Rey Vampiro necesitaba un acompañante para la boda de su hermano, y la persona que eligió sorprendió
LA MESERA Y EL REY DE LOS VAMPIROS

PARTE 1 — LA CITA QUE NUNCA DEBIÓ ACEPTAR
La lluvia golpeaba las ventanas de El Cochinito Desvelado, una pequeña cenaduría de Monterrey donde Sofía Montoya llevaba demasiadas horas sirviendo café y limpiando mesas.
A sus veinticuatro años, Sofía había aprendido que los problemas nunca llegaban solos.
Debía varios meses de renta, los préstamos universitarios parecían crecer mientras dormía y Don Goyo, su malhumorado gerente, acababa de advertirle que reduciría sus turnos.
Por eso no prestó demasiada atención al hombre sentado en la cabina del fondo.
Hasta que él la llamó.
Vestía un traje oscuro impecable. Tenía el cabello negro peinado hacia atrás y unos extraños ojos color ámbar que parecían observar demasiado.
—¿Más café? —preguntó Sofía.
—No. Necesito un favor.
Sofía soltó una risa cansada.
—Los favores no están en el menú.
El desconocido sonrió.
—Me llamo Damián Valente.
Sofía conocía ese apellido. Todo México lo conocía. Los Valente poseían empresas, propiedades y una fortuna tan antigua que nadie parecía recordar de dónde había salido.
Damián deslizó una servilleta sobre la mesa. Había escrito una cifra.
Cincuenta mil dólares.
—Necesito una acompañante para la boda de mi hermano. Tres días. Fingirás ser mi novia.
Sofía lo miró como si estuviera loco.
—¿Por qué yo?
—Porque mi familia está acostumbrada a las mujeres que desean mi dinero. Tú pareces desear únicamente que me vaya.
Aquello casi consiguió hacerla sonreír.
Cincuenta mil dólares significaban libertad.
Así que Sofía cometió el error que cambiaría su vida.
Aceptó.
Horas después viajaba en un jet privado rumbo a la hacienda Valente, vestida con seda roja y diamantes que probablemente costaban más que todo el edificio donde vivía.
Pero algo no estaba bien.
Damián apenas comía. Su piel estaba demasiado fría. Y cuando le habló de su familia, lo hizo como quien describe una jaula llena de animales salvajes.
—No te separes de mí —le advirtió—. Especialmente si Vanessa Salazar intenta acercarse.
—¿Tu ex?
Damián sostuvo su mirada.
—Algo peor.
La hacienda apareció entre los bosques como una fortaleza arrancada de otra época. Piedra negra, torres cubiertas de hiedra y cientos de velas iluminando ventanas demasiado altas.
Al bajar del automóvil, Sofía comprendió que Damián no había exagerado.
Todos los invitados eran hermosos.
Pero no de una manera humana.
Se movían sin hacer ruido. Sus rostros eran perfectos y sus ojos seguían cada movimiento de Sofía con un hambre que le revolvió el estómago.
Entonces apareció Sebastián Valente.
El hermano menor de Damián se acercó, tomó la mano de Sofía y, para su horror, olfateó lentamente su muñeca.
—Qué pulso tan… vivo —murmuró.
Damián apartó su mano.
—Ella está conmigo.
La expresión de Sebastián cambió.
Por primera vez, pareció preocupado.
Durante la cena, Sofía descubrió algo todavía más extraño: casi nadie comía. Los invitados simplemente levantaban sus copas llenas de un líquido rojo y espeso.
Entonces Vanessa apareció.
Rubia, elegante y aterradoramente hermosa.
La mujer hizo varias preguntas destinadas a demostrar que Sofía no era quien decía ser. Sofía logró esquivarlas, pero comprendió inmediatamente que Vanessa la odiaba.
Más tarde, mientras buscaba el baño, una mano la arrastró hacia un corredor oscuro.
Era Vanessa.
—Escúchame bien, humana.
Sofía sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Los ojos de Vanessa se volvieron rojos.
