Salvé a un enorme lobo negro de una trampa de plata… sin saber que cada noche dormía junto al Rey Alfa que podía sanar la cicatriz que me condenaba

Salvé a un enorme lobo negro de una trampa de plata… sin saber que cada noche dormía junto al Rey Alfa que podía sanar la cicatriz que me condenaba

PARTE 1

El lobo atrapado en la trampa era el animal más grande que había visto en mi vida.

Su pelaje negro parecía tinta bajo la lluvia, y una de sus patas delanteras estaba atrapada entre alambres de plata que quemaban su piel.

Cualquier mujer sensata habría corrido.

Yo me arrodillé frente a él.

—Bueno, grandullón… te metiste en un buen problema.

Me llamo Meera. Vivía sola en una pequeña casa junto al bosque real, rodeada de colmenas, hierbas medicinales y animales heridos que los nobles me llevaban cuando ya no sabían qué hacer con ellos.

Era Omega.

Y también llevaba sobre el hombro una marca que hacía que casi todas las manadas me despreciaran.

Años atrás, Rowan Thornmere, hijo de un Alfa, me había reclamado públicamente como su compañera.

Después su familia decidió que una alianza política valía más que yo.

Rowan me rechazó delante de todos.

Me sujetaron mientras quemaban sobre mi hombro una media luna atravesada por una línea.

La marca del rechazo.

Una cicatriz diseñada para no sanar jamás.

Aquella tarde no pensé en nada de eso.

Envolví mis manos con mi chal y forcé el mecanismo de la trampa hasta liberar al lobo.

La plata había quemado profundamente su pata.

—No me muerdas —murmuré—. Solo tengo dos manos.

El animal me observó con unos increíbles ojos color miel.

No gruñó.

No huyó.

Me siguió hasta mi casa.

Lo acomodé junto al fuego, limpié su herida con agua hervida y miel y terminé riéndome de él.

—Eres enorme, hermoso… y aparentemente bastante estúpido.

El lobo golpeó el suelo con la cola.

No sabía que aquel animal era en realidad Kyle Ravenmore, el temido Rey Alfa de las cuarenta manadas del norte. Había caído en una trampa colocada deliberadamente dentro de sus propias tierras.

Mientras vendaba su pata, mi manga resbaló.

El lobo vio mi marca.

Me apresuré a cubrirla.

—Eso ya no tiene arreglo. La tuya sí.

Me había cortado la palma al liberar la trampa.

Cuando terminé, el lobo se inclinó y lamió suavemente mi herida.

—¡Oye!

Volvió a hacerlo.

Me reí.

Aquella noche durmió junto a mi cama.

Desapareció antes del amanecer.

Pensé que nunca volvería a verlo.

Regresó la noche siguiente.

Y la siguiente.

Pronto se convirtió en parte de mi vida.

Aparecía con regalos absurdos.

Una vez dejó un ciervo entero frente a mi puerta.

Otra noche apareció con pastelillos de miel.

Solo descubrí un problema cuando vi el sello real grabado encima.

—Estos son del palacio.

El lobo puso la expresión más inocente que un animal de aquel tamaño podía conseguir.

—¿Has robado al Rey Alfa?

Se tumbó tranquilamente.

—Nos van a ejecutar a los dos.

Me comí uno.

Después otro.

Con el tiempo comenzó incluso a dormir sobre mi cama.

Yo apoyaba la espalda contra su enorme cuerpo caliente y, por primera vez en años, dormía sin sentirme completamente sola.

Pero había algo que yo no sabía.

Cada noche, después de que me quedaba dormida, aquel lobo lamía cuidadosamente la marca de rechazo de mi hombro.

Y lo imposible empezó a suceder.

La cicatriz dejó de doler.

Los bordes rojos comenzaron a cerrarse.

Una noche le conté la historia de Rowan.

Le confesé cómo había llorado mientras permitía que me marcaran.

