Ocultó a su cachorro por 3 años, ignorando el secreto del Alfa

PARTE 1
Cada luna llena, Elara regresaba al árbol hueco donde había escondido el cuerpo de su hijo.
Nadie conocía aquel lugar. Nadie sabía que, bajo el musgo húmedo y las piedras, descansaba Asher, el cachorro que nació sin respirar y por cuya pérdida la manada de Ashwood la había expulsado como si ella fuera una maldición.
Durante tres años, Elara había sobrevivido sola en el bosque. Dormía en un refugio de ramas apoyado contra una roca, comía raíces, frutos y conejos atrapados con alambre, y evitaba encender fuego para que ninguna patrulla descubriera su presencia. Su cuerpo se había vuelto tan delgado que podía rodearse la muñeca con dos dedos. Pero lo peor no era el hambre. Era el silencio de su loba, que había desaparecido dentro de ella la noche en que perdió a Asher.
Aquella madrugada, al regresar del árbol, Elara oyó botas alrededor de su refugio. Cuatro guerreros vestidos de negro avanzaban entre los pinos. Pertenecían a Black Ridge, la manada más poderosa del norte.
Elara corrió, pero una orden de alfa atravesó el bosque y paralizó todos sus músculos. Cayó de bruces. Entonces unas botas se detuvieron ante ella.
El hombre que se agachó era Kyle Blackridge, el rey alfa del que todos hablaban en voz baja. Tenía el rostro marcado por antiguas peleas y unos ojos ámbar que cambiaron en cuanto percibió su olor.
—Tú eres la que aúlla cada luna llena —dijo.
Elara sintió vergüenza. Había creído que nadie escuchaba su dolor.
—Durante tres años, mi lobo ha recorrido mis habitaciones sin dejarme dormir —continuó Kyle—. Te estaba buscando.
El vínculo de pareja palpitó entre ambos, poderoso e imposible. Sin embargo, Elara se negó a tomar la mano que él le ofrecía.
—Soy una omega desterrada. Vivo en un agujero y lloro por un hijo que nadie quiso reconocer. Si tu lobo cree que soy tu pareja, se equivoca.
Kyle no discutió. Dejó su capa junto a ella, ordenó que le llevaran pan y carne y se marchó. Regresó al día siguiente. Y al otro. Nunca invadía su refugio ni exigía una respuesta. El cuarto día le llevó jabón.
—No intento decir que hueles mal —aclaró con una seriedad que casi la hizo reír.
—Huelo mal —admitió ella. Después, por primera vez, le dio su nombre.
Cuando Elara le contó lo ocurrido con Asher, Kyle no la compadeció. Le pidió que lo condujera al árbol. Allí se arrodilló, apoyó una mano sobre la corteza y pronunció el nombre del cachorro como si su breve existencia importara.
—Él merecía algo mejor —dijo—. Y tú también.
Elara aceptó ir a Black Ridge como invitada, no como pareja. Recibió una habitación cuya puerta podía cerrar desde dentro, comida caliente y cuidados de Maren, la sanadora. Kyle la visitaba cada tarde y aguardaba siempre su permiso antes de entrar. Entre libros, silencios y conversaciones, Elara comenzó a recuperar peso, confianza y hasta la risa.
No todos la aceptaron. Serafina, hija del antiguo beta y convencida de que algún día sería la Luna de Kyle, la llamó vagabunda y sembró dudas sobre ella. Elara soportó los murmullos hasta que, durante una cena, dos jóvenes guerreros comenzaron a pelear. Uno recibió un corte profundo en el brazo.
Antes de que Kyle pudiera intervenir, Elara corrió hacia el herido y presionó la herida con ambas manos.
Una luz plateada brotó entre sus dedos.
La piel del muchacho se cerró ante los ojos de todos. En el pecho de Elara, su loba despertó desde el fondo de aquel silencio de tres años. El salón entero quedó inmóvil, y Maren, pálida, se puso de pie.
—Por los dioses antiguos… —susurró—. Elara está tocada por la luna.
PARTE 2
El gran salón quedó en silencio. Después llegaron los murmullos. El linaje capaz de sanar heridas y aliviar el dolor se creía extinguido desde hacía dos siglos. La omega que Ashwood había arrojado al bosque era ahora una de las criaturas más valiosas de todas las provincias.
Kyle cruzó el salón y se detuvo frente a ella. En sus ojos no había codicia, sino un orgullo tan intenso que Elara sintió calor en el pecho.
—Tu loba ha regresado —dijo.
Elara asintió. Kyle la besó impulsivamente y se apartó de inmediato, dispuesto a disculparse.
—Tu lobo tiene buen juicio —murmuró ella antes de devolverle el beso.
Mientras Maren le enseñaba a controlar aquel poder, Serafina convirtió su temor en una campaña de rumores. Sin embargo, una tarde buscó a Elara en la biblioteca y confesó la verdad: su padre la había educado para convertirse en Luna, y durante siete años ella había esperado que Kyle la eligiera.
—No te traté así porque fueras débil —admitió—. Lo hice porque tuve miedo de que fueras todo lo que yo nunca podría ser.
No pidió perdón, pero detuvo los rumores que ella misma había iniciado. Fue suficiente para que Elara comprendiera que, a veces, la crueldad y el dolor eran el mismo animal cubierto con pieles distintas.
