Se ocultó tras un uniforme de sirvienta, hasta que el Rey Alfa vio la marca real en su muñeca.

Se ocultó tras un uniforme de sirvienta, hasta que el Rey Alfa vio la marca real en su muñeca.

PARTE 1

Durante diez años limpié los pisos de un castillo que, en realidad, pertenecía a mi familia.

Nadie lo sabía.

Para todos yo era Lynn, una criada casi muda que había aparecido siendo niña y que no tenía apellido, pasado ni importancia.

Pero debajo de las vendas de mi muñeca izquierda escondía algo que podía hacer caer al hombre que gobernaba aquellas tierras.

Mi verdadero nombre era Rosalinda Montgomery.

Y yo era la última heredera de los lobos del norte.

Tenía once años cuando Reginaldo Croft tomó el control de Oak Haven.

Mi padre era el Alpha legítimo.

Mi madre y mis hermanos también vivían en la fortaleza.

Aquella noche todo cambió.

Un viejo herrero llamado Tomás consiguió esconderme entre sacos de carbón y después me llevó a la zona de los sirvientes.

Antes de desaparecer de mi vida me dejó una única instrucción:

que jamás mostrara la marca de mi muñeca.

Era una media luna dorada rodeada por una rosa de espinas.

La señal que distinguía a la sangre Alpha de mi familia.

Así nació Lynn.

Nunca hablaba.

Caminaba encorvada.

Evitaba mirar a los nobles.

Y fingía ser mucho más torpe de lo que realmente era.

Durante una década fregué platos, limpié grasa y serví comida a las mismas personas que se beneficiaban del lugar que había pertenecido a mis padres.

No esperaba recuperar nada.

Solo sobrevivir.

Hasta que llegó el Alpha King Gareth Ashborne.

Todo Oak Haven empezó a moverse desde antes del amanecer.

Gareth había unido varias manadas del sur y del oeste y venía a negociar un acuerdo con Croft.

Además, corría el rumor de que buscaba compañera.

Por eso Croft reunió a todas las jóvenes de familias importantes, incluida su hija Beatriz.

Yo no tenía nada que hacer cerca de ellos.

Pero faltaban sirvientes para el banquete.

Me obligaron a bañarme, me dieron un vestido gris un poco menos sucio que el habitual y me mandaron al gran salón con una jarra de vino.

Cuando Gareth entró, entendí por qué todos hablaban de él.

Era enorme.

Cabello oscuro.

Ojos color ámbar.

Y tenía esa presencia que hacía que incluso los lobos más dominantes bajaran la mirada.

Mi propio lobo reaccionó inmediatamente.

Durante años apenas lo había sentido.

Aquella noche despertó dentro de mí con una fuerza brutal.

Una palabra apareció en mi cabeza.

Compañero.

Casi dejé caer la jarra.

Aquello era absurdo.

Yo era una sirvienta escondida.

Él era un rey.

Seguí trabajando.

Intenté mantenerme lejos de su mesa.

Pero entonces ocurrió el accidente.

Uno de los nobles, Hastings, se movió justo cuando yo servía vino.

La jarra cayó.

El líquido terminó sobre sus botas.

El hombre se enfureció.

Me sujetó del brazo y estuvo a punto de castigarme delante de todos.

Yo podía defenderme.

Había aprendido a hacerlo cuando era niña.

Pero Lynn no sabía pelear.

Así que permanecí quieta.

Entonces Gareth apareció.

Detuvo al noble y le dejó claro que nadie sería maltratado por un accidente mientras él estuviera presente.

Después extendió la mano para ayudarme a levantarme.

Ahí comenzó mi verdadero problema.

Sus dedos se cerraron justo sobre mi muñeca izquierda.

El cuero viejo que llevaba diez años protegiendo mi secreto se rompió.

Sentí la venda deslizarse.

Vi la media luna dorada.

La rosa.

Y durante un segundo interminable, también Gareth la vio.

