Ninguna enfermera le duraba al mafioso hasta que una se atrevió a desafiarlo
Ninguna enfermera le duraba al mafioso hasta que una se atrevió a desafiarlo

PARTE 1
La lluvia convertía la carretera en una cinta gris cuando Nora Hayes detuvo su sedán oxidado frente a las puertas de hierro de la finca Rossy. Tenía veintisiete años, setenta y cuatro centavos en la cuenta y un aviso de desalojo esperando en casa. Por eso aceptó el trabajo que otras seis enfermeras habían abandonado en menos de una semana.
—Una salió llorando —le advirtió Leo, el administrador, mientras la conducía por la mansión—. Otra terminó con la muñeca rota. No haga preguntas sobre cómo se hirió. No discuta. Y haga exactamente lo que él diga.
Nora apretó su vieja bolsa médica.
—Mi alquiler vence el lunes. Creo que puedo soportarlo.
En el dormitorio principal encontró a Dominic Rossy, el hombre al que media ciudad temía pronunciar en voz alta. Estaba tumbado entre sábanas manchadas de sangre, con el hombro vendado y una fiebre tan alta que apenas conseguía mantener los ojos abiertos.
—Fuera —gruñó.
Nora abrió las cortinas.
—No.
Un libro voló contra la pared a centímetros de su cabeza.
Ella ni siquiera retrocedió.
—Soy Nora. La séptima enfermera. Y si quieres seguir vivo, vas a dejarme trabajar.
Dominic metió una mano bajo la almohada. Nora reconoció la silueta de un arma.
—No me toques.
—Perfecto. Entonces despídeme. Pero espera a que salga de la propiedad antes de morirte, porque necesito este sueldo y no me pagan si el paciente termina en una bolsa.
Por primera vez, Dominic pareció no saber qué responder.
Nora retiró los vendajes con cuidado y comprendió por qué todos habían estado tan alarmados: la herida estaba gravemente infectada. Le explicó que necesitaba tratamiento inmediato. Dominic contestó que prefería morir.
—No en mi turno.
Durante horas, Nora trabajó mientras él insultaba, amenazaba y apretaba las sábanas para no mostrar dolor. En un momento, Dominic le sujetó la muñeca.
—Yo rompo dedos.
Nora sostuvo su mirada.
—Y yo los arreglo. Suéltame.
Después de unos segundos, él obedeció.
Al amanecer, la fiebre había empezado a bajar.
—Todavía estás aquí —murmuró Dominic.
—El alquiler no se paga solo.
Aquello fue el comienzo de una tregua extraña.
Cuando uno de sus hombres, John Callahan, apareció para comprobar si los rumores sobre la debilidad de Dominic eran ciertos, Nora prohibió que la reunión durara más de cinco minutos.
—En mi mundo, parecer débil significa morir —dijo Dominic.
—En el mío, una infección también.
Dominic cedió.
Leo la miró como si acabara de ver a alguien discutir con un incendio… y ganar.
Durante los siguientes días, Nora apenas abandonó la habitación. Dormía en un sofá, cambiaba vendajes y obligaba a Dominic a comer y descansar. Poco a poco comenzó a descubrir al hombre escondido detrás de la reputación.
Y él comenzó a descubrirla a ella.
Una tarde le preguntó por qué una enfermera tan competente estaba arruinada.
Nora finalmente le contó la verdad.
Años atrás había salvado a un adolescente en urgencias cuando el médico de guardia se quedó paralizado. Para hacerlo tuvo que actuar más allá de lo permitido por su licencia. El muchacho vivió, pero el hospital, asustado por una demanda, la convirtió en culpable. Nora ganó el juicio, pero perdió sus ahorros, su reputación y su carrera.
Dominic permaneció en silencio.
—Rompiste las reglas para salvar una vida.
—Y aprendí que hacer lo correcto no significa que vayas a ganar.
Él la miró de una manera distinta.
—En mi mundo, a quien da un paso al frente cuando el jefe se acobarda no se le castiga.
Nora se inclinó para tomarle la temperatura.
—Menos mal que no estoy en tu mundo.
Dominic sostuvo su mirada.
—Lo estás. Solo que todavía no te has dado cuenta.
Entonces un cristal explotó en la planta baja.
Nora se incorporó de golpe.
Las puertas del dormitorio se abrieron y Leo apareció sangrando por la frente.
—Tenemos una intrusión.
Dominic intentó levantarse.
—¿Cuántos?
