Se mudó a una nueva manada para escapar de su ex, sin saber que el Rey Alfa vivía al lado.

Se mudó a una nueva manada para escapar de su ex, sin saber que el Rey Alfa vivía al lado.

PARTE 1

La primera vez que mi vecino llamó a mi puerta durante una tormenta, sostuve un atizador de hierro detrás de la espalda.

La segunda vez, encontré carne fresca frente a mi casa sin ninguna nota.

Y un mes después descubrí algo mucho peor.

El hombre que llevaba semanas cortándome leña no era un campesino.

Era el Rey Alfa que medio continente llevaba meses buscando.

Me llamo Gabriela Navarro.

Llegué al Valle del Hierro en pleno invierno con tres monedas, una bolsa de hierbas medicinales y la certeza de que nunca volvería a confiar en un Lykan.

Venía huyendo de Darío Salvatierra.

Durante dos años había sido mi compañero.

Ante los demás era un guerrero respetado de la manada Cresta Roja.

En privado era controlador, ambicioso y cada vez más obsesionado con el poder.

La última semana que pasé con él descubrí documentos donde planeaba desafiar al consejo y reunir varias manadas rebeldes.

Cuando comprendió que yo sabía demasiado, intentó impedir que saliera de la propiedad.

Preparé un sedante con hierbas, lo mezclé en su bebida y escapé mientras dormía.

También realicé el antiguo ritual para romper nuestro vínculo.

No fue sencillo.

Durante días sentí como si algo me apretara el pecho cada vez que respiraba.

Pero prefería aquel dolor a regresar.

Después de semanas caminando llegué al Valle del Hierro.

Era territorio neutral.

Compré una pequeña cabaña junto al bosque.

El techo tenía goteras.

Una ventana no cerraba.

La chimenea parecía a punto de derrumbarse.

Me pareció hermosa.

Porque era mía.

El único problema era mi vecino.

Su casa estaba demasiado bien construida para aquel pueblo.

Él también.

Se llamaba Esteban.

Era enorme, de cabello negro, ojos color ámbar y una cicatriz cerca del cuello.

Decía muy poco.

Pagaba todo con monedas de oro.

Y cortaba madera como si cada tronco le hubiera insultado personalmente.

Decidí mantenerme lejos.

Hasta que llegó una tormenta.

Aquella tarde una de mis contraventanas se rompió y el fuego casi se apagó.

Alguien tocó.

Era Esteban.

Traía madera seca y herramientas.

Entró, arregló la ventana, dejó la leña junto a mi chimenea y se dirigió nuevamente a la puerta.

—¿Por qué haces esto?

Se detuvo.

Miró las marcas aún visibles alrededor de mis muñecas.

—Porque sé reconocer a alguien que está intentando empezar de nuevo.

Luego salió.

Me quedé helada.

No solo por sus palabras.

Me había llamado Gabriela.

Yo nunca le había dicho mi nombre.

Durante el mes siguiente desarrollamos una rutina extraña.

Él dejaba alimentos en mi puerta.

Yo le dejaba pan o ungüentos para sus manos.

A veces desaparecía durante días.

Nunca preguntaba dónde iba.

Él tampoco preguntaba de dónde venía yo.

Por primera vez pensé que quizá podía existir una vida tranquila.

Hasta aquella tarde en el mercado.

Olí a Cresta Roja antes de verlo.

Piel mojada.

Metal.

Y aquella esencia dulce que usaban los rastreadores de Darío.

Bruno.

Uno de sus hombres más leales.

Estaba enseñando mi descripción a un muchacho de los establos.

Salí por detrás de la panadería.

Corrí hasta mi cabaña.

Necesitaba empacar.

Escapar otra vez.

Pero Bruno ya me esperaba en el porche.

Sonrió cuando me vio.

Dijo que Darío estaba furioso.

Que debía regresar.

Metí la mano bajo mi capa buscando el pequeño cuchillo de plata que llevaba para emergencias.

Bruno avanzó.

—No pertenezco a Darío.

