Mintió diciendo que era curandera para salvar su vida… pero terminó enamorándose del guerrero que nunca debía descubrir la verdad

Mintió diciendo que era curandera para salvar su vida… pero terminó enamorándose del guerrero que nunca debía descubrir la verdad

PARTE 1

La noche en que mi aldea desapareció entre humo y llamas, pensé que también sería mi última noche.

Me llamo Sigrid.

Era hija de un carpintero sajón.

No sabía luchar.

No conocía grandes secretos.

Y definitivamente no era curandera.

Pero aquella mentira fue lo único que me mantuvo con vida.

Cuando los guerreros del norte me encontraron, uno de sus líderes, Thorbald, me preguntó si sabía quién podía atender a su hermano herido.

Miré al hombre sentado cerca del fuego.

Era enorme, pelirrojo y tenía una herida seria en el costado.

Se llamaba Ragnbald.

La verdadera curandera de mi aldea ya no podía ayudarlos.

Si decía la verdad, yo tampoco tendría utilidad para aquellos hombres.

Así que escuché mi propia voz decir:

—Yo soy curandera.

Thorbald me observó durante varios segundos.

—Si mi hermano no mejora, tu mentira terminará contigo.

Me llevaron junto a Ragnbald.

Yo estaba aterrorizada.

Solo conocía los remedios sencillos que había visto preparar a mi madre y algunas conversaciones que había escuchado de niña.

Pero encontré una bolsa de hierbas y recordé algo sobre una raíz utilizada para combatir ciertos venenos.

No sabía si funcionaría.

La preparé de todos modos.

Limpié la herida.

Le di agua.

Pasé toda la noche vigilándolo.

Y recé.

Cuando Ragnbald abrió los ojos y pidió agua, casi lloré de alivio.

—¿Quién eres? —preguntó.

—La curandera.

Fue la segunda vez que pronuncié aquella mentira.

Después ya no pude detenerme.

Los guerreros comenzaron a traerme otros enfermos y heridos.

Yo observaba.

Leía.

Preguntaba con cuidado.

Memorizaba las hierbas y estudiaba un viejo pergamino que encontré entre los objetos de un sanador anterior.

Cada día temía ser descubierta.

Pero cada día aprendía algo nuevo.

Y contra toda lógica, empecé a convertirme en aquello que había fingido ser.

Ragnbald también se recuperó.

Al principio apenas hablábamos.

Él sabía que yo odiaba a su pueblo.

Yo sabía que había participado en campañas como aquella que destruyó mi hogar.

Pero cuanto más tiempo pasaba con él, más difícil resultaba verlo únicamente como enemigo.

Tenía pesadillas.

Había perdido a su madre siendo niño.

Su padre había sido un hombre duro.

Y detrás del guerrero temido por todos encontré a alguien que parecía tan solo como yo.

Una noche despertó de una pesadilla y me encontró sentada a su lado.

—¿Por qué me consuelas?

—No lo sé.

Era una de las pocas respuestas verdaderas que podía darle.

Después comenzó a buscarme incluso cuando ya no necesitaba tratamiento.

Aparecía junto al río.

Me hacía preguntas sobre plantas que jamás usaría.

Se sentaba cerca mientras yo preparaba remedios.

Una tarde me dijo:

—Contigo puedo dejar de ser el hermano de Thorbald. El guerrero. El hombre al que todos temen.

Me miró directamente.

—Contigo puedo ser simplemente Ragnbald.

Fue entonces cuando comprendí que estaba en problemas.

Porque yo también esperaba sus visitas.

Y estaba empezando a sentir por él algo que jamás debía sentir.

Poco después, Thorbald me hizo llamar.

—Eres útil para el clan —dijo—. Cuando lleguemos a nuestras tierras, puedes quedarte como curandera.

Respiré aliviada.

Demasiado pronto.

—Pero hay una condición.

—¿Cuál?

—Te casarás con mi hermano.

Lo miré sorprendida.

—¿Y si digo que no?

Thorbald respondió con absoluta calma:

—Entonces dejarás de estar bajo nuestra protección.

Aquella noche se lo conté a Ragnbald.

Él se enfureció.

—Mi hermano no tiene derecho a decidir esto por nosotros.

Después me miró durante un largo momento.

—Pero si alguna vez te casas conmigo, Sigrid, quiero que sea porque tú lo elegiste.

Por primera vez desde la destrucción de mi hogar, alguien me ofrecía una elección real.

Así que elegí.

Me casé con Ragnbald.

Y durante un tiempo fui feliz.

Aprendí a curar de verdad.

Él aprendió a sonreír.

Nuestra casa comenzó a sentirse como un hogar.

Hasta que un día Thorbald investigó mi pasado.

Cuando Ragnbald regresó de una expedición, lo encontré esperándome con un frasco de hierbas en una mano.

Su rostro estaba completamente frío.

