SE SACRIFICÓ POR SU ALFA… Y LO OYÓ CONFESAR QUE NUNCA DEBIÓ VIVIR
SE SACRIFICÓ POR SU ALFA… Y LO OYÓ CONFESAR QUE NUNCA DEBIÓ VIVIR

PARTE 1
La noche antes de la fecha prevista para el nacimiento de nuestro cachorro, mi pareja alfa fue secuestrada por una manada de renegados.
Me ofrecí a cambio de su vida.
Al amanecer, mi hijo no nacido había muerto… y yo había descubierto que Luis lo había planeado todo.
Yo era Jodi Singleton, la Luna más joven en la historia de la Manada Luna Plateada. Durante cinco años permanecí al lado del alfa Luis Ross, defendí su territorio y lo amé con cada parte de mi alma.
Cuando los renegados nos informaron que lo tenían prisionero, no lo dudé.
—Llévenme a mí —les dije—. Liberen a mi pareja.
Luis gritó mi nombre mientras me arrastraban. A través de nuestro vínculo mental, le supliqué que mantuviera la calma y le prometí que sobreviviría.
Pero después del intercambio, dejó de responder repentinamente.
Los renegados me llevaron hasta un edificio abandonado, más allá de los límites de nuestro territorio. Me humillaron y me atacaron mientras se burlaban de mi lealtad hacia un alfa que, según ellos, me había abandonado.
Luché hasta quedarme sin fuerzas.
Cuando terminaron, mi cachorro había muerto, mi cuerpo estaba destrozado y mi loba apenas se aferraba a la vida.
Luis me encontró varias horas después.
Cayó de rodillas y me estrechó entre sus brazos.
—Lo siento —sollozó—. Te juro que encontraré a cada uno de los renegados responsables de esto. Pagarán por lo que te hicieron a ti y a nuestro hijo.
Su dolor parecía tan auténtico que estuve a punto de encontrar consuelo en sus brazos.
A punto.
Cuando me llevó al centro médico de la manada, los sanadores me administraron anestesia. Todos creyeron que había perdido el conocimiento, pero el medicamento solamente me dejó atrapada dentro de mi propio cuerpo.
Todavía podía escuchar las voces a mi alrededor.
Uno de los sanadores explicó que mi loba podía sobrevivir, pero que el tratamiento costaría casi trescientos mil dólares y debía comenzar inmediatamente.
Luis no respondió.
Unos minutos después, su beta entró en la habitación.
—Su actuación fue muy convincente —susurró—. Si no hubiera sabido que todo estaba preparado, habría creído que estaba destrozado.
Mi corazón se detuvo.
El beta continuó con cierta vacilación:
—Pero permitir que los renegados atacaran a su Luna fue demasiado lejos. Ella llevaba a su cachorro.
Luis dejó escapar un suspiro cansado.
—Amanda también lleva un hijo mío —contestó—. Y Amanda es la mujer que quiero convertir en mi Luna.
Amanda Singleton.
Mi hermanastra.
La joven que me había atormentado durante toda mi infancia llevaba meses manteniendo una relación secreta con mi pareja.
—Necesitaba una razón para apartar a Jodi —continuó Luis—. Después de lo ocurrido con los renegados, la manada la considerará deshonrada. Cuando pierda a su loba, nadie cuestionará que ya no es digna de seguir siendo Luna.
El beta bajó la voz.
—¿Y el cachorro que Jodi perdió?
—Nunca tuve intención de permitir que ese cachorro naciera.
Dentro de mí, mi loba herida lanzó un aullido desgarrador.
Luis jamás había sido secuestrado.
El intercambio había sido una trampa. Habían pagado a los renegados para destruir mi reputación, matar a mi hijo y despejarle a Amanda el camino hacia mi título.
—Jodi seguirá disfrutando de una vida cómoda —añadió con tranquilidad—. Cuando Amanda y yo tengamos otro cachorro, Jodi podrá ayudarnos a criarlo. Siempre ha querido ser madre.
El beta permaneció en silencio.
Entonces regresó el sanador.
—Alfa, debemos comenzar ahora mismo. Si esperamos más, la loba de Luna Jodi morirá.
Escuché unos pasos acercándose a mi cama.
Luis tomó mi mano y acarició mi cabello con ternura.
