Nadie podía salvar al rey vampiro moribundo, hasta que una valiente madre soltera apareció y lo curó al instante.
Nadie podía salvar al rey vampiro moribundo, hasta que una valiente madre soltera apareció y lo curó al instante.

PARTE 1
Decían que Dominic Cross tenía más dinero del que una persona podía gastar en cien vidas.
Pero ni toda su fortuna podía comprarle una cura.
Cuando entré en su habitación aquella noche, no sabía que estaba frente a un hombre que llevaba siglos vivo. Solo vi a un paciente muriéndose lentamente y pensé en una sola cosa:
si aceptaba aquel trabajo, quizá podría salvar a mi hijo.
Me llamo Khloe Henderson. Era enfermera especializada en cuidados paliativos y hematología en Boston. Trabajaba turnos interminables porque mi hijo Leo, de seis años, padecía una grave insuficiencia de médula ósea.
Existía un tratamiento experimental.
Costaba una fortuna.
Y yo no tenía ese dinero.
Por eso, cuando un desconocido llamado Jonathan Hayes me llamó ofreciéndome medio millón de dólares por examinar a un paciente privado en Beacon Hill, pensé que era una estafa.
Hasta que mencionó que el pago sería depositado independientemente del resultado.
Acepté.
Una camioneta negra me llevó hasta una enorme mansión protegida como una fortaleza.
Antes de entrar, Jonathan me hizo firmar un acuerdo de confidencialidad.
—No abra las cortinas —me advirtió—. No haga preguntas innecesarias. Y no se asuste por las necesidades alimenticias del paciente.
Aquello debería haberme hecho regresar a casa.
Pero pensé en Leo.
Subimos hasta una habitación llena de equipos médicos.
Allí estaba Dominic.
Parecía una estatua de mármol que hubiera comenzado a pudrirse desde dentro.
Su piel era casi transparente. Venas negras recorrían su cuello y su pecho. Varias bolsas de sangre estaban conectadas directamente a su cuerpo, pero el líquido se volvía oscuro apenas entraba en sus venas.
Me acerqué.
Su piel estaba helada.
—Esto no es una enfermedad normal —murmuré.
Sus ojos se abrieron.
Eran rojos.
Brillantes.
Inhumanos.
—Vete, humana —susurró—. Esto puede matarte.
Miré las bolsas de sangre.
—Me están pagando para averiguar por qué usted se está muriendo.
Dominic soltó una risa débil.
—¿No tienes miedo?
—Tengo un hijo enfermo. Después de eso, pocas cosas consiguen asustarme.
Mientras examinaba las muestras, escuché fragmentos de conversaciones afuera.
Hablaban de un rey.
De sucesión.
De un consejo.
Y de vampiros.
No tardé demasiado en comprenderlo.
Dominic Cross no era humano.
Pero para mí seguía siendo un paciente.
Analicé su sangre y encontré algo extraño.
Su organismo no solo rechazaba las transfusiones.
Parecía convertirlas en veneno.
—Alguien hizo esto deliberadamente —dije.
Dominic me miró fijamente.
—Eso sospecho.
Sus ojos se movieron hacia la puerta.
Allí estaba Sebastian Croft, administrador de la mansión.
Entonces entendí la acusación silenciosa.
Alguien dentro de su propia casa estaba intentando matarlo.
Preparé otra jeringa para obtener una muestra.
Pero llevaba demasiadas horas despierta.
Mi mano tembló.
El bisturí del instrumental me cortó un dedo.
—Maldición.
Una pequeña gota de sangre apareció.
Dominic reaccionó inmediatamente.
No como un depredador hambriento.
Como un hombre que acababa de ver algo imposible.
—Tu sangre…
—¿Qué ocurre?
Una gota cayó sobre el dorso de su mano.
Justo encima de las venas negras.
Entonces apareció una luz dorada bajo su piel.
Me quedé paralizada.
Las venas oscuras comenzaron a desaparecer.
Primero lentamente.
Después con una velocidad aterradora.
El color regresó a su rostro.
Dominic se incorporó de golpe.
Las máquinas comenzaron a sonar.
Las puertas se abrieron violentamente.
Sebastian entró mostrando los colmillos.
—¡¿Qué le hiciste?!
Se lanzó hacia mí.
Ni siquiera tuve tiempo de gritar.
Dominic apareció entre nosotros.
