Miré el asiento trasero y estaba vacío… en el espejo había tres mujeres, incluida mi amiga desaparecida

Miré el asiento trasero y estaba vacío… en el espejo había tres mujeres, incluida mi amiga desaparecida

PARTE 1

La noche que aquel automóvil se detuvo frente a mí, todos los perros de la avenida dejaron de ladrar al mismo tiempo.

El conductor sabía exactamente cuánto dinero me faltaba para pagar la renta.

También me llamó por un nombre que no era mío.

Pero cometí el peor error posible:

me subí.

Me llamo Julisa Mendoza.

Tenía veintiocho años y llevaba seis trabajando de noche cerca de una avenida vieja que terminaba en un puente, en las afueras de Puebla.

No voy a explicar demasiado mi trabajo.

Basta decir que conocía bien las noches, los coches y a los hombres que se acercaban creyendo que nadie los estaba mirando.

Las mujeres que trabajábamos por ahí teníamos reglas.

Nunca subir si había alguien atrás.

Decir en voz alta la placa antes de entrar.

Cobrar antes.

Nunca ir a una casa.

Y la más importante:

si algo dentro del estómago te decía que te fueras, no buscar explicaciones.

Solo irte.

Durante seis años respeté esas reglas.

Hasta la noche del 23 de mayo.

Para entender por qué me quedé, primero tengo que hablar de Chelo.

Era una compañera mayor que yo.

Pequeña, escandalosa, siempre con un labial anaranjado que ella insistía en llamar coral.

Tenía una hija en otra ciudad y le enviaba dinero cada viernes.

Chelo desapareció en marzo.

No dejó ropa preparada.

Ni mensaje.

Ni maleta.

Dejó su bolsa con el teléfono, dinero y una fotografía de su hija.

Dos noches antes de desaparecer nos había contado algo raro.

Un coche se había detenido frente a ella.

No hacía ningún ruido.

Chelo dijo que, al verlo, quiso caminar pero sus piernas dejaron de responderle.

Nos reímos un poco.

Ella también.

Después desapareció.

La policía hizo preguntas durante unas horas.

Luego nadie volvió a buscarla de verdad.

Yo pensé mucho en ella durante unas semanas.

Después tuve que seguir trabajando.

La noche del 23 mi hermano tenía fiebre.

Yo debería haberme quedado en casa.

Pero me faltaban exactamente 120 para completar la renta.

Salí pensando solo en esa cifra.

La avenida estaba extrañamente fría.

Cerca de las once comenzó una llovizna muy fina.

A las once y media ocurrió algo que todavía recuerdo mejor que cualquier rostro.

Todos los perros se callaron.

Había al menos veinte en las casas cercanas.

Siempre ladraba alguno.

Aquella noche se silenciaron juntos.

Sentí esa alarma en el estómago.

La quinta regla.

Me puse la chamarra y empecé a caminar hacia el paradero.

Entonces apareció el coche.

Venía desde el puente.

Era antiguo, grande, oscuro.

Tal vez de los años setenta.

Y Chelo había tenido razón.

No producía ningún sonido.

Ni motor.

Ni llantas sobre el pavimento mojado.

Ni agua salpicando.

Nada.

Se detuvo a tres metros.

La ventanilla bajó sola.

El conductor tenía unos cincuenta o sesenta años.

Traje oscuro.

Camisa blanca.

Cabello peinado hacia atrás.

Guantes grises.

Parecía un hombre normal hasta que uno lo observaba demasiado.

No parpadeaba.

Casi no respiraba.

Le dije mi precio y que solo trabajaba cerca.

Él quería llevarme a su casa.

Me negué.

Entonces colocó varios billetes sobre el asiento.

—Ciento veinte.

Sentí que se me helaba la espalda.

Nunca había mencionado esa cifra.

—¿Cómo sabe cuánto necesito?

No respondió realmente.

Solo dijo:

—Suba, Amparo.

—Me llamo Julisa.

El hombre siguió mirándome.

—Suba.

Entonces vi su mano.

Debajo del guante los dedos parecían demasiado largos.

La tela se hundía donde debería haber huesos.

Mi cuerpo me gritó que corriera.

Pero mis piernas dejaron de obedecer.

Exactamente como Chelo había contado.

