Sacrifican a la hermana fea al despiadado rey alfa, pero es su pareja destinada

PARTE 1
Durante catorce años, Beatriz Godwin había vivido escondiendo el lado izquierdo de su rostro. Una quemadura sufrida en la infancia había dejado cicatrices desde la sien hasta el cuello. Para su padre, ella era una vergüenza; para su hermana Isolda, un recordatorio incómodo de que la belleza podía desaparecer en un instante.
Por eso, cuando el rey alfa Gideon exigió una hija de la casa Godwin como esposa para sellar la paz entre el norte y el sur, todos supieron que se refería a Isolda.
—No puedo ir —sollozó la joven—. Dicen que devora a quienes lo desobedecen.
Lord Godwin miró a Beatriz, sentada en un rincón mientras remendaba un tapiz.
—Tú también eres mi hija. El tratado no especifica cuál de las dos debo entregar.
Beatriz levantó la cabeza. Comprendió de inmediato. No pretendían enviarla como novia, sino como sacrificio. Cuando Gideon descubriera el engaño, descargaría su furia sobre ella, y su padre ganaría tiempo para fortificar sus tierras.
—Cuando vea mi rostro, me considerará un insulto.
Godwin no sostuvo su mirada.
—Tal vez su ira termine contigo.
Isolda se arrodilló junto a ella y le tomó las manos.
—Eres fuerte. Sobreviviste al fuego. Puedes sobrevivir a esto.
Beatriz retiró sus manos. Su hermana no sentía admiración, sino alivio por haber encontrado a alguien que muriera en su lugar.
—Acepto ir —dijo—, pero no por ustedes. La guarida de los lobos no puede ser más fría que esta casa.
Solo empacó dos vestidos, unas botas y el velo negro de su madre. Los guerreros del norte llegaron al amanecer montados en enormes bestias parecidas a lobos. Durante el viaje nadie le ofreció consuelo. Uno de los jinetes le advirtió que Gideon había castigado al último hombre que intentó engañarlo.
Beatriz pasó el resto del camino imaginando cómo terminaría su vida.
La fortaleza de Dunridge estaba excavada en una montaña negra, rodeada de nieve, fuego y guerreros de ojos brillantes. Cuando el carro se detuvo, todos guardaron silencio para observar a la novia cubierta de negro.
Caleb, comandante de la manada, la condujo hasta el gran salón.
—El sur prometió una belleza —gruñó al verla—. Esto parece una ofensa.
Al fondo del salón esperaba Gideon. Era inmenso, de cabello oscuro, ojos plateados y una cicatriz atravesándole una ceja. No llevaba una corona dorada, sino un aro de hierro. Cuando se levantó, el salón entero pareció contener la respiración.
—Lord Godwin me prometió una reina —dijo—. No una sombra escondida tras un velo.
Gideon descendió del estrado y se detuvo frente a ella.
—Descúbrete el rostro.
Las manos de Beatriz temblaron. Pensó en su padre, en Isolda y en todas las veces que la habían obligado a comer lejos de los invitados. Si iba a morir, al menos no lo haría con la cabeza inclinada.
Se quitó el velo.
La luz reveló la piel irregular de su mejilla y las cicatrices que descendían hasta su cuello. Varios guerreros retrocedieron. Caleb llevó una mano a su espada.
—El señor del sur nos envió algo defectuoso. Permíteme acabar con esta burla.
Pero Gideon no miraba las cicatrices.
Sus pupilas se dilataron. La copa de hierro que sostenía se deformó entre sus dedos. Dio un paso hacia Beatriz, inclinó el rostro sobre su cuello e inhaló como si acabara de encontrar aire después de una vida entera sin respirar.
Un sonido profundo, casi un ronroneo, vibró en su pecho.
Después rozó con el pulgar la cicatriz que todos los demás evitaban mirar.
Beatriz cerró los ojos, esperando el golpe.
En cambio, el despiadado rey alfa pronunció una sola palabra que dejó inmóvil a toda la manada:
—Mía.
PARTE 2
Antes de que Beatriz pudiera reaccionar, Gideon la levantó en brazos y abandonó el salón. Ella permaneció rígida mientras él subía hacia la torre, convencida de que aquella palabra anunciaba una crueldad todavía peor.
Sin embargo, al llegar a sus habitaciones, Gideon la dejó junto al fuego y retrocedió al notar su miedo.
—No voy a lastimarte.
—¿Entonces qué significa «mía»?
El rey explicó que los lobos reconocían una sola vez en la vida a la persona unida a su alma. No dependía de la belleza, el rango ni la voluntad de una familia. Su lobo había reconocido en Beatriz a su compañera.
Ella soltó una risa amarga.
—Los hombres no ven una compañera cuando me miran. Ven algo roto.
—Los humanos admiran envolturas —respondió Gideon—. Los lobos reconocemos lo que hay debajo. Tus cicatrices dicen que el mundo intentó destruirte y fracasó.
Le entregó una túnica gruesa y le cedió su propia cama. Él durmió junto a la chimenea. No intentó tocarla ni exigió que aceptara un vínculo que todavía no comprendía.