Nuestros ojos se encontraron.

Pensé que gritaría.

Pensé que Croft miraría.

Pensé que todo había terminado.

Pero Gareth hizo algo que no esperaba.

Cubrió la marca con su propia mano.

Subió mi manga.

Y anunció delante de todo el salón que, durante el resto de su visita, yo sería su sirvienta personal.

Croft protestó.

Gareth no le permitió discutir.

Minutos después me llevó hasta sus habitaciones privadas.

Cerró la puerta.

Yo volví a fingir.

Cabeza baja.

Espalda encorvada.

Silencio.

Gareth me observó durante varios segundos.

—Ya puedes dejar de actuar.

No respondí.

Entonces se acercó.

Tomó mi muñeca.

Retiró lentamente lo que quedaba de la venda.

La marca dorada volvió a aparecer.

Su expresión cambió por completo.

Y pronunció un nombre que yo no había escuchado en voz alta desde que era niña.

—Rosalinda Montgomery.

Sentí que se me detenía el corazón.

Gareth levantó la mirada.

—Llevo diez años buscando a la heredera del norte.

PARTE 2

—Entonces buscaste bastante mal —respondí.

Mi propia voz me sorprendió.

Áspera.

Baja.

Pero era mi voz.

No la de Lynn.

Gareth no pareció ofendido.

Me contó algo que yo desconocía.

Cuando tenía doce años había pasado una temporada entrenando con mi padre.

Me recordaba.

Yo era demasiado pequeña para conservar una imagen clara de él.

Pero él recordaba a una niña que recorría los patios con una espada de madera y decía que algún día sería la mejor guerrera del norte.

—Esa niña dejó de existir hace mucho —le dije.

Gareth negó.

—Está delante de mí.

No confié en él inmediatamente.

Le pregunté por qué necesitaba encontrarme.

La respuesta fue sencilla.

Durante años había sospechado que Croft había tomado el poder de forma ilegítima.

Pero intervenir directamente podía provocar que todo el norte interpretara la entrada de Gareth como una conquista.

Necesitaba a alguien con derecho real sobre Oak Haven.

Me necesitaba a mí.

—Entonces quieres usarme.

—Quiero ayudarte a recuperar lo que es tuyo.

No sabía si creerle.

Y después dijo algo todavía más complicado.

Nuestros lobos se habían reconocido.

Éramos compañeros.

Le dejé claro que aquello no significaba que pudiera decidir por mí.

Para mi sorpresa, Gareth estuvo de acuerdo.

—No necesito una figura decorativa a mi lado.

Antes de que pudiéramos hablar más, escuché pasos fuera de la puerta.

Dos hombres conversaban en voz baja.

Reconocí a uno.

William Thatcher, capitán de Croft.

Hablaban del vino que enviarían a Gareth aquella noche.

Habían preparado una mezcla destinada a debilitarlo horas después de abandonar Oak Haven.

Así podrían afirmar que había enfermado durante el viaje.

Gareth también lo escuchó.

Me miró.

Aquello era mi oportunidad de escapar.

Si Croft se ocupaba de Gareth, yo podía desaparecer.

Volver a esconderme.

Vivir lejos de Oak Haven.

Durante algunos segundos lo consideré.

Luego pensé en mi padre.

En mi madre.

En diez años fregando los pisos de mi propia casa porque había tenido demasiado miedo para reclamarla.

No quería seguir siendo Lynn.

Cuando llamaron a la puerta con la copa preparada para Gareth, fui yo quien la recibió.

No se la dimos.

En cambio, empezamos a planear.

Yo conocía algo que Croft desconocía.

Los pasadizos antiguos de Oak Haven.

Cuando era niña jugaba dentro de ellos.

Había entradas escondidas detrás de tapices y muros falsos.

Una de ellas nos permitió llegar hasta el ala oriental sin que nadie nos viera.

Ahí encontramos al comandante Alden.

Había servido a mi padre.

