Por complacer amante,marido arruinaba cumples y daba 10 bofetadas ante todos.Me fui;tarde.

Por complacer amante,marido arruinaba cumples y daba 10 bofetadas ante todos.Me fui;tarde.

PARTE 1 

Durante siete años creí que mi esposo me amaba más que a su propia vida.

Y durante seis meses soporté verlo besar, abrazar y proteger a otra mujer porque los médicos me habían hecho creer que él estaba enfermo.

Hasta que una noche escuché una conversación que destruyó todo lo que yo creía saber sobre mi matrimonio.

Me llamo Jian Muchen.

Conocía a Hian Mozi desde nuestra juventud. Antes de casarnos, él podía recordar hasta los detalles más insignificantes sobre mí: qué flores me gustaban, qué comida evitaba, cómo tomaba el café e incluso qué historias lograban hacerme dormir cuando estaba triste.

Cuando me pidió matrimonio, me dijo:

—Muchen, cuidar de ti será mi trabajo durante toda la vida.

Yo le creí.

Y quizá ese fue mi mayor error.

Después de siete años de matrimonio, Mozi sufrió un accidente automovilístico.

Sobrevivió, pero poco después comenzó a comportarse de manera extraña.

Durante el día era mi esposo de siempre. Me preparaba comida, me cubría con una manta cuando me quedaba dormida y me preguntaba si había descansado bien.

Pero al caer la noche parecía convertirse en otro hombre.

Los médicos hablaron de un trastorno de personalidad provocado por el accidente.

Esa “segunda personalidad” no me amaba.

Amaba a Yao Nin, una joven pasante de su empresa.

Al principio pensé que, con tratamiento, todo terminaría.

Me repetía que el verdadero Mozi seguía ahí.

Por eso soporté cosas que jamás pensé que podría soportar.

Yao Nin comenzó a aparecer cada vez más cerca de él. Me hablaba con una sonrisa dulce mientras me recordaba que, por las noches, Mozi pertenecía a ella.

Una vez me hizo tropezar y después se burló de mí llamándome “la esposa abandonada”.

Perdí la paciencia y le di una bofetada.

Cuando Mozi apareció, esperaba que al menos escuchara mi explicación.

En cambio, Yao Nin se aferró a su brazo y dijo entre lágrimas:

—Me duele. Solo me sentiré mejor si puedo devolvérsela.

Mozi la miró con ternura.

Luego permitió que me humillara.

Cuando le recordé la promesa de nuestra boda, respondió con frialdad:

—Esa promesa la hizo mi personalidad principal. Yo no fui.

Aquella noche entendí que algo dentro de mí comenzaba a romperse.

Todos me pedían paciencia.

“Es una enfermedad.”

“Él no puede controlarse.”

“Cuando se recupere volverá a ser el hombre que amas.”

Así que esperé.

Hasta aquella noche.

Extrañaba demasiado a Mozi y decidí ir al hospital sin avisar.

Mientras caminaba por el pasillo escuché risas dentro de una habitación privada.

Reconocí la voz de varios amigos suyos.

Entonces escuché a uno bromear:

—¿Y qué tal se siente fingir un trastorno de personalidad?

Me detuve.

Sentí que el cuerpo se me congelaba.

Después escuché la risa de Mozi.

—Muchen ya se lo creyó. No sospechará nada.

Otro hombre se burló de él.

—Todo esto solo porque te acostaste con Yao Nin y te gustó demasiado. Inventar una segunda personalidad para poder seguir con ella sin perder a tu esposa… eso sí que es esforzarse.

Hubo carcajadas.

Yo apoyé una mano contra la pared para no caerme.

Entonces alguien dijo:

—Pero Muchen es hermosa. ¿Cómo puedes cansarte de una mujer así?

Y la voz del hombre al que había amado durante más de diez años respondió sin vacilar:

—Después de siete años, hasta de una diosa te cansas. Solo quería algo de emoción.

No recuerdo cuánto tiempo permanecí allí.

Solo recuerdo que mis lágrimas dejaron de caer.

De repente, todo tenía sentido.

El accidente.

Los diagnósticos.

Las noches fuera de casa.

Las humillaciones de Yao Nin.

Sus cambios de personalidad perfectamente programados.

No había ningún hombre enfermo.

No había ninguna personalidad secundaria.

Solo había un esposo infiel que había convertido mi amor en el escondite perfecto para su mentira.

Saqué el teléfono y llamé a mi abogado.

Cuando respondió, mi voz estaba sorprendentemente tranquila.

—Necesito que prepares un acuerdo de divorcio.

Pero antes de colgar, escuché pasos acercándose desde el otro lado de la puerta.

Y entonces la puerta comenzó a abrirse…

PARTE 2

Retrocedí antes de que pudieran verme y abandoné el hospital.

Aquella noche no enfrenté a Mozi.

No grité.

No le pregunté por qué.

Después de tantos años con él, conocía perfectamente su mayor debilidad: estaba convencido de que yo jamás tendría el valor de abandonarlo.

Decidí dejar que siguiera creyéndolo.

Cuando regresó a casa actuó como siempre.

—Muchen, ¿dónde estabas? Estaba preocupado.

Casi admiré su capacidad para mentir mirándome directamente a los ojos.

Puse unos documentos delante de él.

—Firma aquí.

—¿Qué es?

Le dije que eran documentos relacionados con una propiedad.

Ni siquiera los leyó.

Firmó.

Así terminó nuestro matrimonio de siete años: con la misma facilidad con la que él había destruido mi confianza.

Todavía quedaba el periodo legal antes de que el divorcio fuera definitivo.

Reservé un vuelo al extranjero y comencé a preparar mi salida.

Pero Mozi todavía encontró nuevas maneras de demostrarme hasta dónde podía llegar por Yao Nin.

Una noche me llevó al hospital porque ella necesitaba una transfusión y mi tipo de sangre era compatible.

Me negué.

Él me tomó de la mano.

—Cariño, solo será un poco.

“Cariño”.

Ese era el apodo que durante años había usado únicamente conmigo.

Por un segundo vi pánico en su rostro.

Comprendí que había cometido un error.

Incluso mientras fingía ser otra personalidad, había olvidado su propio guion.

Terminé débil en una cama mientras él corría a comprobar que Yao Nin estuviera bien.

Poco después los escuché juntos.

Ella reía.

—Mi idea fue perfecta. Podemos estar juntos sin escondernos.

Mozi respondió:

—Nunca debe descubrir la verdad.

Ya no sentí dolor.

Solo esperaba que llegara el último día.

Para mi cumpleaños, Mozi organizó una fiesta enorme, como si flores, música y luces pudieran reparar meses de humillaciones.

Entonces apareció Yao Nin.

Terminó acusándome frente a todos de haberle preparado una trampa para lastimarla.

Mozi sabía perfectamente que yo era inocente.

Aun así, siguió actuando.

Permitió que me culparan porque, según dijo después en privado, no podía arriesgarse a que yo descubriera alguna falla en la historia de su “enfermedad”.

Aquella fue la última parte de mí que quedaba esperando una explicación.

Desapareció.

Cuando salí del hospital después de aquella humillación, dejé atrás el acuerdo de divorcio.

Y me marché.

Esta vez de verdad.

Mientras Mozi compraba flores pensando que yo seguiría esperándolo, yo ya estaba camino al aeropuerto.

Cuando llegó a mi habitación y encontró la cama vacía, se volvió loco buscándome.

Solo entonces recibió los documentos.

Había perdido a la mujer que siempre había dado por segura.

Yo, en cambio, respiré por primera vez en años.

Me instalé en Londres, en una casa que mi familia había preparado para mí tiempo atrás.

También retomé algo que había abandonado durante mi matrimonio: mi sueño de trabajar en diseño.

Conseguí una entrevista en una prestigiosa compañía.

Allí volví a encontrarme con Wenzou.

Lo había conocido brevemente durante el viaje. Había intervenido cuando un desconocido comenzó a molestarme y, aunque parecía un hombre distante, conmigo siempre era sorprendentemente considerado.

Resultó ser el director de la empresa.

Me contrató.

Nunca me preguntó por qué mis ojos parecían cansados.

Nunca intentó obligarme a contar mi pasado.

Simplemente comenzó a estar presente.

Si trabajábamos hasta tarde, aparecía comida en mi escritorio.