Después le dije algo que había encontrado en antiguos libros.

—Existe una leyenda. Dicen que una marca de rechazo solo puede sanar mediante el contacto de una verdadera pareja destinada.

Acaricié distraídamente su oreja.

—Pero eso es imposible. Nadie ha tocado esa cicatriz en años.

El lobo se quedó completamente inmóvil.

Yo no sabía que su lengua había tocado aquella marca todas las noches durante semanas.

Tampoco sabía que el hombre que gobernaba el norte estaba enamorándose de mí mientras fingía ser simplemente mi paciente.

Y todavía ignoraba lo peor.

Porque pocos días después, cuatro hombres armados con plata incendiaron mis colmenas.

Uno levantó una ballesta directamente hacia mi corazón.

El gran lobo negro saltó delante de mí.

Y entre un paso y el siguiente…

su pelaje desapareció.

El animal se convirtió en un hombre.

Cuando levantó el rostro, reconocí inmediatamente aquellos ojos color miel.

Pero también reconocí al hombre.

Al Rey Alfa.

Mi respiración se detuvo.

—Tú…

Kyle Ravenmore sangraba frente a mí.

Y entonces miré mi hombro completamente curado.

—Fuiste tú.

PARTE 2

Kyle no intentó negarlo.

—Sí.

Miré al Rey Alfa.

Luego a las ruinas humeantes de mis colmenas.

Después otra vez a él.

—¿La trampa?

—Era yo.

—¿Los pastelillos del palacio?

Por alguna razón tuvo el descaro de parecer avergonzado.

—Técnicamente eran míos.

Me quedé mirándolo.

—¿Técnicamente?

—Soy el rey.

—¡Te bañé!

Kyle cerró los ojos.

—Sí.

—¡Te llamé perro gigante!

—También.

—¡Te conté que el Rey Alfa tenía unas orejas extrañamente rojas cuando me observaba en las perreras!

No respondió.

Eso me hizo recordar algo.

—Espera…

Llevé la mano hasta mi hombro.

La cicatriz estaba prácticamente cerrada.

Ya no dolía.

Entonces comprendí.

—Cada noche.

Kyle no dijo nada.

—¿Fuiste tú quien tocó mi marca mientras dormía?

Su silencio fue respuesta suficiente.

Sentí algo mucho peor que vergüenza.

Traición.

—Sabías lo que significaba.

—No al principio.

—Pero después sí.

—Sí.

—Y aun así continuaste viniendo aquí como lobo.

—Meera…

—Te conté cosas que jamás había contado a nadie porque creía que no podías repetirlas.

Mi voz comenzó a quebrarse.

—Ese era todo el encanto.

Kyle recibió mis palabras sin defenderse.

Tenía heridas de plata abiertas en el hombro, pero mi rabia era demasiado grande.

Y, sin embargo, seguía siendo quien era.

Así que lo senté.

Le retiré el proyectil.

Limpié las heridas.

Las cubrí con miel de las pocas colmenas que no habían sido destruidas.

Solo cuando terminé señalé la puerta.

—Ahora vete.

Kyle me miró.

—Déjame explicarlo.

—Tuviste semanas para hacerlo.

Se quedó inmóvil.

—Yo no elegí este vínculo sabiendo quién eras.

Toqué la cicatriz sanada.

—Mi primera pareja me reclamó sin darme opción y después me rechazó cuando dejé de ser conveniente. No permitiré que otro hombre decida qué debo aceptar solo porque cree saber lo que es mejor para mí.

Kyle bajó la mirada.

—¿Qué quieres que haga?

—Que me des algo que Rowan jamás me dio.

—Lo que quieras.

—Espacio.

Respiré profundamente.

—Te marchas. No envías guardias. No vienes como hombre ni como lobo. No intentas convencerme. Y permaneces lejos hasta que yo decida otra cosa.

Durante varios segundos permaneció completamente quieto.

