Rescaté a un enorme lobo negro que se desangraba en el río… pero al despertar encontré a un hombre desnudo con las mismas heridas y unos ojos dorados imposibles

Rescaté a un enorme lobo negro que se desangraba en el río… pero al despertar encontré a un hombre desnudo con las mismas heridas y unos ojos dorados imposibles

PARTE 1

Lo primero que vi fue la sangre.

Una línea roja avanzaba entre las aguas violentas del río Snoqualmie mientras la tormenta golpeaba las montañas de Washington.

Pensé que era un ciervo herido.

Entonces mi linterna iluminó algo negro atrapado entre las rocas.

Un lobo.

Pero ningún lobo que yo hubiera visto pesaba más de noventa kilos.

Me llamo Harper Lawson, tengo veintiocho años y trabajo rehabilitando animales salvajes. Aquella noche había salido porque un camionero me avisó que una criatura enorme había caído desde la carretera hacia el río.

Cuando llegué hasta ella, entendí que no había sido simplemente atropellada.

Tenía heridas de bala.

Y se estaba muriendo.

Aseguré una cuerda y entré al agua.

El frío me cortó la respiración.

Cuando finalmente llegué hasta el animal, abrió los ojos.

Dorados.

No amarillos.

Dorados como metal fundido.

El lobo gruñó.

—Tranquilo —susurré—. No voy a hacerte daño.

Durante un segundo sentí que me estaba entendiendo.

Después perdió el conocimiento.

Conseguí sacarlo del río y llevarlo hasta mi pequeña clínica.

Mientras limpiaba sus heridas descubrí algo todavía más extraño.

Las balas eran de plata.

Cuatro.

Y cada una parecía quemar su cuerpo desde dentro.

Trabajé durante horas retirándolas y cerrando las heridas.

Pero antes de terminar noté algo imposible.

Su piel ya estaba cicatrizando.

Pensé que el cansancio me estaba haciendo imaginar cosas.

Cubrirlo con mantas fue lo último que recuerdo antes de quedarme dormida en una silla.

Cuando desperté, la mesa estaba vacía.

La vía intravenosa colgaba del suelo.

—¿Hola?

No hubo respuesta.

Tomé una linterna metálica.

Entonces una voz masculina surgió desde la oscuridad.

—Yo no intentaría golpearme con eso.

Me quedé paralizada.

Había un hombre sentado en una esquina.

Era enorme, cubierto de cicatrices y apenas llevaba una manta alrededor de la cintura.

Pero eso no fue lo que hizo que mis piernas temblaran.

Tenía exactamente las mismas heridas que yo había cosido en el lobo.

Exactamente los mismos puntos.

Y cuando levantó la cabeza…

sus ojos eran dorados.

—¿Dónde está el lobo? —pregunté.

Sonrió débilmente.

—Lo estás mirando.

Le apunté con unas tijeras quirúrgicas.

—No te acerques.

Se detuvo inmediatamente.

—Nathaniel Cross —dijo—. Y te debo la vida.

Mi cerebro se negaba a aceptarlo.

—Eso es imposible.

—Y sin embargo estoy aquí.

Me explicó que la plata era venenosa para los de su especie.

Que, si yo no hubiera retirado las balas, habría muerto.

—¿Eres un hombre lobo?

Casi sonrió.

—Lykan es un término menos ofensivo.

Me habría reído si no estuviera aterrada.

Entonces le pregunté quién le había disparado.

Su expresión cambió.

—Traidores.

Nathaniel no era simplemente uno más de aquellas criaturas.

Era el Alfa de la Manada del Pacífico.

Su propio beta, Caleb Montgomery, había organizado una rebelión para quitarle el poder.

Mientras hablábamos, Nathaniel se quedó repentinamente inmóvil.

Olfateó el aire.

—¿Qué pasa?

Sus pupilas cambiaron.

—Nos encontraron.

—¿Quién?

Se colocó frente a mí.

—Caleb.

Un golpe brutal sacudió las puertas de mi clínica.

Luego otro.

La madera comenzó a romperse.

Las uñas de Nathaniel crecieron hasta convertirse en garras negras.

—Ponte detrás de mí.

Las puertas cedieron.

Y justo antes de que tres criaturas enormes atravesaran la entrada, Nathaniel me miró por encima del hombro.

—Harper…

Su voz ya no parecía humana.