Recuerdo abrir la puerta.

Sentarme.

Escuchar el cierre.

Dentro del coche desapareció incluso el sonido de la lluvia.

Solo podía oír mi corazón.

Miré hacia atrás.

El asiento estaba vacío.

Respiré.

Al menos había respetado la primera regla.

Entonces levanté los ojos hacia el espejo retrovisor.

Había tres mujeres sentadas en el asiento trasero.

Las tres estaban perfectamente arregladas.

Una llevaba una diadema roja.

Otra tenía vestido claro.

La mujer del centro llevaba los labios pintados de un naranja horrible.

Sentí que todo mi cuerpo se enfriaba.

Giré la cabeza.

El asiento estaba vacío.

Volví a mirar el espejo.

Las tres seguían ahí.

Ahora me observaban directamente.

Y la mujer del centro sonrió apenas.

Era Chelo.

PARTE 2

Quise pronunciar su nombre.

El conductor habló antes.

—No mire demasiado el espejo.

No dijo que yo estuviera imaginando cosas.

No dijo que no hubiera nadie.

Eso fue lo peor.

El automóvil comenzó a avanzar.

Le pedí que me dejara bajar.

Le hablé de mi hermano.

De su fiebre.

Le ofrecí devolver el dinero.

El hombre siguió conduciendo sin responder.

Miré por la ventana para memorizar el camino.

Pasamos la ferretería.

La farmacia.

Una panadería cerrada.

Un terreno baldío.

Después volvimos a pasar la ferretería.

La misma farmacia.

La misma panadería.

La misma bolsa de basura rota sobre la banqueta.

Pensé que habíamos dado una vuelta.

Pero ocurrió una tercera vez.

Cada recorrido parecía más oscuro.

Como si la calle estuviera hundiéndose lentamente.

El conductor encendió la radio.

Sonó un bolero antiguo.

Después habló un locutor.

Anunció la fecha.

Era sábado 23.

Pero el año que mencionó era de décadas atrás.

El conductor finalmente giró hacia mí.

Su cara parecía humana.

Pero algo no encajaba.

La piel parecía colocada encima de otra cosa.

Sus ojos eran opacos.

Sin reflejo.

—Llegamos.

El coche se detuvo frente a una casa que yo sabía que no existía.

Había recorrido aquella zona durante años.

Ahí debía haber terreno vacío.

Sin embargo, delante de nosotros aparecía una enorme casa amarilla de una sola planta.

El jardín estaba lleno de coronas funerarias.

Cientos.

Viejas.

Húmedas.

Apiladas unas contra otras.

La reja se abrió sola.

El hombre bajó y me ofreció el brazo.

Yo no quería moverme.

Pero mi cuerpo volvió a obedecerlo.

Al tocar su manga comprendí que debajo no había un brazo normal.

No pregunté.

Entramos.

La casa estaba impecable.

Piso brillante.

Muebles antiguos.

Flores blancas frescas.

Un reloj de péndulo marcando las 11:50.

El hombre me condujo por un pasillo.

Era imposible que cupiera dentro de aquella casa.

Las paredes estaban cubiertas de fotografías.

Cientos.

Todas mostraban mujeres en distintas calles y épocas.

Ninguna posaba.

Las habían fotografiado sin que lo supieran.

Había imágenes en blanco y negro.

Otras de los ochenta.

Algunas recientes.

El conductor señalaba algunas y decía nombres.

Amparo.

Rosa.

Nancy.

Entonces vi una fotografía de Chelo.

Estaba frente a nuestra ferretería.

Riéndose.

Llevaba la chamarra que había comprado pocos días antes de desaparecer.

En una esquina de esa misma fotografía aparecía yo.

A diez metros de ella.

Alguien nos había observado aquella noche.

Seguí caminando.

Al final del pasillo encontré otra fotografía.

Era mía.

Tomada aquella misma noche.

Yo estaba sola bajo el poste de luz esperando junto a la avenida.

El marco ya estaba cubierto de polvo.

Como si llevara años allí.

—Guardé ese espacio para usted hace mucho —dijo el hombre.

Abrió una puerta.

Dentro había nueve mujeres sentadas en semicírculo.

Inmóviles.

Vestidas y maquilladas como si fueran a salir a trabajar.

