Nadie advirtió a la nueva sanadora Omega que jamás debía tocar a cierto paciente… Ella curó primero al Rey Alfa, sin imaginar lo que acababa de despertar.

Nadie advirtió a la nueva sanadora Omega que jamás debía tocar a cierto paciente… Ella curó primero al Rey Alfa, sin imaginar lo que acababa de despertar.

En el Norte, las omegas no podían mirar al rey a los ojos.

Mucho menos tocarlo.

Yo rompí ambas reglas antes de saber quién era el hombre que se desangraba encadenado en una habitación oscura.

Me llamo Nadia. Soy curandera y nací en el Valle del Mezquite, donde las omegas suelen ser tratadas como sirvientas, moneda de cambio o futuras madres de los herederos. A mí me enviaron a la Fortaleza de la Sierra Negra para cerrar una disputa entre manadas. Me entregaron junto con una bolsa de ropa y un documento que nadie se molestó en leerme.

El curandero principal, Mauro, me recibió en el patio con una mirada de desconfianza.

—¿Tú eres el refuerzo? —preguntó—. Me mandan una omega cuando necesito manos fuertes.

No discutí. En la enfermería encontré a más de una docena de lobos heridos por armas cubiertas de acónito y polvo de plata. Esas heridas no cerraban solas: se ennegrecían y consumían al paciente desde dentro.

Trabajé tres días casi sin dormir. Limpié cortes, cosí músculos y le saqué fragmentos de plata a soldados que gritaban y amenazaban con morderme. Cuando uno me agarró la muñeca, le dije que, si me mordía, dejaría su pierna sin atender. Me soltó.

Mauro dejó de llamarme “la niñera” después de eso.

Al final del corredor había una puerta de roble reforzada con hierro negro. Dos guardias del rey la vigilaban. Me advirtieron que no preguntara quién estaba adentro.

No pregunté. Tenía suficientes heridos a mi cargo.

La noche del ataque, una tormenta de nieve cubrió la fortaleza. El viento ocultó los gritos hasta que los asaltantes derribaron el portón exterior. Los heridos comenzaron a llegar en camillas, sangrando y temblando. En medio del caos, se nos acabó el extracto de vid plateada, el único remedio que podía frenar el veneno de la plata.

—Busca más en las reservas de abajo —me gritó Mauro mientras atendía a un soldado—. La provisión personal del rey está en los calabozos.

Tomé una antorcha y corrí por las escaleras. Al llegar, vi la puerta prohibida colgando de una bisagra. Dos guardias yacían en el pasillo. Alguien había usado el ataque como distracción para entrar al corazón de la fortaleza.

Debí regresar. Debí buscar ayuda.

Pero oí una respiración débil detrás de la puerta. Un sonido húmedo, como el de un hombre ahogándose.

Entré.

Había un hombre encadenado a una cama de piedra. Tenía el torso desnudo, la piel ardiendo de fiebre y las venas ennegrecidas subiéndole por el cuello. Una herida profunda le atravesaba el costado. Algo metálico seguía enterrado entre sus costillas.

Las cadenas no eran para mantenerlo prisionero. Eran para impedir que, en su delirio, destrozara la habitación.

Puse la antorcha en un soporte y busqué instrumentos sobre una mesa cubierta de polvo. Encontré unas pinzas, un bisturí y una botella de alcohol.

Cuando apoyé la mano en su pecho para estabilizarlo, sus ojos se abrieron de golpe. Brillaban con un dorado feroz. Me sujetó del cuello con una mano enorme.

—Si me matas —logré decir, con la voz apretada—, vas a morir aquí, solo, ahogado en tu propia sangre.

Sus dedos se aflojaron un poco. El veneno lo sacudió otra vez y su mano cayó sobre la piedra.

—Esto te va a doler —le advertí.

Le metí una correa de cuero entre los dientes y vertí alcohol sobre la herida. El hombre se retorció contra las cadenas. Hundí las pinzas en su costado hasta encontrar el fragmento de metal.

—Ya casi —murmuré, con la cara a centímetros de la suya—. Deja de pelear. Respira.

No sabía que mi aroma estaba llenando la habitación, ni que su lobo lo reconocía. Solo sabía que el hombre dejó de forcejear el tiempo suficiente para que yo pudiera tirar.

