Ninguna Niñera Duró 48 Horas Con Los Trillizos Del Jefe De La Mafia… Hasta Que Una Valiente Madre

PARTE 1

Tres mujeres habían huido de la mansión Manchini en una sola semana.

Una salió llorando. Otra amenazó con demandar a la familia. La última corrió tan rápido que olvidó sus zapatos.

Todos culpaban a Dante Manchini, uno de los hombres más temidos de Nueva York.

Pero quienes conocían aquella casa decían que el verdadero problema eran sus tres hijos de seis años.

Leo, Mateo y Enzo.

Los trillizos habían perdido a su madre dos años atrás y desde entonces parecían decididos a destruir emocionalmente a cualquier mujer que intentara acercarse.

Entonces llegó Aria Penélope.

Madre soltera.

Cuarenta y dos dólares en su cuenta bancaria.

Una hija de seis años llamada Mía esperando en casa de una vecina.

Y cuarenta y ocho horas antes de que ambas fueran desalojadas.

Aria necesitaba aquel trabajo más de lo que necesitaba tener miedo.

Dante la recibió detrás de un enorme escritorio.

—Cinco niñeras este mes —dijo fríamente—. La última duró seis horas. Si usted aguanta cuarenta y ocho, pagaré todas sus deudas.

Aria pensó en Mía.

—Trato hecho. Pero cuidaré a sus hijos a mi manera.

Las primeras horas fueron una guerra.

Los niños colocaron trampas en las puertas, pegaron los zapatos de Aria al suelo, escondieron su teléfono y activaron la alarma de incendios en mitad de la noche.

Ella no gritó.

No los castigó.

Y, sobre todo, no huyó.

Cuando Leo se negó a comer porque su padre le había enseñado a desconfiar de cualquier alimento que no hubiera visto preparar, Aria tomó su tenedor y probó primero.

—No está envenenado. Solo tiene demasiado orégano.

Los tres niños la miraron como si fuera una criatura desconocida.

Al día siguiente se declararon en huelga de hambre.

Aria entró a la cocina.

Preparó panqueques con chocolate y tocino caramelizado.

No les ordenó comer.

Simplemente se sentó frente a su puerta.

—Qué pena. Parece que tendré que comerlo todo yo sola.

La puerta se abrió lentamente.

Primero apareció Enzo.

Después Mateo.

Finalmente Leo.

Los cuatro terminaron sentados en el piso haciendo un picnic improvisado.

Y entonces sucedió algo que aquella mansión no había escuchado en dos años.

Los niños rieron.

Dante observaba desde el otro extremo del pasillo.

No dijo nada.

Pero Aria vio cómo el rostro del hombre más duro de la ciudad cambiaba.

Había ganado el desafío.

Cuando Dante le entregó el cheque, Aria creyó que podía recoger a Mía y marcharse.

—Tenemos un problema —dijo él.

—Sobreviví las cuarenta y ocho horas.

—El problema son mis hijos. No se reían desde que murió su madre.

Dante le ofreció triplicar el salario si se quedaba.

Aria se negó hasta que él propuso algo inesperado.

—Traiga a su hija.

Al día siguiente, Mía llegó a la mansión.

Los trillizos la recibieron con sospecha, pero bastaron unos minutos para que Leo preguntara:

—¿Ella también come panqueques?

Aquello fue suficiente.

Poco a poco, los cuatro niños comenzaron a comportarse como una familia.

Y Dante también empezó a cambiar.

Una tarde, sentado junto a Aria en el jardín, finalmente habló sobre su esposa.

Había perdido la vida en un atentado dirigido contra él.

Los trillizos habían estado dentro del automóvil.

—Por eso están rotos —dijo Dante—. Yo no pude protegerlos.

Aria tomó su mano.

—No eres un monstruo. Eres un hombre que todavía sigue viviendo dentro de aquel incendio.

Dante entrelazó sus dedos con los de ella.

Sus rostros comenzaron a acercarse.

Aria supo que iba a besarla.

Entonces escuchó un pequeño sonido seco.

Dante reaccionó antes de que ella entendiera.

La lanzó al suelo y cubrió su cuerpo con el suyo.

Una parte del banco de piedra explotó exactamente donde segundos antes había estado la cabeza de Aria.