La paz duró poco. La noticia llegó a Ashwood y despertó la ambición de Colton, el beta que había engendrado a Asher y después había acusado a Elara de usar magia para seducirlo. No lamentaba haberla abandonado; lamentaba haber perdido un poder que ahora deseaba poseer.
Colton reunió una alianza de quinientos lobos para atacar Black Ridge y llevársela. El anciano Soren, atormentado por haber permitido el destierro de Elara, envió una carta secreta a Kyle para advertirle.
—Llegarán antes de la próxima luna llena —dijo Kyle—. Si aún no estás marcada, Colton intentará reclamarte amparándose en leyes antiguas.
Luego se acercó sin tocarla.
—Pero no te pido la marca por estrategia. Te la pido porque cada noche regreso solo a mis aposentos y mi lobo aúlla sabiendo que estás a pocos pasos.
Elara recordó el árbol, el frío y los años en que no había pertenecido a nadie.
—En la luna llena —respondió—. Junto a Asher. Quiero que él forme parte de nuestra decisión.
Mientras Kyle preparaba las defensas, Elara trabajó en la enfermería. La batalla comenzó al amanecer y pronto llegaron decenas de heridos. Ella pasó de una camilla a otra, uniendo piel, huesos y pulmones con su luz. No pudo salvar a todos, pero convirtió una sala destinada a llenarse de pérdidas en un lugar de esperanza.
Kyle había previsto el ataque principal y tendió una emboscada en el barranco del norte. Sin embargo, Colton abandonó a sus aliados y condujo a veinte hombres por un antiguo túnel hasta el interior de la fortaleza.
Elara sintió su odio antes de verlo.
La puerta de la enfermería se abrió de golpe. Colton apareció con una espada y la misma sonrisa que una vez la había engañado.
—Es hora de volver a casa.
—Ya estoy en casa.
—No puedes elegir.
Serafina se interpuso con la espada en alto.
—Ella siempre pudo elegir. Tú perdiste cualquier derecho cuando mentiste para salvar tu reputación.
Los invasores avanzaron. Serafina luchó para proteger a los heridos, mientras Maren volcaba camillas para resguardarlos. Entonces la loba de Elara rugió dentro de ella. La luz plateada surgió de sus manos, esta vez fría y afilada, y paralizó a los atacantes en mitad de sus movimientos.
Colton la miró horrorizado.
—¿Qué eres?
—Puedo unir lo que ha sido separado —respondió Elara, con otra voz vibrando bajo la suya—. Pero también puedo separar la voluntad de la acción. Elegí sanar porque eso era lo que yo necesitaba. Ahora elijo detenerte.
Colton adoptó su forma de lobo y saltó hacia ella. Antes de alcanzarla, una enorme figura negra atravesó la ventana en una lluvia de piedra y cristal. Kyle chocó contra él en el aire y lo derribó. Podía haber acabado con Colton, pero se contuvo y ordenó que lo llevaran al gran salón para responder por cada uno de sus actos.
Al anochecer, la alianza se dispersó. Black Ridge había vencido.
Bajo la luna llena, Kyle y Elara caminaron solos hasta el árbol hueco. Ella apoyó la palma sobre la corteza y él puso la suya al lado.
—Quiero que Asher sepa que su madre ya no está sola.
La luz plateada inundó el claro. Elara se transformó por primera vez en tres años: una loba blanca y luminosa. Kyle se convirtió en un enorme lobo negro. Cuando ambos intercambiaron la marca, el vínculo se cerró entre ellos como dos mitades que por fin encontraban su lugar.
Ya en forma humana, Elara volvió a tocar el árbol. Su luz penetró el musgo y la madera y, durante un instante, sintió la presencia de Asher. No estaba vivo, pero tampoco había desaparecido. Había sido amado, recordado y, por fin, reconocido.
El juicio de Colton se celebró al día siguiente. Kyle lo condenó al exilio de todas las manadas, pero fue Elara quien exigió que antes curaran sus heridas. No quería que pudiera culpar al dolor ni a la debilidad por su derrota. Debía marcharse entero, sabiendo que lo había perdido todo por sus propias decisiones.
Cuando se lo llevaron, Nessa golpeó su puño contra el pecho y se inclinó ante Elara.
—Luna.
La palabra se extendió por el salón hasta convertirse en una sola voz. Elara miró a aquellos lobos y comprendió que ya no era la mujer descartada que se ocultaba entre las rocas. Tampoco era valiosa únicamente por su poder. Era su Luna porque había conocido el abandono y, aun así, había elegido proteger; porque podía destruir y había preferido sanar.
Esa tarde fue a la biblioteca y terminó uno de los pésimos libros que Kyle le había prestado. Cuando él apareció en la puerta, ella levantó el volumen.
—Quiero quedármelo —dijo—. Y quiero conservar todos los libros terribles de este lugar para discutir contigo sobre cada uno.
Kyle se sentó a su lado. Elara apoyó la cabeza en su hombro y escuchó los dos latidos unidos por el vínculo.
Lejos de la fortaleza, el viejo árbol hueco permanecía bajo la luna, cubierto de musgo. Ya no guardaba el secreto de una madre olvidada, sino la memoria de un hijo cuyo nombre pronunciaban juntos cada mes.
Asher.
Y desde entonces, cuando Elara aullaba en aquel claro, ya no lo hacía sola.