Salvó al rey alfa cuando todos lo daban por muerto… y al despertar, ordenó buscarla por todo el reino
Salvó al rey alfa cuando todos lo daban por muerto… y al despertar, ordenó buscarla por todo el reino

El rey Cassian estaba muriendo en un barranco cuando una curandera del bosque decidió acercarse.
La espada que lo atravesaba era de plata, y el veneno ya le estaba oscureciendo la piel.
Si alguien descubría quién lo había salvado, ella podía terminar en una celda… o en una tumba.
Aun así, Beatriz Hail se arrodilló en el lodo y puso las manos sobre el pecho del hombre más temido del reino.
En 1482, en las tierras del norte de Ethelgard, los hombres lobo gobernaban entre castillos de piedra y aldeas que apenas aparecían en los mapas. Beatriz, de veintidós años, vivía apartada en una cabaña cerca de Oak Haven. Preparaba remedios con las plantas que encontraba y procuraba no llamar la atención de los nobles.
Su padre había sido médico de la corte, hasta que cayó en desgracia y murió en circunstancias que nadie quiso explicar. Antes de morir, le enseñó algo que podía costarle la vida a su hija: cómo tratar las heridas de un hombre lobo. Las heridas comunes cerraban solas. La plata, sobre todo si estaba mezclada con ceniza de belladona, era otra cosa.
La noche del equinoccio de otoño, una tormenta cubrió el bosque. Beatriz buscaba milenrama cuando oyó un aullido que no parecía un llamado. Sonaba a dolor.
Siguió el ruido, guiándose por el olor a sangre y pelo quemado. En una cañada encontró a cinco hombres armados, inmóviles en el barro, y al rey Cassian tendido junto a las raíces de un roble. Una espada de plata le atravesaba el hombro izquierdo. Alrededor de la herida, la piel se había vuelto negra.
Cassian apenas podía respirar. Cuando Beatriz se acercó, él mostró los colmillos y soltó un gruñido de advertencia.
—Si quiere vivir, va a tener que dejarme ayudarlo —dijo ella, aunque le temblaba la voz.
Tocar al rey sin permiso era un crimen. Pero abandonarlo podía condenar al reino a una guerra por la sucesión. Beatriz preparó un sedante y lo hizo beber. Después, con las manos desnudas, sacó la espada de la herida.
La sangre oscura brotó de golpe. Beatriz apretó los dientes y rellenó la herida con una mezcla de carbón, consuelda y pétalos secos de lirio de sol, una planta rara que su familia guardaba en secreto. Con tiras de su propia ropa le vendó el hombro y cosió la piel con hilo esterilizado.
Pasó horas bajo la lluvia, vigilando su respiración. Poco antes del amanecer, las venas oscuras comenzaron a aclararse. El veneno cedía.
Beatriz sabía que debía irse antes de que llegara la guardia. Si la encontraban junto a los cadáveres, nadie creería que había actuado para salvar al rey. Recogió sus herramientas y se puso de pie.
Una mano enorme le atrapó la muñeca.
Cassian había abierto los ojos. No alcanzó a hablar, pero la miró como si intentara memorizar su rostro. Beatriz se soltó de un tirón. El broche de plata de su capa, una pequeña luna creciente que había pertenecido a su madre, se enganchó en la armadura del rey y cayó al barro.
Ella no se detuvo a recogerlo. Desapareció entre la niebla.
Tres días después, Cassian llegó a la capital, todavía débil, pero vivo. Ordenó que encontraran a la curandera y anunció que quien lo había salvado recibiría honores y sería nombrada reina de la manada Sangre de Hierro.
La noticia recorrió las aldeas. Cientos de mujeres llegaron al castillo diciendo ser la salvadora. Cassian las examinó una por una, pero ninguna tenía el aroma que recordaba: milenrama silvestre, lluvia y tierra mojada.
En Oak Haven, Beatriz quemó su ropa manchada de sangre y escondió sus instrumentos bajo las tablas del piso. Convertirse en reina significaba quedar expuesta a los nobles, y la historia de su padre bastaba para convertirla en blanco de sospechas.
Pero una mujer ya había oído el rumor. Isolda Harrington, hija del duque más poderoso del norte, quería el trono. Un informante le contó que Beatriz había regresado del bosque la mañana en que salvaron al rey, cubierta de sangre y sin su broche de luna.
Mientras Beatriz atendía un parto en una aldea vecina, los hombres de Isolda registraron su cabaña. Encontraron tela ensangrentada, hierbas raras y los restos de la mezcla que había usado para tratar a Cassian.
Cuando Beatriz volvió y vio la casa revuelta, intentó huir. Los guardias del duque la interceptaron en el camino.
Una semana después, Isolda entró al salón del trono con una capa sencilla sobre el vestido de seda. En el pecho llevaba una copia impecable del broche de luna.
Afirmó que ella había salvado al rey. Cassian la miró con desconfianza, pero el duque Harrington estaba detrás de su hija, rodeado de nobles armados. El rey aceptó la explicación y comenzó a preparar la boda.
