Recibió la orden de curar al Rey Alfa; en su lugar, la Omega le reveló quién lo había maldecido.

Recibió la orden de curar al Rey Alfa; en su lugar, la Omega le reveló quién lo había maldecido.

PARTE 1

La primera vez que desobedecí una orden dentro del Palacio de la Luna, le quité una copa de las manos al hombre más poderoso del norte.

Todos pensaron que había perdido la cabeza.

Yo solo había olido algo que no debía estar allí.

Y cuando revisé la muñeca del Rey Alfa, comprendí que llevaba meses tomando algo que no pretendía acabar con su vida… sino hacer que todos creyeran que había dejado de ser digno de gobernar.

Me llamo Ana Cárdenas.

Tenía veinticuatro años y trabajaba como asistente en la enfermería real de una fortaleza escondida en las montañas de Chihuahua.

Yo era omega.

La doctora Elena Valdés confiaba en mí porque mi familia llevaba generaciones trabajando con plantas medicinales.

Los consejeros, en cambio, apenas recordaban mi nombre.

Aquella madrugada llamaron a tres médicos porque Esteban Montenegro, Rey Alfa del Norte, había perdido temporalmente su capacidad de mando durante una reunión.

Su voz seguía siendo la misma.

Su cuerpo parecía sano.

Pero varios cambiaformas dejaron de sentir la autoridad que normalmente acompañaba sus órdenes.

Los análisis no mostraron infección.

Ni fiebre.

Ni una lesión.

Elena preparó el tónico que Esteban bebía cada noche desde hacía tres meses.

Cuando levantó la copa, sentí un escalofrío.

—No lo tome.

El salón quedó inmóvil.

Mauricio Serrano, presidente del consejo, me miró como si yo hubiera insultado personalmente a toda la Corona.

—Es una asistente.

Esteban no respondió a él.

Me entregó la copa.

Olía a miel, hoja de plata y raíz amarga.

Todo normal.

Debajo había otra cosa.

Un olor frío.

Metálico.

Casi imperceptible.

Pedí permiso para revisar su muñeca.

Al tocar su piel sentí un pulso helado subir por mis dedos.

Había una mancha gris alrededor de la marca real.

No era una enfermedad.

Era un patrón mágico.

Uno encima de otro.

Repetido durante semanas.

—No puedo curarlo como una enfermedad —dije.

Mauricio soltó una risa seca.

Esteban no.

—¿Por qué?

—Porque usted no está enfermo.

La doctora Elena dejó de ordenar los instrumentos.

Expliqué lo que creía estar viendo.

Algo estaba debilitando primero su mando alfa.

Después su conexión con el lobo.

Finalmente, si continuaba, podía hacer que las protecciones antiguas del palacio dejaran de reconocerlo como rey.

Llamaron a doña Graciela Luna, una especialista en rituales antiguos.

Apenas acercó la mano a la copa confirmó mi sospecha.

Era magia de supresión de autoridad.

No estaba diseñada para lastimar físicamente al rey.

Su objetivo era mucho más inteligente.

Hacerlo parecer rechazado por las fuerzas que legitimaban su corona.

Y alguien renovaba el efecto todas las noches.

El rastro más evidente apuntaba a Victoria Reyes, administradora de los materiales ceremoniales.

Los registros aseguraban que su oficina había autorizado la hoja de plata utilizada en el tónico.

Mauricio quería detenerla inmediatamente.

Algo no me cuadraba.

—La evidencia es demasiado perfecta.

Todos me miraron.

Si alguien había trabajado durante meses para ocultar una maldición, ¿por qué dejaría una autorización tan fácil de encontrar?

Esteban ordenó investigar en silencio.

Victoria apareció poco después.

Revisó el documento y señaló una diferencia minúscula en el sello.

Era falso.

Luego encontramos otra autorización.

Esta vez llevaba la firma de la doctora Elena.

También era falsa.

Dos pistas.

Dos personas cercanas al rey.

Las dos parecían culpables.

Las dos habían sido incriminadas.

Ahí comprendí el verdadero propósito.

La maldición no solo debilitaba a Esteban.

Estaba diseñada para hacer que desconfiara de todos los que podían ayudarlo.

Mientras revisaba nuevamente su muñeca, la mano del rey rozó su pesado anillo de coronación.

