Pensé que aquellos niños me estaban pagando por los raspados… una curandera me explicó qué estaban comprando realmente
Pensé que aquellos niños me estaban pagando por los raspados… una curandera me explicó qué estaban comprando realmente

PARTE 1
La primera vez que vi aquella calle pensé que el cansancio me estaba jugando una mala pasada.
La segunda noche entendí que no.
La tercera, cuando los niños sentados frente a la casa azul comenzaron a parecerse a personas que yo conocía, supe que debía dejar de regresar.
Pero para entonces ya había aceptado demasiado dinero.
Me llamo Mateo Aguilar.
Tengo cincuenta y ocho años y llevo más de tres décadas vendiendo raspados por las calles de Sinaloa.
Tamarindo, jamaica, limón, guayaba.
Mi carrito era azul, viejo, con una campanita de latón amarrada al manubrio.
Conocía mi ruta mejor que mi propia casa.
Por eso puedo asegurarlo:
La Privada de los Girasoles no existía.
Una noche de junio regresaba por la calle Zaragoza cuando vi una entrada entre dos casas.
Ahí siempre había habido una pared.
Aquella noche había una calle empedrada.
Los postes eran antiguos y daban una luz amarillenta.
Las casas parecían de otro tiempo.
Al fondo había un letrero oxidado:
PRIVADA DE LOS GIRASOLES.
Pensé que me había confundido.
Entonces escuché niños riéndose.
Empujé el carrito.
Eso hacemos los vendedores.
Si escuchas niños, probablemente hay clientes.
Pero algo comenzó a incomodarme.
No había perros.
Ni grillos.
Ni televisores.
Nada.
Solo aquellas risas.
Llegué hasta una casa azul con un enorme árbol de mango.
En el porche había siete niños.
Perfectamente vestidos.
Camisas blancas.
Vestidos limpios.
Cabello peinado.
Todos me miraban.
Las risas seguían escuchándose.
Pero ninguno movía la boca.
De la casa salió una mujer alta, vestida de blanco.
Parecía amable.
Pidió siete raspados.
Cinco de tamarindo y dos de limón.
Los preparé.
Cada niño recibió su vaso.
Pero ninguno bebió.
Solo lo sostenían frente al pecho mientras el jarabe comenzaba a escurrir por sus dedos.
Quise marcharme.
La mujer me pagó con monedas.
Estaban heladas.
Y mojadas.
Antes de entrar a su casa me dijo:
—Gracias, don Mateo.
Sentí un vacío en el estómago.
Yo nunca le había dicho mi nombre.
Esa noche revisé las monedas bajo la luz de mi cocina.
Eran antiguas.
La más reciente tenía fecha de 1971.
Debí tirar todo y no regresar.
Pero debía dinero.
También cuidaba a mi nieto Emiliano, de seis años.
Necesitaba lentes especiales y después una pequeña operación de la vista.
Así que la noche siguiente regresé.
La calle volvió a aparecer.
La misma casa.
La misma mujer.
Pero ahora había ocho niños.
El nuevo estaba sentado al extremo.
Llevaba una camisa roja de cuadros.
Emiliano tenía una casi idéntica.
Intenté no pensar en eso.
La tercera noche había nueve.
La cuarta, diez.
La quinta, once.
Siempre recibían los raspados.
Nunca bebían.
Y cada noche la mujer me pagaba con aquellas monedas frías.
Finalmente fui al banco.
El supervisor las revisó.
Me preguntó de dónde las había sacado.
Cuando le dije que eran pagos de clientes, me mostró algo con una lupa.
Todas las monedas tenían pequeñas marcas.
Parecían mordidas.
Mordidas de dientes infantiles.
Salí del banco directo a visitar a doña Mercedes, una señora que llevaba casi toda su vida en la colonia.
Cuando mencioné la Privada de los Girasoles, apagó la máquina de tortillas.
—¿Quién te habló de ese lugar?
Le conté todo.
Entonces me habló de 1973.
Antes había existido una pequeña colonia al otro lado del arroyo.
La casa azul pertenecía a una maestra llamada Serafina Bracamonte.
Una noche el agua bajó con fuerza desde los cerros.
Serafina consiguió subir al techo con siete niños.
Permanecieron allí varios días esperando ayuda.
El agua los rodeaba.
Pero no tenían comida ni agua limpia.
Cuando finalmente llegaron por ellos, ya era demasiado tarde para algunos.
La colonia quedó abandonada.
Después demolieron lo que quedaba y rellenaron el terreno.
—A veces —me dijo Mercedes—, cuando hace demasiado calor, la calle vuelve.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Alguien más la ha visto?
Asintió.
—Siempre vendedores de comida.
No regresé esa noche.
A las tres de la mañana escuché mi campanita.
Mi carrito estaba afuera, encadenado.
Miré por la ventana.
Nadie lo tocaba.
Pero la campana se movía sola.
A la noche siguiente ocurrió algo peor.
Emiliano desapareció de la casa.
Lo buscamos durante casi una hora.
Finalmente lo encontré sentado en una banqueta cerca de Zaragoza.
Tenía la boca manchada de jarabe rojo.
—¿Quién te dio eso?
Mi nieto señaló hacia una esquina vacía.
—Un señor del carrito, abuelo.
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Qué señor?
—Tenía uno igualito al tuyo.
Después sonrió como si no hubiera pasado nada.
—Me dijo que ya casi terminas de trabajar.
Esa misma madrugada fui a casa de doña Yolanda, una curandera del rumbo del arroyo.
Le enseñé las monedas.
No quiso tocarlas.
Las observó sobre un trapo durante varios minutos.
Después levantó la vista hacia mí.
—Mateo, tú crees que ellos te estuvieron pagando.
Negó lentamente.
