Omega halló a un bebé en la nieve con un lobo gigante — no sabía que era hijo del Rey Alfa
Omega halló a un bebé en la nieve con un lobo gigante — no sabía que era hijo del Rey Alfa

PARTE 1
¿Qué haces cuando encuentras a un bebé muriéndose en medio de una tormenta y descubres que es el hijo del hombre más peligroso del reino?
Yo era Casia, una omega sin manada. Para la mayoría de los alfas, mujeres como yo éramos invisibles hasta que alguien necesitaba una sirvienta, una culpable o alguien a quien pisotear.
Vivía sola en una pequeña cabaña junto al bosque. Aquella tarde había salido a revisar mis trampas antes de que la nieve cubriera los senderos.
Entonces escuché un llanto.
Era débil, casi ahogado por el viento.
Seguí el sonido hasta encontrar un enorme lobo blanco echado bajo los pinos. Era tan grande como un caballo, pero no me atacó. Sus ojos dorados me miraron con algo que jamás habría esperado encontrar en una bestia semejante.
Súplica.
Entre sus patas había un bebé.
No tendría más de dos meses. Estaba envuelto en seda blanca, tenía la piel helada y los labios comenzaban a ponerse azules. Cuando lo tomé entre mis brazos, el lobo se apartó como si precisamente hubiera estado esperando mi llegada.
Entre las mantas encontré un pequeño pergamino.
Solo decía:
“Protégelo o muere.”
Debí dejarlo allí y buscar ayuda.
No lo hice.
Me llevé al niño a mi cabaña y el lobo blanco nos siguió.
Encendí el fuego, calenté leche de cabra y pasé la noche sosteniendo aquel pequeño contra mi pecho. Cada vez que lloraba, se calmaba en mis brazos.
Comencé a llamarlo Eirik.
No sabía su verdadero nombre.
Tampoco sabía que acababa de meterme en una guerra.
La verdad llegó cuando una vecina me contó que soldados del reino del norte estaban registrando los pueblos.
Buscaban al heredero desaparecido del Rey Alfa Kael Northberen.
Miré al bebé.
Después miré al lobo blanco.
—¿Es suyo?
El animal apoyó la cabeza contra mi mano.
Sentí que las piernas me fallaban.
Había salvado al hijo de un rey conocido por su brutalidad y por su desprecio hacia las omegas.
Pero ya era demasiado tarde para alejarme.
Ese bebé confiaba en mí.
Y yo estaba dispuesta a morir antes que entregarlo a cualquiera que quisiera hacerle daño.
El primer peligro apareció cuando Gareth, un hombre de mi pasado, descubrió el secreto.
Quería entregar al bebé por la recompensa.
Entró armado en mi cabaña.
El lobo blanco se lanzó contra él y lo expulsó al bosque. Gareth sobrevivió, pero comprendí que regresaría acompañado.
No tuve que esperar mucho para descubrir quién llegaría primero.
Una mañana escuché caballos.
Después mi puerta prácticamente salió arrancada del marco.
Un hombre enorme vestido de negro entró rodeado de soldados.
No necesité que nadie me dijera quién era.
El poder que desprendía hacía que mi omega quisiera retroceder.
—¿Dónde está mi hijo?
Eirik lloró.
La expresión del Rey Alfa cambió.
Corrió hacia la cesta.
Yo me interpuse.
—No lo toques.
Sus ojos grises se clavaron en mí.
—¿Me estás dando órdenes?
—Lo encontré casi muerto en la nieve. Alguien quería asesinarlo.
Kael leyó la nota que yo había encontrado y reconoció la escritura.
De repente comprendió que el enemigo no estaba fuera de su reino.
Estaba dentro de su propio palacio.
Quiso llevarse inmediatamente al niño.
Pero cuando Eirik comenzó a llorar en sus brazos, ocurrió algo inesperado.
Solo se calmó cuando regresó a los míos.
Kael olió a su hijo.
Después me miró de una forma extraña.
—Tiene tu esencia.
—Lleva días conmigo.
—No —respondió lentamente—. Esto es diferente.
El silencio se volvió insoportable.
Finalmente tomó una decisión.
—Vendrás al palacio.
—No.
—No confío en nadie allí. Alguien intentó matar a mi heredero y tú eres la única persona con quien está tranquilo.
Apreté al pequeño contra mi pecho.
Sabía que entrar en aquel palacio podía significar mi muerte.
Pero separarme de Eirik era imposible.
—Está bien. Iré.
Kael asintió.
Yo todavía no sabía que aquel bebé no solo me estaba llevando hacia una conspiración.
Me estaba llevando hacia un vínculo prohibido.
Porque pocas semanas después, el Rey Alfa descubriría que existía una sola manera de proteger definitivamente a su hijo.
Y para hacerlo tendría que convertirme, ante toda la manada, en la compañera del hombre que despreciaba a las omegas.
PARTE 2
El verdadero nombre del bebé era Alden.
Cuando llegamos al palacio, comprendí inmediatamente que allí nadie me consideraba su salvadora.
Para ellos seguía siendo una omega sin manada.
Me encerraron durante días y no me permitieron acercarme al príncipe.
Hasta que Alden dejó de comer.
No dormía.
No dejaba de llorar.
Kael finalmente ordenó que me llevaran ante él.
Encontré al poderoso Rey Alfa junto a la cuna, completamente derrotado por un bebé.
—No se calma —admitió.
Tomé a Alden.
Su llanto desapareció casi inmediatamente.
Kael me observó en silencio.
—Para él eres seguridad.
Aquello cambió nuestra relación.
Me trasladó a una habitación junto a los aposentos reales y me permitió cuidar de Alden.