Leo cerró la puerta detrás de sí.
—Cuatro hombres armados. Los guardias del perímetro han caído.
Miró a Dominic y pronunció las palabras que hicieron que la sangre de Nora se congelara.
—Callahan nos vendió.
Y en ese mismo instante, pasos pesados comenzaron a subir por la escalera.
PARTE 2
—Detrás del vestidor —ordenó Dominic—. Hay una habitación segura.
Intentó ponerse de pie.
Sus piernas cedieron inmediatamente.
Nora lo sujetó antes de que golpeara el suelo.
—Apóyate en mí.
—Ponte detrás de nosotros.
—Cállate y camina.
Incluso en medio de aquel caos, Dominic la miró con incredulidad.
Nadie le hablaba así.
Los tres avanzaron hacia el vestidor mientras los golpes contra la puerta del dormitorio se hacían cada vez más fuertes.
Leo se quedó atrás.
Dominic apoyó la palma contra un panel oculto y una sección de madera se abrió, revelando un corredor estrecho revestido de acero.
Entonces comenzaron los disparos.
La puerta del dormitorio cedió.
—¡Vete! —gritó Leo.
Nora rodeó la cintura de Dominic y prácticamente lo arrastró hacia el refugio.
Él intentó volver por Leo.
—¡No!
—¡Leo está ahí fuera!
—¡Y tú apenas puedes mantenerte de pie!
Nora tiró de él una última vez, cruzaron el umbral y activó la puerta.
El pesado panel de acero se cerró.
Silencio.
Oscuridad absoluta.
Nora permaneció en el suelo intentando recuperar el aliento.
—Dominic.
No hubo respuesta.
—Dominic.
Finalmente escuchó una respiración débil.
Buscó a tientas hasta encontrar su camisa.
Estaba empapada.
La herida se había abierto de nuevo.
—Estás sangrando.
—No enciendas la luz.
—Necesito verte.
—Si la enciendes, sabrán exactamente dónde estamos cuando abran esa puerta.
Nora apretó los dientes.
Había pasado años trabajando bajo luces blancas de hospital, con instrumentos perfectamente ordenados.
Ahora tenía que mantener vivo a un hombre herido dentro de una caja de acero, en completa oscuridad, mientras hombres armados recorrían la casa buscándolo.
Puso presión sobre la herida.
Dominic respiró entre dientes.
—Si esto sale mal…
—No termines esa frase.
—Nora.
—Te dije que no ibas a morir en mi turno.
—Tu turno terminó hace días.
Ella guardó silencio.
Tenía razón.
Ya no sabía por qué seguía allí.
Al principio había sido por dinero.
Después por orgullo profesional.
Pero en aquel momento no estaba pensando en su alquiler.
Solo estaba escuchando cada respiración de Dominic.
Minutos que parecieron horas después, escucharon golpes al otro lado de la puerta.
Nora se preparó para lo peor.
Entonces llegó la voz de Leo.
—Jefe. Soy yo.
Habían recuperado la casa.
Los atacantes habían sido rechazados.
Sacaron a Dominic del refugio y lo llevaron a una pequeña sala médica escondida bajo la propiedad.
Su estado empeoró rápidamente.
Nora volvió a trabajar.
Ya no había espacio para discusiones.
Ni para miedo.
Los hombres de Dominic, que días antes apenas la miraban, ahora obedecían cada indicación suya sin hacer preguntas.
Cuando finalmente terminó, tenía el uniforme cubierto de sangre y las manos temblando de agotamiento.
—Está estable —anunció.
Leo respiró por primera vez con cierta tranquilidad.
Después le explicó que Callahan había escapado.
El ataque había sido su intento de demostrar que Dominic estaba demasiado débil para seguir controlando su organización.
Nora fue al lavabo.
Vio cómo el agua arrastraba el rojo de sus manos.
Entonces comprendió algo.
Podía marcharse.
Había cumplido.
Leo tenía preparado su dinero.
Podía volver a su apartamento, pagar varios meses de alquiler y fingir que nunca había conocido a Dominic Rossy.
—Leo.
—¿Sí?
Nora cerró el grifo.
—Necesito un uniforme limpio.
Leo la observó.
—¿Algo más?
—Un café grande. Negro.
Hizo una pausa.
—Y una silla junto a Dominic.
Leo comprendió.
Ella no se iba.
Doce horas después, Dominic despertó.
Su primera reacción fue intentar defenderse de algo que solo existía en su memoria.
