Ofrecida en sacrificio al monstruo alfa… pero me niego a someterme a mi nuevo esposo.

Ofrecida en sacrificio al monstruo alfa… pero me niego a someterme a mi nuevo esposo.

PARTE 1

Mi padre me entregó como esposa a un hombre al que todos llamaban monstruo. La noche de nuestra boda descubrí que los rumores sobre él eran ciertos. Pero lo que nadie me había contado era que había personas dentro del castillo dispuestas a hacer cualquier cosa para que yo no sobreviviera.

Y cuando llegó la luna roja, tuve que elegir entre dejar que mi esposo desapareciera para siempre o liberar a una criatura que tal vez ni siquiera me reconocería.

Me llamo Beatriz Harrington. Tenía diecinueve años cuando mi padre decidió pagar sus deudas conmigo.

Nuestra familia había perdido casi todas sus tierras. Mi padre debía una fortuna a Gedeón Harrow, señor de Ironfell, una fortaleza aislada entre las montañas del norte.

Como no tenía dinero para devolverle, le ofreció mi mano en matrimonio.

Mi madrastra, Catalina, fue quien preparó mis maletas.

Recuerdo que colocó un vestido blanco sobre la cama y me dijo que debía sentirme agradecida. Según ella, pocas muchachas tenían la oportunidad de casarse con un señor tan poderoso.

Pero yo había escuchado las historias.

Decían que Gedeón se convertía en una criatura enorme durante las noches de luna llena. Que sus ojos brillaban como los de un lobo y que varias mujeres que habían llegado antes a su castillo nunca habían regresado.

No sabía qué parte era verdad.

Solo sabía que mi padre había firmado el contrato sin preguntarme.

El viaje duró tres días.

Sir Tomás, el caballero encargado de acompañarme, apenas pronunció palabra. Cada vez que le preguntaba por mi futuro esposo, fingía no escucharme.

Cuando finalmente llegamos a Ironfell, comprendí por qué nadie quería hablar de aquel lugar.

El castillo parecía una prisión construida sobre una montaña.

Había guardias en las murallas, enormes puertas de hierro y un silencio extraño que ni siquiera el viento conseguía romper.

Gedeón nos esperaba bajo la lluvia.

Era un hombre altísimo, de cabello oscuro, rostro marcado por antiguas cicatrices y unos ojos dorados que parecían observarlo todo.

Sir Tomás se arrodilló inmediatamente.

Yo permanecí de pie.

Gedeón bajó los escalones y se detuvo frente a mí.

—Tu padre parece creer que una muchacha puede saldar sus deudas. ¿Sabes lo que significa vivir aquí?

—Significa que tendré que acostumbrarme a una casa bastante desagradable —respondí.

Los guardias intercambiaron miradas.

Gedeón me ordenó inclinar la cabeza.

No lo hice.

Le expliqué que podía aceptar el matrimonio, pero no pensaba pasar el resto de mi vida arrodillándome ante él.

Durante unos segundos creí que perdería la paciencia.

En cambio, sonrió ligeramente.

—Preparen la capilla —ordenó—. La boda será esta noche.

La ceremonia fue breve.

Me puse un vestido negro porque no quise utilizar el que había elegido mi madrastra.

Después nos llevaron al gran comedor.

Allí conocí a Arturo Danvers, el hombre de confianza de Gedeón, y a lady Serafina Bowfort, una noble que me examinó con evidente desprecio.

Serafina preguntó cuánto tiempo creíamos que duraría la nueva esposa.

También insinuó que las anteriores habían tenido un final desafortunado.

Nadie respondió.

Gedeón continuó comiendo.

Yo dejé mi copa sobre la mesa y mencioné que había escuchado que la familia Bowfort estaba perdiendo sus tierras debido a sus numerosas deudas.

Serafina dejó de sonreír.

Arturo soltó una carcajada.

Gedeón, por primera vez desde mi llegada, pareció divertirse.

Pero aquella pequeña victoria no me tranquilizó.

Esa noche, cuando me llevaron a nuestra habitación, descubrí que la puerta se cerraba desde afuera.

Gedeón caminaba nerviosamente frente a la chimenea.

La tormenta golpeaba las ventanas.

De pronto, apoyó ambas manos sobre la piedra y comenzó a respirar con dificultad.

Sus dedos cambiaron de forma.