La marca gris reaccionó.

Me aparté.

—Otra vez.

Esteban tocó el anillo.

El frío se intensificó.

Se lo quitó.

La presión disminuyó casi inmediatamente.

Graciela palideció.

Aquel anillo estaba conectado al antiguo juramento de coronación guardado debajo de la capilla.

El tónico nunca había sido el origen.

Solo alimentaba algo que ya estaba unido a la autoridad del rey.

Pregunté quién había tenido acceso al ritual cuando Esteban fue coronado.

Graciela comenzó a enumerarlos.

El propio rey.

La sacerdotisa lunar.

Y una tercera persona.

El testigo oficial del consejo.

Nadie habló.

No hacía falta.

El único testigo de aquel juramento había sido Mauricio Serrano, el mismo hombre que llevaba toda la noche sentado junto a nosotros explicándonos a quién debíamos culpar.

PARTE 2

Mauricio no se alteró.

Eso fue precisamente lo que más me inquietó.

Dijo que tener acceso no significaba ser culpable.

Tenía razón.

Y se lo reconocí.

No quería acusarlo sin pruebas.

Así que bajamos hasta la cámara situada debajo de la capilla.

En el centro había un círculo de piedra negra con líneas plateadas correspondientes a cada participante del juramento real.

La mayoría estaban limpias.

Debajo del símbolo del testigo del consejo encontré una línea oscura.

Era la raíz.

Graciela explicó que podía romperla.

Pero había un problema.

Quien estuviera manteniendo la maldición sentiría inmediatamente que el vínculo había desaparecido.

Si era Mauricio, destruiría documentos o cambiaría de estrategia.

Pregunté cuándo debía renovarse el ritual.

Graciela revisó el calendario lunar.

—Esta medianoche.

Entonces propuse algo que hizo que todos me miraran como si estuviera todavía más loca que cuando le quité la copa al rey.

No romperíamos la maldición todavía.

Dejaríamos que la persona responsable creyera que seguía funcionando.

Esteban tendría que aparentar estar cada vez más débil.

Yo impediría que el efecto avanzara demasiado.

Era arriesgado.

Mauricio fue quien más se opuso.

Aquello confirmó una sospecha, pero todavía no una culpa.

Esteban decidió continuar.

Durante el resto del día el palacio comenzó a recibir informes cuidadosamente controlados.

El Rey Alfa estaba peor.

Su mando fallaba.

Su lobo casi no respondía.

El consejo comenzaba a hablar de sucesión temporal.

Mauricio pidió una reunión de emergencia para la mañana siguiente.

Según una antigua norma, si el rey no podía demostrar autoridad, el presidente del consejo recibiría temporalmente el control.

Eso le daba un motivo.

Faltaban pruebas.

A las once y media de la noche bajamos silenciosamente a la capilla.

Nos escondimos detrás de un antiguo corredor.

A las 11:58 escuchamos pasos.

Apareció Victoria.

Mi primera reacción fue pensar que me había equivocado.

La vi arrodillarse junto al sello.

Colocó ceniza plateada sobre la línea del testigo.

Pronunció una frase ritual.

La marca de Esteban reaccionó con tanta fuerza que tuve que sujetarle la muñeca.

Entonces escuchamos otra persona.

Mauricio apareció por un pasadizo lateral.

Victoria levantó la cabeza.

—Ya hice lo que pidió.

Sentí que Esteban se tensaba a mi lado.

Mauricio respondió con absoluta tranquilidad.

Al amanecer, explicó, el rey no lograría superar la prueba de mando.

El consejo activaría la sucesión.

Victoria preguntó por su familia.

Ahí apareció otra parte del plan.

Mauricio tenía documentos relacionados con deudas que podían destruir económicamente a la familia de Victoria.

Ella había colaborado porque estaba siendo presionada.

No era inocente.

Pero tampoco era la mente detrás de todo.

Mauricio había creado documentos falsos para señalar primero a Victoria y después a Elena.

Mientras el rey se debilitaba, habría comenzado a sospechar de las personas que más necesitaba.

Después Mauricio aparecería como el único hombre “estable” capaz de proteger el reino.

No lo detuvimos todavía.

Queríamos que hablara delante del consejo.

Victoria fue retenida discretamente cuando salió.