—Ragn…

—No digas mi nombre.

Entonces pronunció las palabras que había temido desde el primer día:

—Tú nunca fuiste curandera.

Sentí que el mundo desaparecía bajo mis pies.

Él dio un paso hacia mí.

—Dime ahora mismo quién eres realmente.

PARTE 2

No intenté inventar otra mentira.

Ya había vivido demasiado tiempo dentro de ellas.

—Soy Sigrid —dije—. Hija de un carpintero. Eso es todo.

Ragnbald permaneció inmóvil.

—¿Desde cuándo me has estado engañando?

—Desde la primera noche.

Su expresión cambió.

No fue furia.

Aquello habría sido más fácil.

Fue dolor.

—Entonces cuando mi hermano te preguntó si eras curandera…

—Mentí.

—Cuando me trataste…

—Estaba aterrorizada.

—Cuando nos casamos…

Las lágrimas comenzaron a llenar mis ojos.

—Para entonces ya te amaba.

Ragnbald cerró los ojos.

Le expliqué todo.

Cómo había escuchado a la antigua curandera hablar de plantas cuando era niña.

Cómo había utilizado conocimientos incompletos para salvarlo.

Cómo después había encontrado pergaminos y estudiado cada noche.

Cómo preguntaba en secreto, observaba y memorizaba.

—Al principio fingía —dije—. Pero ya no.

Le mostré mis manos.

—He tratado a tu gente. He aprendido. Soy curandera ahora.

—Pero no lo eras cuando te conocí.

—No.

—¿Y aun así te casaste conmigo sabiendo que algún día descubriría la verdad?

Aquella pregunta me rompió.

—Sí.

—¿Por qué?

Lo miré.

Ya no tenía nada que proteger.

—Porque te amo.

Ragnbald se levantó.

—Necesito tiempo.

—Ragn…

—No me sigas.

Y se marchó.

Durante las semanas siguientes apenas lo vi.

Se quedó en el gran salón de su hermano.

Cuando nuestros caminos se cruzaban, apartaba la mirada.

Los rumores se extendieron por la aldea.

La falsa curandera había engañado al Berserker.

El matrimonio terminaría.

Pronto sería expulsada.

Thorbald finalmente me ofreció provisiones y una escolta para marcharme.

—Puedes empezar otra vida —dijo—. Nadie tiene por qué conocer tu pasado.

Era exactamente aquello que habría deseado meses atrás.

Libertad.

Una nueva oportunidad.

Pero la idea de no volver a ver a Ragnbald me dolía más que quedarme soportando sus silencios.

—Me quedo.

Thorbald me estudió.

—Entonces espera.

Eso hice.

Y seguí trabajando.

Porque aunque mi reputación había cambiado, los enfermos continuaban llegando.

Una mentira me había convertido en aprendiz.

El miedo me había obligado a estudiar.

Y ahora, finalmente, nadie podía negar que sabía sanar.

Una noche de tormenta alguien golpeó mi puerta.

Abrí.

Ragnbald estaba allí.

Cubierto de nieve.

—Necesitamos hablar.

Lo dejé entrar.

Se sentó frente al fuego.

Durante mucho tiempo ninguno dijo nada.

Finalmente habló.

—He pasado semanas intentando odiarte.

Bajé la mirada.

—Lo entiendo.

—No. Déjame terminar.

Respiró profundamente.

—Cada mañana me repetía que eras una mentirosa. Que todo entre nosotros había sido falso.

Me miró.

—Pero cada noche recordaba otra cosa.

—¿Qué?

—Cómo me cuidaste cuando apenas podía mantener los ojos abiertos. Cómo te quedabas despierta cuando tenía pesadillas. Cómo ayudaste a personas que al principio odiabas.

Se levantó.

—Sí, mentiste.

Sentí que mi pecho se cerraba.

—Pero también elegiste sobrevivir cuando nosotros no te dejamos mejores opciones.

Se acercó.

—Y después hiciste algo que todavía no entiendo.

—¿Qué?

—Te convertiste en la persona que habías fingido ser.

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.

Ragnbald continuó:

—Pensé en la mujer que conocí. Mi esposa. Mi compañera. La persona con quien puedo ser yo mismo.

Se detuvo frente a mí.

—Esa mujer nunca fue mentira.

—Ragnbald…

—Todavía no he terminado.

Una pequeña sonrisa apareció por primera vez en semanas.

—También descubrí que sigo amándote.

Cerré los ojos.

No me había dado cuenta de cuánto necesitaba escuchar aquellas palabras.

—¿Puedes perdonarme?

—No sé si olvidaré fácilmente.

Su sinceridad dolió, pero la necesitaba.

—Quizá habrá momentos en los que dude.

—Lo entiendo.

—Pero prefiero aprender a confiar otra vez que vivir sin ti.

Tomó mi rostro entre sus manos.

