Niñita corrio hacia el Rey Vampiro llorando Ellos estan golpeando a mi madre Que hizo el Rey Vampiro
Una Niña Irrumpió en el Consejo de los Vampiros y Suplicó al Rey Más Temido que Salvara a su Madre… Nadie Imaginó que Ese Ruego Despertaría al Hombre que Llevaba 300 Años Muerto por Dentro

PARTE 1
Nadie interrumpía el Concilio de Medianoche.
Mucho menos un humano.
Y mucho menos una niña de siete años.
Por eso, cuando las enormes puertas encantadas del Salón Creciente se abrieron de golpe y una pequeña figura con un vestido rosa rasgado entró corriendo, decenas de criaturas inmortales quedaron paralizadas.
Brujas.
Licántropos.
Señores vampiros.
Todos la observaron.
La niña tenía el cabello castaño lleno de polvo y el rostro manchado por lágrimas.
Pero ella no miró a ninguno.
Corrió directamente hacia Draven Valdés.
El rey vampiro.
La criatura que había gobernado las sombras de Veracruz durante más de tres siglos.
Andrea agarró con ambas manos su abrigo negro.
—Por favor, señor… los hombres malos están lastimando a mi mamá.
El salón quedó en absoluto silencio.
—Me dijo que corriera —continuó entre sollozos—. La están golpeando. Creo que va a morir.
Draven no respondió.
Durante trescientos años había aprendido a no sentir.
El amor era una debilidad.
La compasión, un arma que otros podían utilizar contra ti.
Pero aquellos ojos…
Le recordaban a Leonor.
Su hija.
Cuando Draven todavía se llamaba Juan Bautista Valdés, había sido humano, esposo y padre.
Leonor tenía seis años cuando una enfermedad arrasó su hogar.
Él había sostenido a su pequeña mientras la fiebre consumía su cuerpo.
Ella lo miró exactamente como Andrea lo miraba ahora.
Esperando que su padre pudiera salvarla.
No pudo.
Leonor murió en sus brazos.
Su esposa murió días después.
Y Juan Bautista, destruido por el dolor, aceptó la inmortalidad cuando un vampiro ancestral le ofreció escapar para siempre de la impotencia humana.
Así nació Draven Valdés.
El monstruo.
El rey.
El hombre que juró no volver a amar nada que pudiera perder.
Hasta aquella noche.
Andrea volvió a tirar de su abrigo.
—Por favor.
Draven levantó una mano.
Sus dedos, capaces de destruir a un vampiro con un solo gesto, descendieron suavemente sobre la cabeza de la niña.
—¿Dónde está tu madre?
Poco después, Draven abandonó el consejo acompañado por su guardia personal.
Andrea insistió en ir con ellos.
Su madre, Berenice, estaba cautiva en una antigua iglesia abandonada a las afueras del barrio.
Cuando llegaron, Draven sintió inmediatamente tres presencias vampíricas.
Y un latido humano.
Débil.
Irregular.
Moribundo.
Ordenó a sus soldados rodear el edificio.
Él entró solo.
Dos vampiros jóvenes aparecieron entre las ruinas.
—Este territorio pertenece a la Secta Espinosa —advirtió uno—. Aquí no mandas tú.
Draven ni siquiera respondió.
Movió una mano.
El vampiro salió disparado contra una columna de piedra.
La segunda criatura intentó atacarlo.
Draven la atrapó por el cuello sin siquiera mirarla.
—¿Dónde está la mujer?
—En… la cripta.
Draven la soltó.
—Corre. Y dile a Silas Espinoza que fui yo quien vino por ella.
Descendió los escalones detrás del altar.
El olor a sangre humana se hizo más fuerte.
Cuando llegó al fondo, vio a Berenice.
Estaba atada en el suelo.
Su rostro estaba hinchado.
Su ropa cubierta de sangre.
Y un vampiro mantenía una bota sobre su hombro.
—No quiere hablar —dijo el captor nerviosamente—. Hemos preguntado por el Códice Carmesí, pero dice que no sabe nada.
Draven miró a Berenice.
Después miró al vampiro.
Solo pronunció una palabra.
—Vete.
La criatura huyó.
Draven se arrodilló junto a la mujer.
Berenice abrió los ojos con dificultad.
—Andrea…
—Tu hija está viva.
Por primera vez apareció alivio en su rostro.
Draven se mordió la muñeca.
