«¡Por favor, no te lleves a mi bebé!» — Ella no tenía idea de que el Rey Alfa estaba escuchando tras la puerta.

«¡Por favor, no te lleves a mi bebé!» — Ella no tenía idea de que el Rey Alfa estaba escuchando tras la puerta.

PARTE 1

Durante diez meses escondí a mi hijo dentro del mismo palacio de su padre.

Nadie sabía que existía.

Mucho menos la reina.

Y si alguien hubiera visto sus ojos plateados, habría entendido de inmediato por qué yo estaba dispuesta a desaparecer antes que entregarlo.

Me llamo Rosalyn.

En Oak Haven yo era una Omega.

Una sirvienta más.

Limpiaba chimeneas, cargaba agua y fregaba pisos que nunca quedaban suficientemente limpios para los nobles.

Era exactamente como quería que me vieran.

Invisible.

El problema era que, detrás de una pared falsa en el ático de los sirvientes, dormía Leo.

Mi hijo.

Tenía diez meses, cabello negro y unos ojos imposibles de esconder.

Plateados.

En todo el reino, aquel color pertenecía a una sola familia.

Los Montgomery.

La familia del rey.

Todo había comenzado un año antes durante la fiesta de Beltane.

Aquella noche todos usaban máscaras y las diferencias sociales se relajaban durante unas horas.

Yo escapé de mis tareas para mirar las fogatas desde el bosque.

Ahí choqué con un hombre alto que también llevaba máscara.

No sabía quién era.

Solo recuerdo su olor a pino después de la lluvia y aquella sensación extraña que hizo despertar a mi loba de inmediato.

Él sintió lo mismo.

Pasamos varias horas juntos.

Antes del amanecer prometió buscarme.

Pero la mañana siguiente el viejo rey falleció inesperadamente.

Y el desconocido de la máscara apareció frente a todo el reino.

Era Roland Montgomery.

El nuevo rey.

Ese mismo día, por razones políticas, el consejo anunció su compromiso con Genevieve Harrington.

Yo lo vi desde el fondo de la multitud.

No dije nada.

Semanas después descubrí que estaba embarazada.

Ahí empezó mi miedo.

Genevieve no era una mujer que tolerara amenazas a su posición.

Y un hijo de Roland nacido de una Omega podía convertirse en la mayor de todas.

Así que escondí mi embarazo.

Usaba ropa grande.

Trabajaba de noche.

Evitaba a los guardias.

Cuando nació Leo, nadie me ayudó.

Lo mantuve escondido cerca de las chimeneas porque el humo disimulaba su olor.

Robaba un poco de leche de cabra.

Guardaba pan viejo.

Dormía poco.

Pero funcionó.

Hasta que Genevieve empezó a desesperarse por no tener un heredero.

La reina anunció una supuesta inspección de salud para todos los niños nacidos entre los sirvientes.

Nadie creyó que fuera solo por una enfermedad.

Yo sabía que estaba buscando algo.

O a alguien.

Una tarde escuché botas subiendo por la escalera del ático.

Metí a Leo detrás de la pared falsa.

Cerré el panel.

Y fingí limpiar.

La puerta se abrió.

Entró Agnes, la partera principal del castillo.

Con ella venían dos guardias de la familia Harrington.

Agnes comenzó a hacer preguntas.

Después olió mi ropa.

Le pareció extraño encontrar rastros de leche.

Intenté inventar una explicación.

No funcionó.

Uno de los guardias movió un mueble.

Agnes golpeó la pared con su bastón.

Escuchó el sonido hueco.

Ordenó abrirla.

Yo traté de detenerlos.

No pude.

El panel cayó.

Y Leo empezó a llorar.

Agnes lo tomó entre sus brazos.

Al principio solo parecía sorprendida.

Después el bebé abrió los ojos.

La luz de una vela cayó sobre ellos.

Plateados.

Agnes palideció.

Yo supe que todo había terminado.

Me arrodillé.

