«¡Por favor, salva a mi heredero!», suplicó el rey vampiro; ella corrió a sostener a su bebé antes de que se agotara el tiempo hoy mismo.
«¡Por favor, salva a mi heredero!», suplicó el rey vampiro; ella corrió a sostener a su bebé antes de que se agotara el tiempo hoy mismo.

Parte 1
La nieve caía con tanta fuerza que apenas podía ver el camino frente a mí. Tenía una sola maleta a mis pies, una vieja chaqueta sobre los hombros y una decisión que llevaba semanas intentando tomar: desaparecer.
Había perdido a mi hija hacía poco tiempo.
Tres semanas.
Solo tres semanas desde que Lily dejó de respirar, pero mi cuerpo todavía no lo entendía. Cada mañana despertaba esperando escuchar su llanto. Mi corazón seguía preparándose para alimentarla, aunque mis brazos estaban vacíos.
Trabajaba en un hospital. Había pasado años cuidando bebés, ayudando a madres a sostener a sus hijos por primera vez. Pero después de perder a Lily, cada llanto al otro lado de la habitación era una herida abierta.
Ese día renuncié.
Ya no podía soportarlo.
Me iba de la ciudad porque no quedaba nada para mí allí.
O eso creía.
Estaba sentada en una parada de autobús esperando el último viaje de la noche cuando escuché un sonido extraño.
Un llanto.
Débil.
Casi imposible de escuchar entre el viento y la nieve.
Levanté la cabeza lentamente.
Al principio pensé que mi mente me estaba jugando una mala pasada.
Pero volvió a escucharse.
Era un bebé.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me levanté del banco y seguí aquel sonido hasta encontrar algo que jamás olvidaré.
Un hombre estaba arrodillado en la nieve.
Un hombre que parecía pertenecer a otro mundo.
Su cabello plateado caía sobre sus hombros y llevaba una capa negra empapada por la tormenta. Sus ojos tenían una tristeza que nunca había visto en nadie.
Y en sus brazos sostenía a un bebé.
“Por favor… salva a mi hijo”.
Su voz no sonaba como una orden.
Sonaba como una súplica.
Lo miré confundida.
Aquel hombre parecía poderoso. Sus acompañantes vestían armaduras oscuras y permanecían detrás de él como soldados esperando una orden.
Pero él estaba de rodillas.
Frente a mí.
“¿Quién es usted?”, pregunté.
“Lucian”.
Hizo una pausa antes de continuar.
“Soy el rey de Blackthorn”.
Pensé que estaba delirando. Un rey en una parada de autobús en medio de la nieve no tenía sentido.
Pero entonces miré al bebé.
Su piel estaba pálida. Su respiración era casi inexistente.
Y algo dentro de mí cambió.
Había perdido a Lily.
Sabía lo que significaba mirar a un hijo y sentir que el mundo entero dependía de salvarlo.
“Dámelo”, dije.
Lucian me observó sorprendido.
“¿Qué?”
“Dame al bebé”.
Sus manos temblaron cuando me lo entregó.
El pequeño Kale apenas pesaba en mis brazos, pero sentí algo que no esperaba.
Una conexión.
Como si mi corazón, que había estado roto durante semanas, recordara de repente cómo latir.
El autobús llegó.
Las puertas se abrieron.
Pero yo ya no podía subir.
El conductor me miró esperando que entrara.
No lo hice.
El autobús se alejó lentamente mientras yo permanecía allí sosteniendo al hijo de un desconocido.
Entonces ocurrió algo imposible.
El mundo a mi alrededor desapareció.
La nieve dejó de caer.
La calle desapareció.
Y en un instante estaba en otro lugar.
Frente a mí había un enorme castillo negro rodeado de torres y sombras.
No era un sueño.
Era real.
Lucian caminaba a mi lado mientras yo sostenía a Kale.
“Bienvenida a Blackthorn Castle”, dijo.
Miré aquella fortaleza imposible y después al bebé que comenzaba a respirar con más fuerza.
No sabía quién era Lucian.
No sabía por qué un rey necesitaba a una mujer desconocida para salvar a su hijo.
Pero mientras entraba en aquel castillo, entendí algo.
Mi vida normal había terminado en aquella parada de autobús.
Y lo que estaba a punto de descubrir cambiaría todo lo que creía sobre el amor, la pérdida y los monstruos.
Porque el verdadero peligro no estaba afuera del castillo.
Ya estaba dentro.