Si hacía frío, mi café era reemplazado discretamente por té caliente.

Cuando necesitaba un libro difícil de encontrar, aparecía misteriosamente al día siguiente.

Yo había vivido tantos años confundiendo amor con grandes promesas que casi no reconocí aquellas pequeñas muestras de cariño.

Mientras tanto, Mozi descubrió la verdad completa.

Encontró fotografías y vídeos que Yao Nin me había enviado para provocarme.

Ella terminó confesándole que sabía que yo había descubierto la mentira y que llevaba tiempo preparándome para dejarlo.

Solo entonces Mozi comprendió que mis silencios no habían significado resignación.

Habían significado despedida.

Me buscó durante semanas.

Finalmente llegó a Londres.

Entró en mi oficina convencido de que bastaría con aparecer frente a mí.

Cuando vio a Wenzou cerca, perdió el control.

—Muchen, soy tu esposo. ¿Quién es él?

Lo miré y por primera vez no reconocí al hombre que había ocupado casi toda mi juventud.

—Ya no eres mi esposo.

Intentó recurrir una vez más a su mentira.

—Estaba enfermo. Pero ya estoy curado. Volvamos a empezar.

Sonreí.

—¿Todavía estás actuando?

Su rostro perdió el color.

Entonces supo que yo lo sabía todo.

Le dije lo que llevaba meses esperando decir.

—Gracias, Mozi.

Me miró confundido.

—¿Gracias?

—Sí. Gracias por enseñarme que amar a alguien no significa permitirle destruirte. Gracias por enseñarme cuándo hay que marcharse.

Después señalé a Wenzou.

—Y, ya que preguntaste, él es mi novio.

Mozi parecía incapaz de respirar.

Estaba convencido de que mi amor por él era eterno.

Pero incluso el amor más profundo puede desaparecer cuando alguien lo traiciona suficientes veces.

Le pedí que se fuera.

Y lo hice sin llorar.

Con el tiempo descubrí algo todavía más sorprendente sobre Wenzou.

Nos habíamos conocido mucho antes.

Cuando éramos niños, una vez defendí a un muchacho tímido del que otros se burlaban.

Yo había olvidado aquel incidente.

Él nunca lo olvidó.

Durante años me había querido en silencio.

Sabía qué flores me gustaban, recordaba mis sueños y había seguido mi vida desde lejos sin intentar interferir cuando me casé.

—Si eras feliz con él —me dijo—, yo estaba dispuesto a no decir nada nunca.

Aquellas palabras me hicieron comprender la diferencia.

Mozi decía amarme y utilizaba ese amor para justificar cuánto podía hacerme soportar.

Wenzou me amaba y por eso respetaba incluso la posibilidad de no tenerme.

Tiempo después acepté casarme con él.

La empresa de Mozi, mientras tanto, comenzó a derrumbarse junto con su vida personal.

Yao Nin, incapaz de aceptar que él la hubiera rechazado, provocó un último incidente que dejó consecuencias irreversibles. Mozi terminó dependiendo de cuidados permanentes, mientras ella no sobrevivió.

Cuando me contaron lo ocurrido, permanecí en silencio.

Aquel hombre había marcado toda mi juventud.

Nunca imaginé que terminaría así.

Me preguntaron si quería verlo.

Dije que no.

No era venganza.

Simplemente había heridas que solo podían sanar si uno dejaba de abrirlas.

Esa noche Wenzou me llevó a nuestra antigua escuela.

El cielo se iluminó con fuegos artificiales.

Él tomó mi mano.

—Quiero acompañarte en los días felices y también en los difíciles.

Lo miré y comprendí algo que había tardado demasiado en aprender.

El amor verdadero no debería obligarte a demostrar cuánto dolor puedes soportar.

Debería hacerte sentir segura.

Debería respetarte.

Debería ayudarte a sanar.

Durante años pensé que perder a Mozi significaría perder toda mi vida.

Estaba equivocada.

Al marcharme de su lado no terminé mi historia.

La recuperé.

Apoyé la cabeza en el hombro de Wenzou mientras las luces llenaban el cielo.

Por primera vez, el pasado ya no me perseguía.

Frente a mí todavía había una vida entera llena de posibilidades.

Y esta vez, pensaba vivirla para mí.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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