Satanás pidió poner a prueba a Job

Satanás pidió poner a prueba a Job

Parte 1: El día en que lo perdió todo

En la tierra de Uz vivía un hombre llamado Job. Era íntegro, recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Poseía grandes rebaños, numerosos servidores y una fortuna que lo convertía en el hombre más importante de Oriente.

Sin embargo, su mayor riqueza eran sus hijos: siete varones y tres mujeres. Cuando celebraban banquetes, Job se levantaba temprano y presentaba ofrendas por cada uno. Pensaba que quizá alguno hubiera pecado en su corazón durante la fiesta. Antes que dueño de riquezas, se consideraba guardián espiritual de su familia.

Entonces el relato cambia de escenario.

Los seres celestiales se presentaron ante Dios, y entre ellos llegó el acusador. Al preguntarle de dónde venía, respondió que había estado recorriendo la tierra.

—¿Has considerado a mi siervo Job? —preguntó Dios—. No existe otro como él: íntegro, recto y apartado del mal.

El acusador respondió con una sospecha dirigida no solo contra Job, sino contra toda fe humana:

—¿Acaso Job te honra gratuitamente? Has protegido su casa, su familia y todo cuanto posee. Has bendecido el trabajo de sus manos. Quita sus bienes y verás si no te maldice en tu propia presencia.

La acusación era sencilla y terrible: Job no amaba a Dios, sino las cosas que recibía de Él. Su fe era un negocio protegido por la prosperidad.

Dios permitió la prueba, pero estableció un límite:

—Todo lo que posee está en tus manos. A él no lo tocarás.

El desastre llegó en un solo día.

Un mensajero corrió hasta Job para anunciar que los sabeos habían robado sus bueyes y asnas y matado a los criados. Antes de que terminara, llegó otro: un fuego había consumido las ovejas y a sus pastores.

Un tercer servidor apareció anunciando que los caldeos se habían llevado los camellos y asesinado a quienes los cuidaban.

Después llegó el último mensajero.

Sus hijos estaban reunidos comiendo en casa del mayor. Un viento poderoso golpeó la vivienda desde el desierto. Las paredes y el techo se desplomaron.

Ninguno sobrevivió.

En unas horas, Job perdió sus riquezas, el trabajo de toda una vida y a sus diez hijos. El hombre más próspero de Oriente quedó rodeado únicamente por mensajeros cubiertos de polvo y por un silencio que ninguna palabra podía atravesar.

Job se levantó, rasgó su manto y se afeitó la cabeza en señal de duelo. Luego cayó al suelo.

El acusador esperaba una blasfemia.

Pero Job adoró.

—Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo regresaré. Dios dio y Dios quitó. Bendito sea su nombre.

Job no fingió que no estaba destrozado. No llamó bueno al dolor ni negó la pérdida. Lloró, rasgó su ropa y cayó de rodillas. Sin embargo, se negó a convertir su sufrimiento en una maldición contra Dios.

La primera acusación había fracasado.

Pero el adversario regresó a la corte celestial.

—El hombre entregará todo para conservar su propia vida —declaró—. Toca ahora sus huesos y su carne. Entonces verás lo que realmente hay en él.

Dios estableció un nuevo límite:

—Puedes tocar su cuerpo, pero debes respetar su vida.

El acusador abandonó la presencia divina.

Esta vez no iba por los rebaños, los servidores ni las casas.

Iba directamente por Job.

Parte 2: Una voz desde el torbellino

Job fue cubierto de llagas desde la planta de los pies hasta la cabeza. El dolor era tan intenso que se sentó entre cenizas y utilizó un pedazo de cerámica rota para rascarse la piel.

Había perdido a sus hijos, su posición y sus bienes. Ahora también perdía la salud.

Su esposa, que había sufrido las mismas muertes y contemplaba impotente la destrucción de su hogar, no pudo soportarlo.

—¿Todavía conservas tu integridad? Maldice a Dios y muere.

Job la miró desde las cenizas.

—Hablas como alguien dominado por la desesperación. Si recibimos el bien de Dios, ¿no recibiremos también la adversidad?

No maldijo a Dios, pero eso no significaba que permaneciera sereno. La fe de Job no eliminó su dolor.

Tres amigos llegaron para acompañarlo: Elifaz, Bildad y Zofar. Al verlo desde lejos, apenas lo reconocieron. Rasgaron sus mantos, echaron polvo sobre sus cabezas y se sentaron con él durante siete días sin decir una palabra.

Ese silencio fue el mejor consuelo que le ofrecieron.

Cuando Job finalmente habló, maldijo el día de su nacimiento. No maldijo a Dios, pero deseó no haber existido. Preguntó por qué había recibido vida si debía soportar un sufrimiento tan grande.

Sus amigos intentaron explicarlo.

