Se sentó en el regazo de un rey vampiro para escapar de su ex tóxico — su susurro lo cambió todo esa

PARTE 1 — EL HOMBRE EQUIVOCADO
Dicen que cuando huyes de un monstruo debes tener cuidado con la puerta que eliges para esconderte.
Yo no lo sabía aquella noche.
Solo sabía que Braulio me estaba siguiendo otra vez.
Y que si lograba alcanzarme, quizá esta vez no saldría caminando.
La lluvia caía sobre Ciudad de México mientras yo avanzaba casi corriendo, apretando el teléfono entre los dedos.
La pantalla volvió a iluminarse.
Braulio: Te veo. Deja de correr.
Sentí que se me congelaba la sangre.
Habían pasado meses desde que terminé con él, pero Braulio jamás había aceptado que nuestra relación hubiera terminado. Era policía, tenía contactos y sabía perfectamente cómo convertir mi vida en una jaula.
La orden de restricción que conseguí contra él no sirvió de nada.
Para Braulio, una orden judicial era solamente un papel.
Escuché un automóvil detrás de mí.
No necesitaba voltear.
Conocía el sonido de aquel Toyota gris.
Corrí.
Entonces vi una puerta de hierro medio escondida en un callejón. Frente a ella había un hombre enorme vestido de negro.
—Por favor —le dije—. Déjeme entrar. Un hombre me está siguiendo.
El guardia miró detrás de mí.
Después abrió la puerta.
Bajé unas escaleras sin preguntar adónde conducían.
Fue mi primer error.
El lugar que encontré debajo de la ciudad no parecía un club. Parecía el salón privado de criaturas que llevaban siglos fingiendo ser humanas.
Había lámparas de cristal, terciopelo oscuro, hombres elegantísimos y mujeres tan hermosas que resultaban inquietantes.
Todos dejaron de hablar cuando me vieron.
Yo estaba empapada, despeinada y aterrorizada.
Entonces vibró mi teléfono.
Voy bajando, nena.
Braulio había conseguido entrar.
Busqué desesperadamente a alguien que pudiera protegerme.
Y lo vi.
Estaba sentado solo en una enorme cabina de cuero rojo, rodeado de personas que parecían temer incluso respirar demasiado cerca de él.
Cabello negro. Camisa oscura. Rostro hermoso y cruel.
No sabía quién era.
Solo comprendí que era poderoso.
Así que hice la cosa más estúpida de toda mi vida.
Caminé directamente hacia él…
y me senté sobre sus piernas.
El club entero quedó en silencio.
—Por favor —susurré contra su oído—. Mi ex está entrando. Es policía. Solo finge que me conoces durante un minuto.
El desconocido permaneció inmóvil.
Después una mano helada rodeó mi cintura.
—Mírame.
Obedecí.
Sus ojos eran de un azul imposible.
—¿Cómo te llamas?
—Melina.
Su mirada pasó por encima de mi hombro.
Braulio acababa de encontrarnos.
—Cometiste un error, Melina —susurró el desconocido—. Viniste buscando al lobo para protegerte del perro.
—No me importa.
Una sonrisa apareció lentamente en sus labios.
—Debería importarte.
Braulio llegó hasta nosotros.
—¡Quítale las manos de encima!
El hombre ni siquiera se levantó.
—Ella es mi invitada.
—Soy policía.
—Y yo soy Doménico Behain.
Braulio perdió el color del rostro.
Yo no conocía aquel nombre.
Él sí.
Dos guardias aparecieron inmediatamente y arrastraron a Braulio hacia la salida.
Por primera vez en meses sentí que podía respirar.
Intenté levantarme.
El brazo de Doménico se cerró alrededor de mi cintura.
—¿Adónde vas?
—Él se fue.
—Pediste protección —respondió—. Yo te la concedí. Pero en mi mundo nada es gratis.
Lo miré aterrada.
Entonces Doménico acercó el rostro a mi cuello.
Inspiró profundamente.
Y su expresión cambió.
Ya no parecía divertido.
Parecía hambriento.
—Qué extraño…
—¿Qué?
Sus dedos tocaron mi pulso.
Sus ojos azules comenzaron a teñirse lentamente de rojo.
—Tu sangre.
Retrocedí.
—¿Qué tiene mi sangre?
Antes de que pudiera responder, un hombre cubierto de sangre irrumpió en el salón.
—¡Doménico! ¡El clan del norte atravesó las defensas!
Doménico se puso de pie.
—¿Por qué?
El hombre me señaló.
—Porque la olieron.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué significa eso?
El recién llegado tragó saliva.
—Significa que ella es una tejedora.
Doménico me miró como si acabara de descubrir que la mujer asustada que tenía delante podía destruir un imperio.
Entonces escuchamos cristales romperse al otro lado del salón.
Doménico agarró mi brazo.
—El trato acaba de cambiar.
—¿Qué trato?
Abrió un pasadizo oculto en la pared y me empujó hacia la oscuridad.
—Pensé que acababa de conseguir una prometida falsa, Melina.
Un rugido inhumano resonó detrás de nosotros.
Doménico mostró los colmillos.
—Pero resulta que acabo de ponerle un anillo a la mujer cuya sangre puede convertir a un vampiro en un dios.
PARTE 2 — LA SANGRE DE LA REINA
Corrimos por el túnel mientras algo destrozaba las paredes detrás de nosotros.
Yo apenas podía respirar.
—¿Vampiro? —grité—. ¿Acabas de decir vampiro?
Doménico me levantó en brazos y comenzó a moverse a una velocidad imposible.