El Rey Alfa del norte.

El hombre ante quien decenas de Alfas inclinaban la cabeza.

Finalmente hizo algo que pocas personas habían visto.

Se inclinó ante mí.

—Como ordenes.

Y se marchó.

No volvió.

Ni la noche siguiente.

Ni después.

No aparecieron soldados escondidos entre los árboles.

Tampoco llegaron cartas.

Solo recibí un carro lleno de nuevas cajas para reconstruir mis colmenas.

Sin sello real.

Sin mensaje.

Sin ninguna condición.

Entendí perfectamente quién las había enviado.

Pero las acepté.

Días después llegó otra visitante.

Saraphene Vain.

La sobrina del consejero Vain.

La mujer que había sido educada desde niña para convertirse algún día en Luna de Kyle.

Esperaba que me insultara.

En cambio, bajó de su caballo y dijo:

—Mi tío está encadenado.

Descubrí entonces toda la verdad.

El consejero Vain había organizado el ataque.

También había colocado la trampa de plata en el bosque.

Durante meses había visto cómo Kyle desaparecía hacia mi casa, cómo regresaba oliendo a lavanda y cómo ignoraba cada vez más los intentos de emparejarlo con Saraphene.

Así que decidió eliminar el problema.

A mí.

Saraphene observó mis colmenas quemadas.

—Me entrenaron para ser Luna desde que tenía seis años —dijo—. Postura. Comportamiento. Silencio. Mi madre me pellizcaba debajo de la mesa cuando reía demasiado fuerte.

Por primera vez la vi no como rival, sino como otra mujer moldeada por las expectativas de otros.

—Pensé que te odiaba —continuó—. Pero ahora mi tío está preso, tú reconstruyes colmenas y Kyle prácticamente ha dejado de comer.

Casi sonreí.

Saraphene se colocó los guantes.

—El consejo decidirá pronto quién será la próxima Luna.

Se volvió antes de montar.

—Deberías saber algo.

—¿Qué?

—Kyle les dijo que no aceptará a ninguna otra mujer.

Hizo una pausa.

—Lo anunció como si estuviera declarando una guerra. Fue bastante vergonzoso para todos.

Después se marchó.

Aquella noche permanecí entre mis abejas hasta que desapareció la luz.

Pensé en el lobo atrapado en la plata.

En el ciervo absurdo frente a mi puerta.

En los pastelillos robados.

En su cabeza mojada mientras yo lo bañaba.

En el hombre que había mentido.

Y también en el rey que, cuando le pedí que desapareciera, lo hizo.

El vínculo continuaba dentro de mí.

Pero esta vez la decisión debía ser mía.

Así que cuando llegó la reunión del consejo, fui al palacio.

Entré al gran salón con mi viejo chal remendado.

Cientos de lobos se giraron.

Escuché los murmullos.

—Es ella.

—La Omega marcada.

—La rechazaron.

Kyle estaba sobre la plataforma real.

Cuando me vio, descendió tan rápido que sus guardias casi reaccionaron.

Se detuvo frente a mí.

No me tocó.

—Me pediste que permaneciera lejos hasta que tú dijeras lo contrario.

—Estoy diciendo lo contrario.

Algo pasó por sus ojos.

Esperanza.

Pero levanté un dedo.

—Con condiciones.

—Dime todas.

—No habrá más puertas cerradas entre el hombre y el lobo. Si estoy contigo, conoceré las dos partes de ti.

—Hecho.

—Mis colmenas se quedan.

Kyle parpadeó.

—¿Qué?

—No abandonaré mis abejas por una corona.

Su expresión se suavizó.

—Pondré colmenas sobre el techo del palacio si eso quieres.

—También quiero otra cosa.

Miré alrededor.

Cientos de lobos nos observaban.

—Una vez fui reclamada públicamente por un hombre que después retiró sus palabras delante de todos. Nunca volveré a vivir preguntándome si un hombre se avergüenza de elegirme.

