Ninguna mujer sobrevivió al celo del Rey Alfa — hasta que la doncella cayó

PARTE 1
En el reino de Arintia, todos conocían una regla que nadie se atrevía a desafiar: jamás llamar la atención del rey Alfa.
Su nombre era Oscar Fitzgerald.
Para algunos era un salvador. Para otros, un monstruo vestido con una corona.
Su poder era conocido en todo el reino. Su presencia podía silenciar una sala llena de nobles con solo entrar. Era fuerte, dominante e imposible de ignorar. Las historias sobre él se repetían en los pasillos del palacio como advertencias susurradas.
Decían que ninguna mujer podía resistir estar cerca de él.
Decían que aquellas que intentaban acercarse al rey nunca volvían a ser las mismas.
Pero yo nunca quise formar parte de esas historias.
Mi nombre es Jane Salazar.
Durante toda mi vida aprendí a vivir en las sombras. No era una noble, ni una guerrera, ni alguien importante dentro del palacio. Solo era una doncella encargada de mantener los enormes salones limpios y silenciosos.
La mayoría de las personas pasaban junto a mí sin siquiera recordar mi rostro.
Y eso estaba bien.
Ser invisible era mi forma de sobrevivir.
Desde pequeña aprendí que llamar la atención de las personas equivocadas podía destruirte. Después de perder a mis padres, la familia real me permitió quedarme en el palacio, pero nunca sentí que realmente perteneciera allí.
Tenía un pequeño cuarto apartado, lejos de los salones principales. Tenía mi trabajo y mi rutina.
Nada más.
Y sobre todo, tenía cuidado de mantenerme lejos del rey Alfa.
No porque creyera todos los rumores.
Sino porque sabía que un hombre con tanto poder podía cambiar la vida de alguien en un instante.
Pero una noche, todo cambió.
Recibí una orden inesperada.
Debía presentarme en los aposentos reales.
No era extraño ayudar al rey. Lo había hecho muchas veces. Pero esa noche algo era diferente.
Cuando llegué, la puerta estaba entreabierta.
Una luz tenue escapaba hacia el pasillo.
Me detuve antes de entrar.
El rey siempre estaba acompañado por guardias, consejeros o sirvientes. Nunca estaba solo.
Pero esa vez lo estaba.
Respiré profundamente y crucé la puerta.
El ambiente dentro de la habitación era completamente distinto al resto del palacio.
El aire era pesado.
Tenso.
Como si algo estuviera a punto de suceder.
Oscar Fitzgerald estaba sentado junto a la enorme cama, con los brazos cruzados y la mirada fija en mí.
Por primera vez entendí por qué todos le temían.
No era solo su fuerza.
Era la forma en que miraba.
Sus ojos parecían atravesar cualquier mentira, cualquier máscara, cualquier secreto.
—Llegas tarde —dijo con una voz profunda.
Bajé la mirada rápidamente.
—Lo siento, su majestad.
No sabía qué había hecho para merecer su atención.
Yo no era nadie.
Entonces él se levantó.
Su enorme figura hizo que la habitación pareciera más pequeña.
Caminó hacia mí lentamente.
Cada paso suyo hacía que mi corazón latiera más rápido.
No porque quisiera acercarme.
Sino porque mi instinto me decía que debía escapar.
Pero mis pies no se movieron.
Oscar se detuvo frente a mí.
Su mano se levantó.
Pensé que sería una orden.
Un castigo.
Algo que confirmaría todas las historias que había escuchado.
Pero sus dedos tocaron suavemente mi rostro.
Ese simple gesto me dejó completamente confundida.
No había crueldad.
No había violencia.
Solo una extraña intensidad que no podía comprender.
—Tú no eres como las demás —susurró.
Sentí un escalofrío.
—Soy solo una doncella.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Eso es exactamente lo que todos creen.
Di un paso atrás.
—Su majestad, debería irme.
Pero él no apartó la mirada.
—¿Por qué?
La pregunta me dejó sin respuesta.
Porque tenía miedo.
Porque sabía quién era él.
Porque sabía lo peligroso que podía ser permanecer allí.
Pero la verdad era otra.
No podía irme.
Oscar se acercó un poco más.
—Toda mujer que entra en esta habitación busca algo de mí.
Su voz bajó.