Y de sus encías descendieron dos largos colmillos.
—Vete de esta casa —susurró—. Porque cuando llegue la boda, quizá ya no seas una invitada.
Vanessa sonrió.
—Quizá seas la cena.
Sofía corrió hasta la habitación.
Encontró a Damián junto a la ventana.
—Vanessa tiene colmillos.
Damián no respondió.
—¡Dime que estoy loca!
Entonces él se volvió.
Sus ojos ámbar comenzaron a teñirse lentamente de rojo.
—No estás loca.
Sofía retrocedió.
Damián abrió ligeramente la boca.
Dos colmillos aparecieron bajo sus labios.
—Todos los tenemos.
Sofía sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
—¿Qué demonios eres?
Damián avanzó un paso.
—El hombre que puede mantenerte viva.
Un cuerno resonó desde el bosque.
La puerta se abrió violentamente.
Sebastián esperaba al otro lado acompañado por tres vampiros.
Sonreía.
—Hermano —dijo—. Es hora de la cacería.
Damián se interpuso delante de Sofía.
—Ella no participa.
Sebastián soltó una carcajada.
—Esta noche no cazaremos a la humana.
Sus ojos negros se clavaron en Damián.
—Te cazaremos a ti.
Luego miró a Sofía.
—Y veremos cuánto tarda tu rey en elegir entre su corona… y tu garganta.
PARTE 2 — LA CORONA, LA SANGRE Y LA VERDAD
Damián llevó a Sofía al bosque porque negarse significaba perder su autoridad sobre el clan. Y sin esa autoridad, nadie respetaría la protección que había colocado sobre ella.
La cacería se convirtió rápidamente en una emboscada.
Sofía vio a Damián luchar contra criaturas capaces de romper árboles con las manos. Sebastián consiguió clavarle los colmillos en el cuello, pero Damián siguió peleando hasta obligarlos a retirarse.
Cuando todo terminó, Sofía corrió hacia él.
—Estás herido.
—Sanará.
Damián levantó una mano temblorosa y limpió el barro de su mejilla.
—Podías haber escapado.
—Me dijiste que me quedara.
Por primera vez, el monstruo de seis siglos pareció no saber qué responder.
Al regresar a la hacienda, Sofía comprendió que necesitaba respuestas.
Encontró un archivo oculto bajo la casa y comenzó a revisar los registros de la familia Valente.
Entonces encontró una fotografía antigua.
Damián aparecía junto a una mujer.
Sofía dejó caer el libro.
La mujer tenía su rostro.
Se llamaba Isidora.
Cuando Damián la encontró allí, ya no pudo ocultarle la verdad.
Isidora había sido una cazadora de vampiros. Décadas atrás había seducido a Damián, conseguido entrar en la hacienda y permitido que otros cazadores masacraran a buena parte de su familia.
Sofía no era su reencarnación.
Era algo mucho más útil.
Un recuerdo.
Sebastián y Vanessa todavía temían el rostro de Isidora.
—Entonces me trajiste aquí para asustarlos —dijo Sofía.
—Al principio.
Damián tomó su mano.
—Después dejaste de ser parte del plan.
Sofía quiso apartarse, pero no lo hizo.
—¿Qué soy ahora?
Damián observó su pulso bajo sus dedos.
—La primera persona en mucho tiempo que me da miedo perder.
La boda llegó rodeada de rosas negras, aristócratas inmortales y sonrisas que escondían colmillos.
Sebastián se casó con Camila del Prado y selló la alianza entre ambos clanes.
Parecía que todo terminaría sin sangre.
Hasta el brindis.
Vanessa entregó a Damián una copa dorada que, según ella, contenía sangre ancestral.
Sofía vio algo en su sonrisa.
—¡Espera!
La sala quedó en silencio.
Sofía propuso beber primero.
Vanessa reaccionó con demasiado miedo.
Damián comprendió.
Arrojó el contenido al suelo.
La piedra comenzó a humear.
Veneno.
Entonces Sebastián dio la orden.