Kyle entendió inmediatamente.

—Entonces dilo —susurré—. Aquí. Delante de todos.

El Rey Alfa se volvió hacia el gran salón.

No necesitó gritar.

—Esta es Meera.

Todo quedó en silencio.

—La marca de rechazo sobre su hombro ha sanado.

Los murmullos desaparecieron.

Todos conocían la antigua creencia.

Solo el contacto de una pareja verdadera podía sanar aquella cicatriz.

Kyle continuó:

—Ella me encontró atrapado en plata cuando yo estaba en forma de lobo. Me liberó sin saber quién era. Me alimentó, curó mis heridas y me ofreció bondad cuando el resto del mundo le había enseñado a esperar crueldad.

Tomó mi mano.

Esta vez yo se la ofrecí primero.

—Ella es mía.

Hizo una pausa.

—Y yo soy suyo.

El salón permaneció inmóvil.

—Esto fue decidido por algo mucho más antiguo que cualquier consejo. Yo solo fui lo suficientemente estúpido como para necesitar semanas para comprenderlo.

Escuché una tos detrás.

Su beta, Orin, estaba intentando no sonreír.

Kyle lo miró.

—Y sí. También robé su chal.

Orin respondió desde las filas:

—Lo sabemos, majestad.

Algunas risas comenzaron.

—Y los pastelillos.

—También lo sabemos.

Yo lo miré.

—¿Todo el palacio lo sabía?

Kyle pareció profundamente ofendido.

—Aparentemente mi corte carece de discreción.

Esta vez fui yo quien rio.

Más tarde completamos nuestro vínculo en privado, porque había cosas que no pertenecían a ningún consejo.

Pero cuando Kyle inclinó la cabeza delante de todos y besó suavemente la cicatriz ya cerrada sobre mi hombro, el rugido de cientos de lobos hizo temblar las paredes.

La historia fuente culmina con Meera entrando voluntariamente ante el consejo, imponiendo sus condiciones y Kyle declarando públicamente que el vínculo es mutuo, no una posesión unilateral.

Con el tiempo, el palacio cambió.

O quizá fui yo quien cambió.

En el techo aparecieron nueve colmenas.

Sí.

Nueve.

El Rey Alfa de las cuarenta manadas terminó compartiendo su residencia con miles de abejas.

Una tarde de verano me senté junto a ellas, desgranando guisantes bajo la luz dorada.

A mi lado descansaba un enorme lobo negro con la cabeza apoyada sobre mis piernas.

Una abeja aterrizó sobre su nariz.

Kyle cruzó los ojos intentando mirarla.

—No te atrevas a comértela.

El lobo resopló.

Aparté ligeramente el cuello de mi vestido y pasé los dedos sobre la vieja marca.

Ahora era una cicatriz plateada.

Sin dolor.

Una media luna atravesada por una línea que alguien había intentado convertir en símbolo de vergüenza.

Kyle levantó la cabeza.

La lamió una sola vez.

Exactamente como lo había hecho tantas noches.

Lo miré.

—¿Medicina?

Sus ojos color miel brillaron con inocencia.

Yo solté una carcajada.

Porque finalmente entendía algo que había tardado años en aprender.

Rowan me había enseñado que alguien podía llorar mientras te traicionaba.

Kyle me enseñó algo mucho más importante:

amar a una persona no te da derecho a decidir por ella.

La verdadera pareja no es quien te reclama delante de una multitud.

Es quien puede tener todo el poder del mundo…

y aun así espera hasta escuchar tu sí.

Y así, la Omega que había sido marcada para recordar eternamente que nadie la quería terminó descubriendo que aquella cicatriz nunca había demostrado su falta de valor.

Solo demostraba que alguna vez había confiado en la persona equivocada.

El hombre correcto no borró mi pasado.

Simplemente me ayudó a descubrir que ya no tenía que vivir dentro de él.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward