“¿Puedes Fingir Ser Mi Esposo?”, Preguntó Ella — El Jefe de la Mafia Respondió: “Para Siempre.”
“¿Puedes Fingir Ser Mi Esposo?”, Preguntó Ella — El Jefe de la Mafia Respondió: “Para Siempre.”

PARTE 1
La noche en que pedí ayuda al hombre más peligroso de Boston, sabía que podía perder mi libertad. Lo que no imaginé fue que Dominic Ruso no aceptaba favores temporales.
—¿Puede fingir ser mi esposo?
La pregunta quedó suspendida en la trastienda privada del restaurante Il Posto. Afuera llovía con fuerza. Dentro, el aire olía a cuero caro, ajo asado y peligro. Dominic ni siquiera sonrió cuando escuchó mi desesperada propuesta.
Yo tenía veintiséis años y trabajaba como enfermera de urgencias. Había pasado seis años estudiando y demasiadas noches salvando desconocidos para terminar de aquella manera: empapada, aterrada y frente al jefe de una organización criminal.
Todo por culpa de Liem, mi hermano.
Liem debía cuatrocientos mil dólares a los Tarasov y había desaparecido tres días antes. Aquella mañana, dos cobradores fueron a mi apartamento, me quitaron el pasaporte y me dejaron claro que, si la deuda no se pagaba antes del viernes, yo pagaría por él.
Pensé en acudir a la policía, pero los Tarasov tenían contactos allí. Solo me quedaban treinta dólares y ninguna salida segura.
Por eso fui a Dominic.
Tenía treinta y cinco años, negocios legales por toda la ciudad y una reputación mucho más oscura detrás de ellos. Incluso era dueño del hospital donde yo trabajaba. Mientras explicaba mi situación, siguió escribiendo en un cuaderno como si mi vida no significara nada.
—Suena como un problema personal —dijo finalmente—. No iniciaré una guerra por la hermana de un jugador.
Respiré hondo.
—Los Tarasov no tocarían a alguien que perteneciera a su familia.
Dominic levantó la mirada.
—¿Perteneciera?
Aquella palabra me hizo estremecer, pero ya había llegado demasiado lejos.
Le expliqué mi plan. El FBI estaba investigando varias de sus empresas. Un matrimonio con una enfermera sin antecedentes, conocida por ayudar a otros, podía hacerlo parecer estable, humano y respetable.
—Solo en el papel. Yo sonrío para las cámaras, firmo lo que quiera y usted me presta su apellido hasta que pueda desaparecer.
Dominic se levantó.
Rodeó lentamente el escritorio y se detuvo frente a mí.
—¿Un esposo de mentira?
—Sí. Un año. Tal vez dos.
Me observó durante varios segundos.
Después pronunció una sola palabra:
—Para siempre.
Retrocedí.
—No. Ese no era el trato.
—Tú no dictas los términos en mi casa.
Su voz nunca se elevó. Eso lo hacía peor.
Me explicó que un divorcio no me protegería. El día que dejara de utilizar su apellido, los Tarasov regresarían. Si quería ser intocable, tendría que serlo de verdad.
—No quiero pertenecerle a nadie.
—Ya perteneces a alguien desde que tu hermano tomó ese dinero. Solo estás eligiendo quién sostiene la correa.
Sentí náuseas.
Dominic caminó hacia la licorera y añadió que como esposa suya tendría seguridad, un techo y un apellido que nadie se atrevería a desafiar.
Pero habría un precio.
Viviría en su casa.
Aparecería a su lado.
Entraría completamente en su mundo.
Cerré los ojos y recordé el cuchillo de los cobradores contra mi mejilla.
Cuando volví a abrirlos, Dominic seguía esperándome.
—¿Tenemos un trato?
—Sí.
Ordenó inmediatamente que cancelaran la deuda de Liem. Después abrió una pequeña caja de terciopelo.
Dentro había un antiguo anillo de diamantes.
Tomó mi mano izquierda y deslizó la joya en mi dedo. Encajó perfectamente.
