Se saltó el ritual de apareamiento para salvar a un hombre sangrante: regresó como el Rey Alfa
Se saltó el ritual de apareamiento para salvar a un hombre sangrante: regresó como el Rey Alfa

PARTE 1
La noche en que todos esperaban que me arrodillara ante los alfas fue la misma noche en la que decidí desaparecer.
Durante veintitrés años había aprendido una sola regla en la manada Silverwood: una mujer como yo no tenía derecho a elegir su propio destino.
Mi nombre era Alara Vane. Nací como Omega, la posición más baja dentro de la jerarquía de nuestra manada. Para ellos, eso significaba que debía ser obediente, silenciosa y agradecida por cualquier cosa que decidieran darme.
Pero esa noche algo dentro de mí se rompió.
La plaza estaba llena de antorchas, tambores y cientos de ojos observando. Era la ceremonia de elección, el ritual donde las mujeres debían presentarse ante los alfas para ser escogidas como compañeras.
Todos fingían que era un honor.
Yo sabía la verdad.
Había visto demasiadas veces cómo una mujer perdía su libertad después de esa noche. Había visto sonrisas desaparecer, sueños convertirse en obligaciones y personas convertirse en simples herramientas para fortalecer linajes.
Mi prima Mara me miró con preocupación mientras ajustaba su vestido ceremonial.
—Alara, por favor. No hagas ninguna locura.
No respondí.
Mis ojos estaban clavados en la plataforma donde Corvin Graves, el líder de Silverwood, observaba a todos desde arriba.
Para él, la tradición era más importante que la felicidad de cualquiera.
Para él, una mujer que desobedecía era una amenaza.
Cuando los tambores comenzaron a sonar más fuerte y la primera fila avanzó hacia los alfas, sentí que mi corazón golpeaba contra mi pecho.
Sabía que si daba un paso adelante, mi vida dejaría de pertenecerme.
Así que hice algo que nadie esperaba.
Retrocedí.
Un paso.
Luego otro.
Nadie me vio al principio. Todos estaban concentrados en la ceremonia. En las mujeres que caminaban hacia su futuro sin poder elegirlo.
Seguí moviéndome hasta llegar al borde de la plaza.
Detrás de mí estaba el bosque prohibido.
El lugar donde nadie de Silverwood entraba.
El lugar del que todos hablaban como si escondiera monstruos peores que los propios alfas.
La voz de Corvin resonó detrás de mí.
—Toda mujer que abandone esta ceremonia será considerada sin manada. Perderá protección, rango y futuro.
Sentí miedo.
Claro que lo sentí.
Ser expulsada significaba enfrentar peligros desconocidos, hambre y enemigos que podían matarme.
Pero permanecer significaba algo peor.
Significaba perderme a mí misma.
Así que corrí.
Las luces de la manada desaparecieron mientras me internaba entre los árboles. Las ramas golpeaban mi rostro y mi ropa se rasgaba mientras avanzaba sin dirección.
No tenía comida.
No tenía armas.
No tenía un plan.
Solo tenía una certeza: jamás regresaría.
Después de horas caminando, caí al suelo agotada. Mis manos estaban heridas y apenas podía respirar.
Entonces lo sentí.
Un olor extraño.
Sangre.
Pero no era una sangre normal.
Era más oscura. Más pesada.
Y mezclada con algo que no pertenecía al bosque.
Veneno.
Mi instinto me gritaba que huyera.
Que me alejara.
Que cualquier cosa capaz de producir ese olor era peligrosa.
Pero nunca fui buena ignorando a alguien que necesitaba ayuda.
Seguí el rastro.
Hasta que llegué a un claro iluminado por la luna.
Y allí lo vi.
Un hombre estaba tendido en el suelo.
No era un hombre común.
Era enorme. Su cuerpo estaba cubierto de heridas y su ropa, que parecía pertenecer a alguien importante, estaba destruida por la batalla.
Pero lo que más me sorprendió fueron sus ojos cuando los abrió.
Dorados.
Intensos.
Como si escondieran siglos de poder.
—Huye… —susurró con dificultad—. No es seguro.
Entonces su cuerpo se estremeció.
Vi las venas negras extendiéndose desde una herida en su costado.
Lo reconocí.
No porque lo hubiera visto antes.
Sino porque había leído sobre aquello en un antiguo libro prohibido.
Perdición de las sombras.
Un veneno que nadie debería volver a crear.
Di un paso atrás.
Salvarlo era una locura.
Era un alfa desconocido.
Podía ser un enemigo.
Podía traer mi destrucción.
Pero entonces recordé la plaza.
Recordé a todas las personas que habían aceptado sufrir porque tenían miedo.
Y entendí que si lo abandonaba, sería igual que ellos.
Me arrodillé junto a él.