Agarró a Sebastian por el cuello y lo estrelló contra la pared.
Después miró mi mano ensangrentada.
Sus ojos rojos ardían con una intensidad completamente diferente.
—Khloe Henderson —susurró—, creo que acabas de descubrir por qué tu sangre vale más que todo mi reino.
PARTE 2
Sebastian forcejeó contra Dominic.
No sirvió de nada.
El hombre que minutos antes parecía estar a punto de morir ahora sostenía a otro vampiro contra la pared con una sola mano.
—Fuiste tú —dijo Dominic.
Sebastian negó frenéticamente.
—Mi rey, no…
—Reconocí el compuesto en las últimas transfusiones. Acónito, plata y un agente diseñado específicamente para atacar mi linaje.
Su expresión se volvió monstruosa.
—Planeabas matarme y ocupar mi lugar.
Sebastian intentó responder.
Dominic apretó.
Se escuchó un crujido.
Después dejó caer el cuerpo al suelo.
Yo retrocedí.
Había tratado pacientes moribundos.
Había visto sangre.
Había visto muerte.
Pero aquello pertenecía a otro mundo.
Dominic se giró hacia mí.
—No me hagas daño —dije—. Tengo un hijo.
Su expresión cambió inmediatamente.
Se acercó despacio.
Después hizo algo que jamás habría esperado.
Se arrodilló frente a mí.
—¿Hacerte daño?
Tomó mi mano con cuidado.
Observó el pequeño corte.
—Acabas de salvarme la vida.
—Fue una gota de sangre.
—No era una gota cualquiera.
Me explicó que existían linajes humanos extremadamente raros, descendientes de antiguas familias que habían convivido con seres sobrenaturales durante siglos.
Mi sangre pertenecía a uno de ellos.
Pero había algo más.
—Tu sangre no solamente neutralizó el veneno —dijo—. Reescribió mi organismo.
—Eso es imposible.
—También lo era que yo muriera.
Jonathan entró.
Dominic no apartó los ojos de mí.
—Transfiere el dinero.
—¿Todo?
—Ahora.
Después añadió:
—Y quiero toda la información sobre el hijo de Khloe.
Sentí un escalofrío.
—¿Leo?
—Sé que está enfermo.
—¿Cómo sabes eso?
—Tengo una red muy extensa.
No me gustó aquella respuesta.
Dominic se acercó.
—El tratamiento que estás intentando conseguir tiene pocas garantías.
—Es mi única opción.
—Quizá no.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
—Tú me salvaste utilizando algo que la medicina humana no comprende. Permíteme hacer lo mismo por tu hijo.
No acepté inmediatamente.
Pero cuando Dominic llevó a los mejores especialistas hasta Boston y me mostró una alternativa que combinaba medicina humana con propiedades regenerativas de su propia sangre, empecé a considerar lo imposible.
Leo fue trasladado a la mansión.
Dormía en una enorme habitación mientras médicos vigilaban cada cambio.
—Tu hijo no será convertido —me aseguró Dominic—. Mi sangre directa sería demasiado poderosa. El tratamiento utilizará solo factores regenerativos estabilizados mediante tu propia sangre.
Era la decisión más aterradora de mi vida.
Finalmente acepté.
Durante los días siguientes, los moretones comenzaron a desaparecer del cuerpo de Leo.
Su piel recuperó color.
Sus análisis mejoraron.
Entonces una mañana abrió los ojos y dijo:
—Mamá… quiero panqueques.
Me derrumbé llorando en el pasillo.
Dominic se sentó a mi lado.
No dijo nada durante un rato.
Después me abrazó.
—Está fuera de peligro.
—¿Por qué haces todo esto?
—Porque me devolviste siglos que pensé haber perdido.
Lo miré.
—Solo estaba haciendo mi trabajo.
Dominic negó.
—He vivido cientos de años. He visto imperios nacer y desaparecer. Y jamás había conocido a alguien que entrara voluntariamente en la habitación de un monstruo moribundo solo porque necesitaba salvar a su hijo.
La distancia entre nosotros desapareció poco a poco.
Pero mientras yo comenzaba a creer que Leo y yo finalmente estábamos a salvo, alguien más ya conocía mi secreto.
Bajo Manhattan se reunió el Consejo Oriental.
Lord Reginald Montgomery, un vampiro antiguo que había organizado el envenenamiento de Dominic, recibió un expediente sobre mí.