—Si quieren mi trono, primero tendrán que sobrevivir a esta noche.

PARTE 2

Las puertas explotaron hacia dentro.

Tres enormes figuras entraron entre madera rota y lluvia.

No eran completamente humanas ni completamente lobos.

Al frente estaba Caleb Montgomery.

Cabello rojizo.

Una cicatriz atravesándole el rostro.

Sonrió cuando me vio.

—Así que esta es la humana.

Nathaniel dio un paso adelante.

—Traicionaste a tu propia manada.

Caleb se encogió de hombros.

—Negocios.

Entonces reveló la verdadera razón del golpe.

Un multimillonario de Seattle llamado Donovan Pierce había ofrecido una fortuna por los derechos forestales y minerales de las tierras de la manada.

Nathaniel se había negado a vender.

Así que Caleb decidió eliminarlo.

No era únicamente una rebelión sobrenatural.

Era un asesinato corporativo disfrazado de lucha por el poder.

Nathaniel atacó.

El centro de mi clínica se convirtió en caos.

Cristales.

Muebles.

Garras.

Sangre.

Nathaniel era más fuerte, pero seguía debilitado por la plata.

Cuando dos renegados comenzaron a rodearlo, comprendí que iba a perder.

Podía correr.

No lo hice.

Tomé el rifle de dardos tranquilizantes que utilizaba con animales peligrosos.

Disparé.

Uno de los atacantes cayó.

—¡Maten a la humana! —rugió Caleb.

El segundo se lanzó hacia mí.

Nathaniel lo interceptó y lo arrojó contra una ventana.

Después me levantó del suelo.

—Nos vamos.

—¿Mi camioneta?

—Nos encontrarán.

Salimos por la parte trasera y entramos en las montañas.

Durante kilómetros Nathaniel prácticamente me cargó mientras la tormenta borraba nuestro rastro.

Finalmente encontramos refugio en un antiguo búnker abandonado.

Allí volvió a desplomarse.

Sus heridas se habían abierto.

—Quítate la camisa.

A pesar del dolor, sonrió.

—¿Siempre eres tan autoritaria?

—Cuando mis pacientes están desangrándose, sí.

Trabajé sobre sus heridas mientras él apretaba los dientes.

Cuando terminé, me dejé caer junto a la pared.

Nathaniel tomó mi mano.

—No huiste.

—Trabajo con animales agresivos.

—No soy un animal.

—Eso sigue en discusión.

Se rio débilmente.

Pero la conversación se volvió seria cuando me explicó que incluso la policía local estaba comprometida.

Pierce tenía al sheriff bajo su control.

Yo ya no podía regresar simplemente a mi vida.

Mi clínica estaba destruida.

Sabía demasiado.

Y los hombres que perseguían a Nathaniel ahora también me querían muerta.

Una lágrima escapó antes de que pudiera evitarlo.

Nathaniel la retiró con el pulgar.

Su delicadeza me sorprendió.

—Yo traje esta guerra hasta tu puerta —dijo—. Pero mientras siga respirando, nadie volverá a hacerte daño.

Después inhaló lentamente.

Su expresión cambió.

Me miró de una manera diferente.

—¿Qué?

No respondió inmediatamente.

Apoyó la frente contra la mía.

—Sobrevivamos primero.

Su brazo me rodeó.

—Después recuperaremos mi trono.

A la mañana siguiente su cuerpo había sanado casi por completo.

Los cortes que yo había cerrado apenas eran cicatrices plateadas.

Nathaniel me explicó que Caleb y Pierce se reunirían en un antiguo aserradero para finalizar la venta de las tierras antes de que la manada descubriera que su rey seguía vivo.

—Entonces iremos.

—Yo iré.

—No.

Me miró.

—Harper.

—Destruyeron mi clínica. Intentaron matarme. Y conozco ese lugar mejor que tú.

El Alfa Rey guardó silencio.

Probablemente no estaba acostumbrado a que alguien discutiera con él.

Finalmente sonrió.

—Habla, pequeña ave.

Diseñamos una forma de acercarnos sin entrar directamente en la trampa de los hombres armados de Pierce.

Cuando llegamos, Caleb estaba acompañado por varios miembros de la manada.

Pero no todos parecían felices con la traición.

Pierce sostenía los documentos.

—Una firma —decía—. Después estas tierras valdrán más de lo que cualquiera de ustedes podría gastar.

Entonces apareció Nathaniel.

