“No te escondas de mí”, gruñó el Rey Lycan a su temblorosa esposa omega cada noche

PARTE 1

Las puertas de Blackwood se cerraron detrás del carruaje con un estruendo que hizo temblar a Cecile Harrington. A sus veintidós años, la única omega de sangre noble del sur no llegaba como invitada, sino como el precio que su padre había pagado para conservar la vida después de una rebelión fallida.

En lo alto de la escalinata la esperaba Alaric Sterling, el rey licántropo del norte. Era enorme, estaba cubierto de cicatrices y tenía unos ojos dorados capaces de silenciar a un ejército. Las historias lo describían como una bestia que no conocía la compasión. Cecile había creído cada palabra.

La boda fue breve y fría. Cuando el sacerdote unió sus manos con una cinta de cuero, Cecile recordó a Silas, el hombre que había prometido escapar con ella y luego reveló su escondite a cambio de plata. Desde aquella traición, había aprendido que las promesas masculinas solo eran jaulas adornadas.

Esa noche esperó aterrada junto a la pared del dormitorio real. Alaric cerró la puerta, se quitó la capa y avanzó hacia ella. Cecile cerró los ojos, preparada para lo peor.

Pero él no la reclamó.

Le colocó una piel de lobo sobre los hombros y retrocedió.

—La piedra está helada —murmuró.

Después se acostó en un extremo de la cama, dejándole espacio. Cuando Cecile, vencida por el cansancio, se recostó en el borde opuesto, oyó su voz quebrarse en la oscuridad:

—No te escondas de mí, por favor.

Durante semanas, el mismo hombre que gobernaba con dureza durante el día mantuvo una distancia respetuosa cada noche. Cecile empezó a comprender que su ferocidad era una armadura. Alaric no temía a los enemigos que rodeaban la fortaleza; temía convertirse en el monstruo que todos esperaban que fuera.

Sin embargo, su misericordia tenía un precio. Lord Reginald Croft, canciller del reino, alimentaba rumores sobre el matrimonio sin consumar. Afirmaba que una omega sureña había debilitado al rey y que las manadas necesitaban un heredero y una reina alfa.

Una noche, Cecile escuchó a Alaric hablar solo en su estudio.

—Quieren despedazarla para probar que todavía soy fuerte —gruñó, golpeando el escritorio—. Quemaré Blackwood antes de permitir que alguien vuelva a romperla.

Él detectó su presencia y la encontró junto a la puerta. Cecile, por primera vez, no huyó.

—Entonces enséñame a luchar a tu lado —le pidió.

Desde aquella noche compartieron secretos. Alaric le habló de los señores que solo obedecían al miedo; Cecile le enseñó a ver las trampas ocultas tras los gestos corteses. Poco a poco, el espacio entre ambos en la cama se hizo menos frío.

Durante el banquete del solsticio, las puertas del gran salón se abrieron y Cecile sintió que el pasado regresaba para estrangularla. Silas entró vestido con sedas costosas, luciendo la riqueza obtenida al venderla. Alaric percibió su miedo y, bajo la mesa, le apretó la mano.

—No podrá tocarte —prometió.

Horas después, Cecile salió sola en busca de aire. En un pasillo oscuro, alguien la sujetó contra la pared y le cubrió la boca.

Era Silas.

—Croft atacará mañana —susurró junto a su oído—. Las manadas del oeste ya están dentro de Blackwood. Tú llevarás a Alaric a las antiguas almenas y nosotros terminaremos con él.

Cecile forcejeó, pero Silas presionó su brazo contra su garganta.

—Si obedeces, volverás conmigo al sur. Si te niegas, caerás junto a tu monstruo.

Entonces sonrió y pronunció la frase que le heló la sangre:

—Elige bien, Cecile. Antes de la próxima medianoche, uno de los dos estará acabado.

PARTE 2

Silas aflojó el brazo y desapareció entre las sombras. Cecile quedó apoyada contra la piedra, respirando con dificultad. Tres semanas atrás habría visto aquella amenaza como una oportunidad para escapar. Ahora solo podía pensar en el hombre que dormía cada noche sin tocarla para no aumentar su miedo.

Regresó a los aposentos reales antes que Alaric. Cuando él entró, percibió de inmediato el olor de otro hombre y las marcas alrededor de su cuello. Sus ojos se volvieron de un oro incandescente; las garras asomaron de sus dedos.

—¿Quién te hizo esto?

—Silas. Pero escúchame antes de ir por él. Croft prepara un golpe. Quieren que te lleve a las almenas para tenderte una emboscada.

La bestia emergió con un rugido. Alaric se dirigió a la puerta, dispuesto a enfrentarlos solo, pero Cecile hizo algo que jamás habría imaginado la noche de su boda: lo sujetó por los brazos.

—Eso es lo que esperan. Si bajas ahora, les regalarás la guerra que necesitan. Debemos hacerles creer que su plan funciona.

El rey la miró, estremecido por su contacto. Poco a poco sus garras se retrajeron. Entonces cayó de rodillas y rodeó su cintura, no para dominarla, sino para aferrarse a ella.

—Te ofrecieron la libertad y no te escondiste.

Cecile apoyó las manos sobre sus hombros.

—He terminado de esconderme. Ahora cazamos juntos.

Pasaron la noche diseñando la trampa. Cecile fingiría aceptar la oferta de Silas y conduciría a los conspiradores a las almenas. Alaric, el general Garrick y la guardia leal permanecerían ocultos hasta que Croft confesara su traición ante sus propios guerreros.