Coloqué mis manos sobre su herida.
Y dejé salir aquello que había escondido toda mi vida.
Una luz plateada apareció entre mis dedos.
El hombre abrió los ojos con sorpresa.
—¿Qué eres?
No respondí.
Porque ni siquiera yo sabía qué pasaría después.
El veneno reaccionó como si estuviera vivo. Intentó entrar en mí, destruirme, consumir mi corazón.
El dolor fue insoportable.
Pero resistí.
Entonces ocurrió algo imposible.
Sentí otra fuerza unirse a la mía.
La energía del hombre.
Su poder.
Como si nuestras almas se hubieran reconocido antes de que nuestras mentes pudieran entenderlo.
La oscuridad comenzó a retroceder.
Juntos conseguimos detener el veneno.
Cuando todo terminó, caí sobre la tierra sin fuerzas.
El hombre respiraba otra vez.
Estaba vivo.
Sus ojos dorados me miraron con una mezcla de sorpresa y algo más que no pude identificar.
—¿Qué hiciste? —preguntó.
Intenté levantarme, pero mi cuerpo no respondió.
—Te salvé —susurré—. De nada.
Por primera vez, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Pero antes de que pudiera decir algo más, escuchamos voces entre los árboles.
Mi sangre se congeló.
La manada me había encontrado.
Y no venían solos.
Venían cazadores.
PARTE 2
Las voces se acercaban rápidamente.
—El rastro está aquí. La encontramos.
Sentí que el miedo volvía a apoderarse de mí.
No por mí.
Por él.
El hombre que acababa de salvar no tenía fuerzas suficientes para luchar contra una manada entera.
Él tomó mi muñeca con una fuerza sorprendente.
—Cuando lleguen, dirás que me encontraste herido. Que intentaste ayudarme. Nada más.
Lo miré confundida.
—¿Y tú?
Sus ojos dorados se clavaron en los míos.
—Volveré por ti.
Casi me reí.
—Ni siquiera sabes quién soy.
Su expresión cambió.
Como si mis palabras fueran absurdas.
—Sé suficiente.
Sentí algo extraño en mi pecho.
Una conexión invisible.
Un vínculo que no entendía.
—Me llamo Alara Vane.
Él repitió mi nombre lentamente.
Como si quisiera guardarlo para siempre.
—Yo soy Cael Drake.
Ese nombre hizo que el aire cambiara.
Aunque yo todavía no comprendía por qué.
Los pasos llegaron al claro.
La luz de las antorchas apareció entre los árboles.
Y entonces vi a Corvin Graves.
Su sonrisa desapareció cuando observó la escena.
Primero me miró a mí.
Después al hombre que estaba detrás de mí.
Su rostro cambió.
Reconocimiento.
Miedo.
Cálculo.
—Su majestad…
Esa palabra cayó como una piedra.
Cael Drake.
El rey Alfa de los territorios del norte.
El líder que todos conocían por las historias.
Y yo acababa de salvarle la vida.
Corvin intentó recuperar el control.
—Esta mujer abandonó la ceremonia. Rompió las leyes de la manada.
Cael dio un paso adelante.
Aunque había estado muriendo minutos antes, su presencia llenó todo el claro.
—Esta mujer me salvó la vida.
Nadie respondió.
—Cualquier castigo que creas que merece puede esperar.
La mirada de Corvin se endureció.
—Este es territorio Silverwood.
Cael sonrió sin alegría.
—Y pronto tendrás que responder muchas preguntas sobre por qué un rey envenenado fue encontrado en tus bosques.
El silencio fue absoluto.
Porque todos entendieron lo que significaba.
Alguien había intentado asesinarlo.
Y quizás alguien dentro de Silverwood sabía más de lo que decía.
Cael me miró.
—Ella está bajo mi protección.
Corvin apretó la mandíbula.
No podía desafiarlo.
No allí.
No frente a todos.
Pero pude ver la promesa en sus ojos.
Esto no había terminado.
Horas después, fui encerrada en una celda bajo la casa de la manada.
No como una criminal común.
Sino como una amenaza.
Me senté contra la pared fría mientras intentaba comprender cómo mi vida había cambiado en una sola noche.
Había escapado de una ceremonia donde querían decidir mi futuro.
Y ahora estaba conectada con el hombre más poderoso de todos los territorios.
Pero lo peor estaba por venir.
Porque cuando Cael regresó al salón principal, los líderes descubrieron algo que nadie esperaba.
La magia que había usado para salvarlo no solo había detenido el veneno.
Había creado un vínculo.
Un vínculo destinado.
Uno que podía unir nuestras vidas para siempre.
Y Corvin Graves acababa de descubrir que la Omega que todos ignoraban podía convertirse en la mujer con más poder de toda la región.