Sus ojos adquirieron un brillo imposible.

Entonces comprendí que las historias no eran simples rumores.

—Aléjate de mí, Beatriz —advirtió.

Pero antes de que pudiera responder, vi movimiento detrás de las cortinas del balcón.

Un guardia apareció con una ballesta.

La punta de su proyectil brillaba como plata.

No tuve tiempo de pensar.

Empujé a Gedeón con todas mis fuerzas.

El proyectil pasó junto a nosotros y quedó clavado en mi silla.

Mi esposo se lanzó contra el intruso y consiguió reducirlo.

Cuando todo terminó, contempló la ballesta con una expresión que jamás olvidaré.

—¿Por qué me ayudaste?

Le respondí que no pensaba permitir que alguien decidiera por mí quién merecía vivir.

A la mañana siguiente encontré algo todavía más inquietante.

Al revisar los libros de cuentas del castillo descubrí que faltaban trescientas monedas de oro destinadas a las provisiones de invierno.

El dinero había terminado en manos de la familia Bowfort.

Y la plata utilizada por el atacante procedía de unas minas vinculadas con esas mismas tierras.

Llevé las pruebas ante Gedeón.

Serafina palideció.

El administrador intentó escapar.

Gedeón ordenó detenerlos a ambos, aunque yo estaba convencida de que todavía faltaba alguien.

Esa noche habría luna roja.

Gedeón me explicó que durante ese fenómeno perdía por completo el control de su transformación.

Para proteger a los habitantes del castillo, se encerraría en una cámara subterránea, sujeto con gruesas cadenas de hierro.

Me pidió que no bajara bajo ninguna circunstancia.

Pero pasada la medianoche comenzaron a sonar las campanas.

Desde mi ventana vi hombres armados entrando por la puerta occidental.

La había abierto Sir Tomás.

El mismo caballero que me había llevado hasta Ironfell.

Comprendí entonces que el ataque de la noche anterior había sido apenas el comienzo.

Los invasores se dirigían directamente hacia las mazmorras.

Querían encontrar a Gedeón mientras estaba encadenado.

Tomé una llave del cuarto de los guardias y bajé por un pasadizo de servicio.

Cuando entré en la cámara, lo vi.

Ya no era un hombre.

Una criatura gigantesca de pelaje negro luchaba contra las cadenas que la sujetaban a la roca.

Sus ojos dorados se clavaron en mí.

Gruñó con tanta fuerza que retrocedí instintivamente.

Detrás de la puerta escuché a los invasores preparando sus ballestas.

Corrí hacia el candado principal.

Introduje la llave.

La giré.

Las cadenas cayeron al suelo.

Entonces el enorme lobo se volvió hacia mí, y comprendí que acababa de liberar a una criatura que quizá ya no recordaba quién era yo.

PARTE 2 

Sus ojos dorados permanecieron fijos en los míos.

Retrocedí un paso.

La criatura avanzó.

El sonido de sus enormes patas contra la piedra me hizo comprender que ya no había ninguna cadena entre nosotros.

En ese instante, la puerta de la cámara se abrió de golpe.

Una docena de hombres entró con ballestas y antorchas.

El capitán levantó su arma.

—¡Ahí está! ¡No permitan que escape!

Gedeón giró hacia ellos.

Uno de los hombres disparó.

El proyectil golpeó una columna y rebotó contra el suelo.

El lobo lanzó un rugido y corrió hacia los invasores.

Todo ocurrió tan rápido que apenas pude distinguir sus movimientos.

Las antorchas cayeron. Los hombres retrocedieron atropellándose unos a otros. Algunos abandonaron sus armas y escaparon por la puerta.

Yo permanecí junto a la pared, incapaz de moverme.

Nunca había presenciado algo semejante.

Había pensado que Gedeón era peligroso cuando tenía forma humana.

Ahora comprendía por qué sus propios guardias le temían.

Cuando el último invasor abandonó la cámara, el silencio regresó.

Pero mi situación no había mejorado.

La criatura seguía allí.

Libre.

Y yo estaba sola frente a ella.

Gedeón se volvió lentamente.

Sus ojos recorrieron la habitación hasta encontrarme.

Sentí que las piernas me temblaban.

Podía correr hacia la puerta, pero sabía que jamás conseguiría llegar antes que él.

Así que hice lo único que se me ocurrió.

