre pareció dejar de respirar.

—¿Como qué?

—Como su compañera.

Sentí que las piernas me fallaban.

Edmundo continuó hablando.

Y sus siguientes palabras explicaron por qué el rey nunca aparecía en público.

—Si la bestia reconoce a su verdadera compañera, el hombre que está dormido dentro de ella despierta.

—¿Y entonces?

La voz de Edmundo se volvió completamente fría.

—Entonces recuperamos al Rey Alfa… y nuestro gobierno termina.

Otra pausa.

—Por eso Mara no puede salir viva de esta fortaleza.

PARTE 2

Me alejé de la puerta sin hacer ruido.

Durante años nos habían contado que el Bosque Hueco era una prueba sagrada.

Una forma antigua de dejar el destino en manos de los dioses.

Era mentira.

El Consejo había convertido a la bestia en una herramienta.

Y ahora entendía algo todavía peor.

La criatura que había dormido frente a mí aquella noche no era simplemente un monstruo propiedad del rey.

Era el rey.

O al menos una parte de él.

Esa misma noche me arrodillé junto a la puerta y susurré hacia el corredor.

—Sé quién eres.

No esperaba respuesta.

—Ven a buscarme.

Pasó casi una hora.

Después escuché algo raspando la pared exterior.

Me acerqué a la pequeña ventana.

Dos ojos ámbar aparecieron al otro lado.

La bestia había escalado tres pisos.

Por primera vez pude ver una franja sin pelo alrededor de su cuello.

Una cicatriz circular.

Como la marca de una cadena utilizada durante años.

—Tú eres el Rey Alfa —susurré.

La criatura cerró los ojos.

Después apoyó la frente contra el vidrio.

La ventana se agrietó.

A la mañana siguiente el Consejo actuó.

Me llevaron nuevamente al salón.

Serafina anunció que mi resultado en el bosque quedaba anulado.

Según ella, yo había utilizado algún tipo de sustancia o truco para confundir a la bestia.

—Entonces vuelvan a preguntarle —respondí.

Serafina perdió la sonrisa.

La nueva sentencia fue inmediata.

No habría otro bosque.

Decidieron terminar conmigo al atardecer.

Y para evitar problemas, ordenaron encadenar a la criatura.

Desde la ventana escuché sus rugidos.

No voy a describir lo que le hicieron.

Solo diré que utilizaron cadenas muy pesadas y que, cuando lo llevaron al patio, entendí que llevaba años siendo controlado de una forma que nadie en el reino conocía.

Cuando me sacaron, había cientos de personas observando.

La bestia estaba sujeta a una argolla de hierro.

En cuanto me vio, comenzó a forcejear.

Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.

Intentó hablar.

Primero fue apenas un sonido.

Después mi nombre.

—Mara.

Todo el patio quedó en silencio.

Edmundo palideció.

Yo lo miré.

—Él podía hablar. Ustedes simplemente necesitaban que nadie lo escuchara.

Serafina ordenó que me callaran.

La bestia levantó la cabeza.

—No.

Esta vez la palabra fue clara.

Las cadenas temblaron.

El Rey Alfa volvió los ojos hacia Edmundo.

Y comenzó a hablar.

Despacio.

Como alguien recuperando una voz olvidada.

Explicó que el Consejo llevaba décadas sometiéndolo con mezclas de plata, hierbas y rituales diseñados para mantener su mente atrapada dentro de su forma animal.

No podían quitarle la corona directamente.

Pero podían gobernar en su nombre.

Mientras él permaneciera como bestia, el Consejo controlaba el reino.

Había una sola cosa capaz de romper completamente ese condicionamiento.

El vínculo con su compañera.

Por eso enviaban mujeres al bosque.

La bestia había sido entrenada para atacarlas antes de que pudiera reconocerlas.

Hasta que me encontró a mí.

Cuando apoyé mi mano sobre su cabeza, algo dentro de él despertó.

Las cadenas cedieron.

Pero no fue una bestia quien quedó de pie.

Frente a nosotros apareció un hombre alto, exhausto, de cabello oscuro y ojos ámbar.

Una vieja cicatriz rodeaba su cuello.

El rey.

Darío Montenegro.

Todo el patio cayó en silencio.

No se acercó a mí.

Primero miró al Consejo.

Ordenó recuperar todos los registros del Bosque Hueco.

Cuarenta años de documentos.

Cuarenta años de nombres.

Cuarenta años de familias a quienes les habían dicho que sus hijas habían sido juzgadas por los dioses.

La verdad era mucho más simple.

Habían sido víctimas de un sistema diseñado para conservar poder.

Edmundo terminó de rodillas.

Dijo que todo había comenzado cuando era joven.

Que el reino era inestable.

Que habían pensado que controlar al rey era temporal.

Después pasaron los años.

El poder se volvió cómodo.

—¿Cuántas mujeres? —pregunté.

No respondió.

Aquella noche Darío leyó los nombres personalmente.

Uno por uno.

Algunas eran mujeres que yo había conocido.

Una había trabajado en el mismo taller que mi madre.

Otra había dejado una hija de mi edad.

Serafina huyó antes de que pudieran detenerla.

Nunca la encontraron.

Edmundo fue despojado de su título.

Darío quería imponerle el castigo más severo permitido.

Yo pedí otra cosa.

Exilio.

No por perdón.

Sino porque después de sobrevivir a un sistema construido alrededor del miedo, no quería comenzar uno nuevo construido alrededor de la venganza.

Durante las semanas siguientes Darío volvió a gobernar.

Y yo regresé con mi hermana.

Ella se recuperó.

Pensé que ahí terminaría mi relación con el Rey Alfa.

No terminó.

Una semana después apareció en nuestra puerta.

Solo.

Sin guardias.

Me dijo que el vínculo entre nosotros seguía existiendo.

Después preguntó si yo quería explorar qué significaba.

No declaró que yo sería reina.

No dijo que le pertenecía.

Preguntó.

Le dije que no todavía.

Darío aceptó.

Tardé tres meses.

Durante ese tiempo ayudé a revisar antiguas sentencias y a encontrar a familiares de las mujeres desaparecidas.

También aprendí a conocer al hombre detrás del animal.

Descubrí que odiaba las reuniones largas.

Que se despertaba algunas noches creyendo que todavía llevaba una cadena alrededor del cuello.

Y que nunca volvía a cerrar una puerta detrás de mí sin preguntarme primero.

Cuando finalmente acepté estar a su lado, lo hice en el mismo patio donde el Consejo había intentado terminar conmigo.

Sin ceremonia.

Sin nobles.

Solo nosotros dos.

Darío me pidió la mano.

Esta vez yo fui quien cerró la distancia.

Años después todavía existe la puerta del Bosque Hueco.

Pero ya nadie entra allí como castigo.

Mandamos quitar la palabra ENTRA que estaba tallada sobre el hierro.

En su lugar colocamos cuarenta nombres.

Porque durante décadas todos habían llamado “tradición” a algo que solo era miedo disfrazado de ley.

Yo robé dos panes para mi hermana.

Por eso quisieron hacerme desaparecer.

Y terminé descubriendo que el verdadero monstruo nunca había vivido entre los árboles.

Había estado sentado todo ese tiempo detrás de una mesa, firmando sentencias.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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