Parte 2
Desde el primer momento en que entré en Blackthorn Castle sentí que aquel lugar estaba de luto.
No era simplemente tristeza.
Era como si cada piedra del castillo recordara una pérdida.
Los sirvientes caminaban en silencio. Los guardias evitaban mirar a Lucian demasiado tiempo. Nadie hablaba más de lo necesario.
Después descubrí la razón.
La reina Saraphina había muerto al dar a luz a Kale.
Lucian había vivido durante siglos como un hombre temido por todos. Un rey inmortal que jamás mostraba debilidad.
Hasta que perdió a la mujer que amaba.
Y ahora estaba a punto de perder también a su hijo.
Los médicos habían intentado todo.
Nada funcionaba.
Hasta que una antigua profecía reveló que solo una madre humana que hubiera perdido a su propio hijo podría devolverle la vida al heredero.
Yo no entendía nada de profecías.
Solo sabía que un bebé necesitaba ayuda.
Y eso era suficiente.
Cuando sostuve a Kale en mis brazos por primera vez dentro de la habitación real, ocurrió algo que nadie había visto en días.
El niño dejó de llorar.
Comenzó a alimentarse.
Su respiración se volvió estable.
Todos en la habitación quedaron en silencio.
Lucian me observaba como si estuviera viendo un milagro.
Después intentó pagarme.
Me ofreció oro.
Tierras.
Protección.
Incluso un título dentro de su reino.
Lo miré y negué con la cabeza.
“No quiero nada de eso”.
Lucian parecía confundido.
“Entonces, ¿qué quieres?”
Miré a Kale dormido.
“Quiero quedarme hasta que él esté bien”.
Fue la primera vez en siglos que alguien rechazaba algo que Lucian ofrecía.
Y por alguna razón, eso pareció cambiar algo en él.
Con los días, dejé de sentirme como una extraña.
Empecé a cuidar a Kale como si fuera parte de mi vida.
Organicé la habitación del bebé, enseñé a los sirvientes pequeños detalles que había aprendido como enfermera y poco a poco el castillo empezó a despertar.
La gente volvió a sonreír.
Los pasillos dejaron de sentirse como una tumba.
Y Lucian comenzó a cambiar también.
Ya no veía solo al rey.
Veía al hombre.
Un padre aterrorizado.
Un esposo que todavía extrañaba a la mujer que perdió.
Un hombre que llevaba siglos cargando una soledad imposible.
Pero mientras todo parecía mejorar, descubrí algo que me heló la sangre.
Al revisar los suministros de Kale encontré algo extraño.
Tres botellas tenían un olor diferente.
Algo estaba mal.
Después revisé los registros médicos.
Como enfermera había aprendido algo importante: los números nunca mienten.
Las fechas no coincidían.
Los tratamientos habían cambiado justo cuando Kale comenzó a empeorar.
Alguien había alterado su cuidado.
Alguien dentro del castillo había intentado matar al heredero.
Y entonces descubrí algo peor.
No era solo Kale.
La reina Saraphina tampoco había muerto por accidente.
Había sido asesinada.
Cuando compartí mis sospechas con Lucian, vi algo en sus ojos que nunca había visto antes.
Dolor.
Y una furia silenciosa.
Pero antes de que pudiéramos encontrar al culpable, alguien intentó silenciarme.
Una noche escuché una puerta abrirse cerca de la habitación de Kale.
Vi una figura salir de las sombras.
Alguien que conocía perfectamente el castillo.
Alguien que no tenía miedo de moverse por allí.
Cuando intenté seguirlo, todo se volvió oscuro.
Desperté en una habitación fría, con las manos atadas.
Y entonces escuché una voz conocida.
“Sabía que tarde o temprano descubrirías la verdad”.
Levanté la mirada.
Frente a mí estaba Lord Malachar.
El hombre que todos en el castillo respetaban.
El hombre que parecía estar de nuestro lado.
Pero su sonrisa ya no era amable.
“¿Por qué?”, pregunté mientras abrazaba a Kale.
Malachar se acercó lentamente.
“Porque este reino nunca debió pertenecer a Lucian”.
En ese momento entendí algo aterrador.
Yo no había llegado a Blackthorn Castle para salvar solo a un bebé.
Había entrado en medio de una guerra que llevaba siglos esperando comenzar.
Y ahora el destino de Kale, Lucian y todo el reino dependía de si yo lograba salir viva de aquella habitación.