Pronuncié su nombre.

El lobo inclinó ligeramente la cabeza.

—Gedeón, soy Beatriz.

No hubo respuesta.

Se acercó hasta quedar frente a mí.

Su enorme figura ocultaba casi toda la luz de la luna que entraba por una pequeña abertura del techo.

Cerré los ojos.

Esperaba sentir sus garras sobre mis hombros.

Pero ocurrió algo completamente diferente.

Una presión suave me rozó la mano.

Abrí los ojos.

El lobo estaba olfateando la pequeña herida que me había hecho al empujar a Gedeón durante el atentado.

Después apoyó su enorme cabeza contra mi pecho.

Permanecí inmóvil.

Entonces levanté lentamente una mano y acaricié su pelaje.

La criatura cerró los ojos.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí cuando escuché pasos detrás de nosotros.

Era Arturo Danvers.

Había llegado con varios guardias y se detuvo al vernos.

—No puede ser —murmuró.

Gedeón levantó la cabeza y dejó escapar un gruñido.

Arturo ordenó a los demás que bajaran las armas.

—Beatriz, ven despacio hacia nosotros.

—No va a hacerme daño.

—No puedes saberlo.

Miré al lobo.

Seguía observando a Arturo, pero no se apartó de mi lado.

—Creo que sí puedo.

Arturo me contó entonces algo que nadie había mencionado desde mi llegada.

La maldición de los Harrow llevaba generaciones transmitiéndose de padres a hijos.

Durante la luna roja, quienes la padecían perdían sus recuerdos y su capacidad de reconocer incluso a sus seres queridos.

El abuelo de Gedeón había mandado construir aquella cámara para evitar que alguien saliera lastimado.

Desde entonces, todos los señores de Ironfell habían pasado esas noches bajo tierra.

Ninguno había conseguido reconocer a otra persona durante la transformación.

Hasta aquella noche.

—¿Y las mujeres que desaparecieron? —pregunté.

Arturo bajó la mirada.

Me explicó que algunas habían llegado al castillo por acuerdos entre familias, igual que yo.

Al descubrir la maldición, habían exigido marcharse.

Gedeón les había permitido hacerlo en secreto, entregándoles dinero y ofreciéndoles protección para que pudieran comenzar una nueva vida lejos de sus familias.

Su desaparición había alimentado las historias sobre el monstruo.

Gedeón nunca había intentado desmentirlas.

Prefería que todos le temieran antes que permitir que sus enemigos descubrieran cuándo se encontraba indefenso.

Pero Serafina había descubierto la verdad.

Y había decidido aprovecharla.

Arturo me explicó que la noble llevaba meses intentando apoderarse de las minas de Ironfell.

El administrador del castillo había desviado dinero para financiar a sus hombres.

El ataque de la noche anterior pretendía eliminar a Gedeón antes de la luna roja.

Cuando fracasó, los conspiradores recurrieron a Sir Tomás para abrir las puertas de la fortaleza.

De pronto recordé algo.

Durante nuestro viaje, Sir Tomás había insistido en saber si yo conocía las entradas del castillo.

También había preguntado por las antiguas minas de mi padre.

En aquel momento no le di importancia.

Ahora comprendía que no había sido simplemente mi acompañante.

Había estado trabajando para los enemigos de Gedeón desde el principio.

Y quizá había participado en el acuerdo matrimonial.

Al amanecer, el lobo se apartó de mí y comenzó a transformarse.

Arturo ordenó a los guardias que salieran.

Cuando Gedeón recuperó su forma humana, le acercaron una capa.

Parecía agotado.

Se sentó contra la pared y observó las cadenas abiertas.

Después me miró.

—Te pedí que no bajaras.

—Y si te hubiera obedecido, ahora no estarías aquí.

Durante un momento permaneció en silencio.

Luego preguntó si me había lastimado.

Negué con la cabeza.

Gedeón cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro.

—No recuerdo lo que pasó.

Le conté cómo había entrado, cómo había abierto las cadenas y cómo la criatura se había acercado a mí después de ahuyentar a los invasores.

También le expliqué que había reconocido la herida de mi mano.

Gedeón parecía incapaz de creerlo.

—Eso nunca había ocurrido.

—Tal vez nadie se había quedado el tiempo suficiente para descubrirlo —respondí.

No dijo nada.

