Mujer embarazada construyó su cabaña sola hasta que el rey vampiro solitario dijo ya no estás sola

PARTE 1
Gabriela Benítez tenía siete meses de embarazo, trabajaba como mesera y había gastado todos sus ahorros comprando un pedazo de tierra perdido en la Sierra Negra, Chihuahua.
No buscaba una vida perfecta.
Solo quería un lugar donde Ricardo, su exnovio, no pudiera encontrarla.
Había huido después de descubrir mensajes en los que él hablaba de “deshacerse del problema” antes de que naciera el bebé. Durante años, Gabriela había soportado gritos, golpes y amenazas. Aquella vez decidió que su hijo no crecería en ese infierno.
El problema fue que la tierra que había comprado no era realmente suya.
El comandante Morales se lo explicó con pesar.
Un hombre llamado don Lacho llevaba años vendiendo parcelas pertenecientes a la poderosa familia De la Garza.
—Nadie construye aquí sin permiso.
Gabriela sintió que el mundo se derrumbaba.
—No tengo a dónde ir.
Morales miró su vientre y los moretones que todavía marcaban sus brazos.
—El dueño vive en la casona de la montaña. Casi nunca baja. Tal vez no se dé cuenta de que estás aquí.
Gabriela decidió arriesgarse.
Levantó una estructura torpe con bloques, madera barata y pura terquedad.
Cada día trabajaba en una fonda y después regresaba al bosque para seguir construyendo.
Entonces comenzaron a ocurrir cosas extrañas.
Una caja de clavos que había olvidado bajo la lluvia aparecía protegida bajo techo.
Una tabla demasiado pesada para levantar terminaba clavada perfectamente mientras ella estaba fuera.
Alguien la observaba.
Pero Gabriela no tenía tiempo para tener miedo.
Hasta que llegó la tormenta.
El viento arrancó la lona del techo.
Una rama enorme cayó sobre su campamento.
Su calentador se apagó.
Las llaves de la camioneta quedaron enterradas bajo la nieve.
Gabriela comenzó a perder sensibilidad en las manos.
Después en los pies.
Se acurrucó contra el suelo mientras la nieve cubría su espalda.
Pensó que moriría allí.
Entonces el viento dejó de golpearla.
Una figura estaba parada frente a ella.
Un hombre alto con abrigo negro.
Piel pálida.
Ojos demasiado oscuros.
—Tienes un deseo de muerte, pajarillo.
Gabriela apenas pudo susurrar:
—Ayúdeme.
El desconocido miró su vientre.
—Estás invadiendo mi propiedad.
Era Víctor De la Garza.
El verdadero dueño de aquellas tierras.
Y, aun así, la levantó en brazos y la llevó a su enorme mansión.
Cuando Gabriela despertó, estaba caliente, vestida con ropa seca y acostada frente a una chimenea.
Víctor le aseguró que el bebé estaba bien.
Incluso le dijo el ritmo exacto de su corazón.
Gabriela frunció el ceño.
—¿Cómo puede saber eso?
Víctor respondió simplemente:
—Tengo muy buen oído.
Después admitió que llevaba semanas observándola.
Había bajado aquella noche para echarla de sus tierras.
Pero la vio luchando contra la nieve, martillando mientras apenas podía mantenerse en pie.
—Eres absurdamente terca —dijo—. No veía algo así desde hacía mucho tiempo.
Le ofreció un trato.
Podría quedarse en la mansión hasta que naciera el bebé a cambio de cuidar algunas habitaciones.
Gabriela aceptó.
La vida con Víctor era extraña.
Él dormía durante el día.
Cerraba todas las cortinas.
Por las noches tocaba el piano.
Y una madrugada, Gabriela lo encontró sosteniendo una copa llena de un líquido rojo y espeso.
Víctor dijo que era una “cosecha rica en hierro”.
Ella no le creyó.
Poco después encontró una caja llena de fotografías antiguas.
Zacatecas.
Ciudad de México.
Puebla.
Imágenes separadas por décadas.
Y en todas aparecía el mismo hombre.
Víctor.
Exactamente igual.
Gabriela sintió que la sangre se le helaba.
Entonces se cortó accidentalmente un dedo.
Una gota cayó sobre la alfombra.
La puerta se cerró de golpe.
Víctor apareció detrás de ella.
Sus ojos ya no eran humanos.
Sus colmillos descendieron.
En un instante la tenía contra la estantería, sujetando su muñeca y acercando la sangre hacia su boca.
Gabriela cerró los ojos.
—Por favor… mi bebé.
Víctor se detuvo.
La soltó violentamente y retrocedió como si luchara contra sí mismo.
—¡Sal!
Gabriela corrió hacia su habitación.
Y mientras cerraba la puerta con llave, comprendió finalmente la verdad:
el hombre que la había salvado de morir congelada no era un ermitaño.
Era un vampiro de trescientos años… y acababa de probar cuánto deseaba su sangre.
PARTE 2
Gabriela pasó días encerrada.
Esperaba que Víctor atravesara la puerta.
No lo hizo.
En cambio, una mañana encontró una bandeja de comida y una nota.
Víctor se disculpaba.
Había abandonado la mansión para alimentarse lejos de ella.
Gabriela estaba aterrorizada, pero también comprendía algo importante.
Él había podido matarla.
No lo hizo.
Cuando volvió a salir, ocurrió algo peor.
Ricardo la encontró.
Su camioneta apareció frente a las rejas.
Bajó con una llave de cruz en la mano, furioso porque Gabriela había escapado.
—Tú eres mía.
Gabriela retrocedió.
Ricardo trepó la reja y la derribó sobre la nieve.
Levantó la barra de hierro.