Las puertas se cerraron y decenas de invitados sacaron armas de plata.
No era una boda.
Era un golpe de Estado.
El salón se convirtió en un campo de batalla.
Vanessa atacó a Sofía, pero esta consiguió hundirle un cuchillo de plata en el hombro. Damián, superado en número, terminó de rodillas frente a Sebastián.
—Se acabó, hermano.
Sebastián levantó una pistola.
Pero antes de disparar, las puertas explotaron hacia dentro.
Don Goyo apareció sosteniendo una escopeta.
Detrás de él estaba Jimena y un grupo entero de cazadores.
—Nadie toca a mi mesera.
Sofía apenas podía creerlo.
Su gerente pertenecía a una organización dedicada a cazar vampiros.
Y Damián lo sabía.
Entonces comprendió la última pieza del engaño.
Damián no solo la había utilizado para desconcertar a Sebastián.
Sabía que, si Sofía desaparecía, Don Goyo iría a buscarla.
Ella había sido su seguro contra una rebelión.
La llegada de los cazadores cambió la batalla.
Damián se liberó y atrapó a Sebastián por la garganta.
Podía matarlo.
Todos esperaban que lo hiciera.
Pero Damián miró a Sofía.
Ella negó lentamente con la cabeza.
No seas el monstruo que ellos creen que eres.
Damián soltó a su hermano.
—No te mataré.
Después se volvió hacia los vampiros reunidos.
—Quien quiera mi corona puede intentar arrebatármela.
Nadie dio un paso.
La rebelión había terminado.
Damián permitió que Sofía regresara a Monterrey.
El contrato estaba cumplido.
Poco después, Sofía volvió a limpiar mesas en El Cochinito Desvelado, aunque su cuenta bancaria contenía suficiente dinero para no trabajar nunca más.
Damián le había pagado millones por el peligro.
Sin embargo, ella continuó allí.
Tal vez porque necesitaba algo normal.
O quizá porque estaba esperando.
Una noche lluviosa, la campana de la puerta sonó.
Sofía levantó la cabeza.
Damián entró.
No llevaba traje ni guardaespaldas. Solo jeans, una chaqueta de cuero mojada y una expresión extrañamente humana.
Se sentó frente al mostrador.
—Estamos cerrados —dijo Sofía.
—No vine por café.
—Entonces, ¿por qué viniste?
Damián respiró profundamente.
—Renuncié.
Sofía frunció el ceño.
—¿A qué?
—Al trono.
Había entregado el gobierno del clan. Después de siglos siendo rey, ya no quería una corona construida sobre miedo, conspiraciones y sangre.
—¿Renunciaste a todo eso por mí?
Damián negó suavemente.
—Renuncié por mí. Volví por ti.
Aquella respuesta le gustó mucho más.
Damián tomó un menú de la barra.
—Me dijeron que aquí sirven un pastel de cereza horrible.
—Es espantoso.
—Perfecto. Quiero una rebanada.
Sofía sonrió.
—¿Algo más?
El antiguo rey la miró como si aquella pequeña cenaduría fuera el único lugar del mundo donde deseaba estar.
—Sí. Quisiera que la mesera aceptara tener una cita conmigo.
—¿Falsa?
—Esta vez no.
Sofía observó al monstruo que había conocido dentro de un traje de lujo, al rey que había mentido, luchado y finalmente abandonado su corona.
Luego extendió la mano.
—Salgo en diez minutos.
Damián entrelazó sus dedos con los de ella.
—Puedo esperar.
Cuando terminó su turno, salieron juntos bajo la lluvia.
Damián Valente había pasado siglos gobernando desde las sombras.
Aquella noche, por primera vez, no miró hacia la oscuridad.
Miró a Sofía.
Porque a veces un reino puede valer menos que una mesa sucia, una taza de café y la oportunidad de comenzar de nuevo.
Y la mujer que había sido contratada para fingir que amaba a un rey terminó convirtiéndose en la única persona capaz de enseñarle que, para encontrar una vida verdadera, primero tenía que abandonar la corona.