Pero por primera vez vi algo distinto en su rostro.

No era miedo.

Era esperanza.

Aquella misma mañana reunimos a todos los habitantes de Ironfell en el patio principal.

Los guardias habían conseguido detener a Sir Tomás cuando intentaba abandonar el castillo por la puerta occidental.

El administrador y Serafina permanecían bajo custodia.

Los libros de cuentas y los documentos encontrados en sus habitaciones confirmaron el desvío de dinero.

También apareció una carta que revelaba un detalle inesperado.

Mi padre sabía que Sir Tomás trabajaba para Serafina.

Había aceptado el dinero de ella a cambio de asegurar que yo llegara a Ironfell en la fecha acordada.

La boda no había sido únicamente una forma de saldar sus deudas.

También había servido para introducir dentro del castillo a un hombre que conocía los planes de sus enemigos.

Cuando leí aquella carta, sentí una tristeza que no pude explicar.

Había pasado todo el viaje preguntándome si mi padre estaría arrepentido.

Ahora sabía que había cobrado por enviarme allí.

Gedeón se acercó y me entregó el documento.

—Puedo ordenar que lo traigan para que responda por lo que hizo.

Miré la firma de mi padre.

Después doblé la carta.

—Quiero que responda por sus actos. Pero ya no quiero regresar a su casa.

Gedeón asintió.

Ordenó que los conspiradores fueran juzgados y que se recuperara el dinero destinado a las provisiones de invierno.

También dispuso que las familias perjudicadas recibieran lo que les correspondía.

Los habitantes del castillo escuchaban en silencio.

Entonces ocurrió algo que ninguno esperaba.

Gedeón se volvió hacia mí.

Tomó mi mano frente a todos.

Y se arrodilló.

Un murmullo recorrió el patio.

Era el hombre ante quien todos habían aprendido a inclinarse.

El mismo que me había exigido obediencia cuando llegué.

Ahora estaba arrodillado frente a la muchacha que su propia familia había entregado como pago de una deuda.

—Esta mujer evitó que perdiéramos Ironfell —declaró—. Desde hoy, sus decisiones tendrán el mismo valor que las mías.

Después besó mi mano.

Los guardias comenzaron a inclinar la cabeza.

Arturo fue el primero en sonreír.

Yo miré a Gedeón y recordé nuestro primer encuentro bajo la lluvia.

Aquella noche había creído que llegaba a una prisión.

Pero ahora sabía que no necesitaba convertirme en prisionera para permanecer allí.

Le pedí a Gedeón que se levantara.

Y le dije que, si íbamos a gobernar juntos, ninguno tendría que arrodillarse ante el otro.

Sonrió.

Con el paso de los meses, Ironfell comenzó a cambiar.

Se repararon las murallas, se distribuyeron las provisiones y los guardias dejaron de vivir aterrorizados por los rumores.

Gedeón seguía transformándose durante las noches de luna roja.

La maldición no había desaparecido.

Pero ya no necesitaba enfrentarse a ella completamente solo.

Arturo y yo establecimos medidas para mantener a todos a salvo, y Gedeón continuó utilizando la cámara subterránea cuando llegaba aquella noche.

Yo nunca olvidé que seguía siendo una criatura poderosa y que una sola experiencia no garantizaba que siempre pudiera reconocerme.

Sin embargo, había algo que ninguno de nosotros podía explicar.

Cada vez que lo acompañaba hasta la entrada de la cámara, el enorme lobo se tranquilizaba al escuchar mi voz.

Una noche, antes de cerrar la puerta, Gedeón me entregó la pesada llave de hierro.

—Quiero que la guardes tú.

La sostuve entre mis manos.

Era la misma llave que había utilizado para liberarlo aquella noche.

—¿Por qué yo?

Gedeón me miró con aquellos ojos dorados que antes me habían causado tanto miedo.

—Porque fuiste la primera persona que tuvo la oportunidad de abandonarme y decidió quedarse.

Nunca supe si aquella maldición podía romperse.

Tampoco sé si el lobo recordaba realmente mi nombre.

Pero hubo algo que jamás volví a poner en duda.

Mi padre me había enviado a Ironfell convencido de que un monstruo acabaría conmigo.

Y terminó siendo aquel supuesto monstruo quien me enseñó que nadie tenía derecho a decidir el valor de mi vida.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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