Cuando le mostré la marca, el viejo soldado tuvo que sentarse.

No necesitó ninguna explicación larga.

Creyó inmediatamente.

Pero también me advirtió algo.

Croft había reemplazado a muchos oficiales durante aquellos diez años.

Si yo me presentaba simplemente diciendo quién era, algunos me apoyarían.

Otros intentarían silenciarme.

Así que dejamos que Croft creyera que su plan había funcionado.

A la mañana siguiente Gareth apareció en el patio fingiendo estar débil.

Croft reunió a nobles, soldados y sirvientes para despedirlo.

Luego mostró sus verdaderas intenciones.

Ordenó retener al Alpha King argumentando que estaba demasiado enfermo para viajar.

Sus propios guardias comenzaron a rodearlo.

Fue entonces cuando dejé de esconderme.

Salí de la fila de sirvientes.

Todavía llevaba el mismo vestido gris.

Todavía tenía las manos ásperas de lavar ollas.

Pero ya no caminé encorvada.

Me quité la venda.

Levanté la muñeca.

La marca dorada brilló bajo la luz de la mañana.

No grité.

No hacía falta.

Dije mi verdadero nombre.

Rosalinda Montgomery.

El patio quedó completamente quieto.

Varios de los soldados más viejos reconocieron la marca.

Alden fue el primero en ponerse de mi lado.

Después otro.

Y otro.

Croft intentó decir que aquello era una falsificación.

Entonces Gareth dejó de fingir estar enfermo.

Se enderezó.

Y ordenó traer la copa de vino que Croft había enviado la noche anterior.

También teníamos el testimonio de los hombres que habían preparado la mezcla.

Ahí terminó prácticamente todo.

Los oficiales que todavía dudaban comprendieron que Croft no solo había usurpado Oak Haven.

También había intentado deshacerse de un rey invitado dentro de su propia fortaleza.

La mayoría bajó sus armas.

Croft fue detenido.

Su hija Beatriz perdió todos sus privilegios.

William Thatcher también terminó bajo custodia.

Yo podría haber exigido un castigo inmediato.

No lo hice.

Después de diez años viviendo bajo alguien que gobernaba mediante miedo, no quería comenzar mi propio mandato haciendo exactamente lo mismo.

Croft fue juzgado públicamente por el consejo del norte.

Los registros de su gobierno fueron revisados.

Se descubrieron propiedades tomadas, familias expulsadas y documentos alterados.

Terminó perdiendo para siempre el poder que había construido.

Yo recuperé Oak Haven.

Pero lo primero que hice no fue sentarme en el antiguo asiento de mi padre.

Bajé a las cocinas.

Me quedé unos minutos frente al lugar donde había pasado diez años lavando platos.

La señora Higgins casi no podía mirarme.

Le dije que se levantara.

No necesitaba verla arrodillada.

Durante demasiado tiempo todos en aquella fortaleza habían aprendido a mirar hacia abajo.

Era hora de cambiar eso.

Gareth permaneció en Oak Haven mientras reorganizábamos el gobierno.

Nunca intentó ocupar mi lugar.

Cumplió exactamente lo que había prometido.

Estuvo a mi lado.

No delante.

Nuestra relación tampoco se resolvió en una sola noche.

Que nuestros lobos se reconocieran no significaba que yo tuviera que entregar mi vida a un desconocido.

Primero aprendí a confiar en él.

Él aprendió que yo no necesitaba ser salvada.

Meses después acepté públicamente nuestro vínculo.

No porque una marca o una antigua tradición me obligara.

Porque lo elegí.

A veces todavía miro mi muñeca.

Durante diez años la cubrí como si fuera algo vergonzoso.

Como si mi supervivencia dependiera de esconder quién era.

Y quizá durante un tiempo fue cierto.

Pero sobrevivir y vivir no son la misma cosa.

Lynn me mantuvo con vida durante diez años.

Rosalinda tuvo que regresar para devolvérmela.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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