Aceptó declarar.

Antes del amanecer, Graciela y yo debilitamos solo la parte de la maldición que afectaba directamente al cuerpo de Esteban.

La raíz permaneció aparentemente activa.

Mauricio no notaría nada.

A las siete comenzó la reunión.

Esteban estaba sentado al fondo de la mesa, pálido.

Yo permanecí de pie cerca de los médicos.

Mauricio declaró que el rey ya no podía garantizar la estabilidad de la Corona.

Pidió activar inmediatamente la transferencia temporal de poder.

Un anciano solicitó la prueba de mando.

Mauricio sonrió.

Esteban se puso de pie.

Por un instante nadie respiró.

Entonces habló.

Una sola orden.

Todos los lobos presentes la sintieron.

Varias sillas se movieron al mismo tiempo cuando los miembros del consejo reaccionaron instintivamente.

El rostro de Mauricio cambió.

Ahí supo que algo había salido mal.

Daniel, comandante de la guardia, colocó sobre la mesa las autorizaciones falsas.

Graciela presentó el registro del juramento.

Yo expliqué cómo el tónico renovaba la maldición pero no era su raíz.

Finalmente se abrió una puerta lateral.

Victoria entró acompañada por dos testigos.

Contó lo ocurrido a medianoche.

Mauricio intentó negar todo.

Entonces Graciela mostró el registro mágico de la renovación.

Además, dos guardias habían escuchado parte de la conversación desde el corredor.

No hubo una escena violenta.

No hacía falta.

Mauricio fue suspendido inmediatamente mientras comenzaba un juicio formal.

Las medidas de sucesión quedaron anuladas.

Victoria perdió su acceso a materiales ceremoniales y tuvo que responder por su participación.

Pero aquello no terminó con encontrar al culpable.

Un mes después, la maldición había desaparecido por completo.

La marca real de Esteban volvió a brillar plateada.

Su lobo respondió normalmente.

También cambiamos muchas reglas.

Ningún medicamento real podía prepararse y administrarse por una sola persona.

Los archivos médicos y los materiales rituales quedaron bajo controles separados.

Y cualquier trabajador de sanación podía detener un tratamiento si detectaba interferencia mágica, incluso si quien lo ordenaba tenía mayor rango.

Ese último cambio provocó muchas discusiones.

Yo insistí.

Esteban no.

Solo preguntó:

—¿Qué necesitas para que nadie vuelva a esconder algo así detrás de un título?

Le respondí:

Acceso independiente a archivos médicos.

Inventarios ceremoniales.

Registros de juramentos.

Y libertad para decirle que no incluso a él.

Tres días después recibí un documento.

Investigadora Real de Maldiciones.

Acepté solo después de verificar que mi independencia aparecía escrita.

Una tarde estaba cruzando el jardín medicinal cuando encontré a Esteban junto a una fuente.

Sostenía dos tazas de té.

Me quedé mirándolas.

—Eso es valiente.

Él sonrió.

—Pensé que era precaución.

—Está sosteniendo las dos.

—He aprendido.

Me ofreció una.

La olí.

Manzanilla.

Menta.

Miel.

Nada metálico.

Nada escondido.

—Está limpia.

—Excelente. El reino sobrevivirá otra tarde.

Me reí.

Entonces me pidió caminar con él.

Pregunté si era como su médica.

Dijo que no.

Como investigadora tampoco.

Por primera vez desde que lo conocía, el Rey Alfa pareció ligeramente incómodo.

—Como Esteban. Sin maldiciones, sin consejos y sin nadie intentando quedarse con mi puesto.

Eso me gustó mucho más.

Comenzamos a caminar.

No hicimos promesas.

No hablamos de destinos.

Ni de vínculos.

Solo de nosotros.

Con el tiempo entendí que aquello era precisamente lo que necesitábamos.

Yo había entrado a la habitación porque me ordenaron ayudar a curar a un rey.

Pero la verdadera herida nunca estuvo donde todos estaban mirando.

Estaba escondida debajo de otra herida.

Dentro de un sistema que confundía obediencia con confianza.

Aquella noche aprendí que sanar no siempre significa hacer exactamente lo que te ordenan.

A veces significa ser la única persona en la habitación dispuesta a decir:

“No tome otro sorbo.”

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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