—Era de mi abuela. Lo llevó durante cincuenta años.
Su pulgar rozó lentamente la piedra.
—Y tú nunca vas a quitártelo.
Miré el diamante.
Era hermoso.
También parecía una cadena.
Entonces Dominic se inclinó ligeramente hacia mí.
—Entiende algo desde ahora, Nora. Tú pediste un esposo falso.
Sus ojos se volvieron completamente fríos.
—Pero para mí este matrimonio no tendrá nada de falso.
PARTE 2
Sentí que el aire desaparecía de la habitación, pero ya era demasiado tarde para retroceder.
Aquella misma noche, los hombres de Dominic me llevaron a mi apartamento para recoger algunas cosas.
Cuando entré en mi habitación, vi mi gafete de enfermera sobre la cómoda.
Nora Hastings, RN.
Lo sostuve durante unos segundos.
Ser enfermera no era simplemente un trabajo. Era lo único que siempre había sentido verdaderamente mío.
Había construido aquella carrera con años de estudio, noches sin dormir y turnos interminables.
Pero Dominic ya había decidido que no volvería al hospital.
Según él, la esposa de un hombre como él no trabajaba de madrugada en una sala de urgencias donde cualquiera podía acercarse.
Yo quería protección.
No una prisión.
Sin embargo, cuando la camioneta atravesó los enormes portones de su propiedad frente al Atlántico, comprendí exactamente dónde había terminado.
La mansión era una fortaleza.
Muros.
Cámaras.
Guardias.
Puertas vigiladas.
Los Tarasov ya no podían alcanzarme fácilmente.
Y, aun así, nunca me había sentido tan atrapada.
Durante los días siguientes me prepararon para convertirme públicamente en la prometida de Dominic Ruso.
Ropa nueva.
Joyas.
Fotografías.
Eventos.
Nombres que debía recordar.
Dominic me explicó que sus enemigos solo respetarían nuestra unión si realmente creían que yo significaba algo para él.
La primera prueba llegó durante una gala en el St. Regis.
Llevaba un vestido azul medianoche y diamantes que parecían hielo sobre mi piel.
Dominic mantuvo una mano firme sobre mi cintura mientras atravesábamos la alfombra roja.
Frente a los periodistas sonreí como había sonreído cientos de veces a pacientes aterrados antes de una inyección.
Una mentira profesional.
Durante casi una hora todo funcionó.
Hasta que apareció Anton Tarasov.
Se acercó con una sonrisa venenosa.
—Solo queremos saber si ella vale el precio que pagaste.
Dominic se movió tan rápido que apenas pude reaccionar.
Sujetó a Anton por el traje y lo empujó contra una columna.
—Vuelve a mirarla de esa manera y tendrás un problema conmigo.
El salón entero fingió no ver nada.
Anton se marchó humillado.
Pero todos seguían observándonos.
Dominic regresó hacia mí.
Yo estaba temblando.
Entonces tomó mi rostro…
y me besó.
No fue ternura.
Fue una declaración dirigida a todos los depredadores de aquella sala.
Tocarme significaba desafiarlo.
De regreso en la mansión descubrí sangre seca en los nudillos de Dominic.
—Déjame curarte.
—Tengo médicos.
—Y yo pasé seis años trabajando en urgencias. Siéntate.
Por un instante pensé que me ordenaría marcharme.
En cambio, me siguió hasta la cocina.
Limpié los cortes y vendé su mano.
Durante aquellos minutos dejó de ser el hombre al que toda la ciudad temía.
Solo era un paciente demasiado orgulloso para admitir que estaba herido.
Cuando terminé, Dominic observó el vendaje.
—Gracias.
Nunca imaginé que una palabra tan sencilla pudiera sonar tan extraña en su boca.
Aquella pequeña tregua no duró.
Días después estaba trabajando con unas plantas en el invernadero cuando descubrí un reloj barato escondido junto a una maceta.
Mi sangre se congeló.
Era de Liem.
