“¡No Me Dejes!”, Suplicó Su Amante… El Rey Alfa Se Perdió el Nacimiento de Su Hijo y Cuando Regresó, Ya Había Perdido a los Dos

“¡No Me Dejes!”, Suplicó Su Amante… El Rey Alfa Se Perdió el Nacimiento de Su Hijo y Cuando Regresó, Ya Había Perdido a los Dos

Cuando Adrián regresó al castillo, nuestro hijo ya había nacido y mi anillo descansaba sobre una mesa vacía. Pero lo que terminó con nuestro matrimonio ocurrió mucho antes, en una habitación donde él pudo elegir marcharse y decidió quedarse.

Yo tenía veintiocho años y estaba casada con Adrián Robles, rey alfa de las manadas del norte. Nuestra casa era el Castillo Cuervo Negro, en la Sierra Madre. La gente creía que vivir con un rey significaba no tener preocupaciones. Yo aprendí que una corona podía llenar un salón de visitas y dejar vacía la silla frente a la persona que más necesitabas.

La sombra entre nosotros tenía nombre: Valeria Montes. Era una mujer cercana a la corte y Adrián siempre encontraba una razón para acompañarla, protegerla o quedarse a su lado. Yo no le pedía que dejara de ayudarla. Solo quería que recordara que también tenía una esposa y un hijo en camino.

La noche en que comenzaron los dolores, había preparado la cena para dos. Puse rosas de invierno en la mesa, serví el vino que le gustaba y me puse el vestido azul claro que una vez dijo que me hacía parecer iluminada por la luna. Quería hablar de nuestro bebé y pedirle que, por una noche, dejara los asuntos del reino fuera de la mesa.

No alcancé a tocar la campana para llamar a un sirviente. Un dolor me atravesó el vientre y el vaso cayó de mi mano. Margarita Salgado, la partera real, llegó justo cuando mis piernas cedían. Me llevó a la habitación de parto y, al examinarme, palideció.

—El niño viene antes de tiempo.

Le pedí que mandara por Adrián. Tomás, el beta del rey, recibió el primer mensaje y partió hacia la residencia del norte. Yo traté de respirar despacio, aferrada a la promesa de mi esposo: que estaría conmigo cuando naciera nuestro hijo.

Pasó el tiempo. Adrián no llegó.

La partera volvió a revisarme y pidió que enviaran otro aviso. Había demasiada sangre y mi cuerpo perdía fuerzas. Tomás llevó el segundo mensaje personalmente. En él decía que el parto se había complicado y que yo podía estar en peligro.

Aun así, mi esposo seguía lejos.

En la residencia norteña, Adrián leyó la advertencia y miró hacia la habitación de Valeria. Ella había asegurado que alguien amenazaba su vida. Él había ordenado que pusieran guardias alrededor de la propiedad, pero ella insistía en que solo se sentiría segura si él se quedaba a su lado.

Margarita envió un tercer mensaje. Esta vez, el recado fue claro: nuestro hijo y yo podíamos morir antes del amanecer.

Tomás llegó con la hoja en la mano. Valeria sujetó a Adrián por la muñeca cuando él tomó su capa.

—No me dejes sola —le suplicó.

—Elena me necesita. El parto se complicó.

Ella le recordó la supuesta amenaza. Le preguntó si podría perdonarse en caso de que algo le ocurriera mientras él estuviera fuera. Adrián miró el mensaje y después a la mujer que lo retenía. El vínculo entre nosotros se estremeció en mi pecho: por un instante sentí que él sabía cuánto dolor estaba soportando.

—Debemos irnos ya, majestad —insistió Tomás.

Adrián dobló el papel y lo guardó en el abrigo.

—Ve tú primero. Dile a Margarita que voy en camino.

Tomás no se movió.

—La reina puede estar muriendo.

—Te escuché.

—Entonces venga conmigo.

Adrián cerró los ojos. Se dijo que solo serían unos minutos, que Margarita era una partera experimentada y que quizá el peligro no era tan grave como el mensaje hacía parecer.

Valeria le apretó el brazo.

Tomás se inclinó con evidente pesar y salió solo.