—¡Francotirador! —rugió Dante—. ¡Niños, al suelo!

Mía gritó.

Los guardias comenzaron a responder desde los muros.

Aria quedó tendida sobre el césped mientras Dante sacaba su arma.

Él la miró.

Ya no había ternura en sus ojos.

Solo el hombre al que toda Nueva York temía.

—Te dije que debías marcharte —dijo.

Otro disparo atravesó el jardín.

Dante se levantó para responder.

—Ahora estás dentro de la guerra.

PARTE 2

Silas consiguió sacar a los cuatro niños del jardín mientras Dante cubría la retirada.

Aria corrió detrás de ellos con Mía apretada contra su pecho.

La llevaron hasta una habitación de seguridad escondida detrás de una estantería en el sótano.

Allí no había ventanas.

Solo acero, cámaras y una puerta capaz de resistir un ataque.

Los trillizos no lloraron.

Eso fue lo que más estremeció a Aria.

Se sentaron juntos en el suelo como pequeños soldados que ya sabían demasiado bien qué hacer cuando alguien intentaba atacar a su familia.

Cuando Dante entró minutos después, llevaba la camisa rasgada y una herida profunda en el hombro.

Lo primero que hizo fue contar a los niños.

Leo.

Mateo.

Enzo.

Después miró a Mía.

Cuatro.

Solo entonces preguntó:

—¿Tú estás bien?

Aria asintió.

—Tú no.

Dante intentó ignorarla.

Aria señaló un sillón.

—Siéntate.

El hombre capaz de dar órdenes a cientos de personas la miró durante varios segundos.

Después obedeció.

Mientras ella limpiaba la herida, Dante la observó en silencio.

—La mayoría de la gente habría gritado en el jardín.

—Estaba demasiado ocupada tratando de seguir viva.

Aria terminó el vendaje.

—Además, aprendí algo observándote. El pánico es un lujo.

Por primera vez Dante sonrió ligeramente.

Pero el ataque había revelado algo preocupante.

Los hombres que dispararon sabían exactamente cuándo los niños estarían en el jardín.

Aquella información no era pública.

Había un traidor dentro de la casa.

Aria recordó entonces un extraño ruido que había escuchado cerca del ala infantil.

Un patrón de interferencia.

Dante y Silas comprendieron que alguien había utilizado el viejo sistema de intercomunicación de la habitación de los niños para transmitir conversaciones hacia afuera.

Solo unas pocas personas tenían acceso.

Personal doméstico.

Mantenimiento.

Y el tutor privado de los trillizos, el señor Sterling.

Parecía un anciano débil.

Leo los sorprendió a todos.

—Él corre rápido cuando llueve.

Enzo añadió que lo había visto escondiendo un teléfono.

Dante tomó su arma.

—Silas, quédate con ellos.

Y salió.

Aria sintió inmediatamente que algo estaba mal.

—Va directo hacia una trampa.

Silas no respondió.

—Si Sterling sabe que lo descubrieron, estará esperándolo.

Aria tomó un pesado candelabro de bronce.

—Abre la puerta.

—Mi trabajo es proteger a los niños.

—Entonces hazlo. Yo protegeré a Dante.

Silas finalmente cedió.

Aria llegó hasta la biblioteca y escuchó voces detrás de las puertas.

Sterling ya no sonaba como un anciano.

—Los rusos pagan mucho mejor —decía—. Me prometieron un lugar en la mesa.

—No tendrás ningún lugar —respondió Dante—. Solo una celda.

Entonces Aria escuchó el sonido metálico de un arma preparándose.

No pensó.

Abrió las puertas de golpe.

—¡Oigan!

Sterling giró la cabeza hacia ella.

Fue un instante.

Pero Dante solo necesitaba eso.

Se abalanzó sobre él y consiguió desarmarlo.

Cuando todo terminó, Aria seguía sosteniendo el candelabro con las dos manos.

Dante la miró incrédulo.

—Estás completamente loca.

—Estaba ayudando.

Las piernas de Aria cedieron.

Dante la atrapó.

Y entonces sintió algo imposible.

Él estaba temblando.

El hombre que nunca mostraba miedo había enterrado el rostro contra su cuello.