Yo misma se lo había regalado.
Debajo había una nota:
TIC TAC.
Alguien había entrado en la mansión.
Corrí hasta el despacho de Dominic.
Él ordenó cerrar inmediatamente la propiedad y descubrió que alguien de su propia seguridad había facilitado el acceso.
Después me miró.
—Empaca una bolsa. Te enviaré a una casa segura.
—No.
Dominic permaneció inmóvil.
Yo también estaba sorprendida por mi respuesta.
Pero estaba cansada de que todos decidieran mi vida.
—Si los Tarasov quieren utilizarme para demostrar que pueden tocar lo que tú proteges, esconderme solo les demostrará que tienes miedo.
—No entiendes este mundo.
—Entiendo que soy la carnada.
Di un paso hacia él.
—Entonces úsame.
Por primera vez vi verdadera sorpresa en los ojos de Dominic.
Finalmente aceptó.
La trampa se preparó en la Ópera de Boston.
Yo llevaba un vestido rojo elegido deliberadamente para que todos pudieran verme.
Dominic permaneció sentado a mi lado dentro de un palco privado, vigilando cada sombra.
Sus hombres habían interceptado comunicaciones de los Tarasov.
Sabíamos que vendrían.
La música comenzó a aumentar.
Dominic se acercó a mi oído.
—Cuando llegue el crescendo, tírate al suelo. No mires a nadie. Mira mis zapatos.
Mi corazón golpeaba contra mis costillas.
La orquesta alcanzó su punto más alto.
—Ahora.
Caí al suelo.
La cortina detrás de nosotros se abrió.
Los disparos quedaron casi ahogados por la música.
Pedazos de madera y yeso cayeron sobre mí.
Mantuve la mirada fija en los zapatos negros de Dominic mientras escuchaba pasos, golpes y cuerpos desplomándose.
Había pedido ser la carnada.
Ahora entendía el verdadero significado de aquella decisión.
De repente llegó el silencio.
—Está despejado.
Levanté la cabeza.
Dominic estaba de pie.
Había varios atacantes en el suelo.
Anton estaba entre ellos.
La manga del traje de Dominic estaba rasgada y manchada.
Él extendió su mano izquierda hacia mí.
La misma mano que yo había vendado días antes.
La miré durante unos segundos.
Aquel era el hombre al que había unido mi destino.
El mismo hombre que podía ser mi cárcel…
y que acababa de interponerse entre mí y quienes querían utilizarme.
Tomé su mano.
Dominic me levantó y me atrajo contra su pecho.
Esperaba encontrarme aterrada.
En cambio, levanté los dedos hacia su traje roto.
—Estás sangrando.
Algo oscuro cambió en sus ojos.
—No es mi sangre.
Miró hacia Anton.
—La deuda termina esta noche.
Las sirenas comenzaron a escucharse en la distancia.
Dominic miró el diamante cubierto de polvo en mi mano.
—Tenemos que irnos.
—Lo sé.
Esta vez fui yo quien apretó sus dedos.
Pasamos junto a Anton sin mirar atrás y abandonamos juntos el palco destruido. La historia deja claro que Nora ya comprende que no existe un regreso sencillo a su antigua vida y decide caminar junto a Dominic después del enfrentamiento.
Cuando entré por primera vez en aquel restaurante, solo quería un apellido prestado.
Un escudo.
Una mentira suficientemente convincente para mantenerme viva.
Pero el juego había cambiado.
El escudo se había convertido en una espada.
Yo ya no era la enfermera aterrada que había llegado empapada por la lluvia suplicando protección.
Había entrado en el mundo de Dominic con miedo.
Después aprendí sus reglas.
Y finalmente aprendí a mantenerme de pie dentro de él.
La primera vez que Dominic pronunció aquellas dos palabras, sonaron como una condena:
Para siempre.
Mientras salíamos juntos del teatro antes de que llegara la policía, comprendí finalmente su verdadero peso.
El matrimonio había comenzado como una mentira.
Pero fingir se había terminado para siempre.