Una silla permanecía vacía.

Chelo estaba sentada entre ellas.

No movió la cabeza.

No movió las manos.

Pero sus ojos giraron lentamente hacia mí.

Seguía consciente.

Pude verlo.

Todo el miedo de los últimos dos meses seguía atrapado detrás de sus ojos.

El hombre señaló la silla vacía.

—Siéntese.

Mi cuerpo comenzó a avanzar.

Sentí una calma horrible.

De pronto sentarme parecía fácil.

Descansar.

No preocuparme más por la renta.

Ni por la casa.

Ni por nada.

Entonces pensé en mi hermano.

Quince años.

Solo.

Con fiebre.

Y la nota que le había dejado:

Regreso temprano.

Algo dentro de mí reaccionó.

El hombre me tocó la cara.

Yo giré y le mordí la mano.

No voy a describir lo que sentí.

Solo diré que no parecía piel humana.

La casa entera produjo un crujido.

Las luces cambiaron.

Corrí.

Las fotografías del pasillo ya no eran iguales.

Ahora todas las mujeres miraban hacia afuera desde los marcos.

Corrí descalza hasta la entrada.

La puerta estaba abierta.

Atravesé el jardín de coronas viejas.

Llegué a la reja.

Estaba cerrada.

La escalé.

Cuando caí del otro lado, el hombre estaba detrás de los barrotes.

No intentó seguirme.

Solo dijo:

—Vas a regresar.

Corrí hasta una carretera.

Un camionero llamado Justo me encontró y me llevó al hospital.

Tres días después regresé con dos policías.

La casa había desaparecido.

Solo encontramos un terreno cubierto de maleza.

En el fondo había restos quemados de unos viejos cimientos.

Una agente decidió revisar los archivos conmigo.

Encontramos algo.

En ese terreno sí había existido una casa.

Se incendió en agosto de 1974.

El dueño era Aurelio Carranza, trabajador del antiguo cementerio.

Esa noche murieron él y cuatro mujeres que nunca fueron identificadas.

El expediente utilizaba una expresión fría para describirlas:

mujeres de la calle.

Nadie las reclamó.

Nadie investigó más.

De Chelo tampoco se volvió a saber nada.

Yo dejé la esquina durante cuatro meses.

Busqué otro trabajo.

Pero el dinero no alcanzaba.

Regresé.

Con reglas nuevas.

Nunca sola.

Nunca después de las 11:30.

Y siempre revisaba mi bolsa al llegar a casa.

Porque después de aquella noche encontré dentro una fotografía antigua.

Mostraba la silla vacía de aquella habitación.

Detrás alguien había escrito:

Tu lugar sigue esperando. No hay prisa.

La tiré.

Regresó.

La lancé al río.

Regresó.

La quemé.

La vi convertirse en ceniza.

A la mañana siguiente estaba otra vez dentro de mi bolsa.

Anoche ocurrió algo más.

Eran las 11:28.

Yo ya me marchaba.

De repente todos los perros de la avenida dejaron de ladrar.

Otra vez.

A lo lejos, junto al puente, aparecieron dos luces bajas.

No esperé.

Corrí al paradero y subí al primer autobús.

No miré atrás.

Llegué a casa.

Mi hermano dormía.

Revisé mi bolsa.

La fotografía seguía allí.

Pero ya no mostraba una silla vacía.

Ahora había una mujer sentada.

Vista de espaldas.

Chamarra roja.

Cabello recogido.

Mi ropa.

Le di vuelta.

La frase había cambiado.

Ya casi es hora, Amparo.

Hasta hoy sigo sin saber quién fue Amparo.

Tal vez la primera mujer.

Tal vez alguien cuyo lugar nunca quedó realmente vacío.

Pero sí sé algo.

Chelo desapareció un día 23.

Yo subí a ese automóvil otro día 23.

Y anoche también era 23.

Así que si alguna noche estás en una avenida demasiado silenciosa y todos los perros dejan de ladrar al mismo tiempo, no esperes a ver qué viene desde el puente.

No intentes explicarlo.

No busques una razón.

Corre.

Porque algunas cosas no persiguen a sus víctimas con prisa.

Tienen todo el tiempo del mundo para esperar que vuelvas.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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