Rey Vampiro finge ser ciego para poner a prueba a su bastón, hasta que su nueva criada lo sorprende
Todos Creían que el Rey Vampiro Estaba Ciego y Esperando la Muerte… Hasta que una Humilde Sirvienta Cerró la Puerta que Podía Salvar a Su Propio Hermano

PARTE 1
Durante trescientos años, Gabriel Guzmán había gobernado la noche con una crueldad suficiente para mantener a sus enemigos lejos de su territorio.
Pero ahora todos creían que estaba acabado.
Una extraña enfermedad supuestamente le había destruido la vista. Caminaba con bastón, llevaba gruesos vendajes blancos sobre los ojos y dependía de sus sirvientes hasta para encontrar una copa sobre la mesa.
El problema era que Gabriel no estaba ciego.
Veía perfectamente.
Y precisamente por eso sabía que casi todos en su propia hacienda lo estaban traicionando.
Gilberto, su mayordomo de confianza durante décadas, robaba botellas de sangre valiosa, falsificaba cuentas y vendía suministros en el mercado negro.
Otros criados lo insultaban cuando creían que no podía verlos.
Algunos incluso hablaban abiertamente de quién ocuparía la mansión cuando el “viejo rey inválido” finalmente muriera.
Gabriel escuchaba.
Observaba.
Y esperaba.
Quería descubrir hasta dónde llegaba la conspiración antes de empezar a cortar cabezas.
Entonces apareció Aurora.
Era una joven de veinticuatro años con un vestido remendado, poco dinero y un problema que podía costarle la vida a su hermano menor, Toño.
Él debía una gran suma a los Concaides, una pandilla vinculada al bajo mundo sobrenatural.
Si Aurora no pagaba, lo matarían.
Por eso aceptó trabajar en la mansión donde ninguna sirvienta quería quedarse.
—Dicen que usted bebe sangre —le dijo a Gabriel durante la entrevista.
—¿Y aun así vino?
—Estoy desesperada.
A Gabriel le gustó su sinceridad.
La contrató.
Durante los días siguientes, Aurora comenzó a notar algo extraño.
Los criados trataban al supuesto inválido como basura.
Una noche intentaron servirle sangre animal rancia mientras guardaban para ellos las reservas de mejor calidad.
Aurora tomó la copa antes de que Gabriel bebiera.
—Esto está echado a perder.
Beatriz, el ama de llaves, se burló.
—Él ni siquiera notará la diferencia.
Aurora la miró con furia.
—Sigue siendo el dueño de esta casa.
Buscó sangre fresca y se la sirvió personalmente.
Gabriel, oculto tras sus vendas, observó cada movimiento.
Ella no intentó robarle.
No se burló.
No lo trató como un monstruo.
Cuando se sentó a su lado y comenzó a describirle el atardecer porque creía que no podía verlo, Gabriel descubrió algo mucho más peligroso que una conspiración.
Comenzó a disfrutar de su compañía.
Hasta que encontró una carta que había caído del bolsillo de Aurora.
El mensaje era brutal:
“Si quieres que tu hermano siga vivo, deja abierta la entrada de servicio el sábado. Tenemos asuntos pendientes con Gabriel Guzmán.”
Gabriel comprendió inmediatamente el plan.
Gilberto estaba colaborando con los Concaides.
Querían entrar en la hacienda, asesinarlo y quedarse con su riqueza y territorio.
Podía eliminarlos aquella misma noche.
No lo hizo.
Quería saber qué elegiría Aurora.
Su hermano…
o el hombre ciego al que apenas conocía.
Cuando llegó el sábado, una tormenta cubrió la hacienda.
Gilberto puso deliberadamente la llave de la entrada de servicio en manos de Aurora.
Gabriel permaneció sentado en la biblioteca, aparentando indefensión.
Escuchó vehículos acercarse.
Hombres armados.
Después escuchó a Aurora colocar la llave en la cerradura.
Gabriel apretó los puños.
La llave giró.
Pero no abrió la puerta.
Aurora la cerró con doble seguro.
Después arrojó la llave por una rejilla.
—Perdóname, Toño —sollozó—. No puedo dejar que maten a Gabriel.
Había elegido sacrificar a su propio hermano para proteger a un hombre que creía indefenso.
Gabriel se levantó lentamente.
Pero antes de que pudiera llegar hasta ella, las puertas de la biblioteca se abrieron.
Gilberto entró acompañado por varios hombres armados.
Arrastraban a Aurora del cabello.
Ella consiguió liberarse y corrió hacia Gabriel, colocándose delante de él con un candelabro entre las manos.
—¡No lo toquen! ¡Está enfermo! ¡No puede defenderse!
Los hombres comenzaron a reír.
Gabriel bajó lentamente la cabeza.
Entonces llevó ambas manos hacia los vendajes.
—Aurora…
Su voz ya no sonaba débil.
Sonaba como la voz de un rey.