El fragmento salió con un sonido húmedo. La sangre negra brotó y enseguida la siguió sangre roja. Le cubrí la herida con vid plateada, cosí la piel y limpié el veneno de sus brazos.

Cuando llegaron Mauro y los guardias, yo me lavaba las manos.

—¿Qué hiciste? —susurró Mauro, mirando al hombre que respiraba bajo las mantas.

—Le saqué el metal. Necesita agua, reposo y que revisen esas cadenas.

Uno de los guardias me miró como si acabara de cometer un crimen.

—Tocaste al rey.

El hombre de la cama abrió los ojos. Su mirada dorada se clavó en mí y, en medio del olor a sangre y humo, pronunció una sola palabra:

—Pareja.

PART 2 

Los guardias apuntaron sus armas hacia mí. Mauro se quedó inmóvil, pálido, y yo di un paso atrás.

—No soy la pareja de nadie —dije—. Soy la curandera que le sacó un pedazo de metal del cuerpo.

El rey se incorporó, aunque el dolor le tensó la mandíbula. Era más alto de lo que parecía acostado. Sus ojos, antes enteramente dorados, empezaban a recuperar un tono gris.

—Bajen las armas —ordenó.

Nadie se movió.

—Ahora.

Los guardias obedecieron, pero no dejaron de mirarme. El rey apartó las mantas y trató de ponerse de pie. Mauro se interpuso.

—Majestad, todavía tiene el costado abierto.

—Y tú todavía no me has explicado por qué mi sanador dejó de atenderme.

Mauro bajó la mirada. Después confesó que los mejores curanderos habían abandonado la habitación cuando el rey empezó a transformarse sin control. Lo habían encadenado para evitar que hiriera a alguien y esperaban que el veneno hiciera el resto.

No había medicinas suficientes ni un plan para salvarlo.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó el rey.

—Nadia. Vengo del Valle del Mezquite.

—¿Y por qué sigues aquí?

—Porque afuera hay heridos que necesitan atención. Su título no cambia eso.

Por primera vez, el rey pareció sorprendido. Se llamaba León, gobernaba las manadas del Norte y llevaba semanas ocultando su herida para evitar que sus enemigos lo consideraran débil.

También era mi pareja destinada.

Yo no quería que esa revelación decidiera por mí.

Cuando León intentó acercarse, levanté una mano.

—No me ordene quedarme. No me reclame como propiedad. No he sobrevivido a una guerra para cambiar de dueño.

Su expresión se endureció, pero no alzó la voz.

—No eres mi propiedad. Y no te ordenaré nada. Si quieres irte cuando hayas terminado de curarte, tendrás un caballo, provisiones y monedas de plata para llegar al sur.

—¿Y si me quedo?

—Entonces te quedarás porque tú lo decidiste.

Esa respuesta no borró mi desconfianza. Pero me permitió bajar la mano.

La tormenta duró dos días. La enfermería estaba saturada y seguían entrando heridos. León, pese a tener fiebre, no volvió a dejarse encadenar. Mandó abrir las reservas de medicina y pidió que los guardias me obedecieran en la sala de curaciones.

Nadie había hecho eso por una omega antes.

Cuando pude caminar sin que me doliera el costado, León me ofreció un lugar en la fortaleza. No como compañera ni como futura reina, sino como curandera. Acepté por el trabajo, no por el vínculo.

Al menos eso me repetí.

Durante las semanas siguientes, revisé las cuentas de la enfermería y descubrí que faltaban vendajes, extractos y alimento para los pacientes. El encargado del almacén culpó a los heridos. Yo encontré las cajas de medicinas escondidas en un cuarto privado, preparadas para salir de la fortaleza con los mensajeros de un señor del Este.

León hizo arrestar al encargado, pero no me pidió que lo consolara ni me dijo que todo estaba resuelto. Me dejó presentar las pruebas ante sus capitanes. Por primera vez, una corte escuchaba a una omega sin reírse.

El vínculo entre nosotros se hacía más fuerte, pero yo seguía resistiéndome. No quería que mi cuerpo confundiera el aroma de un alfa con seguridad. León parecía entenderlo. No intentaba tocarme. A veces se sentaba en la enfermería mientras yo trabajaba, leyendo informes en silencio.

La calma duró poco.

Tres días después de que una patrulla saliera a detener a los saqueadores del Oeste, volvió con la mitad de sus soldados heridos. El capitán Mateo bajó de su caballo con la armadura abollada y sangre en el hombro. A su lado venía Esteban, el señor de las Lomas del Este, quien no tenía permiso para unirse a la expedición.