A la mañana siguiente, una mujer mayor llamada Mara ayudó a Beatriz a bañarse y le dio ropa adecuada para el invierno. Cuando vio las quemaduras extendiéndose por su hombro, no mostró repulsión.
—En Dunridge, una cicatriz no es fealdad —dijo—. Es el registro de una batalla ganada.
Pero no todos compartían aquella opinión. Caleb consideraba que una reina humana pondría en peligro a la manada. Ante los ancianos acusó a Gideon de permitir que el vínculo debilitara su juicio.
—La compañera del alfa debe proteger al linaje —declaró—. Esta mujer no sobrevivirá al invierno.
Gideon se levantó dispuesto a terminar la discusión por la fuerza, pero Beatriz le pidió que se sentara. Había pasado su vida entre personas que confundían autoridad con crueldad; no permitiría que él cometiera el mismo error.
Los estatutos de la manada concedían a cualquier aspirante a reina una prueba: recibiría una hora de ventaja en el Bosque Susurrante. Después, tres rastreadores la perseguirían. Si lograba evitar la captura hasta que el sol tocara las Montañas Negras, sería reconocida como Luna.
—Es humana —protestó Gideon—. No puede superar a tres lobos.
—No necesito correr más rápido —respondió Beatriz—. Solo necesito pensar mejor.
Eligió a Caleb y a sus dos rastreadores más hábiles. Aquello provocó murmullos. Todos creyeron que el miedo la había hecho perder la razón.
Beatriz entró sola en el bosque. Corrió hasta que la fortaleza desapareció entre los pinos y después estudió el terreno. Durante años había observado a los trabajadores de la finca de su padre construir mecanismos para mover troncos. Sabía que la fuerza no servía de nada contra la gravedad.
Encontró un desfiladero estrecho y un enorme árbol muerto sostenido por raíces congeladas. Con la daga que Gideon le había prestado, cortó las raíces menores y dejó una sola como soporte. Después tendió una cuerda hecha con corteza bajo la nieve y se ocultó entre las rocas, cubriendo su olor con agujas de pino.
Caleb apareció acompañado por dos lobos grises. Avanzaba con cuidado, pero su desprecio por la mujer sureña pudo más que su prudencia. Al cruzar el desfiladero pisó la cuerda.
El árbol cayó y lo inmovilizó sin aplastarlo.
Sus compañeros se dispusieron a atacar, pero Beatriz apareció sobre las rocas sosteniendo una piedra encima de Caleb.
—La ley dice que debo evitar la captura —señaló—. No explica qué ocurre cuando la presa captura al cazador.
Caleb comprendió que estaba a su merced. Beatriz podría haberlo abandonado hasta que el frío decidiera su destino. En cambio, dejó caer la piedra a un lado y ordenó a los rastreadores liberar a su comandante.
—¿Por qué me perdonas? —preguntó Caleb.
—Porque Gideon necesita generales que se atrevan a cuestionarlo. Tú eres arrogante, pero leal. Una reina que elimina a todo aquel que la contradice no es fuerte; solo está asustada.
Caleb la observó largamente. Después se arrodilló en la nieve y descubrió el cuello en señal de respeto.
—La presa ha ganado la caza. Larga vida a la Luna.
Cuando regresaron a Dunridge, el sol apenas rozaba las montañas. Gideon esperaba en el patio, con los ojos ennegrecidos por el temor de haberla perdido. Al verla, corrió hacia ella y cayó de rodillas en el barro.
—Estás viva.
Hundió el rostro contra su cuello, pero no la abrazó hasta que ella colocó las manos sobre sus hombros.
—Te dije que no me rompo —susurró Beatriz.
Caleb se presentó ante toda la manada.
—El sur no nos envió una novia defectuosa. Nos envió una estratega. Tuvo mi vida en sus manos y eligió conservarla. Retiro mi acusación.
Primero se arrodillaron los rastreadores. Después los ancianos, los guerreros y quienes trabajaban en la fortaleza. Por primera vez, cientos de personas miraron a Beatriz sin lástima ni rechazo.
Gideon tocó con delicadeza la cicatriz de su mejilla.
—Ahora te ven como yo te vi.
—¿Como una superviviente?
Él negó con la cabeza.
—Como su reina.
Beatriz no volvió a usar el velo. Convirtió los almacenes desordenados de Dunridge en una red capaz de alimentar a las aldeas durante el invierno y ayudó a negociar una paz verdadera con el sur. Su padre perdió el dominio que había gobernado mediante el miedo, mientras Isolda tuvo que aprender a vivir sin que otra persona pagara el precio de sus decisiones.
Beatriz tardó en aceptar por completo el vínculo con Gideon. Él esperó. La escuchó, respetó sus límites y comprendió que una compañera no era una posesión.
Cuando finalmente ella eligió permanecer a su lado, no fue porque la sangre o una ley antigua la obligaran. Fue porque, en el reino de las bestias, había encontrado al primer hombre que nunca le pidió esconderse.
Y desde entonces, cada vez que alguien pronunciaba la palabra «defectuosa», la manada recordaba a la mujer que derrotó a sus mejores cazadores sin convertirse en aquello que más daño le había hecho: una persona gobernada por la crueldad.