Él se rio.

Sus ojos empezaron a cambiar.

Yo retrocedí.

Entonces algo pasó entre nosotros.

Una sombra cruzó el claro.

Bruno salió despedido varios metros y cayó sobre la nieve.

Esteban apareció frente a mí.

No llevaba espada.

No la necesitaba.

Nunca había sentido una presencia así.

El aire parecía más pesado.

Hasta mi propio instinto Lykan me exigía bajar la cabeza.

Bruno se levantó furioso.

—¿Quién demonios eres?

Esteban dio un solo paso.

—Estás en mis tierras.

Bruno quiso responder.

Después olió el aire.

Toda la arrogancia desapareció de su rostro.

Sus piernas comenzaron a temblar.

Y, delante de mí, el hombre que Darío utilizaba para asustar aldeas enteras cayó de rodillas frente a mi silencioso vecino.

Bajó la cabeza.

—Perdóneme… Majestad.

Sentí que el mundo se inclinaba debajo de mis pies.

Miré a Esteban.

El hombre que reparaba mi ventana.

El hombre que aceptaba mi pan.

El hombre que vivía a cincuenta metros de mi casa.

Y comprendí que durante todo aquel tiempo había estado viviendo junto al Alpha King de los Cinco Territorios.

PARTE 2

—Perdóneme… Majestad.

No pude moverme.

Esteban ya no parecía mi vecino.

La forma en que estaba de pie, la autoridad de su voz, incluso la manera en que Bruno evitaba mirarlo directamente…

Todo encajó.

Las monedas de oro.

Las desapariciones.

Su entrenamiento.

Su olor cuidadosamente oculto bajo barro y pino.

Esteban ordenó a Bruno llevar un mensaje a Darío.

Gabriela estaba bajo protección directa de la corona.

Bruno huyó.

Yo esperé hasta que desapareció entre los árboles.

Después miré a Esteban.

—Tú sabías quién era yo.

No negó nada.

Aquello me dolió más de lo que esperaba.

Me explicó que sus espías llevaban meses investigando a Darío.

Habían descubierto compras ilegales de plata, pagos a mercenarios y contactos con manadas descontentas.

Pero faltaba una prueba que permitiera detenerlo sin provocar una guerra.

Entonces yo escapé.

Darío perdió el control.

Y Esteban entendió que probablemente intentaría encontrarme personalmente.

—Así que me utilizaste.

Esteban sostuvo mi mirada.

—Al principio, sí.

Sentí frío.

—¿Todo esto fue una mentira?

—No.

Se acercó despacio.

Dijo que había llegado al Valle del Hierro para vigilarme.

La casa vecina había sido elegida por razones estratégicas.

Pero después me había visto reconstruir sola una vivienda casi destruida.

Había visto cómo atendía gratuitamente a niños enfermos.

Cómo trabajaba hasta tener las manos agrietadas.

Cómo nunca pedía ayuda incluso cuando claramente la necesitaba.

—Dejaste de ser parte de una investigación hace semanas.

No quería creerle.

La última vez que confié en un hombre poderoso acabé huyendo en medio del invierno.

—No cambiaré una jaula por otra.

Esteban respondió inmediatamente:

—Entonces no entres en ninguna.

Aquello me sorprendió.

No exigió obediencia.

No habló de destino.

Solo dijo que podía irme cuando quisiera.

Pero mientras Darío siguiera buscándome, la corona impediría que volviera a tocarme.

Esa noche casi llegué a confiar en él.

Entonces escuchamos un cuerno de guerra.

Una sola nota grave recorrió el valle.

Esteban se levantó.

Yo ya sabía.

Bruno nunca había regresado a buscar a Darío.

Darío estaba cerca.

Había venido con él.

Desde mi ventana vimos antorchas entre los árboles.

No era una pequeña escolta.

Había decenas de hombres.

Darío estaba dispuesto a cruzar territorio neutral con una fuerza armada solo para recuperarme y proteger su conspiración.

Esteban tomó su espada.