—Te amo a ti, Sigrid. No a una curandera inventada.

Sonrió.

—Aunque resulta que ahora sí eres una bastante buena.

Reí entre lágrimas.

Entonces Ragnbald confesó algo que también llevaba meses escondiendo.

Él había estado presente durante el ataque a mi aldea.

No había dado la orden.

Había obedecido a Thorbald.

Pero había participado.

—No quiero que construyamos otra vida sobre secretos —dijo—. Si vamos a continuar, debes saber todo sobre mí también.

Lo miré durante mucho tiempo.

—Siempre lo sospeché.

—¿Y aun así me amas?

—Durante mucho tiempo te odié.

Tomé su mano.

—Pero tú tampoco eres exactamente el mismo hombre que eras aquella noche.

Eso no borraba el pasado.

Nunca lo haría.

Perdonar no convertía lo ocurrido en algo correcto.

Simplemente significaba que ninguno permitiría que aquella noche destruyera también todo lo que había nacido después.

—Creo que puedo perdonarte —dijo Ragnbald.

Apreté su mano.

—Entonces yo intentaré hacer lo mismo.

A partir de aquel momento empezamos de nuevo.

No como captora y cautiva.

Ni como guerrero y falsa curandera.

Ni siquiera como dos personas obligadas por las decisiones de Thorbald.

Como marido y mujer que finalmente conocían toda la verdad.

La confianza tardó en regresar.

Había días difíciles.

Preguntas incómodas.

Momentos en los que Ragnbald dudaba de alguna de mis respuestas y otros en los que los recuerdos de mi antigua aldea me hacían alejarme de él.

Pero también hubo risas.

Paseos.

Noches conversando junto al fuego.

Y algo todavía más importante:

dejamos de escondernos.

Ragnbald volvió a llamarme “mi esposa” delante de todo el clan.

Thorbald, para mi sorpresa, dejó de tratarme como una amenaza.

—Mi hermano es feliz —me dijo un día.

—Yo también.

—Lo sé.

Me observó un momento.

—Quizá la mujer que mintió aquella noche ya no existe.

Era lo más parecido a una disculpa que recibiría de él.

Tiempo después descubrí que esperaba un bebé.

Cuando se lo conté a Ragnbald, el temido Berserker se quedó completamente inmóvil.

—¿Un hijo?

—O una hija.

Su sonrisa apareció lentamente.

—No me importa.

Se arrodilló frente a mí.

—Solo me importa que sea nuestro.

Nació una niña.

La llamamos Astrid.

Tenía el cabello rojizo de su padre y unos ojos que me recordaban a mi madre.

Ragnbald, que podía entrar en una batalla sin pestañear, parecía aterrorizado cada vez que tenía que sostenerla.

—Es demasiado pequeña.

—No va a romperse.

—¿Cómo lo sabes?

—Soy curandera.

Me miró desconfiado.

—Esa frase ya me ha causado suficientes problemas.

Nos echamos a reír.

Después llegaron más hijos.

Nuestra casa se llenó de ruido.

Yo continué atendiendo a los enfermos del clan.

Con los años, incluso llegaron jóvenes de otras aldeas para aprender conmigo.

A veces pensaba en la muchacha aterrorizada que había inventado aquella mentira.

Ella no tenía conocimientos.

No tenía poder.

Solo tenía miedo.

Pero su deseo de sobrevivir la obligó a aprender.

Y aprender cambió su vida.

Muchos años después, cuando el cabello de Ragnbald comenzó a volverse gris, él todavía me hacía la misma pregunta antes de dormir.

—¿Algún arrepentimiento?

Yo siempre respondía igual:

—Ninguno.

Porque la mayor mentira que había dicho en mi vida terminó conduciéndome hacia una verdad que jamás habría imaginado.

Yo había dicho:

“Soy curandera.”

Al principio era falso.

Después dejó de serlo.

Había pensado:

“Odio a este hombre.”

Aquello también terminó cambiando.

Y cuando finalmente dije:

“Te amo”, ya no quedaba ninguna mentira detrás de esas palabras.

Ragnbald tomó mi mano aquella última noche junto al fuego.

—¿Sabes qué fue lo primero que amé de ti?

—¿Mi brillante conocimiento de hierbas?

—Definitivamente no.

Reí.

—Entonces, ¿qué?

—Que incluso aterrorizada, elegiste vivir.

Besó mis dedos.

—Y después elegiste convertir esa vida en algo que valiera la pena.

Apoyé la cabeza sobre su hombro.

Quizá esa era realmente nuestra historia.

No la historia de una sajona que engañó a un Berserker.

Ni la de una prisionera que se enamoró de su enemigo.

Era la historia de dos personas imperfectas que comenzaron rodeadas de miedo, culpa y secretos…

y que, cuando finalmente pudieron verse sin ninguna mentira entre ellas, eligieron quedarse.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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