Yo no sabía de esa conversación. Solo sabía que el dolor era cada vez más fuerte, que la sangre empapaba las sábanas y que cada vez que se abría la puerta esperaba ver a mi esposo. Cuando Margarita envió el tercer aviso, todavía creía que Adrián aparecería antes de que fuera demasiado tarde.

Entonces Tomás regresó a la habitación, empapado de nieve y sin el rey detrás de él.

Parte 2

No hizo falta que Tomás dijera una palabra. Al ver su rostro, entendí que Adrián había vuelto a elegir quedarse con Valeria.

Dejé de mirar la puerta. No porque hubiera dejado de querer a mi esposo, sino porque ya no podía permitirme gastar la poca fuerza que me quedaba esperando que cumpliera una promesa.

Margarita me pidió que empujara. El dolor me dobló y grité hasta quedarme sin voz. El sanador real trabajó a su lado mientras la tormenta golpeaba las ventanas. Cuando dijo que el corazón del bebé estaba debilitándose, apreté la mano de Margarita.

—Sálvalo —le rogué—. Si tienes que elegir, salva a mi hijo.

—Voy a luchar por los dos —respondió ella.

Con las fuerzas que me quedaban, seguí sus instrucciones. Al fin, un llanto delgado atravesó la habitación. Mi hijo había llegado al mundo.

Lo llamé Mateo. Lo tuve contra el pecho apenas un momento antes de perder el conocimiento. Cuando desperté, la luz entraba por las ventanas y Margarita sostenía al bebé envuelto en una manta color crema. Estaba vivo y sano. Lo abracé, besé su frente y miré hacia la puerta vacía.

—Preparen un carruaje —dije—. Y llamen a Guillermo Cárdenas.

Margarita me recordó que necesitaba descansar. Le contesté que descansaría en un lugar donde mi hijo no tuviera que suplicarle a su padre que regresara.

Adrián llegó al castillo cuando las campanas del nacimiento ya se habían apagado. Encontró la cuna vacía, mi anillo de bodas y una carta con una sola frase: “Tú estuviste con ella cuando más te necesitaba. Yo estaré con nuestro hijo.”

Tomás le contó que yo lo había llamado tres veces. También le dijo que Adrián había leído los mensajes y se había quedado con Valeria. El rey apretó mi anillo en el puño y ordenó que prepararan su caballo.

Pero mi tío Guillermo ya me había llevado a una casa de piedra en un valle al sur, con una partera y guardias de confianza. Adrián llegó al anochecer. Guillermo abrió la puerta, pero no lo dejó pasar.

—La reina no quiere verlo —le dijo.

—Necesito hablar con ella.

—Necesitarla ahora no borra que ella te necesitó y no fuiste.

Me acerqué desde el interior, envuelta en un chal. Le pedí a Guillermo que nos dejara hablar en el porche. Adrián dio un paso hacia mí, pero yo retrocedí. En sus ojos vi dolor y arrepentimiento. En los míos, él encontró algo que nunca había visto: una decisión tomada.

Me pidió perdón. Dijo que había terminado su relación con Valeria y que quería llevarnos de regreso. Prometió arreglarlo todo.

—Ni siquiera has visto a Mateo —le dije.

—Déjame conocerlo. Es mi hijo.

—Era tu hijo cuando Margarita mandó el primer mensaje. También cuando Tomás te dijo que yo estaba perdiendo sangre.

Adrián bajó la mirada. Se llevó una mano al pecho, donde el vínculo entre nosotros aún ardía.

—Te amo.

—¿Viniste porque nos amas o porque no soportas perder lo que considerabas tuyo?

No contestó. Y su silencio me dio la respuesta que necesitaba.

Le dije que quería disolver nuestro vínculo y dejar de ser la reina. No lo hacía para castigarlo. No podía criar a nuestro hijo preguntándome cada noche si su padre estaría con nosotros cuando de verdad lo necesitáramos.

Adrián pidió saber si algún día podría conocer a Mateo. Le respondí que hablaríamos cuando yo estuviera recuperada y pudiera decidir qué era seguro para nuestro hijo. No regresaría al castillo.

Entré a la casa y Guillermo cerró la puerta. Adrián se quedó afuera con el anillo en la mano, pero no ordenó que nos obligaran a volver.