—Me salvaste la vida.

—Entonces estamos a mano.

Dante se apartó.

—No.

Tomó su rostro entre las manos.

—Apenas estamos empezando.

La besó.

Esta vez ningún francotirador los interrumpió.

Pero el momento duró apenas unos segundos.

El radio de Sterling cobró vida.

—El objetivo está abajo. Avancen. Quemen la casa.

Dante se quedó inmóvil.

Los rusos no habían enviado solo al francotirador.

Habían preparado un ataque completo.

La mansión comenzó a llenarse de sonidos de cristales rompiéndose y disparos.

Dante llevó de regreso a Aria al refugio.

—Silas, dame el rifle.

Aria sujetó su brazo.

—No puedes enfrentarlos solo.

Dante miró a los cuatro niños acurrucados en el rincón.

Después volvió los ojos hacia ella.

—Durante dos años peleé porque no me importaba sobrevivir.

Acarició la mejilla de Aria.

—Hoy peleo porque quiero vivir.

Tomó el arma.

—Cuídalos. Si no regreso…

—No te atrevas.

Las lágrimas finalmente aparecieron en los ojos de Aria.

—No pienso quedarme sola criando a cuatro niños imposibles. Vuelve, Dante Manchini.

Él sonrió.

—Sí, señora.

La puerta se cerró.

Durante un largo tiempo, el caos rugió sobre ellos.

Aria se sentó en el suelo rodeando con los brazos a Leo, Mateo, Enzo y Mía.

No podía detener lo que sucedía arriba.

Así que hizo lo único que podía.

Comenzó a cantar.

Una canción de cuna que siempre utilizaba con Mía.

Poco a poco los cuatro niños se acercaron más a ella.

Entonces todo quedó en silencio.

El teclado de la puerta emitió un pitido.

Silas levantó el arma.

La puerta comenzó a abrirse.

Aria dejó de respirar.

Dante apareció.

Tenía la ropa destrozada y el rostro cubierto de polvo.

Pero estaba vivo.

Dejó caer el arma.

Caminó hasta ellos y cayó de rodillas.

Los cuatro niños se lanzaron sobre él.

Aria también.

Por primera vez desde la pérdida de su esposa, Dante permitió que todos lo vieran llorar.

—Terminó —murmuró—. Estamos a salvo.

Mía observó su aspecto.

—Pareces un monstruo.

Dante soltó una pequeña risa.

—Lo era.

Miró a sus tres hijos.

Después a Mía.

Finalmente a Aria.

—Pero creo que estoy listo para volver a ser padre.

Tres meses después, la mansión Manchini era irreconocible.

Las habitaciones oscuras estaban llenas de luz.

En los pasillos había juguetes.

Y cada mañana la cocina olía a café, panqueques y tocino caramelizado.

Aria ya no llevaba ropa barata de entrevistas.

En su mano brillaba un anillo.

Leo, Mateo, Enzo y Mía entraron corriendo a la cocina discutiendo por alguna tontería.

Dante apareció detrás de ellos vestido simplemente con jeans y una camiseta.

Besó a Mía en la frente como si lo hubiera hecho toda la vida.

Después rodeó a Aria desde atrás.

—Los documentos para adoptar legalmente a Mía están sobre mi escritorio.

Aria se volvió entre sus brazos.

—¿Sabes algo? La mayoría de las niñeras de esta casa no superaban las cuarenta y ocho horas.

—Tú nunca fuiste la niñera.

Dante la besó suavemente.

—Tú fuiste nuestra salvación.

Los niños comenzaron a protestar porque los panqueques se estaban enfriando.

Dante tomó un trozo de tocino de la bandeja.

—Muy bien, alimentemos al ejército.

Aria observó aquella mesa llena de niños, ruido y risas.

Había llegado a la mansión con cuarenta y dos dólares, una orden de desalojo y la intención de sobrevivir solamente dos días.

Nunca imaginó que aquella casa llena de personas rotas terminaría convirtiéndose en su hogar.

Ni que el hombre más peligroso de Nueva York descubriría que había algo mucho más poderoso que el miedo.

Una mujer que se negó a abandonarlo.

Y cuatro niños que finalmente volvieron a sentirse como una familia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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