Rescaté a un enorme lobo blanco de un lago congelado. Cuando regresé a casa, cientos de lobos rodearon mi aldea y ocurrió algo que jamás podré olvidar.

Rescaté a un enorme lobo blanco de un lago congelado. Cuando regresé a casa, cientos de lobos rodearon mi aldea y ocurrió algo que jamás podré olvidar.

PARTE 1 

El hielo comenzó a romperse bajo mis botas cuando estaba a la mitad del lago. Llevaba sobre los hombros a un lobo blanco que pesaba casi tanto como yo, y sus patas colgaban sin fuerza a ambos lados de mi cuerpo.

Si me detenía, el animal no sobreviviría al frío. Si seguía caminando, quizá ninguno de los dos llegaría a la otra orilla.

Lo que todavía no sabía era que aquel lobo pertenecía a alguien que llevaba años desaparecido… y que salvarlo estaba a punto de cambiar mi vida para siempre.

Me llamo Aara y crecí en una pequeña aldea del reino de Arendor, a pocos kilómetros de las Montañas Heladas.

Allí todos conocíamos una advertencia: jamás acercarse a los lobos blancos.

Los ancianos aseguraban que aquellas criaturas aparecían antes de grandes desgracias. Algunos cazadores habían desaparecido en las montañas y, aunque nadie sabía realmente qué les había ocurrido, siempre se culpaba a los lobos.

Yo nunca creí demasiado en esas historias.

Vivía con mi abuela Myra en una casita de madera. Apenas teníamos lo necesario para pasar el invierno. Yo recogía leña, reparaba ropa y ayudaba a nuestros vecinos a cambio de comida.

Una tarde, mientras preparábamos la cena, escuché un aullido que venía del lago.

Era diferente a cualquier otro que hubiera oído.

Sonaba débil, como si el animal apenas tuviera fuerzas para llamar.

Mi abuela dejó de mover la olla.

—Aara, ni se te ocurra salir.

Otro aullido atravesó el viento.

Me acerqué a la ventana. La nieve caía con tanta fuerza que apenas distinguía los árboles.

—Abuela, parece que está lastimado.

Ella me sujetó del brazo.

—Hay cosas en esas montañas que nosotros no entendemos.

Pero cuando volvió a escucharse aquel sonido, tomé mi abrigo.

Mi abuela comprendió que no conseguiría detenerme. Antes de abrir la puerta, me colocó un pequeño collar de plata con forma de hoja de pino.

Había pertenecido a mi madre.

—Entonces prométeme que regresarás.

La abracé y salí.

El viento me golpeó la cara. Caminé siguiendo los aullidos hasta encontrar una enorme figura blanca junto a la orilla congelada.

Era un lobo.

El más grande que había visto.

Tenía una pata delantera atrapada bajo una placa de hielo y una herida que había manchado su pelaje.

Cuando me acerqué, levantó la cabeza.

Sus ojos eran dorados.

Me quedé inmóvil, esperando que gruñera o intentara defenderse.

Pero no hizo ninguna de las dos cosas.

Solamente me miró.

Busqué una rama gruesa, la metí debajo del hielo y empujé hasta que conseguí levantarlo lo suficiente para liberar su pata.

El lobo intentó levantarse, pero volvió a caer.

Miré hacia mi aldea.

Estaba demasiado lejos.

Aun así, me arrodillé junto al animal y conseguí acomodarlo sobre mis hombros.

No sé de dónde saqué fuerzas.

Avancé por el lago congelado, escuchando cómo crujía bajo mis pies.

Una vez estuve a punto de caer. Otra, sentí que el hielo se hundía ligeramente.

Pero finalmente llegué a tierra firme.

Cuando entré en casa, mi abuela se quedó mirando al enorme animal sin poder decir una palabra.

Después me ayudó a acostarlo cerca de la chimenea.

Pasamos toda la noche limpiándole la herida, cambiando sus vendas y manteniéndolo caliente.

A la mañana siguiente, el lobo abrió los ojos.

Y entonces comenzaron las cosas extrañas.

Primero aparecieron cinco lobos alrededor de nuestra casa.

Después llegaron otros.

Al caer la tarde, casi veinte permanecían inmóviles entre los pinos.

No se acercaban a las ovejas ni molestaban a nadie.

Solo miraban nuestra ventana.

Cuando salí, una loba gris se adelantó.

Pensé que iba a atacarme.

En cambio, bajó lentamente la cabeza.

Los demás hicieron lo mismo.

Mi abuela lo observaba desde la puerta, completamente desconcertada.

El lobo blanco apareció detrás de mí, todavía cojeando.

Los otros animales se apartaron para dejarlo pasar.