Elifaz insinuó que nadie sufría de aquella manera siendo inocente. Bildad llegó a sugerir que los hijos de Job habían muerto por sus propios pecados. Zofar afirmó que seguramente Job merecía un castigo todavía mayor.

Los hombres que llegaron como consoladores se transformaron en fiscales. Su razonamiento parecía ordenado: Dios es justo, Job sufre, por lo tanto Job debe haber pecado. El problema era que ellos ignoraban algo fundamental.

La prueba no había comenzado por la maldad de Job.

Dios mismo lo había llamado íntegro.

Job rechazó las acusaciones. Exigió hablar directamente con Dios y presentar su caso. En algunos momentos sus palabras fueron amargas; en otros, su esperanza apareció con una fuerza sorprendente.

—Aunque Él me mate, seguiré esperando en Él.

Y desde lo más profundo de su enfermedad declaró:

—Yo sé que mi Redentor vive y que al final se levantará sobre el polvo. Después de que mi piel sea destruida, veré a Dios con mis propios ojos.

Job no comprendía lo que ocurría. No había escuchado la conversación celestial ni conocía la acusación formulada contra su fe. Por eso su perseverancia tenía todavía más valor: confiaba sin disponer de ninguna explicación.

Un cuarto hombre, Eliú, habló después. Rechazó la idea de que todo dolor fuera un castigo directo y sugirió que el sufrimiento también podía instruir, corregir o revelar algo que la persona aún no comprendía.

Pero tampoco él tenía la respuesta completa.

Entonces Dios habló desde un torbellino.

Job había solicitado explicaciones. En cambio, recibió preguntas.

—¿Dónde estabas cuando puse los fundamentos de la tierra? ¿Conoces sus medidas? ¿Has ordenado la mañana? ¿Puedes atar las Pléyades o guiar las constelaciones? ¿Conoces los caminos de la tormenta, de la nieve y del mar?

Dios no le contó la conversación con el acusador. No explicó cada pérdida ni convirtió su dolor en una fórmula sencilla. Le mostró que la realidad era mucho más amplia que cuanto una mente humana podía contemplar.

No era una burla hacia Job. Era una invitación a reconocer la diferencia entre no conocer la respuesta y estar abandonado.

Job comprendió que había hablado de cosas demasiado grandes para él.

—Antes te conocía de oídas —respondió—, pero ahora mis ojos te ven.

El sufrimiento no le había proporcionado todas las explicaciones que deseaba. Le había dado un encuentro.

Después Dios se dirigió a los tres amigos. Su indignación cayó sobre ellos porque no habían hablado correctamente acerca de Él. Aquellos hombres llenos de respuestas habían representado mal a Dios al convertirlo en una máquina de premios y castigos.

Job, en cambio, había llevado ante Dios su dolor verdadero.

Había protestado, llorado y formulado preguntas difíciles, pero nunca dejó de buscarlo.

Los amigos tuvieron que presentar ofrendas y pedir a Job que orara por ellos. Job intercedió por los mismos hombres que lo habían acusado mientras estaba enfermo.

Entonces comenzó su restauración.

Su familia y antiguos conocidos regresaron para acompañarlo. Recuperó la salud y recibió rebaños que duplicaban sus posesiones anteriores. También tuvo otros siete hijos y tres hijas.

Aquellos nuevos hijos no borraron a los que habían muerto. Ninguna restauración convierte una pérdida en algo inexistente. Pero demostraron que la vida de Job no terminaría entre cenizas.

Vivió muchos años más y contempló varias generaciones de su familia.

La historia de Job no ofrece una explicación sencilla para todo sufrimiento. Al contrario, destruye una idea demasiado simple: que quien sufre necesariamente ha pecado y quien prospera necesariamente posee el favor de Dios.

Job era recto y sufrió sin que su dolor fuera un castigo directo.

También demuestra que el lamento honesto no es lo mismo que la falta de fe. Job pronunció palabras duras, pero las dirigió hacia Dios, no lejos de Él. Siguió buscando incluso cuando creía que el cielo estaba en silencio.

Sobre todo, la historia responde a la acusación inicial.

El adversario aseguró que nadie amaba a Dios gratuitamente. Sostenía que la fe humana dependía de la salud, la riqueza y la protección. Job perdió todo aquello y continuó buscando a Dios desde las cenizas.

No lo hizo sin lágrimas.

No lo hizo sin preguntas.

Lo hizo sin convertir su fe en un negocio.

Al final, Job recibió mucho de lo perdido, pero la mayor transformación no se contó en ovejas ni camellos. Antes conocía a Dios por aquello que había escuchado. Después del torbellino, lo conocía de otra manera.

El acusador había apostado que, sin bendiciones, Job dejaría de creer.

Pero cuando todo quedó reducido a cenizas, todavía encontró allí a un hombre capaz de decir:

—Mi Redentor vive.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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