Beatriz fue llevada al castillo encadenada y obligada a trabajar en los lavaderos. Isolda necesitaba mantenerla viva: cada pocos días la hacía preparar un perfume con las plantas de la cabaña para imitar el aroma del bosque.
Faltaban tres días para la boda cuando Isolda la mandó llamar a su vestidor. Beatriz mezclaba las hierbas en un cuenco de agua tibia cuando el calor despertó, por un instante, el aroma verdadero de la noche en la cañada.
Al otro lado del pasillo, Cassian se detuvo en seco.
Y luego las puertas del vestidor se abrieron de golpe.
PARTE 2
Cassian llenó el umbral, con los ojos dorados clavados en Beatriz. El aroma que había perseguido desde la noche de la tormenta seguía suspendido en el cuarto.
Isolda se interpuso entre ellos.
—Es una sirvienta. Se equivocó con el perfume —dijo, demasiado rápido—. Sáquenla de aquí.
Dos guardias tomaron a Beatriz de los brazos. Cassian reaccionó antes de que pudieran arrastrarla. Apartó a uno de un empujón y el otro la soltó de inmediato.
El rey se acercó. Bajo el olor del jabón de lejía y el humo de los lavaderos, reconoció la lluvia, la milenrama y la tierra húmeda. Era ella.
Le tomó la mano con cuidado. Al ver las marcas irregulares que la plata le había dejado en las palmas, su expresión cambió.
—Tú me sacaste la espada.
Beatriz miró a Isolda.
—Su gente encontró mi cabaña. Me trajeron aquí y me obligaron a preparar ese perfume.
Isolda negó con la cabeza y gritó que Beatriz había hechizado al rey. Pero Cassian sacó del bolsillo el broche de luna, todavía manchado por la noche en que lo encontró en el barro.
Beatriz lo reconoció al instante.
—Se me cayó cuando me soltó la muñeca —dijo—. La noche que lo atendí.
Isolda llevaba una copia perfecta, pero no podía explicar las cicatrices de las manos de Beatriz ni el broche que Cassian había guardado. Aun así, intentó ganar tiempo.
—Mi padre vendrá. Él le explicará todo.
—Que venga —respondió Cassian.
En cuestión de minutos, el capitán de la guardia real llenó el vestidor. El duque Harrington llegó detrás de sus hombres y encontró a su hija pálida, al rey protegiendo a una sirvienta y los guardias reales bloqueando la salida.
Cassian acusó a Isolda de presentar pruebas falsas, secuestrar a su salvadora y mantenerla prisionera. El duque exigió que el rey respetara el compromiso y amenazó con retirar sus tropas del norte.
Por un momento, nadie se movió. Entonces el duque puso la mano en la empuñadura de su espada.
Cassian se la quitó antes de que alcanzara a desenvainarla. Los guardias reales rodearon a los hombres de Harrington. El rey ordenó arrestar al duque y a su hija, y que fueran juzgados por traición y secuestro.
Cuando se llevaron a Isolda, ella seguía gritando que Beatriz no pertenecía a la corte. Beatriz no contestó. Se quedó en medio del cuarto, con las manos doloridas y la capa hecha jirones, mirándola desaparecer por el pasillo.
Cassian se arrodilló ante ella. Nadie en el salón había visto al rey hacer algo así.
—Te busqué por todo el reino —dijo—. Pero debí preguntarme primero si querías que te encontrara.
Beatriz observó sus manos marcadas. Había pasado semanas temiendo que el rey la reclamara como un premio. No pensaba aceptar una corona solo porque un decreto así lo ordenara.
—No voy a ser una prisionera con vestido de reina —le dijo—. Y no voy a dejar de atender a la gente de mi aldea.
Cassian asintió.
—Entonces no te lo pediré como rey. Te lo pido como el hombre al que salvaste. Si aceptas, gobernaremos juntos. Y podrás seguir siendo curandera.
Beatriz guardó silencio. El vínculo que los unía seguía allí, intenso y extraño, pero esa elección debía ser suya.
—Primero quiero volver a Oak Haven —dijo—. Mi cabaña necesita una puerta nueva.
Cassian ofreció acompañarla. Ella aceptó con una condición: antes de hablar de bodas o coronas, quería que investigaran la muerte de su padre. El rey prometió abrir los archivos de la corte y escuchar a quienes habían sido silenciados.
Isolda y su padre fueron condenados por traición. Sus tierras pasaron a la corona y una parte se destinó a reparar las aldeas que habían amenazado. Beatriz regresó a Oak Haven, esta vez escoltada por el capitán real, y encontró su cabaña todavía en pie.
Meses después, aceptó gobernar junto a Cassian. No porque él la hubiera nombrado reina, sino porque él cumplió su palabra: abrió las puertas de la corte a curanderos y médicos sin importar su linaje, y permitió que Beatriz siguiera atendiendo a su gente.
En la ceremonia, ella llevó la vieja luna creciente sobre el pecho, reparada pero aún marcada. Cuando el reino vio a la curandera de Oak Haven junto al rey, entendió que la corona había encontrado a su reina en el lugar menos esperado: una cañada, bajo la lluvia, cuando nadie más se atrevió a acercarse.