Poco a poco descubrí al hombre escondido detrás del rey.
La madre de Alden había muerto durante el parto. Su unión con Kael había sido política y él apenas sabía cómo acercarse a su propio hijo.
Yo comencé a enseñarle.
Kael aprendió a cargarlo.
A reconocer sus diferentes llantos.
A dormirlo.
Y mientras Alden aprendía a confiar en su padre, yo también empecé a hacerlo.
Entonces apareció el verdadero problema.
El Clan del Este cuestionaba el derecho de Alden al trono porque su madre no había sido alfa pura. Querían utilizar su sangre como excusa para reemplazarlo por otro heredero.
Kael encontró una posible solución.
Una tradición antigua llamada el Vínculo de la Luna Roja.
Una omega debía convertirse en Guardiana de Luna del heredero. Su esencia quedaría unida a la del niño y la manada estaría obligada a reconocerlo como legítimo.
Pero había otra condición.
La guardiana también debía vincularse temporalmente con el padre.
Con Kael.
—¿Como compañeros? —pregunté.
—Sí.
Sentí que mi omega reaccionaba antes que mi razón.
Kael explicó que el ritual debía ser auténtico. La magia detectaría cualquier mentira. Si alguno participaba sin verdadera intención, el vínculo fracasaría y Alden quedaría expuesto.
Acepté por él.
Pero puse una condición.
—Cuando todo termine, decidiré yo misma si me quedo.
Esperaba que Kael utilizara su autoridad.
No lo hizo.
—Tienes mi palabra.
Bajo la luna roja comenzamos el ritual.
Las runas se iluminaron.
Sentí las emociones de Kael entrando en mí.
Su soledad.
El peso del trono.
El miedo a perder a Alden.
Y él sintió mi abandono, mis heridas y todo el amor que aquel niño había despertado en mí.
Entonces pronunciamos los votos.
Yo reconocí a Alden como mi protegido.
Kael me reconoció como Guardiana de Luna.
Y finalmente sus colmillos penetraron mi cuello.
El vínculo se cerró.
Alden quedó protegido.
Pero aquello que debía ser temporal comenzó a convertirse en algo mucho más peligroso.
Kael podía sentirme.
Yo podía sentirlo.
Sus emociones atravesaban el vínculo.
Y las mías llegaban hasta él.
Ya no podía esconder que me atraía.
Él tampoco.
Mientras tanto, la conspiración continuaba.
La investigación reveló que personas cercanas al poder habían colaborado para sacar a Alden del palacio. El intento de asesinato estaba relacionado con quienes querían utilizar la supuesta “impureza” de su sangre para provocar una crisis sucesoria.
Gareth también reapareció, convencido de que todavía podía obtener dinero entregándome a los enemigos del rey.
Esta vez no era la omega aterrorizada que él recordaba.
Tenía algo que jamás había tenido.
Una familia.
Y estaba dispuesta a luchar por ella.
Cuando finalmente la conspiración salió a la luz, Kael actuó públicamente.
Los responsables perdieron sus posiciones y el derecho de Alden fue reconocido.
Pero el cambio más importante ocurrió después.
Kael comenzó a modificar leyes que durante generaciones habían permitido tratar a omegas sin manada como seres inferiores.
Por primera vez podían solicitar protección.
Trabajar sin pertenecer a una manada.
Denunciar abusos.
Elegir.
Cuando le pregunté por qué hacía aquello, respondió:
—Porque tú me obligaste a ver aquello ante lo que había estado ciego.
La amenaza había terminado.
El ritual ya no era necesario.
Yo podía marcharme.
Una noche salimos al balcón.
Kael estaba extrañamente silencioso.
—¿Eres feliz?
—Sí.
—¿Porque quieres estar aquí?
Comprendí lo que realmente preguntaba.
Tenía miedo de que todo lo ocurrido —Alden, el ritual, el vínculo— me hubiera obligado a permanecer a su lado.
Tomé su rostro entre mis manos.
—Te elijo cada día.
Sus ojos grises se llenaron de una vulnerabilidad que jamás habría mostrado ante su corte.
—No por Alden. No por el palacio. No porque seas Rey Alfa —continué—. Te elijo porque contigo puedo ser Casia. No una omega sin manada. No una herramienta. Simplemente yo.
Kael apoyó su frente contra la mía.
—Mi Casia.
Sonreí.
—Tuya porque yo lo elijo.
Y nos besamos bajo la luna.
Alden creció rodeado de personas que lo amaban, no por la pureza de su sangre, sino porque era nuestro hijo.
Yo nunca olvidé la cabaña.
Ni aquella tormenta.
Ni al enorme lobo blanco observándome mientras recogía a un bebé congelado de la nieve.
Durante años pensé que Skull había protegido a Alden hasta encontrar a alguien suficientemente fuerte para salvarlo.
Después comprendí la verdad.
Aquella noche también me había encontrado a mí.
Yo era una omega abandonada, sin apellido importante, sin manada y convencida de que mi vida jamás significaría nada para nadie.
Entonces un bebé tomó mi dedo.
Un lobo blanco decidió confiar en mí.
Y un rey que despreciaba a mi especie terminó aprendiendo a verme como su igual.
Todo comenzó con tres palabras:
“Protégelo o muere.”
Pero si alguien me preguntara ahora por qué me quedé, mi respuesta sería completamente diferente.
No protegí a Alden porque una nota me amenazara.
No permanecí junto a Kael porque un vínculo mágico me obligara.
Lo hice porque por primera vez en mi vida había encontrado algo que realmente era mío.
No una corona.
No un título.
Una familia que yo misma había elegido.