—Te explicaré cuando dejemos de intentar comerte.
Llegamos a un garaje subterráneo y escapamos en un automóvil negro mientras criaturas pálidas nos perseguían.
Aquella noche descubrí la verdad.
Doménico no era simplemente un multimillonario.
Era el líder de uno de los linajes vampíricos más antiguos del continente.
Y yo tampoco era exactamente normal.
Una tejedora nacía quizá una vez cada varios siglos. Su sangre podía fortalecer a un vampiro, permitirle superar límites que su especie había sufrido durante generaciones.
Por eso el clan del norte me quería.
—Entonces soy comida —dije.
—Eres poder —respondió Doménico.
—¿Y tú también me quieres por eso?
Guardó silencio.
Aquello fue suficiente respuesta.
Sin embargo, cumplió su promesa.
Me llevó a su penthouse, puso hombres vigilando a mi familia y comenzó a enseñarme cómo impedir que un vampiro entrara en mi mente.
Durante los siguientes días algo extraño ocurrió entre nosotros.
Yo seguía temiéndole.
Pero dejé de sentirme indefensa a su lado.
Doménico jamás me obligó a tocarlo. Jamás bebió de mí. Incluso cuando podía escuchar mi corazón acelerándose, se alejaba.
Hasta que apareció nuevamente Braulio.
Lira, líder del clan del norte, lo había encontrado.
Y lo había convertido.
Cuando Braulio apareció durante la Gala de la Luna de Sangre, casi no lo reconocí.
Su piel era blanca. Sus ojos amarillos. Sus movimientos tenían algo animal.
—Melina —dijo sonriendo—. Volvamos a casa.
Construí mentalmente el muro que Doménico me había enseñado.
—Tú nunca fuiste mi casa.
La sonrisa desapareció.
Entonces mencionó a mi madre.
Había estado con ella.
Había usado sus nuevos poderes para manipularla.
Comprendí que mientras Braulio siguiera existiendo jamás dejaría de perseguirme.
Doménico también lo comprendió.
Aquella misma noche fuimos a buscarlo.
La confrontación ocurrió en unos muelles abandonados bajo una lluvia brutal.
Lira esperaba con decenas de miembros de su clan.
Y Braulio ya no parecía humano.
Atacó a Doménico con una fuerza monstruosa.
Vi al hombre que todos llamaban rey atravesar una pared metálica.
Braulio lo levantó por el cuello.
—Cuando termine contigo —gruñó—, recuperaré a Melina.
Algo dentro de mí se rompió.
Durante años había esperado que alguien me salvara de Braulio.
La policía.
Un juez.
Mis amigos.
Ahora Doménico.
Pero estaba cansada.
Tomé un fragmento de vidrio del suelo y me corté la palma.
El olor de mi sangre cambió inmediatamente el ambiente.
Todos los vampiros se volvieron hacia mí.
—¡Melina, no! —rugió Doménico.
Corrí hasta él.
Extendí mi mano ensangrentada.
—Bebe.
—No sabes lo que estás ofreciendo.
—Sí lo sé.
Lo miré a los ojos.
—Esta vez estoy eligiendo yo.
Doménico bebió.
El mundo pareció explotar.
Una onda invisible atravesó los muelles. Sus ojos se volvieron completamente rojos y las sombras parecieron obedecerlo.
Braulio retrocedió.
Por primera vez desde que lo conocía…
lo vi sentir miedo.
Intentó escapar.
Doménico apareció delante de él.
Lo sujetó por la garganta.
—Ella te dijo que no.
Braulio forcejeó.
—¡Es mía!
Yo avancé hasta quedar frente a él.
—Nunca lo fui.
Doménico terminó la pelea.
El clan del norte huyó y Lira desapareció entre la oscuridad.
Cuando todo acabó, Doménico regresó conmigo.
Tomó mi mano herida y la sostuvo con una delicadeza que jamás habría esperado de aquella criatura.
—Te dije que permanecieras en el coche.
—Y yo te salvé.
Por primera vez lo escuché reír de verdad.
Después levantó la mirada.
—Nuestro acuerdo era por un año.
—Lo recuerdo.
—Puedes marcharte cuando quieras. Braulio ha muerto. Ya no necesitas mi protección.
Miré la ciudad iluminada detrás de nosotros.
Había entrado en aquel club siendo una mujer que corría bajo la lluvia.
Una mujer convencida de que sobrevivir significaba encontrar a alguien más fuerte detrás de quien esconderse.
Pero ya no era aquella mujer.
Me quité lentamente el anillo negro que Doménico me había dado.
Su expresión se endureció.
Después tomé su mano.
Y volví a colocar el anillo en mi dedo.
—La primera vez lo acepté porque tenía miedo —le dije—. Esta vez lo acepto porque puedo elegir.
Doménico permaneció en silencio.
—¿Eso significa que todavía quieres casarte conmigo?
Sonreí.
—Significa que tendrás que pedírmelo correctamente.
Meses después comprendí algo que aquella versión aterrorizada de mí jamás habría creído.
Doménico no me convirtió en reina.
Braulio tampoco me convirtió en víctima.
Ambos habían intentado definir quién debía ser yo.
Al final fui yo quien eligió.
Y cuando las criaturas de la noche comenzaron a llamarme la Reina Tejedora, Doménico siempre corregía a quien afirmaba que yo gobernaba porque llevaba su anillo.
—No —decía mientras me miraba con aquella sonrisa peligrosa—. Ella gobierna porque un día todos quisieron convertirla en presa…
y cometieron el error de enseñarle a cazar.