—No. Cada noche fueron comprando algo de ti.
Miró hacia la habitación donde Emiliano dormía.
Y entonces dijo lo único que yo no quería escuchar:
—Si no regresas a devolverles todo, el que sigue es tu nieto.
PARTE 2
—Si no regresas a devolverles todo, el que sigue es tu nieto.
Me quedé sentado sin poder hablar.
Yolanda me explicó que debía llevar conmigo cada moneda recibida.
Todas.
No podía conservar ni una.
Debía entregárselas directamente a la mujer.
Y, pasara lo que pasara, no debía aceptar otro pago.
—Hay otra regla —dijo.
—¿Cuál?
—No les digas tu nombre.
Sentí un escalofrío.
—Ella ya lo sabía desde la primera noche.
Yolanda cerró los ojos.
Después guardó silencio un largo rato.
—Entonces no tardes.
Dejé a Emiliano con mi comadre Lupita.
Le preparé ropa, documentos y el teléfono de su tía.
No le dije por qué.
Solo le expliqué que tenía trabajo pendiente.
A las once y media cargué el carrito.
Puse hielo nuevo.
Llené las botellas de jarabe.
Engrasé las ruedas.
Y quité la campanita.
La lancé a la basura.
No quería volver a escucharla.
Llegué a Zaragoza cerca de medianoche.
Durante varios minutos no ocurrió nada.
Solo estaba la vieja pared de siempre.
Después se apagaron dos lámparas de la calle.
El aire dejó de moverse.
Y cuando volví a mirar, la pared ya no estaba.
La Privada de los Girasoles había regresado.
Entré.
Los postes amarillos parpadeaban.
No había perros.
Al fondo estaba la casa azul.
Esta vez conté doce niños.
El corazón me golpeó con fuerza.
La mujer salió lentamente.
—Qué bueno que regresó, don Mateo.
Puse sobre el carrito la bolsa con todas las monedas.
—Esto es suyo.
Ella las miró.
—Nosotros se las dimos.
—Ya no las quiero.
Su sonrisa desapareció.
—Entonces sírvase trabajar.
No pregunté qué quería decir.
Simplemente comencé a preparar raspados.
Uno por uno.
Tamarindo.
Limón.
Jamaica.
Guayaba.
Los niños extendían las manos.
Seguían sin beber.
Cuando llegué al último, vi al pequeño de la camisa roja.
No era Emiliano.
Ahora podía verlo claramente.
Ni siquiera se parecía realmente a él.
Aquello había sido una advertencia.
Una imagen preparada para hacerme comprender quién ocuparía el siguiente lugar.
Serví el vaso número doce.
La mujer volvió a sacar una moneda.
—Su pago.
No extendí la mano.
—No.
—Trabajó toda la noche.
—No importa.
La moneda quedó suspendida entre sus dedos.
Entonces escuché una campanita detrás de mí.
La misma que había tirado a la basura.
No quise voltear.
La mujer preguntó:
—¿Seguro que no quiere llevarse nada?
Pensé en Emiliano.
—Ya tengo lo que necesito.
Por primera vez los niños dejaron de mirarme.
Todos voltearon hacia la casa.
La puerta estaba abierta.
Dentro no había muebles.
Solo oscuridad.
Después uno de ellos levantó lentamente su vaso.
Tomó un pequeño sorbo.
Luego otro niño hizo lo mismo.
Después otro.
Escuché por primera vez el sonido real de sus voces.
No risas sin boca.
Eran niños hablando entre ellos.
Serafina me miró.
Su expresión ya no parecía extraña.
Parecía cansada.
—Tardó mucho en venir alguien con comida.
No supe qué responder.
Habían pasado más de cincuenta años.
Pero para ellos quizá seguía siendo aquella misma noche sobre el techo.
Entonces ocurrió algo que Yolanda no me había advertido.
Los postes comenzaron a apagarse.
Uno.
Después otro.
La calle empezó a borrarse desde la entrada.
Tomé el manubrio del carrito.
Intenté regresar.
La mujer negó con la cabeza.
—Todavía falta uno.
Me quedé inmóvil.
—Ya serví doce.
Ella no miró a los niños.
Me miró a mí.
—Lo sé.
A la mañana siguiente encontraron mi carrito junto al viejo mango seco del terreno abandonado.
La hielera todavía tenía un bloque de hielo casi entero a pesar del calor de junio.
Las botellas estaban completamente vacías.
Alrededor del árbol había doce vasos acomodados boca abajo.
Las monedas habían desaparecido.
Yo también.
La policía mantuvo abierta la denuncia durante años.
Nunca encontraron una explicación.
Emiliano creció con su tía.
La gente de la colonia hizo una colecta y pudieron operarle la vista.
Años después formó su propia familia.
Siempre le dijeron que su abuelo había salido una noche a trabajar y no volvió.
Nunca le mostraron las notas que yo había dejado.
Quizá fue mejor así.
Pero en El Salitral todavía cuentan algo.
En las noches más calientes de mayo y junio, cuando todos los perros dejan de ladrar al mismo tiempo, a veces aparece una calle empedrada entre Zaragoza y Cuauhtémoc.
Al fondo sigue estando la casa azul.
Las personas que aseguran haberla visto dicen que ahora hay trece figuras sentadas frente al porche.
Doce son pequeñas.
La última es un hombre mayor.
Está encorvado.
Lleva un delantal viejo.
Sostiene un vaso de tamarindo entre las manos.
Nunca bebe.
Y aunque hace años encontraron mi campanita oxidada dentro del basurero de mi casa, quienes pasan cerca de aquella esquina a medianoche aseguran que todavía pueden escucharla.
Tin… tin…
Como si un vendedor invisible siguiera empujando su carrito por una calle que durante el día no existe.