Me dijo que cerrara la puerta.

Lo miré.

—Dijiste que querías a alguien capaz de permanecer a tu lado durante una tormenta.

Saqué mi cuchillo.

—No vuelvas a decirme que me esconda.

Por primera vez sonrió de verdad.

Había algo importante que Darío desconocía.

Los leñadores que trabajaban desde hacía meses alrededor del valle no eran leñadores.

Eran soldados de la guardia real.

Esteban había preparado la zona mucho antes.

Cuando Darío entró al valle esperando encontrar dos personas aisladas, descubrió que había caminado directamente dentro de una operación de la corona.

Los primeros hombres entregaron sus armas.

Otros intentaron retirarse.

Darío siguió adelante.

No había venido únicamente por una rebelión.

Había venido por mí.

Apareció frente a mi cabaña.

Seguía hablando como si nuestro vínculo nunca hubiera terminado.

Como si yo fuera una propiedad que alguien le había quitado.

Le dije que nuestro vínculo se había roto el día que confundió amor con control.

Intentó avanzar.

Esteban apareció a mi lado.

Darío lo reconoció.

Y por primera vez vi miedo en sus ojos.

Esteban no lo eliminó.

Lo arrestó.

Eso resultó mucho peor para Darío.

Porque un juicio permitía hablar.

Sus hombres comenzaron a confesar.

Aparecieron documentos.

Nombres.

Pagos.

Armas escondidas.

Incluso correspondencia demostrando que había planeado crear disturbios para luego presentarse como el hombre capaz de restablecer el orden.

Darío no quería proteger a las manadas.

Quería que tuvieran miedo suficiente para entregarle poder.

Fue condenado por conspiración contra la corona y perdió para siempre su rango.

Algunos meses después Esteban regresó oficialmente a la capital.

Me preguntó si quería acompañarlo.

No me ofreció una corona.

Eso vino después.

Primero me ofreció algo que yo no había tenido en mucho tiempo.

Una elección.

Acepté viajar con él.

Pero mantuve mi pequeña casa en el Valle del Hierro.

Durante el primer año regresaba cada pocas semanas.

Necesitaba recordar que siempre podía irme.

Esteban nunca se molestó por eso.

De hecho, hizo reparar el techo sin decírmelo.

Yo me enojé durante tres días.

Después le preparé pan.

Nuestra relación creció de una manera completamente diferente a la que había tenido con Darío.

No había órdenes sobre dónde podía estar.

No revisaba mis cartas.

No decidía quién podía hablar conmigo.

Cuando discutíamos, ninguno utilizaba el rango para ganar.

A veces Esteban seguía siendo desesperantemente protector.

Yo seguía recordándole que había sobrevivido perfectamente antes de conocerlo.

—Sobrevivir no significa que tengas que hacerlo todo sola —me respondió una vez.

Tardé mucho en aceptar eso.

Dos años después nos casamos.

Yo nunca abandoné mi trabajo como curandera.

Tampoco permití que me llamaran “la mujer que el rey salvó”.

Él me ayudó cuando Bruno me encontró.

Eso era cierto.

Pero yo me había salvado mucho antes.

La noche que abandoné aquella casa.

La noche que rompí el vínculo.

Cada mañana que elegí continuar caminando.

A veces regresamos a nuestra vieja cabaña.

La casa de Esteban sigue al lado.

Ya sé por qué era mucho más elegante que las demás.

Era una residencia real de vigilancia disfrazada.

Todavía me burlo de él por aquello.

Pero nunca olvidé la primera tormenta.

Yo pensaba que estaba escondiéndome del hombre más peligroso de mi vida.

No sabía que el hombre más poderoso de aquellos territorios estaba a cincuenta metros, cortando madera y esperando pacientemente a que yo decidiera si podía confiar nuevamente en alguien.

Y quizá esa fue la diferencia entre los dos hombres.

Uno decía amarme y por eso quería poseerme.

El otro tuvo poder suficiente para obligarme a quedarme…

y eligió dejar siempre la puerta abierta.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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