—Lo hiciste bien.
Ella lo miró confundida.
—¿Qué?
Gabriel agarró el borde de las vendas.
—Pasaste la prueba. Pero te equivocaste en una cosa…
Una sonrisa terrible apareció en su rostro.
—Yo no necesito que nadie me salve.
Y empezó a quitarse los vendajes.
PARTE 2
La última venda cayó al suelo.
Aurora dejó de respirar.
Los ojos de Gabriel estaban completamente sanos.
No eran opacos.
No estaban muertos.
Brillaban con un violeta intenso y sobrenatural.
Gilberto retrocedió.
—Tú… puedes ver.
Gabriel sonrió.
—Lo veo todo.
Gilberto disparó.
Aurora gritó.
Pero Gabriel ni siquiera intentó esquivar la bala.
Levantó una mano y atrapó el proyectil de plata en pleno vuelo.
Después abrió los dedos.
La bala cayó sobre la mesa.
Silencio.
Los hombres finalmente comprendieron la verdad.
Nunca habían entrado para asesinar a un vampiro indefenso.
Habían entrado directamente en la guarida de un depredador que llevaba semanas esperándolos.
—Corran —murmuró uno.
Gabriel se puso de pie.
—Nadie se va.
Lo que ocurrió después duró menos de un minuto.
Los atacantes dispararon ballestas y blandieron machetes.
Gabriel se movió tan rápido que Aurora apenas podía seguirlo.
Un hombre cayó.
Luego otro.
Bronco, el enorme líder de los Concaides, salió disparado contra unas puertas de roble después de una sola patada.
Cuando todo terminó, Gilberto era el único que seguía de pie.
El antiguo mayordomo dejó caer el arma.
—Amo… puedo explicarlo.
Gabriel caminó lentamente hacia él.
—Robaste mi oro.
Gilberto cayó de rodillas.
—Perdóneme.
—Vendiste los secretos de mi casa.
—Haré cualquier cosa.
Gabriel lo tomó por el cuello.
—Y la hiciste llorar.
Gilberto no tuvo oportunidad de suplicar otra vez.
Cuando Gabriel terminó con él, volvió la mirada hacia Aurora.
Esperaba miedo.
Esperaba que ella huyera.
En cambio, Aurora solo lo miraba.
—Usted podía ver.
—Sí.
—Me mintió.
—Sí.
—¿Por qué?
Gabriel señaló los cuerpos.
—Porque necesitaba saber quién sostenía el cuchillo… y quién se pondría delante de él para protegerme.
Aurora recordó entonces a Toño.
Su rostro perdió el color.
—Mi hermano.
Gabriel sacó un teléfono.
En la pantalla apareció una transmisión en vivo.
Toño estaba dentro de un vehículo acompañado por miembros de la guardia de Gabriel.
Estaba vivo.
Incluso estaba comiendo.
—Lo sacamos de allí antes del ataque —explicó Gabriel—. Su deuda ya está pagada.
Aurora casi cayó al suelo.
Gabriel la sostuvo.
—Sabía que probablemente cerrarías esa puerta. Pero no iba a permitir que tu hermano muriera para demostrarlo.
Ella comenzó a llorar de alivio.
Después lo empujó.
—¡Me utilizó!
Gabriel no respondió.
—Creí que estaba indefenso. Creí que necesitaba ayuda.
—La necesitaba.
—¡Usted acaba de destruir a seis hombres solo!
—No necesitaba protección física.
Su voz se volvió más baja.
—Necesitaba saber si todavía existía alguien en quien pudiera confiar.
Aurora apartó la mirada.
—No protegí esta casa.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
Ella tardó varios segundos en responder.
—Porque me importaba usted.
Aquellas palabras golpearon al rey con más fuerza que cualquier arma.
Pero no tuvieron tiempo para hablar de ello.
Víctor, jefe de la guardia de Gabriel, entró con noticias.
El ataque había llamado la atención.
Y Gilberto había conseguido enviar un último mensaje antes de morir.
El Consejo de Ancianos estaba en las puertas de la hacienda.
Aquellos vampiros gobernaban las leyes de su especie y habían llegado convencidos de que Gabriel era un monarca debilitado incapaz de controlar su territorio.
Gabriel ordenó preparar el gran salón.
—Quédate aquí —le dijo a Aurora.
Ella negó.
—No.
—Esto no te concierne.
—Hace una hora varios hombres intentaron matarme porque trabajaba para usted. Creo que ya me concierne.
Gabriel casi sonrió.
Entraron juntos.
Los ancianos esperaban encontrar un rey roto.
En su lugar apareció Gabriel Guzmán caminando sin bastón, sin vendas y con los ojos violetas completamente abiertos.
Puso sobre la mesa los libros de contabilidad de Gilberto, las pruebas de robo y su confesión.
—Durante años creyó que yo estaba ciego —explicó—. Le permití creerlo. Mi enfermedad fue una trampa.