Esteban miró a León desde su caballo y luego me vio junto a una columna.

—El rey se distrae con una curandera del sur mientras sus hombres sangran —dijo, lo bastante alto para que todo el patio lo oyera—. El veneno le llegó a la cabeza.

Un murmullo recorrió a los soldados.

León bajó las escaleras.

—Desmonta —le ordenó.

Esteban sonrió, aunque por un instante noté que le temblaba la mandíbula.

—Te desafío según la ley antigua. Uno a uno. Quien gane se queda con el mando de las manadas.

León aceptó.

Yo lo sujeté del brazo antes de que se quitara la camisa.

—Tus heridas todavía no han cerrado por dentro. Si te transformas o recibes un golpe en el costado, vas a sangrar internamente.

—Si rechazo el desafío, perderé a la manada.

—Entonces haz que lo arresten por traición. La patrulla fue emboscada; alguien tuvo que filtrar la ruta.

—Si uso a mis guardias, dirán que tengo miedo.

—Te vas a morir.

—Lo sé.

Se apartó y entró al círculo que habían formado los soldados. Esteban era más grande y estaba en plena forma. León no.

La pelea fue brutal. León esquivó los primeros golpes y respondió con movimientos precisos, evitando que el señor del Este pudiera usar todo su peso. Pero cuando Esteban lo lanzó contra una pared, vi cómo se le tensaba el costado.

El golpe siguiente lo derribó en la nieve.

El rey intentó levantarse. No pudo. Se llevó una mano a la herida y su rostro perdió el color. La sangre empezó a mancharle la camisa.

Esteban se acercó.

—Un rey débil no puede proteger a nadie.

La multitud guardó silencio.

Yo salté al círculo.

—¡Nadia, no! —gritó Mateo.

Me arrodillé junto a León. Tenía los ojos dorados otra vez, pero ya no veía a nadie. El dolor lo estaba arrastrando a la misma furia de la noche en que lo encontré encadenado.

Le tomé la cara entre las manos.

—Mírame —le ordené—. El dolor es real, pero no va a decidir por ti. Respira conmigo. Ahora.

Dejé de contener mi aroma. El aire se llenó de tierra húmeda y manzanilla machacada. León dejó de forcejear. Su mirada encontró la mía.

Esteban se lanzó hacia nosotros.

León reaccionó antes que yo. Se giró en la nieve y derribó a su rival con un movimiento rápido. Los guardias de la fortaleza lo sujetaron antes de que pudiera levantarse.

—La emboscada fue idea suya —dijo el capitán Mateo, mostrando una carta que habían encontrado en la silla de Esteban—. Mandó la ruta de la patrulla a los saqueadores.

Esteban fue despojado de su rango y entregado a los jefes de las manadas para que respondiera por la traición. León ganó el desafío, pero yo no miré a la multitud. Solo vi la sangre que le salía del costado.

—¡Camilla! —grité—. ¡Agua hervida y vendas! Si tardan, los pondré a todos a limpiar la enfermería durante un mes.

Los curanderos corrieron a obedecer.

León me rodeó con los brazos mientras esperaba que llegaran. No me llamó suya. Apoyó la frente en mi hombro y respiró mi aroma como si le ayudara a mantenerse consciente.

—No soy una reina —le dije, aunque mi voz temblaba.

—Todavía no te lo he pedido.

—Y si lo haces, no aceptaría por el vínculo.

—Entonces esperaré a que me elijas por otra razón.

La manada no se arrodilló ante mí. En el Norte no se arrodillaban por obligación. Pero los soldados hicieron espacio para que yo caminara junto al rey y esperaron a que yo diera las órdenes para trasladarlo.

Me quedé en la fortaleza. No porque el destino me hubiera señalado, ni porque un rey me hubiera reclamado, sino porque allí mi trabajo tenía valor y mi voz podía cambiar las cosas.

Meses después, cuando León me tomó de la mano frente a los capitanes, acepté sentarme a su lado en la mesa. Todavía no llevaba corona. No la necesitaba para saber que ya no era moneda de cambio ni sirvienta invisible.

Era Nadia, la curandera que había entrado a una habitación prohibida y salvado al hombre que todos temían.

Y, por primera vez, la vida que tenía delante era una que yo había elegido.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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