Fue entonces cuando comprendí que no había rescatado a un lobo cualquiera.

Pero la verdadera sorpresa llegó dos días después.

Un grupo de soldados entró en nuestra aldea buscando al animal. Su capitán afirmó que pertenecía al señor Varic y exigió que se lo entregáramos.

Me negué porque apenas podía caminar.

Entonces aparecieron más lobos entre los árboles.

Decenas de ellos.

Los soldados retrocedieron, pero ninguno de los animales atacó.

Poco después llegó el propio Varic con más hombres.

Se acercó al lobo blanco y sonrió de una manera que me hizo sentir un escalofrío.

—Así que todavía sigues aquí —murmuró.

Luego ordenó a sus arqueros que prepararan sus armas.

Me coloqué delante del lobo.

Varic levantó una mano.

Los arqueros apuntaron.

Y justo cuando estaba a punto de dar la orden, un aullido estremeció las montañas.

Cientos de lobos respondieron desde el bosque.

Entre ellos apareció un hombre con una capa gris, acompañado por tres enormes lobos negros.

Todos los animales inclinaron la cabeza a su paso.

El desconocido caminó hasta quedar frente a nosotros.

Entonces se quitó la capucha.

Varic retrocedió como si acabara de ver a alguien que jamás debería haber regresado.

—No puede ser… —susurró—. ¡Tú llevas años desaparecido!

El hombre lo miró fijamente y, por primera vez, el lobo blanco se inclinó ante él.

PARTE 2 

—Kalin… —murmuró Varic, con el rostro pálido.

Escuché a varios aldeanos repetir aquel nombre.

Yo también lo conocía.

Kalin era el rey alfa de Arendor, el hombre que había desaparecido años atrás y al que muchos daban por perdido para siempre.

El desconocido se acercó al lobo blanco y apoyó una mano sobre su cabeza.

—Me alegra encontrarte con vida, viejo amigo.

El animal cerró los ojos.

Entonces Kalin se volvió hacia mí.

—Tú lo encontraste junto al lago, ¿verdad?

Asentí, todavía confundida.

—Estaba atrapado. No podía dejarlo ahí.

El hombre observó las vendas que cubrían la pata del animal.

—Se llama Colmillo de Luna. Ha protegido a mi familia durante generaciones. Es el guardián más antiguo de nuestra manada.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

Aquel lobo había sido compañero de los reyes.

Y yo lo había tenido durmiendo junto a nuestra chimenea.

Varic interrumpió nuestra conversación.

—¡No escuchen a este hombre! Los lobos son responsables de las desgracias que han ocurrido en las montañas.

Kalin se volvió lentamente hacia él.

—Entonces será mejor que todos conozcan lo que realmente pasó.

Los aldeanos guardaron silencio.

El rey explicó que, durante generaciones, su familia había mantenido un antiguo acuerdo con los lobos: los humanos respetaban sus territorios y las manadas ayudaban a proteger los bosques y los caminos.

Pero Varic había intentado romper aquella alianza.

Según Kalin, sus hombres habían destruido refugios de lobos y provocado enfrentamientos. Después, habían utilizado esos incidentes para convencer a las aldeas de que las criaturas eran peligrosas.

Los rumores se habían extendido tanto que la gente ya ni siquiera necesitaba pruebas para tener miedo.

—Eso es mentira —protestó Varic.

Sin embargo, Colmillo de Luna comenzó a gruñir.

Kalin me miró nuevamente.

—Durante años busqué una señal de que todavía podíamos reconstruir la confianza entre nuestras especies. Y entonces apareciste tú.

Me quedé sin palabras.

—¿Qué tengo que ver yo con todo esto?

—Ayudaste a alguien que todos te habían enseñado a temer.

Miré al lobo blanco.

Nunca había pensado que rescatarlo pudiera tener semejante significado.

Para mí, simplemente era un animal que necesitaba ayuda.

Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.

Colmillo de Luna caminó hasta quedar frente a mí.

Bajó lentamente la cabeza.

Y todos los lobos que rodeaban la aldea hicieron lo mismo.

Cientos de animales inclinándose ante una muchacha que apenas tenía suficiente comida para pasar el invierno.

Mi abuela comenzó a llorar.

Pero Varic no estaba dispuesto a aceptar lo que estaba ocurriendo.

De pronto, le arrebató una ballesta a uno de sus soldados.

Escuché que alguien gritaba mi nombre.

Cuando volteé, Varic ya me estaba apuntando.

Todo sucedió demasiado rápido.

El arma se disparó.

Kalin se lanzó hacia mí y me apartó de su trayectoria.

Sentí que ambos caíamos sobre la nieve.

El proyectil alcanzó su hombro.