No alcanzó a golpearla.
Algo lo arrancó del suelo.
Cuando Gabriela abrió los ojos, Víctor sostenía a Ricardo contra un árbol con una sola mano.
Todavía quedaba luz solar.
La piel de Víctor ardía mientras la defendía.
—Tú eres quien la rompió —susurró.
Podría haberlo matado.
Incluso preguntó a Gabriela qué quería.
Ella respondió:
—Déjalo vivir.
Víctor obedeció.
Pero antes de soltarlo mostró completamente sus colmillos.
—Recuerda mi rostro. Si vuelves a buscarla, descubrirás lo que realmente significa conocer a un monstruo.
Ricardo huyó.
Víctor cayó de rodillas.
La luz lo había quemado.
Gabriela corrió hacia él.
—Saliste al sol por mí.
Víctor tocó su mejilla.
—Ya no estás sola.
Aquella tarde cambió todo.
Gabriela dejó de verlo únicamente como una criatura peligrosa.
Víctor dejó de fingir que ella era simplemente una intrusa temporal.
Él explicó cómo obtenía sangre sin atacar personas.
Ella aprendió a convivir con aquella parte oscura de su existencia.
Y cuando Víctor le regaló un pequeño colgante de madera para proteger a las madres, Gabriela comprendió que bajo tres siglos de aislamiento había un hombre que llevaba demasiado tiempo evitando amar.
—Los humanos mueren —admitió Víctor—. Amar a uno es observar cómo una flor se marchita demasiado rápido.
Gabriela tomó su mano.
—Todavía no me estoy marchitando.
Víctor besó su frente.
Poco después comenzó el parto.
Otra tormenta había cerrado las carreteras.
Gabriela entró en pánico.
Víctor no.
Preparó agua caliente, mantas y todo lo necesario.
Durante horas se convirtió en su partero.
Cuando Gabriela dijo que no podía continuar, Víctor la obligó a mirarlo.
—Construiste una casa en medio de la nieve. Sobreviviste a un hombre que quiso destruirte. Domaste a un monstruo. Puedes hacer esto.
Gabriela reunió todas sus fuerzas.
Y el llanto de un bebé llenó la mansión.
Era un niño.
—Mateo —susurró ella.
Víctor lo sostuvo con una expresión que Gabriela jamás había visto en él.
No era hambre.
Era reverencia.
—Bienvenido al mundo, Mateo.
Por un breve tiempo fueron felices.
Hasta que comenzaron los aullidos.
No pertenecían a lobos normales.
Víctor entendió inmediatamente.
Hombres lobo.
Ordenó a Gabriela esconderse con Mateo en el sótano.
La mansión fue atacada.
Cuando Gabriela salió después de escuchar el silencio, encontró paredes destrozadas, cuerpos y sangre.
Víctor estaba sentado contra una pared.
Su pecho había sido abierto por garras.
Las mordeduras de los licántropos estaban envenenándolo.
—Necesito sangre viva —susurró.
Gabriela comprendió lo que significaba.
Víctor podía morir.
Le ofreció su cuello.
Él se negó.
Ella insistió.
—Tú saliste al sol por mí. Déjame salvarte.
Víctor mordió.
Gabriela sintió cómo su fuerza desaparecía.
Durante unos segundos tuvo miedo de haber cometido un terrible error.
—Detente…
Víctor se apartó justo antes de que ella perdiera el conocimiento.
Sus heridas comenzaron a cerrarse.
Sus huesos volvieron a su lugar.
Su piel recuperó el color.
Cuando comprendió que Gabriela seguía viva, cayó de rodillas frente a ella.
—Te detuviste —susurró ella.
Víctor la abrazó con desesperación.
—Eres mía… y yo soy tuyo.
No era una amenaza.
Era una promesa.
Los años pasaron.
La pequeña estructura torcida que Gabriela había comenzado a construir fue terminada correctamente.
Víctor contrató trabajadores para convertirla en una hermosa cabaña junto al bosque.
Gabriela la utilizó como estudio.
Mateo creció entre la nieve y los pinos.
Tenía el cabello oscuro y una velocidad extraña para un niño humano.
Y Víctor terminó convirtiéndose en el padre que ninguno de ellos esperaba encontrar.
Gabriela nunca volvió con Ricardo.
Nunca regresó a la vida de la que había huido.
Y tampoco se convirtió en una mujer encerrada dentro de una mansión.
Seguía siendo obstinada.
Seguía construyendo.
Seguía diciéndole a Víctor cuando era insoportable.
Con el tiempo se casaron.
Una tarde, mientras Mateo corría entre los árboles, Gabriela retó a Víctor a alcanzarla.
—Yo conozco los atajos.
Salió corriendo.
Víctor la observó.
Durante siglos había sido conocido como una criatura peligrosa, un fantasma escondido entre las montañas.
Pero al alcanzar a Gabriela y levantar a Mateo entre sus brazos, mientras sus risas recorrían Sierra Negra, comprendió algo que ninguna eternidad le había enseñado.
Había pasado trescientos años protegiendo una mansión.
Gabriela había llegado con un martillo, una camioneta vieja y un bebé aún sin nacer.
Y sin pedir permiso, había convertido aquella mansión en un hogar.
Todo comenzó cuando Gabriela creyó haber tocado fondo.
Estaba embarazada.
Sin dinero.
Huyendo de un hombre violento.
Construyendo una cabaña sobre una tierra que ni siquiera le pertenecía.
Pensó que la tormenta sería el final.
Pero aquella noche encontró algo completamente distinto.
Ella entró al bosque buscando un lugar donde esconderse.
Y terminó encontrando al monstruo que sería el primero en hacerla sentir realmente a salvo.