—No tengas miedo, Jodi —susurró con la misma voz amorosa en la que había confiado durante años—. Estoy aquí. Siempre te protegeré.
Después se volvió hacia el sanador.
Sus siguientes palabras destruyeron lo poco que quedaba de mi corazón.
—Cancela el tratamiento. Deja que su loba muera.
PARTE 2
Aquella orden me hizo más daño que todo lo que los renegados me habían hecho.
Quise abrir los ojos y gritar, pero me obligué a permanecer inmóvil. Si Luis descubría que lo había escuchado, se aseguraría de que jamás volviera a despertar.
Así que esperé.
Cuando finalmente abrí los ojos, estaba sentado junto a mi cama, sosteniendo mi mano. Sus ojos dorados estaban enrojecidos y su rostro mostraba una máscara perfecta de dolor.
—Lo siento mucho, Jodi —dijo—. Tus heridas eran demasiado graves. Nuestro cachorro murió y tu loba no sobrevivió.
Inclinó la cabeza como si aquella noticia también estuviera destrozándolo.
—Pero nunca te abandonaré. Aunque jamás puedas volver a transformarte, siempre serás mi pareja.
Tiempo atrás, esas palabras lo habrían significado todo para mí.
Ahora me provocaban náuseas.
Luis besó mi frente antes de salir de la habitación. Por las prisas, olvidó llevarse su computadora portátil.
La abrí y encontré carpetas repletas de fotografías de Amanda y su hijo recién nacido. En uno de los videos, Luis colocaba un colgante de madera tallado a mano alrededor del cuello del bebé.
Lo reconocí inmediatamente.
Durante mi embarazo, Luis había trabajado en aquel colgante todas las noches. Me había dicho que era un regalo para nuestro cachorro.
Pero el rostro tallado en la madera no era el mío.
Era el de Amanda.
Entonces encontré los registros de pago.
Luis había transferido 350.000 dólares a los renegados que me atacaron. También había mensajes en los que discutían dónde debían llevarme, qué rumores difundirían después y cómo el escándalo facilitaría que me despojaran de mi título.
Copié todas las pruebas en mi teléfono.
Después envié un mensaje a la única persona que todavía podría ayudarme: Simon, mi hermano, de quien llevaba años distanciada.
Tres días. Torre central. Te necesito.
A la mañana siguiente, una grabación del ataque comenzó a circular por todo el territorio. Los lobos me miraban con desprecio y murmuraban que me había entregado voluntariamente a los renegados.
Luis me defendió públicamente, pero pronto descubrí el verdadero motivo.
Quería que la grabación se difundiera. Cuando toda la manada me considerara dañada y deshonrada, aceptarían a Amanda como su nueva Luna.
Amanda apareció a su lado, acunando a su hijo.
—Si Jodi descubre que ordenaste el ataque y detuviste el tratamiento de su loba, nunca te perdonará —dijo con dulzura.
Luis la atrajo hacia sus brazos.
—Algún día lo comprenderá. Mañana anunciaré que ya no es apta para continuar como Luna. Después nombraré a nuestro hijo heredero legítimo.
Un candelabro se me escapó de las manos y golpeó el suelo.
Los dos se volvieron.
Durante un segundo, el rostro de Luis reveló su culpabilidad. Después recuperó aquella ternura que conocía tan bien.
—Jodi, deberías estar descansando.
Sonreí débilmente.
—Claro.
Me creyó.
Aquella noche, Amanda llegó sola a la casa. En cuanto Luis se marchó, su expresión inocente desapareció.
Insultó a mi madre, se burló de la pérdida de mi loba y aseguró que Luis jamás me había amado.
Después sacó de su bolso un pequeño colgante de cristal. En su interior había un diminuto fragmento de hueso recuperado tras la pérdida de mi hijo.
—Luis me lo regaló —dijo—. ¿No te parece hermoso?
Intenté arrebatárselo, pero Amanda retiró la mano. Sacó una pequeña daga, se hizo un corte en la pierna y comenzó a gritar.
Luis entró corriendo unos segundos después.
Amanda se desplomó entre sus brazos y me acusó de haberla atacado. Luis me arrojó al suelo con tanta violencia que mis heridas volvieron a abrirse.
Mientras yo permanecía tendida y sangrando, él se llevó a Amanda en brazos.