—¡Kalin!

Colmillo de Luna reaccionó inmediatamente.

A pesar de su pata lastimada, corrió hacia Varic y se interpuso entre nosotros.

Los lobos avanzaron, formando una barrera alrededor de los aldeanos.

Los soldados levantaron sus armas.

Por un instante pensé que todo terminaría en una tragedia.

Pero el capitán Uldren dio una orden inesperada.

—¡Guarden las armas!

Sus hombres lo miraron confundidos.

El capitán observó a los lobos que permanecían quietos frente a los niños y después se volvió hacia Varic.

—Nos dijeron que estas criaturas atacaban a cualquiera que encontraran. Sin embargo, han tenido muchas oportunidades de hacerlo y no han lastimado a nadie.

Varic intentó ordenarle que continuara.

Uldren no obedeció.

Uno por uno, los soldados bajaron sus armas.

Varic miró a su alrededor.

Ya nadie estaba dispuesto a seguirlo.

Kalin se incorporó con dificultad mientras yo presionaba un paño contra su hombro.

Unos guardias que habían permanecido fieles al rey se acercaron y detuvieron a Varic.

El hombre no volvió a decir una palabra.

Los días siguientes fueron muy diferentes a todo lo que habíamos vivido.

Kalin regresó a la capital y ordenó investigar lo ocurrido en las montañas.

Los testimonios confirmaron que varios cazadores habían recibido instrucciones de provocar a las manadas. También salieron a la luz amenazas contra aldeanos que habían intentado denunciar aquellos hechos.

Varic perdió su título y fue encerrado en la misma fortaleza donde había mantenido cautivas a otras personas.

Por primera vez, las aldeas comenzaron a conocer una historia distinta sobre los lobos.

No todos dejaron de tenerles miedo inmediatamente.

Algunos seguían cerrando sus puertas cuando escuchaban un aullido.

Pero poco a poco comenzaron a entender que las viejas advertencias no contaban toda la verdad.

Colmillo de Luna permaneció varias semanas con nosotros hasta que su pata sanó por completo.

Mi abuela fingía que le molestaba tener un animal tan grande dentro de casa.

Sin embargo, cada noche le guardaba un poco de comida.

Y él siempre se acostaba junto a su silla.

Cuando finalmente llegó el momento de regresar a las montañas, sentí una tristeza que no esperaba.

Lo acompañé hasta el borde del bosque.

—Bueno, grandote. Creo que ya puedes volver con los tuyos.

El lobo me miró durante unos segundos.

Después apoyó suavemente su cabeza contra mi mano.

Y se marchó.

Pensé que nunca volvería a verlo.

Me equivoqué.

La primavera llegó varias semanas después.

Una mañana estaba sembrando flores frente a nuestra casa cuando escuché pasos detrás de mí.

Al darme vuelta, encontré a Kalin.

Esta vez no llevaba su capa de rey ni venía acompañado de soldados.

Parecía un viajero cualquiera.

—Veo que sigues trabajando desde temprano —comentó.

Sonreí.

—Las flores no van a plantarse solas.

Entonces escuché un sonido familiar.

Colmillo de Luna apareció entre los árboles.

Su pata estaba completamente recuperada.

Pero no venía solo.

Cuatro pequeños lobeznos blancos salieron corriendo detrás de él, tropezando entre las flores.

Uno se acercó a mí y comenzó a jugar con la orilla de mi vestido.

No pude evitar reírme.

Kalin se sentó a mi lado.

Durante un rato nos quedamos observando a los cachorros.

Después me dijo algo que nunca olvidé.

—Aara, hay personas que pasan toda su vida intentando conseguir poder. Tú cambiaste las cosas sin buscarlo.

Miré al lobo blanco, que descansaba tranquilamente junto a nosotros.

—Yo solamente quería que llegara vivo a casa.

Kalin sonrió.

No respondió inmediatamente.

Simplemente miró hacia el lago, donde el hielo finalmente había desaparecido.

Aquella tarde, cuando el sol comenzó a ocultarse detrás de las montañas, varios lobos aparecieron en las colinas.

Algunos niños de la aldea salieron a observarlos desde lejos.

Nadie gritó.

Nadie corrió a buscar un arma.

Y Colmillo de Luna, que durante generaciones había protegido a los reyes, permaneció echado frente a nuestra pequeña casa de madera.

A veces pienso en lo cerca que estuve de obedecer aquella vieja advertencia y quedarme junto al fuego.

Si lo hubiera hecho, quizá jamás habría descubierto la verdad.

Porque aquel invierno todos me habían enseñado a temerle al lobo blanco, pero nunca me advirtieron que el verdadero peligro podía llevar rostro humano.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward