«¿Quién se atrevió a tocarte?», rugió el Rey Alfa mientras su Omega, destrozado, se desplomaba en sus brazos.

«¿Quién se atrevió a tocarte?», rugió el Rey Alfa mientras su Omega, destrozado, se desplomaba en sus brazos.

PARTE 1

La primera vez que vi al rey Gideón, pensé que me habían llevado hasta su fortaleza para no volver a salir de allí.

Lo extraño fue que él no me miró como lo habían hecho todos los demás.

Me observó durante unos segundos… y de pronto todo el salón quedó en silencio.

Hasta mi hermano dejó de sonreír.

El invierno había cerrado los caminos del norte y convertido las montañas en paredes de hielo. La fortaleza de Winterborn se levantaba entre pinos cubiertos de nieve, tan enorme que desde lejos parecía una ciudad escondida entre las nubes.

Yo llegué ahí como parte de un trato.

Bastián, mi medio hermano y líder de Crestfall, necesitaba comida, madera y permiso para atravesar las tierras del norte. Después de meses de disputas, su gente estaba pasando hambre.

Pero Bastián no quería entregar tierras ni hombres.

Me entregó a mí.

—Ella tiene sangre de nuestra familia —explicó ante toda la corte—. Considérela una garantía de nuestra buena voluntad.

Yo permanecí de rodillas, mirando el piso.

Durante años había aprendido que era mejor no llamar la atención.

Ser Omega en Crestfall no significaba ser protegida. Al menos no para mí.

Mi madre había pertenecido a una rama de la familia que Bastián consideraba una vergüenza. Desde que ella faltó, yo había vivido prácticamente escondida.

Por eso esperaba que Gideón reaccionara igual.

Pero el rey bajó lentamente de su asiento.

Era más alto de lo que imaginaba. Tenía cicatrices antiguas en el rostro y una presencia que hacía que hasta los guardias evitaran moverse demasiado.

Se detuvo frente a mí.

—Levanta la mirada.

Mi cuerpo se tensó por reflejo.

Aun así, obedecí.

Y entonces ocurrió algo que ninguno de los dos esperaba.

Cuando nuestros ojos se encontraron, Gideón se quedó inmóvil.

Solo fue un instante.

Después volvió a adoptar aquella expresión fría.

—Acepto el acuerdo.

Bastián sonrió satisfecho.

Yo sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.

Pero inmediatamente después, Gideón ordenó algo todavía más desconcertante.

No me enviaron a una celda.

Me dieron una habitación amplia en el ala oriental, ropa abrigadora, comida y atención de una curandera llamada Maud.

Durante días esperé que apareciera la verdadera intención detrás de tanta amabilidad.

Nunca apareció.

Los sirvientes me trataban con respeto.

Los guardias me saludaban.

Y Gideón mantenía su distancia.

A veces lo veía desde las ventanas del jardín. Él podía pasar horas organizando asuntos de la fortaleza, pero siempre parecía saber dónde estaba yo.

Nunca se acercaba demasiado.

Eso empezó a confundirme más que cualquier amenaza.

Una noche lo encontré en la biblioteca.

Yo estaba leyendo un viejo libro sobre los territorios del norte cuando escuché pasos detrás de mí.

Me sobresalté.

Gideón se detuvo inmediatamente.

—No vine a molestarte.

Se sentó lejos, dejando varios metros entre nosotros.

Por primera vez me atreví a preguntarle aquello que llevaba semanas pensando.

—¿Por qué hace todo esto?

Él frunció ligeramente el ceño.

—¿Todo qué?

—Tratarme como si yo importara.

Durante unos segundos no dijo nada.

Luego respondió:

—Porque aquí nadie tiene derecho a decidir cuánto vales por ti.

Fue una frase sencilla.

Pero nadie me había dicho algo parecido.

Después de aquella noche empecé a sentirme diferente.

Dormía mejor.

Volví a leer.

Incluso ayudaba ocasionalmente en la cocina y en la biblioteca.

Sin darme cuenta, Winterborn comenzó a parecerse más a un hogar que cualquier lugar donde hubiera vivido antes.

Hasta que llegaron los comerciantes.

Aparecieron dos noches antes de la celebración del solsticio, justo cuando una tormenta se acercaba desde las montañas.

Pidieron refugio.

Gideón permitió que permanecieran en el patio inferior de la fortaleza.

Nadie sospechó nada.

Yo tampoco.

Aquella noche regresaba a mi habitación cuando una voz salió de un pasillo oscuro.

—Adela.

Me congelé.

Conocía esa voz.

Un hombre apareció entre las sombras.

Era Kael, uno de los hombres de confianza de Bastián.

Sentí que las piernas me fallaban.

—No deberías estar aquí.

Él sonrió.

—Tu hermano quiere recordarte por qué te mandó al norte.

Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que apenas podía respirar.

Kael se acercó y bajó la voz.

—¿Recuerdas lo que te prometió sobre Clara?

Clara.

Mi hermana menor.

La única persona por quien había aceptado venir a Winterborn.

Bastián me había jurado que, si cooperaba, enviaría a Clara lejos de Crestfall, a un lugar seguro.

—Ella está protegida —dije.

Kael soltó una pequeña risa.

—Eso fue lo que necesitaba que creyeras.

Sentí frío aunque el corredor estaba iluminado por antorchas.

—¿Dónde está?

Kael sacó un pequeño frasco negro.

Lo dejó en mi mano.

—Mañana habrá una copa especial frente al rey durante la cena del solsticio.

Miré el frasco.

Después lo miré a él.

—No.

—Ni siquiera sabes lo que voy a pedirte.

—Sí lo sé.

Mi voz apenas salió.

Kael inclinó la cabeza.

—Entonces también deberías saber que Clara sigue encerrada en Crestfall.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—Bastián prometió…

—Bastián nunca tuvo intención de cumplir esa promesa.

Cerró mis dedos alrededor del frasco.

—Mañana pondrás esto en la copa de Gideón.

Di un paso atrás.

—No lo haré.

La expresión de Kael cambió.

—Entonces escucha con atención, Adela.

Se acercó hasta quedar frente a mí.

—Si mañana el rey sigue en pie cuando termine la celebración, tu hermana será quien pague el precio.

Y en ese instante comprendí que Bastián nunca me había enviado a Winterborn para sellar la paz.

Me había enviado para acercarme lo suficiente al rey como para destruirlo.

PARTE 2

Sentí el pequeño frasco pesar en mi mano como si fuera una piedra.

Kael desapareció por el corredor antes de que los guardias doblaran la esquina.

Yo me quedé allí, sin saber qué hacer.

Podía contarle todo a Gideón.

Pero ¿qué ocurriría si Bastián recibía noticias antes de que alguien llegara hasta Clara?

No podía arriesgarme.

Tampoco podía cumplir la orden.

Gideón era el primer hombre con poder que me había dado algo sin exigirme nada a cambio.

No podía traicionarlo.

Así que elegí una tercera opción.

Escapar.

Esperaría hasta la madrugada, saldría por una puerta secundaria y trataría de llegar sola a Crestfall.

Era una idea terrible.

Lo sabía.

Pero mi miedo por Clara era más fuerte que cualquier lógica.

Esperé hasta que la fortaleza quedó casi en silencio.

Me puse una capa, guardé algo de comida y escondí el frasco negro entre mi ropa.

La tormenta ya había comenzado cuando crucé la puerta exterior.

El viento golpeaba con tanta fuerza que apenas podía ver unos metros.

Avancé entre los árboles.

No había recorrido ni un kilómetro cuando escuché pasos detrás de mí.

Después una voz.

—Sabía que intentarías hacer algo así.

Kael.

No estaba solo.

Otros tres hombres aparecieron entre los árboles.

Entonces comprendí la segunda parte del plan.

Ellos nunca habían confiado en mí.

Si yo cumplía la orden, Gideón desaparecería.

Si me negaba, ellos se encargarían de hacerme desaparecer a mí y después culparían al rey.

Todo estaba preparado.

Retrocedí.

—Bastián no piensa dejar sobrevivir a nadie que conozca la verdad, ¿verdad?

Kael sonrió.

Aquella sonrisa fue suficiente respuesta.

Intenté correr.

No llegué lejos.

Uno de ellos me alcanzó y caí sobre la nieve.

Me cubrí esperando lo peor.

Pero entonces ocurrió algo que todavía hoy recuerdo con absoluta claridad.

Un rugido atravesó el bosque.

No parecía venir de un animal normal.

Los cuatro hombres se quedaron inmóviles.

Entre los árboles apareció una enorme figura oscura.

Un lobo.

Pero no uno como los que había visto antes.

Era gigantesco.

Sus ojos dorados brillaban en medio de la tormenta.

Yo reconocí esos ojos.

Gideón.

Los hombres de Bastián retrocedieron inmediatamente.

Todo ocurrió muy rápido.

Escuché gritos, pasos hundiéndose en la nieve y órdenes de los guardias que llegaron segundos después.

Cuando volví a mirar, Kael estaba rodeado por soldados del norte.

Gideón había recuperado su forma humana y caminaba directamente hacia mí.

Nunca olvidaré su expresión.

No era enojo conmigo.

Era miedo.