Sangre oscura comenzó a brotar.
Berenice vio sus colmillos y comprendió qué era realmente.
Intentó retroceder.
Entonces, desde arriba, se escuchó una voz pequeña.
—¡Mamá!
Draven acercó su muñeca a los labios de Berenice.
—Mi sangre puede salvarte.
Pero justo cuando ella aceptó beber, Draven comprendió que aquellos vampiros no habían secuestrado a una madre cualquiera.
Habían estado buscando algo capaz de iniciar una guerra que podía destruir todo el mundo sobrenatural.
Y Berenice ni siquiera sabía que lo llevaba consigo.
PARTE 2
La sangre de Draven recorrió el cuerpo de Berenice.
El efecto fue inmediato.
Las heridas comenzaron a cerrarse lentamente.
Su respiración se estabilizó.
No la convertiría en vampiro, pero impediría que muriera.
Andrea bajó corriendo las escaleras.
—¡Mamá!
Berenice abrió los brazos.
La niña se lanzó contra ella llorando.
Draven permaneció apartado.
Aquella escena le provocó un dolor inesperado.
Durante un instante volvió a ver a Leonor y a su esposa.
Pero esta vez la historia no terminaba con una tumba.
Esta vez había llegado a tiempo.
Los dos vampiros que habían escapado fueron capturados poco después por Celeste y Rafael, miembros de la guardia de Draven.
Durante el interrogatorio finalmente revelaron la verdad.
Silas Espinoza llevaba décadas buscando el Códice Carmesí.
Una reliquia más antigua que el propio Consejo.
Supuestamente contenía rituales capaces de romper las leyes que limitaban la creación de nuevos vampiros.
Con él, alguien podría convertir cientos de humanos en una sola noche.
Miles en semanas.
Un ejército.
—¿Por qué perseguían a Berenice? —preguntó Draven.
La vampira prisionera tragó saliva.
—Su madre era Catalina Russo.
Berenice se quedó inmóvil.
Había crecido creyendo que su madre había sido simplemente una mujer reservada que murió años atrás.
La verdad era diferente.
Catalina había sido cazadora de vampiros.
Y había robado el Códice antes de morir.
—Yo nunca recibí ningún libro —susurró Berenice—. Solo algunas joyas y cosas viejas.
Su mano fue instintivamente hacia su cuello.
Sacó un pequeño collar de plata.
Tenía un medallón circular cubierto por símbolos extraños.
Draven se lo quitó lentamente.
Sintió la magia antes incluso de leer los grabados.
—Esto es.
Berenice palideció.
—¿El Códice?
—No es un libro.
Era un recipiente.
Un archivo mágico escondido dentro de algo aparentemente insignificante.
Andrea sacó entonces un dibujo de su bolsillo.
Había dibujado a su madre usando aquel mismo collar.
—La abuela dijo que protegía a nuestra familia.
Draven comprendió la terrible ironía.
Aquello que debía protegerlas era exactamente lo que había llevado a Silas hasta ellas.
Uno de los prisioneros habló con voz temblorosa.
—Silas vendrá por él. Traerá a todos sus seguidores.
Draven cerró la mano alrededor del medallón.
—¿Dónde está?
—En una antigua fundidora junto al río.
Draven ordenó trasladar a Berenice y Andrea al ala protegida de su mansión.
Antes de marcharse, Andrea lo miró.
—¿Vas a detener al hombre malo?
Draven se arrodilló frente a ella.
—Sí.
—¿Lo prometes?
Durante trescientos años, Draven había evitado hacer promesas emocionales.
Aquella noche no dudó.
—Te lo prometo.
Envió un mensaje a Silas.
Una reunión.
Terreno neutral.
Sin ejércitos.
Silas apareció convencido de que podía negociar.
Era poderoso, ambicioso y mucho más joven que Draven.
—El mundo debería pertenecernos —dijo Silas—. ¿Por qué escondernos de los humanos? Con el Códice podemos crear un ejército.
—Un ejército que no podrás controlar.
—Eso es miedo.
—No —respondió Draven—. Es experiencia.
Silas sonrió.
—Has gobernado demasiado tiempo.
—Y tú no has vivido lo suficiente para comprender por qué.
Silas atacó.
Pero Draven estaba preparado.
Había marcado el suelo de la fundidora con símbolos ancestrales.
Cuando Silas cruzó el círculo, la magia se activó.