—Jodi —dijo con frialdad—, ¿cuándo te volviste tan cruel?
En aquel instante, el amor que todavía sentía por él murió definitivamente.
Después de la medianoche, dejé sobre la mesa los documentos firmados para romper nuestro vínculo de pareja. Envié a Simon copias de todos los archivos de Luis y programé las pruebas para que aparecieran en cada pantalla de la plaza central durante la ceremonia.
Después abandoné para siempre la Manada Luna Plateada.
Simon me esperaba al otro lado de la frontera.
Él y sus aliados me ayudaron a desaparecer, creando pruebas para que todos creyeran que me había arrojado desde la torre central. El engaño era peligroso, pero Luis jamás dejaría de buscarme mientras creyera que seguía viva.
A la mañana siguiente, mientras se preparaba para nombrar a Amanda como su nueva Luna, su beta anunció mi muerte.
Luis corrió hasta la torre y encontró lo que parecía ser mi cuerpo cubierto con una tela blanca. Cayó a su lado, gritó mi nombre y me suplicó que abriera los ojos.
Entonces las gigantescas pantallas situadas sobre la plaza se encendieron.
Toda la manada vio las imágenes de Luis con Amanda. Escucharon cómo ordenaba a los sanadores que dejaran morir a mi loba. Vieron los registros que demostraban que había contratado a los renegados.
Finalmente, escucharon a Amanda jactarse de todo lo que me habían hecho.
La autoridad de Luis se derrumbó en cuestión de minutos.
La manada rechazó a Amanda y destituyó a Luis como alfa. Su hijo era inocente y quedó bajo la protección de guardianes dignos de confianza, pero Luis y Amanda fueron convertidos en parias.
Para entonces, Simon y yo ya estábamos muy lejos.
Me llevó al norte, hasta una manada cuyos sanadores descubrieron que mi loba no había muerto. Los medicamentos ordenados por Luis la habían debilitado y mantenido reprimida, pero entre nosotras todavía existía una débil conexión.
Después de varios meses de tratamiento, mi loba regresó.
La primera vez que volví a transformarme, corrí por un valle cubierto de nieve hasta el amanecer. Por primera vez en muchos años, mi cuerpo me pertenecía completamente.
Pasaron cinco años.
Construí una nueva vida y me convertí en consejera de varias manadas del norte. Ya no era la Luna desechada por Luis ni la hermanastra despreciada por Amanda.
Era Jodi Singleton, y mi supervivencia ya no dependía del permiso de nadie.
Entonces, durante un viaje por las tierras fronterizas, volví a encontrarme con Luis.
Su cabello, antes oscuro, se había vuelto blanco. La ropa colgaba de su cuerpo debilitado y la fuerza que en otro tiempo había aterrorizado a manadas enteras había desaparecido.
Cuando me reconoció, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Jodi —susurró—. Estás viva.
Mis guardias lo detuvieron antes de que pudiera tocarme.
—Te busqué todos los días —dijo—. Por favor, regresa a casa. Sigues siendo mi Luna.
—La mujer que te amaba murió hace cinco años —respondí—. Tú la mataste cuando sacrificaste a nuestro hijo.
Luis agachó la cabeza.
Después de un largo silencio, sacó del abrigo los documentos para terminar nuestro vínculo de pareja. Los había llevado consigo durante todos aquellos años sin firmarlos.
Su mano temblaba mientras escribía su nombre.
Luego me entregó el cristal que contenía el último fragmento de mi hijo.
—Les fallé a los dos —dijo—. Nada de lo que haga podrá cambiarlo.
—No —contesté—. Nada podrá cambiarlo.
Se marchó sin volver a pedirme perdón.
Dos semanas después, recibimos la noticia de que Luis y Amanda habían muerto durante un último enfrentamiento violento en la torre central. No sentí alegría al enterarme. Sus muertes no podían devolverme a mi hijo ni borrar todo lo que me habían hecho.
Sin embargo, cuando el último vestigio de nuestro vínculo desapareció de mi interior, sentí algo que no había experimentado en años.
Paz.
Habían intentado destruir mi cuerpo, mi loba, mi reputación y mi futuro.
En cambio, destruyeron a la mujer que alguna vez creyó que los necesitaba.
La mujer que sobrevivió era mucho más fuerte.
Y, por fin, se pertenecía únicamente a sí misma.