Miedo de haber llegado demasiado tarde.

Se arrodilló a mi lado.

—Adela.

Intenté incorporarme.

Entonces recordé el frasco.

Lo saqué.

—Bastián quería que pusiera esto en tu copa.

Gideón observó el recipiente.

—¿Por qué huiste?

La pregunta me destrozó.

—Clara.

Las palabras salieron entrecortadas.

—La tiene Bastián. Me dijo que si no hacía lo que pedía…

No pude terminar.

Gideón entendió.

Me tomó con cuidado entre sus brazos.

—Vamos a traerla.

Negué con la cabeza.

—No sabes dónde está.

—Kael sí.

Miré al hombre rodeado por los guardias.

Entonces Gideón agregó:

—Y ahora también vamos a descubrir qué más está planeando tu hermano.

Aquella misma noche salió a la luz la verdad.

El acuerdo comercial nunca había sido real.

Bastián había utilizado los permisos de tránsito para introducir discretamente hombres y suministros cerca de las fronteras del norte.

Pretendía esperar hasta que terminara el invierno y atacar Winterborn cuando Gideón creyera que existía paz.

Yo solo había sido una pieza más.

Tres días después desperté en mi habitación.

Gideón estaba sentado junto a la ventana.

—Clara —fue lo primero que pregunté.

Él se levantó.

—Salimos en una hora.

—¿Salimos?

—Mis hombres y yo.

Lo observé sorprendida.

—¿Vas a enfrentarte a Crestfall por mi hermana?

Gideón permaneció callado durante unos segundos.

Después se acercó.

—Hay algo que debería haberte dicho desde el primer día.

Mi estómago se cerró.

—Cuando me miraste por primera vez en aquel salón, mi lobo te reconoció.

No entendí.

Hasta que pronunció la palabra.

—Compañera.

Me quedé inmóvil.

Ésa había sido la razón de su silencio aquella primera tarde.

La razón por la que me había protegido sin acercarse demasiado.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque llegaste aterrada.

Se sentó frente a mí.

—No quería que cambiaras una prisión por otra.

Aquello me dejó sin palabras.

Gideón pudo haber reclamado aquel vínculo desde el principio.

En cambio, había esperado a que yo pudiera elegir.

Horas después partió hacia Crestfall.

Pero no fue una campaña larga ni una masacre.

Gracias a la información de Kael, Gideón sabía dónde estaban los hombres de Bastián, dónde guardaban sus recursos y, sobre todo, dónde permanecían los prisioneros.

Un pequeño grupo entró primero por los túneles antiguos bajo la fortaleza.

Entre ellos iba Gregory, el capitán de Gideón.

Encontraron a Clara.

Bastián trató de usarla como última garantía cuando vio que sus propios hombres comenzaban a abandonarlo.

Pero su plan terminó allí.

Uno de los exploradores de Gideón apareció por detrás y lo desarmó antes de que pudiera hacerle daño.

Clara corrió directamente hacia los soldados del norte.

Días después escuché pasos corriendo por el corredor de Winterborn.

Abrí la puerta.

Una niña pequeña cruzó la habitación y se lanzó sobre mí.

—¡Adela!

Caí de rodillas abrazándola.

Durante mucho tiempo no pude decir nada.

Solo la sostuve.

Detrás de ella estaba Gideón.

No necesitó explicar nada.

Había cumplido su promesa.

Los meses siguientes cambiaron muchas cosas.

Crestfall dejó de estar bajo el control de Bastián. Varias familias que habían vivido durante años con miedo pudieron elegir nuevos líderes.

Clara comenzó una nueva vida en Winterborn.

Y yo también.

No me convertí en reina de un día para otro.

Gideón nunca me obligó a aceptar el vínculo.

Esperó.

Primero aprendimos a hablar.

Después a confiar.

Y finalmente, una mañana de primavera, fui yo quien tomó su mano delante de toda la corte.

—Creo que ya estoy lista.

Por primera vez vi al temido rey del norte completamente sin palabras.

Meses atrás había llegado a aquella fortaleza pensando que me habían entregado a un monstruo.

La verdad resultó ser exactamente lo contrario.

El hombre al que todos temían había sido el único que nunca intentó decidir mi vida por mí.

Y todavía hoy existe algo que conservo en una pequeña caja dentro de nuestra habitación.

El frasco negro que Kael me dio aquella noche.

Está vacío.

Gideón quería destruirlo.

Yo no se lo permití.

Porque cada vez que lo veo recuerdo dos cosas.

La primera es hasta dónde estuvo dispuesto a llegar Bastián para controlar mi vida.

La segunda es mucho más importante.

Esa pequeña botella fue la última orden que obedecí por miedo.

 

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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