Cadenas invisibles lo inmovilizaron.
—¿Qué hiciste?
—Pasé tres siglos estudiando la magia antigua mientras tú desperdiciabas dos buscando poder.
Silas intentó liberarse.
No pudo.
—Las leyes te impiden matarme sin juicio.
Draven sonrió fríamente.
—¿Quién habló de matarte?
Sacó una pequeña hoja ceremonial.
Cortó su propia palma.
Después cortó la de Silas.
Unió ambas manos.
La antigua magia respondió.
—Por la autoridad de la sangre antigua y el Pacto de las Sombras, te condeno a la Maldición del Vagabundo.
Silas comenzó a gritar.
La magia penetró en su cuerpo.
—Desde esta noche no tendrás territorio. Ningún aquelarre podrá darte refugio. Tus seguidores quedan liberados de sus juramentos hacia ti.
—¡No puedes hacer esto!
—Ya lo hice.
Draven lo soltó.
Silas cayó de rodillas.
—Tienes hasta el amanecer para abandonar Veracruz.
La maldición comenzó a arrastrarlo físicamente hacia los límites del territorio.
—¿Por qué no me matas?
Draven se detuvo antes de marcharse.
—Porque la muerte sería misericordia.
Miró al vampiro derrotado.
—Quiero que vivas suficientes siglos para comprender que la ambición sin sabiduría convierte a los reyes en fantasmas.
Silas abandonó Veracruz antes del amanecer.
Su secta se desmoronó.
El Códice quedó bajo la protección de Draven, donde nadie podría utilizarlo para crear un ejército.
Pero aquello no fue lo que más cambió al rey vampiro.
Seis meses después, el Concilio de Medianoche seguía reuniéndose.
Draven seguía gobernando.
Las criaturas sobrenaturales todavía temían pronunciar su nombre demasiado alto.
Sin embargo, cada martes ocurría algo que habría parecido imposible medio año atrás.
Andrea llamaba tres veces a la puerta de su mansión.
—Pasa, pequeña —respondía Draven.
La niña llegaba con su mochila escolar.
Draven le enseñaba historia.
Latín.
Idiomas antiguos.
Y corregía a sus profesores cuando sus libros contenían fechas históricas que él sabía que estaban equivocadas porque había vivido durante aquella época.
Berenice también iba.
Sus heridas habían desaparecido.
Sabía perfectamente que Draven era un vampiro.
Y había decidido confiar en él.
Después de las lecciones cenaban juntos.
Sin darse cuenta, habían creado algo que Draven no había tenido desde hacía tres siglos.
Una familia.
Andrea incluso lo invitó a su obra escolar.
—Todos los demás niños llevarán a sus familias —le dijo—. Tú también tienes que ir.
Y el temido rey vampiro asistió.
Se sentó discretamente en la última fila observando a Andrea disfrazada de árbol en una obra infantil.
Había sobrevivido guerras.
Revoluciones.
Imperios.
Masacres.
Pero aquellas dos horas fueron más importantes para él que muchas de sus victorias.
Una noche, Andrea se quedó dormida junto a Draven mientras él le leía un libro.
Antes de cerrar los ojos preguntó:
—¿Alguna vez conociste a un héroe de verdad?
Draven la observó.
Recordó a aquella niña entrando sola en una habitación llena de monstruos.
Una niña que atravesó una barrera mágica que ningún mortal debería haber podido cruzar porque el miedo por su madre era más fuerte que cualquier hechizo.
—Sí —respondió suavemente—. Conocí a uno hace seis meses.
Andrea ya estaba dormida.
Su cabeza descansaba contra su hombro.
Draven miró aquel rostro tranquilo.
Por un momento vio a Leonor.
La hija que no había podido salvar.
Pero por primera vez el recuerdo no lo destruyó.
Se sintió como perdón.
Como si después de tres siglos su hija le estuviera diciendo que podía volver a querer a alguien.
Berenice apareció para recoger a Andrea.
Vio la expresión de Draven y apoyó suavemente una mano sobre su hombro.
—Gracias por salvarnos.
Draven negó lentamente.
—No.
Miró a Andrea dormida.
—Gracias a ustedes.
Su voz se quebró apenas.
—Por recordarme que ser inmortal no significa tener que estar solo.
Y así, la niña que aquella noche había entrado buscando un monstruo capaz de salvar a su madre terminó haciendo algo mucho más improbable.
Salvó también al monstruo.