Uno de los ancianos observó la documentación.
—¿Y los Concaides?
—Ya no existen.
La seguridad con la que lo dijo hizo que nadie preguntara más.
Entonces una anciana llamada Sarafina miró hacia Aurora.
—¿Por qué hay una humana en esta sala?
La expresión de Gabriel cambió.
—Porque tiene derecho a estar aquí.
—Es una sirvienta.
—No.
Gabriel se colocó delante de ella.
—Cuando amenazaron con matar a su hermano para obligarla a traicionarme, prefirió perderlo antes que abrir mis puertas. Fue la única persona de esta casa que no me traicionó.
Los ancianos intercambiaron miradas.
—Está bajo mi protección personal. Cualquier amenaza contra Aurora será considerada una amenaza contra la Casa Guzmán.
Aquello era casi una declaración de guerra.
Marcos, otro miembro del Consejo, se levantó.
—Te has vuelto débil. ¿Ahora proteges humanos?
Aurora sintió rabia.
Antes de que Gabriel pudiera detenerla, habló.
—Tal vez él no se volvió débil.
Todos la miraron.
—Tal vez ustedes simplemente estaban tan desesperados por verlo caer que confundieron compasión con debilidad.
Marcos mostró sus colmillos.
—¿Te atreves a hablarme así, mortal?
Comenzó a avanzar.
Gabriel apareció delante de él antes de que Aurora pudiera parpadear.
Una mano descansaba sobre la empuñadura de su espada.
—Siéntate.
Solo dijo eso.
Marcos obedeció.
La sala quedó en silencio.
Por fin el líder del Consejo entendió que habían cometido un grave error.
Gabriel Guzmán no estaba muriendo.
Era tan peligroso como siempre.
Quizás más.
—El Consejo considera estable su territorio —declaró—. Continuará bajo su gobierno.
Los ancianos se marcharon.
Gabriel había ganado.
Pero su decisión más difícil todavía estaba por llegar.
Llevó a Aurora hasta el balcón más alto de la mansión.
El amanecer comenzaba.
—La deuda de Toño ha desaparecido —dijo—. También puse suficiente dinero en una cuenta para que puedas comprar una casa, abrir un negocio y no volver a trabajar para nadie.
Aurora frunció el ceño.
—¿Me está despidiendo?
Gabriel apartó la mirada.
—Te estoy dando una salida.
Le explicó que su mundo estaba lleno de sangre, traiciones y guerras.
Ella todavía podía regresar a una vida humana.
Podía llevarse a Toño.
Podía olvidarse de aquella hacienda.
—Eres libre.
Aurora lo estudió.
El hombre que había aterrorizado al Consejo no podía mirarla a los ojos.
—¿Quiere que me vaya?
Gabriel apretó la barandilla.
—Durante trescientos años creí que veía perfectamente.
Finalmente la miró.
—Pero estaba ciego mucho antes de colocarme aquellas vendas. Solo veía traición, ambición y miedo.
Tomó su mano.
—Hasta que llegaste tú.
Besó suavemente sus dedos.
—No quiero que te vayas.
Aurora sintió que su corazón se aceleraba.
—Entonces, ¿qué quiere que sea?
Gabriel acercó su frente a la de ella.
—No una sirvienta.
Hizo una pausa.
—Quédate como la única persona que puede mirarme sabiendo exactamente qué soy y aun así verme como algo más que un monstruo.
El sol comenzó a aparecer sobre las montañas.
—Quédate conmigo, Aurora. Ayúdame a gobernar esta casa. Sé los ojos que nunca supe que necesitaba.
Aurora miró el camino que conducía hacia la ciudad.
Podía marcharse.
Tenía dinero.
Toño estaba a salvo.
Podía escoger una vida sencilla y tranquila.
Después miró nuevamente a Gabriel.
Al monstruo.
Al rey.
Al hombre que había vivido tres siglos rodeado de personas que lo obedecían, pero sin una sola persona en quien confiar.
Aurora levantó una mano y acarició su rostro.
—El sol está saliendo, Gabriel.
Una sombra de decepción cruzó los ojos del vampiro.
Entonces ella sonrió.
—Entremos.
Durante un segundo Gabriel no reaccionó.
Después comprendió.
Aurora no se iba.
Una sonrisa auténtica apareció en su rostro.
La levantó entre sus brazos.
—Como desees.
Gabriel cruzó con ella las puertas de la mansión mientras la luz del amanecer quedaba atrás.
La oscuridad seguía allí.
También los enemigos.
También el peligro.
Pero la hacienda ya no parecía una tumba.
Por primera vez en siglos parecía un hogar.
Porque Gabriel Guzmán había fingido perder la vista para descubrir quiénes eran sus enemigos.
Y al final descubrió algo que jamás había esperado encontrar:
la única persona capaz de verlo realmente había sido la humilde sirvienta que estaba dispuesta a perderlo todo antes que traicionarlo.