Le pedí que me dejara llevarme al niño y desaparecer.

Le juré que jamás regresaríamos.

Entonces Agnes sonrió.

No quería eliminar a Leo.

Quería algo mucho peor.

Genevieve llevaba años sin poder darle un hijo al rey.

Un bebé con los ojos exactos de Roland podía resolver ese problema.

Podían presentar a Leo como hijo de la reina.

Y para que nadie pudiera demostrar la verdad, yo debía desaparecer.

Los guardias empezaron a llevarse a mi hijo.

Fue entonces cuando perdí el control.

Grité.

No por mí.

Por Leo.

—¡Por favor, no se lleven a mi bebé!

Lo repetí tantas veces que mi voz rebotó por todo el corredor.

Agnes me ordenó callar.

Yo seguí gritando.

Lo que ninguno de nosotros sabía era que, al otro lado de aquella pesada puerta de madera, alguien se había detenido.

Un hombre que llevaba años buscando a la desconocida que había conocido durante Beltane.

Un hombre cuyo lobo reconoció mi voz antes que su memoria.

Escuché un golpe enorme.

La puerta se abrió de golpe.

Todos se quedaron inmóviles.

Y en el umbral estaba King Roland, mirando directamente al bebé de ojos plateados que Agnes sostenía entre sus brazos.

PARTE 2

Roland no preguntó quién era el niño.

Primero respiró.

Vi cómo su expresión cambiaba.

Después me miró a mí.

Y supe que también me había reconocido.

No por mi ropa.

No por mi cara cubierta de hollín.

Por mi olor.

El mismo de aquella noche en Beltane.

Se acercó a Agnes.

Tomó a Leo con un cuidado que jamás habría esperado de un hombre al que todos llamaban frío.

Mi hijo dejó de llorar casi inmediatamente.

Eso fue lo que terminó de romperme.

Roland bajó la mirada hacia él.

Leo abrió los ojos.

La misma plata.

La misma familia.

El rey volvió a mirarme.

—Eras tú.

No pude negarlo.

Por primera vez en un año, ya no tenía energía para esconderme.

Roland se arrodilló frente a mí.

Me preguntó por qué nunca fui a buscarlo.

La respuesta me salió sola.

—Porque te casaste con ella.

Entonces le conté todo.

El embarazo.

El miedo.

Los rumores.

Los años intentando pasar desapercibida.

Y la inspección ordenada por Genevieve.

Agnes empezó a retroceder.

Fue un error.

Roland ya había escuchado demasiado desde el corredor.

Había oído perfectamente cuando ella explicaba que Leo podía ser presentado como hijo de Genevieve.

También había escuchado lo que planeaban hacer conmigo.

Ordenó que Agnes y los guardias fueran detenidos.

No permitió que nadie tocara a Leo.

Ni que me separaran de él.

Aquella noche me trasladaron a una habitación segura.

Yo esperaba que Roland comenzara a interrogarme.

En cambio, pasó casi una hora sentado junto a la cuna.

Miraba a Leo dormir como si estuviera intentando recuperar diez meses en una sola noche.

Después me confesó algo que yo nunca había sabido.

Él también me había buscado.

Durante meses.

La mujer enmascarada de Beltane no había sido para él una aventura olvidada.

Su lobo nunca dejó de reconocerme como compañera.

Pero yo estaba trabajando a pocos pasillos de distancia.

Cubierta de jabón, humo y ropa de sirvienta.

Él simplemente nunca me vio.

A la mañana siguiente reunió a la corte.

Genevieve estaba allí.

También su padre, Lord Harrington.

Cuando Roland entró, todos comprendieron que algo grave había ocurrido.

No contó la historia inmediatamente.

Primero hizo traer a Agnes.

Ella confesó que la “inspección médica” había sido una orden privada de Genevieve.

Buscaban niños con características de la familia Montgomery.

El verdadero plan era todavía peor de lo que yo había imaginado.

Genevieve no quería simplemente deshacerse de un posible heredero.

Quería apropiarse de uno.