Dentro estaba mi fotografía.
Mi historial.
Y un informe sobre mi sangre.
—Una humana capaz de curar venenos diseñados para matar vampiros —dijo—. No podemos permitir que Dominic la controle.
La orden fue simple.
Matar al rey.
Matar a Leo.
Capturarme viva.
El ataque comenzó durante una tormenta.
Me despertaron explosiones y cristales rompiéndose.
Dominic entró en mi habitación.
Llevaba ropa negra y sus colmillos estaban completamente visibles.
Me entregó un arma.
—Han cruzado el perímetro.
—¿Quiénes?
—Montgomery.
—¿Leo?
—Jonathan lo está llevando a la habitación de seguridad.
—Voy con él.
Dominic sostuvo mi rostro durante un instante.
—Hazlo. Yo los detendré.
—Hay demasiados.
Sus ojos se encendieron.
—Soy su rey.
Desapareció.
Corrí por los pasillos.
Escuchaba golpes, rugidos y cuerpos atravesando paredes.
Cuando estaba cerca de la habitación de seguridad, una figura cayó frente a mí.
Un vampiro enorme.
—La enfermera dorada.
Levanté el arma.
Disparé.
La bala lo alcanzó, pero no lo detuvo.
Se lanzó sobre mí.
Entonces Dominic apareció y lo arrancó de encima.
Mató al atacante.
Pero cuando se volvió, vi tres cuchillas de plata clavadas profundamente en su cuerpo.
—Dominic…
Cayó de rodillas.
Arranqué las cuchillas.
Las heridas no cerraban.
—Vete —dijo—. Protege a Leo.
—No voy a dejarte morir.
Vi un trozo de cristal roto.
Lo tomé.
—Khloe, no.
Me corté la palma.
La sangre comenzó a correr.
Presioné mi mano contra sus labios.
—Bebe.
Intentó resistirse.
—Podría hacerte daño.
—Bebe.
Finalmente lo hizo.
La reacción fue brutal.
Una ola de luz dorada recorrió el pasillo.
Las lámparas estallaron.
Las heridas de Dominic se cerraron.
La plata desapareció de sus venas.
Cuando se levantó, incluso yo sentí miedo.
Ya no parecía simplemente un vampiro.
Parecía una fuerza de la naturaleza.
Montgomery apareció acompañado por sus últimos hombres.
Se detuvo.
—Imposible.
Dominic sonrió.
—Llegaste demasiado tarde.
La pelea duró apenas unos segundos.
Los guardias de Montgomery se convirtieron en ceniza.
Dominic agarró al antiguo vampiro por el cuello.
—Intentaste matarme.
Lo levantó.
—Intentaste matar a un niño.
Montgomery forcejeó.
—Ella pertenece al Consejo.
Dominic apretó la mandíbula.
—Khloe no pertenece a nadie.
Y acabó con él.
Cuando todo terminó, Dominic regresó hacia mí.
La furia desapareció de sus ojos.
Se arrodilló y apoyó la frente contra mí.
—Me salvaste otra vez.
Pasé los dedos por su cabello.
—Nos salvamos mutuamente.
Horas después, el amanecer comenzó a iluminar Boston.
Leo dormía tranquilamente.
Montgomery estaba muerto.
El Consejo que había intentado derrocar a Dominic había perdido a sus líderes.
Pero Dominic no habló del poder.
Tomó mi mano vendada.
La besó.
—He gobernado solo durante demasiado tiempo.
Lo observé.
—¿Qué estás diciendo?
Sus ojos rojos se clavaron en los míos.
—Quédate conmigo.
—Dominic…
—No como enfermera. No como alguien a quien le debo una deuda.
Se acercó.
—Como mi compañera.
Pensé en todo lo que había ocurrido.
En Leo.
En aquella llamada que acepté únicamente por desesperación.
En el hombre moribundo que había encontrado aquella noche.
Entonces comprendí que ambos habíamos entrado en aquella habitación creyendo que necesitábamos ser salvados.
Tal vez los dos teníamos razón.
Tomé su rostro entre mis manos.
Y lo besé.
Mi historia no comenzó con un príncipe.
Comenzó con una deuda médica, un contrato secreto y una gota de sangre caída accidentalmente sobre la mano de un rey moribundo.
Pero aquella pequeña gota no solamente salvó su vida.
Terminó cambiando la mía para siempre.