El silencio fue inmediato.

—Esas tierras no están en venta.

Caleb palideció.

—Estás muerto.

Nathaniel avanzó.

—Eso dijeron.

Los lobos comenzaron a apartarse de Caleb.

Algunos bajaron la cabeza.

Otros se arrodillaron.

La mentira estaba derrumbándose delante de él.

Caleb perdió el control.

Se transformó.

Nathaniel hizo lo mismo.

El lobo negro que yo había sacado del río apareció otra vez.

Pero esta vez no estaba agonizando.

Era aterrador.

Los dos chocaron.

Pierce retrocedió.

No sentía lealtad por Caleb.

Solo quería escapar con sus documentos.

Entonces sacó un arma.

Vi el brillo metálico.

Plata.

Apuntó directamente hacia Nathaniel.

—¡No!

Me lancé hacia Pierce antes de que pudiera disparar con precisión.

El arma cayó.

Agarré una pesada barra metálica abandonada junto a la maquinaria.

Pierce se volvió.

No tuve tiempo de pensar.

Lo golpeé.

Cayó inconsciente sobre el barro.

Cuando levanté la vista, Nathaniel ya había derrotado a Caleb.

El enorme lobo negro respiraba con fuerza.

Su hocico estaba manchado de sangre.

Durante unos segundos pensé en el animal moribundo del río.

Parecía otra criatura.

Entonces me vio.

La tensión desapareció de su cuerpo.

Cambió de forma.

Nathaniel caminó hacia mí.

Herido.

Cubierto de barro.

Pero vivo.

Puso ambas manos sobre mi rostro.

—No huiste.

Solté la barra.

—Te lo dije. Mi vida tranquila empezaba a aburrirme.

Nathaniel apoyó la frente contra la mía.

Después se volvió hacia los lobos reunidos.

—El tratado permanece.

Miró hacia las montañas.

—Estas tierras pertenecen a nuestra manada. Nadie las venderá mientras yo siga vivo.

Entonces tomó mi mano.

—Y desde hoy, quien amenace nuestro territorio no responderá únicamente ante su rey.

Lo miré.

No me gustó el brillo divertido que apareció en sus ojos.

—Nathaniel…

Me acercó a su costado.

—También responderá ante su reina.

Me quedé sin palabras.

Los lobos comenzaron a inclinar la cabeza.

—Espera. Soy humana.

Nathaniel bajó la voz.

—Eso crees.

Lo miré.

—¿Qué significa eso?

Sonrió.

—Cuando estábamos en el búnker descubrí por qué tu olor me resultaba imposible de ignorar.

Mi corazón empezó a acelerarse.

—¿Cuál es la razón?

Nathaniel levantó mi mano y besó mis nudillos.

—Eres mi compañera.

Recordé la forma en que me había mirado aquella noche.

Aquella extraña conexión.

Su necesidad de mantenerme cerca.

De repente todo tenía sentido.

La tormenta comenzó finalmente a romperse.

La luz atravesó las nubes y cubrió el bosque.

Nathaniel observó aquellas montañas como un hombre que casi lo había perdido todo.

Después me miró.

—Pensabas que estabas salvando a un animal.

—Técnicamente lo hice.

Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.

—También salvaste una corona.

La fuente termina del mismo modo: Nathaniel mantiene las tierras de la Manada del Pacífico y presenta a Harper ante los suyos no solo como la mujer que lo salvó, sino como su reina.

Miré mis manos.

Las mismas manos que habían retirado las balas de plata de un lobo que creía salvaje.

Nunca imaginé que aquel acto destruiría mi antigua vida.

Pero tampoco imaginé que me daría otra.

Una manada.

Un hombre imposible.

Y un mundo que hasta entonces había creído que solo existía en cuentos.

Nathaniel entrelazó sus dedos con los míos.

—¿Te arrepientes?

Miré el bosque.

Después al Alfa Rey.

—Pregúntame otra vez cuando reconstruyas mi clínica.

Nathaniel soltó una carcajada profunda.

—Hecho.

Y así, la noche en que entré en un río para salvar a un animal moribundo terminó convirtiéndose en el comienzo de la historia más absurda de mi vida.

Porque el lobo negro que saqué del agua no era una bestia perdida.

Era un rey destronado.

Y, sin saberlo, yo acababa de convertirme en la única persona capaz de llevarlo de regreso a casa.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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