Si encontraba un hijo de Roland entre las mujeres del castillo, pensaba criarlo como suyo y asegurar para siempre la posición de los Harrington.

Por eso Leo era perfecto.

Los ojos.

El olor.

La sangre.

Todo demostraría que era hijo del rey.

Solo habría que borrar a su verdadera madre de la historia.

Genevieve negó cada acusación.

Su padre la defendió.

Entonces aparecieron los registros de pagos realizados a Agnes y a varios guardias.

Había suficientes pruebas.

Lord Harrington intentó provocar un enfrentamiento dentro del salón.

Los guardias reales lo redujeron antes de que la situación pasara a mayores.

Roland retiró inmediatamente los títulos de Genevieve y de su padre.

Ambos fueron apartados del reino mientras el consejo terminaba de investigar a todos sus colaboradores.

Yo pensé que eso cerraba el asunto.

Me equivocaba.

Roland se volvió hacia mí delante de toda la corte.

Quería reconocer públicamente a Leo como heredero.

Eso sí lo acepté.

Mi hijo no debía seguir viviendo escondido por culpa de los errores de adultos.

Pero cuando Roland comenzó a hablar de mí como su futura Luna, lo detuve.

Todo el salón quedó en silencio.

Le dije que una noche bajo máscaras y un vínculo entre lobos no eran suficientes para decidir toda mi vida.

Yo había pasado un año teniendo miedo.

No iba a salir de un escondite para entrar directamente en otra jaula, aunque fuera de oro.

Roland no se enfadó.

Asintió.

—Entonces te conoceré otra vez.

Eso fue exactamente lo que hizo.

Durante los meses siguientes seguimos viviendo en Oak Haven.

Pero ya no en secreto.

Leo creció rodeado de personas que sabían perfectamente quién era.

Yo dejé de limpiar pisos, aunque seguí entrando a las cocinas más de lo que la corte consideraba apropiado.

Roland pasaba cada vez más tiempo con nosotros.

Aprendió a cambiar pañales.

Muy mal al principio.

Descubrió que un rey capaz de controlar a cientos de soldados no podía convencer a un bebé de dormir cuando no tenía sueño.

Y yo descubrí que el hombre bajo la corona seguía siendo aquel desconocido que me había hecho reír junto a una fogata.

Meses después acepté nuestro vínculo públicamente.

No porque fuera rey.

No porque Leo necesitara una corona.

Porque ya no estaba eligiendo al hombre de una noche.

Estaba eligiendo al padre que se levantaba a las tres de la mañana cuando nuestro hijo lloraba.

La antigua zona de sirvientes también cambió.

Ordenamos revisar las condiciones de todos los Omegas.

Los niños dejaron de ser registrados según el rango de sus madres.

Y ninguna inspección volvió a poder realizarse sin supervisión independiente.

La habitación escondida detrás de la chimenea permaneció vacía.

Yo pedí que no la derribaran.

A veces todavía entro.

No porque extrañe aquellos meses.

Sino porque necesito recordar a la mujer que fui ahí dentro.

La que dormía sentada.

La que escondía leche debajo de la ropa.

La que creía que nadie importante podría verla.

Un día Leo, ya bastante grande para caminar, me siguió hasta el ático.

Miró la pared falsa.

Después sus propios ojos en un pequeño espejo.

—¿Aquí me escondías?

Le dije que sí.

—¿Porque yo era malo?

Sentí que se me cerraba la garganta.

Me arrodillé delante de él.

—No. Porque eras demasiado importante para personas que querían utilizarte.

Leo pensó unos segundos.

Después sonrió.

—Papá dice que ahora nadie me esconde.

Tenía razón.

Durante meses creí que mi mayor victoria había sido mantener a mi hijo invisible.

Con el tiempo entendí que no.

Mi verdadera victoria fue conseguir que un día pudiera caminar por el mismo palacio, con aquellos ojos plateados a plena luz, sin que nadie volviera a exigirle esconder quién era.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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