Esa noche, Tomás descubrió que Valeria había estado contactando a nobles que querían cuestionar la sucesión de Mateo. Su tío, don Ernesto Montes, sostenía que un príncipe criado lejos de la corte sería fácil de manipular y que el reino necesitaba una nueva alianza matrimonial para recuperar la estabilidad.

Adrián convocó al consejo. Ante los nobles, reconoció que yo no había abandonado a mi familia: él había faltado a la suya. Firmó un decreto que confirmaba a Mateo como heredero legítimo, protegía mi derecho a vivir donde yo eligiera y prohibía que alguien usara mi partida para intentar quitarle el trono a nuestro hijo.

Valeria y su tío no aceptaron la decisión. Poco después, un grupo de mercenarios interceptó el carruaje en el camino a una consulta con el sanador. No querían dinero: iban por Mateo.

Guillermo y los guardias intentaron detenerlos. En medio del caos, recordé una antigua torre de vigilancia cerca del arroyo. Le pasé el bebé a Margarita y corrí hacia ella, aunque cada paso me dolía. Conseguimos cerrar la pesada puerta justo cuando uno de los hombres llegó a la entrada.

Entonces resonó un cuerno desde la montaña.

Adrián apareció con sus hombres. Se había enterado del plan gracias a Tomás y había seguido a los mercenarios hasta el valle. Cuando todo terminó, el capitán confesó que Valeria les había pagado para llevarse al príncipe.

Adrián se detuvo ante la torre. No intentó abrirla por la fuerza.

—Elena, ¿estás herida?

Levanté el cerrojo. Tenía a Mateo entre los brazos y las piernas todavía me temblaban.

—Estamos vivos —le dije—. Eso no significa que volvamos contigo.

—Lo entiendo. Te protegeré aunque nunca regreses.

—Entonces tendrás que demostrarlo respetando lo que decida.

—Lo haré.

Al día siguiente entré al salón del consejo con Mateo en brazos. Pedí formalmente terminar nuestro matrimonio y el vínculo de pareja. Adrián pudo haber convertido mi petición en una batalla política. En cambio, bajó del estrado y firmó el decreto que garantizaba mi libertad y el futuro de nuestro hijo.

El anciano de la corte realizó el ritual para separar el vínculo. Sentí un dolor breve y luego un silencio profundo. Por primera vez en años, mi corazón me pertenecía por completo.

No perdoné a Adrián ese día. Ni la sentencia ni el anillo devuelto podían borrar las horas en que esperé escucharlo llegar. Él tampoco me pidió que fingiera que nada había pasado.

Valeria fue juzgada por organizar el secuestro de Mateo. Su tío y los nobles que apoyaron el plan perdieron sus cargos. Yo acepté administrar una propiedad independiente en el sur, no como pago por perdonar al rey, sino como parte de un acuerdo que protegía mi futuro y el de mi hijo.

Allí abrí un refugio para mujeres y niños expulsados de sus manadas. Margarita ayudó a cuidar a las familias. Guillermo organizó la seguridad. Adrián fortaleció las leyes que protegían a las parejas y a los hijos abandonados, pero nunca usó esa reforma para pedir que volviéramos.

Con el tiempo, acordamos visitas. Adrián llegaba sin escolta y cumplía cada cita. Aprendió a sostener a Mateo, a cambiarle la ropa y a escuchar cuando yo marcaba un límite. No le ofrecí otra oportunidad como esposo; le permití ganarse, poco a poco, el lugar de padre.

Cuando Mateo empezó a llamarlo “papá”, Adrián lloró sin esconderse. Yo no sentí celos ni alivio. Sentí que mi hijo podía amar a su padre sin que yo tuviera que volver a ser su esposa.

Años después, en el jardín de nuestra casa, Mateo corrió hacia Adrián con una risa que llenó el valle. Después regresó conmigo y tomó mi mano. Adrián nos miró desde la entrada.

—Gracias por dejarme estar en su vida —dijo.

—Él te quiere —respondí—. Sigue dándole razones para confiar en ti.

Adrián asintió. Ya no me pidió que regresara al castillo. Por fin entendía que mi hogar no era un lugar al que él pudiera llevarme: era el lugar que yo había construido, junto a mi hijo, después de dejar de esperarlo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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