—Poder. Riqueza. Protección.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Pero tú eres la única que parece querer escapar.
Mi corazón se aceleró.
Porque por primera vez alguien no veía una simple sirvienta.
Me estaba viendo a mí.
Entonces pronunció unas palabras que cambiaron mi destino para siempre.
—Quédate conmigo esta noche, Jane.
El silencio llenó la habitación.
Sabía que debía decir que no.
Sabía que debía abrir esa puerta y marcharme.
Pero algo dentro de mí dudó.
Porque el hombre al que todos llamaban monstruo no parecía mirarme como una víctima.
Parecía como si estuviera esperando algo que ni siquiera él entendía.
Y esa fue la parte más peligrosa.
Porque por primera vez en mi vida…
yo tampoco quería huir.
PARTE 2
La noche avanzó lentamente, pero ninguno de los dos se movió.
Yo seguía frente al rey Alfa, intentando entender por qué mi cuerpo me pedía quedarme cuando mi mente gritaba que debía escapar.
Había escuchado cientos de historias sobre Oscar Fitzgerald.
Historias sobre mujeres que habían quedado destruidas después de acercarse demasiado a él.
Pero ahora estaba allí.
Y la realidad no coincidía con los rumores.
Sí, su poder era aterrador.
Sí, su presencia podía dominar una habitación completa.
Pero había algo más.
Algo que nadie conocía.
Una soledad escondida detrás de esa mirada de rey.
—No quiero convertirme en una de ellas —dije finalmente.
Oscar frunció ligeramente el ceño.
—¿En quién?
Tragué saliva.
—En otra mujer que pierde quién es después de estar cerca de ti.
Por un momento pensé que se enfadaría.
Pero ocurrió algo inesperado.
Su expresión cambió.
Como si mis palabras hubieran tocado una herida que nadie se atrevía a mencionar.
—¿Crees que rompo a las mujeres?
No respondí.
Él dio un paso hacia mí.
—Jane… yo no destruyo lo que quiero proteger.
Sus palabras me confundieron más que cualquier amenaza.
Porque esperaba arrogancia.
Esperaba crueldad.
Pero encontré algo diferente.
Un hombre que parecía estar luchando contra su propia naturaleza.
Esa noche no ocurrió lo que todos imaginaban.
Oscar no me obligó a nada.
No intentó demostrar su poder.
Simplemente permaneció conmigo.
Y sin darme cuenta, agotada por todas las emociones, terminé quedándome dormida apoyada sobre su pecho.
Cuando desperté, la luz de la mañana entraba por las ventanas del palacio.
Durante unos segundos olvidé dónde estaba.
Hasta que sentí el peso de la realidad.
Estaba en la habitación del rey.
Y mi vida ya no volvería a ser igual.
Me levanté rápidamente, pensando en marcharme antes de que alguien me descubriera.
Pero la puerta se abrió.
Oscar apareció.
Su mirada encontró la mía inmediatamente.
—Buenos días, Jane.
Sentí que mi corazón volvía a acelerarse.
—Su majestad.
Él entró lentamente.
—Lo de anoche no fue un error.
Mis manos se tensaron.
—No sé qué significa.
Oscar se acercó.
—Significa que ya no eres invisible.
Sus palabras me golpearon.
Porque eso era exactamente lo que siempre había querido evitar.
Ser vista.
Ser elegida.
Ser parte de un mundo donde las personas como yo nunca sobrevivían.
—Soy una doncella —respondí.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—No para mí.
El silencio entre nosotros fue interrumpido por un sonido lejano.
Pasos.
Muchas personas acercándose.
Oscar miró hacia la puerta.
Su expresión cambió.
El rey volvió a aparecer.
Frío.
Calculador.
Peligroso.
—Tenemos un problema.
Mi corazón se hundió.
—¿Qué ocurre?
Sus ojos se clavaron en mí.
—Alguien descubrió que pasaste la noche aquí.
En ese instante comprendí algo.
El mayor peligro no era Oscar Fitzgerald.
Era todo el reino que lo rodeaba.
Porque para la corte, una simple doncella no podía estar al lado del rey Alfa.
Y ahora todos querían saber una cosa:
¿Por qué el hombre más poderoso de Arintia había elegido precisamente a Jane Salazar?