Al día siguiente, Cecile encontró a Silas junto a los establos.

—A medianoche —dijo fingiendo miedo—. Alaric irá solo.

Silas sonrió y le acarició la mejilla como si todavía tuviera poder sobre ella.

Cuando llegó la hora, Cecile esperó en las almenas bajo una tormenta de nieve. Silas apareció primero; Croft lo siguió acompañado por dos docenas de licántropos del oeste armados con flechas de plata.

—¿Dónde está el rey? —exigió el canciller.

—En camino —respondió ella.

Croft ordenó a sus arqueros apuntar a la puerta. Después miró a Cecile y sonrió.

—Has servido bien, pajarito. Es una lástima que no podamos dejarte vivir.

Silas palideció.

—Prometiste que podría llevármela.

—Una omega que traiciona a un rey también puede traicionarnos a nosotros —se burló Croft—. Cuando Alaric caiga, diremos que ella conspiró con asesinos del sur.

Antes de que pudiera ordenar la muerte de ambos, la puerta explotó en una lluvia de astillas. Alaric atravesó el umbral transformado en una criatura gigantesca de pelaje negro y ojos de fuego.

—Traición —rugió.

Los arqueros tensaron sus cuerdas, pero detrás de ellos surgieron Garrick y treinta guardias leales. Los rebeldes quedaron atrapados entre dos frentes.

La batalla fue breve. Cecile se protegió tras un muro de escudos mientras Alaric avanzaba directamente hacia Croft. Silas, desesperado, intentó tomarla como rehén, pero un guardia lo derribó. Al verlo tan cerca de ella, Alaric saltó sobre él y abrió las mandíbulas a centímetros de su rostro.

—¡Alaric, espera! —gritó Cecile.

La bestia se detuvo al oírla.

—No le concedas una salida rápida. Déjalo vivir para que vea cómo gobiernas el reino que quiso robarte.

Alaric retrocedió. Frente a todos, recuperó lentamente su forma humana. Cecile cruzó la nieve, ignoró la sangre sobre su piel y sostuvo su rostro entre las manos.

—La trampa se ha cerrado, mi rey.

Tres días después, bajó a las mazmorras para interrogar a Silas. Sabía que Croft no habría financiado solo una rebelión tan costosa.

—Dame el nombre de quien pagó el golpe —ordenó—, y vivirás trabajando en las minas. Si callas, dejaré que Alaric decida tu destino.

Silas se quebró. Confesó que el duque Arthur Pendleton, un poderoso noble del sur, había comprado a Croft para debilitar el reino y apoderarse de sus minas de hierro. Garrick escuchó cada palabra y obtuvo una confesión firmada.

La noche del juicio, Croft acusó a Alaric de haberse vuelto débil por una mujer sureña. Algunos señores murmuraron en señal de aprobación, hasta que Cecile entró en el gran salón con los libros de cuentas del canciller y la declaración de Silas.

—Croft no defendía la pureza del norte —declaró ante el consejo—. Vendió sus fronteras por oro sureño y entregó a sus propios guerreros para enriquecer a Pendleton.

Los sellos y las cifras eran irrefutables. Los mismos alfas que habían cuestionado a Alaric exigieron entonces justicia contra el traidor. Croft fue condenado, las manadas rebeldes juraron nuevamente lealtad y el trono quedó más firme que nunca.

Pero la victoria abrió una nueva distancia entre el rey y la reina. Alaric había visto el horror de su propia transformación y temía que Cecile también lo hubiera visto. Dejó de acercarse a ella por las noches y ya no repetía aquella súplica que había acompañado sus primeros meses.

Una noche de primavera, Cecile lo encontró mirando la luna desde el balcón. Se acercó por detrás y apoyó las manos sobre su espalda marcada.

—No deberías tocarme —dijo él sin volverse—. Viste lo que soy.

—Vi a la bestia —respondió Cecile—, pero también vi que se detuvo cuando pronuncié tu nombre. No me estremecí por miedo. Me estremecí al comprender cuánto tiempo llevabas soportando solo ese peso para protegerme.

Alaric se volvió con los ojos brillantes.

—Estoy cansado de luchar, Cecile.

—Entonces deja tu armadura aquí. Conmigo estás a salvo.

Él le rozó el rostro, esperando permiso. Cecile acortó la distancia y lo besó. No hubo conquista ni obligación, sino la elección libre de dos personas que habían aprendido a confiar después de haber sido traicionadas.

Aquella noche desapareció por fin la frontera invisible entre ambos. Alaric la envolvió en la misma piel de lobo que había colocado sobre sus hombros la primera noche.

—No te escondas de mí —susurró.

—Nunca volveré a hacerlo.

Con el tiempo, la temida fortaleza Blackwood dejó de ser una prisión. La inteligencia política de Cecile abrió rutas comerciales y llevó alimento a las aldeas del norte; la fuerza de Alaric garantizó una paz que sus antepasados nunca habían conocido.

Los bardos no los recordaron como la bestia que dominó a una omega indefensa. Cantaron sobre una mujer que descubrió el acero dentro de sí misma y sobre un rey que comprendió que la misericordia no era debilidad. Juntos demostraron que el poder más difícil de conquistar no nace del miedo, sino del valor de mostrarse vulnerable ante alguien que ha elegido quedarse.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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