Nora sujetó su brazo.
—Quieto. Si vuelves a abrirte la herida, esta vez voy a ser yo quien te dispare.
Sus ojos tardaron unos segundos en enfocarla.
—Todavía estás aquí.
—Eso parece.
Dominic miró alrededor.
—Podías haberte ido.
—Lo pensé.
—Leo tenía órdenes de pagarte.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué?
Nora se apoyó contra la mesa.
—Porque ya te arreglé dos veces. He invertido demasiado trabajo en ti como para dejarte morir de estupidez ahora.
Una pequeña risa dolorosa escapó de Dominic.
—Tienes un sentido terrible de la autopreservación.
—Mira quién habla.
La puerta se abrió.
Leo entró.
Su expresión volvió a ser la del hombre frío que Nora había conocido la primera noche.
—Callahan está solucionado.
No necesitó explicar mucho más.
Había intentado escapar después del fracaso del ataque. Sus antiguos aliados lo encontraron antes de que pudiera abandonar la ciudad y la rebelión contra Dominic terminó.
Nora sintió un escalofrío.
Aquello le recordó quién era realmente el hombre sobre la mesa.
Dominic observó su rostro, esperando verla retroceder.
Ella simplemente tomó el tensiómetro.
—Tu presión está mejor.
Leo salió.
El silencio quedó entre ambos.
Dominic le tomó suavemente la muñeca.
No para amenazarla.
Solo para impedir que se alejara.
—No soy un buen hombre, Nora.
Ella levantó la mirada.
—Nunca dije que lo fueras.
—He hecho cosas que tú no quieres conocer.
—Probablemente.
—He dado órdenes que no podrías aceptar.
Nora pensó en su antigua vida.
Había seguido las reglas.
Había hecho lo correcto.
Había salvado a un muchacho.
Y el sistema la había dejado sin trabajo, sin dinero y a punto de perder su casa.
—No creo demasiado en etiquetas como “buen hombre” —dijo finalmente—. Creo en lo que alguien hace cuando llega el momento de elegir.
Dominic soltó su muñeca lentamente.
—Entonces elige.
Nora sabía exactamente lo que estaba preguntando.
Podía abandonar aquella mansión.
Nadie estaba bloqueando la puerta.
Nadie le apuntaba con un arma.
Por primera vez desde que había llegado, quedarse o marcharse dependía completamente de ella.
Miró el vendaje sobre el hombro de Dominic.
Después sus ojos.
—Me quedo.
Dominic permaneció inmóvil.
—¿Por el dinero?
—No.
—¿Por miedo?
Nora casi sonrió.
—Tú ya sabes que no te tengo suficiente miedo.
Algo cambió en el rostro de Dominic.
No era la sonrisa del jefe criminal que había intimidado a Callahan.
Era más pequeña.
Más humana.
—¿Cuánto tiempo?
Nora cruzó los brazos.
—Tres semanas. Hasta que esa herida cierre correctamente.
—¿Y después?
—Después decidiré yo.
Dominic asintió lentamente.
Era probablemente la primera vez en muchos años que alguien imponía condiciones dentro de su propia casa… y él las aceptaba.
—Entonces ponte cómoda, enfermera.
—No exageres.
—Seis enfermeras huyeron de esta casa.
—Yo no soy ellas.
—No —murmuró Dominic—. Eso ya lo entendí.
Nora apagó una de las luces del pequeño quirófano.
Horas atrás había entrado en aquella propiedad únicamente porque necesitaba pagar el alquiler.
Ahora tenía la oportunidad de marcharse con suficiente dinero para hacerlo.
Y aun así se quedó.
No porque Dominic fuera poderoso.
No porque pudiera solucionar sus problemas.
Y mucho menos porque creyera que podía cambiarlo.
Se quedó porque, por primera vez desde que había perdido su carrera, alguien había visto lo que otros consideraban su peor defecto —su incapacidad para quedarse quieta cuando una vida estaba en peligro— y no la había castigado por ello.
Dominic había sobrevivido a hombres armados, traiciones y una herida que casi acabó con él.
Pero la persona que finalmente logró obligarlo a bajar la guardia no llevaba un arma.
Era una enfermera arruinada con un coche viejo, una bolsa médica gastada y suficiente terquedad para mirarlo a los ojos y decir:
—No vas a morir en mi turno.
Y por primera vez en muchos años, Dominic Rossy descubrió que quizá seguir vivo no era una derrota.